En este capítulo hay una escena en la que un personaje se auto lesiona, solo una advertencia.

Pero a veces la confianza solo dura un momento, y la de Matthew se esfumó justo cuando tocó el picaporte. ¿En qué estaba pensando?

Obviamente las cosas no iban a ser tan fáciles, era imposible que todo marchara bien, ¿cómo lo tomarían sus padres?, ¿Y qué hay de su hermano?.

Retrocedió a trompicones hasta el retrete y tomó asiento, cubriéndose la cara con las manos mientras las trataba de no hacer ruido al llorar.

Es increíble la cantidad de lágrimas que puedes derramar en tan poco tiempo.

El sonido de la puerta del cuarto abriéndose lo sacó de su trance y se tapó la boca para no hacer el más mínimo ruido, al escuchar los torpes pasos fue fácil adivinar que er su hermano así que respiró pesadamente antes de abrir la puerta. "Alfred yo," pero no estaba solo, su madre estaba parada junto a su gemelo "mamá", fue la única palabra que pudo articular antes de romper en llanto de nuevo.

"Matthew, contéstame por favor," las cosas habían pasado tan rápido, su madre lo abrazaba en su cama, las mejillas de ambos húmedas por las lágrimas "¿Qué tienes?"

Llevaban ya un rato repitiendo esa rutina, formulando una pregunta sin respuesta, pues Matthew no estaba seguro de que quería saber su madre, y mucho menos seguro de qué tanto le podría decir.

Ambos se miraban fijamente a los ojos, pero ninguno parecía quere hablar más, sin pronunciar alguna otra frase, la madre de los chicos salió del cuarto, arrastrando a Alfred tras de sí.

El chico volvió al baño y se inclinó junto al bote de basura y rebuscó un momento el paquete envuelto en toallitas húmedas, con cuidado lo desenvolvió y tomó una navaja plateada fina y bastante filosa.

Por un momento pensó en las consecuencias de lo que quería hacer, conocía a un par de personas que habían hecho lo mismo, como las cicatrices los avergonzaban después de años de dolor y silencio.

Pero no le importó, odiaba su cuerpo y le provocaba un profundo dolor vivir en el, la tentación de liberarse era demasiada.

Puso seguro a la puerta para asegurarse de que nadie lo interrumpiría.

Y se sentó en el piso del baño, con suma delicadeza empezó a trazar profundos y largos trazos a lo largo de su brazo y a lo ancho de sus muslos, con extrema satisfacción veía resbalar las gotas de sangre por su piel, su lágrimas ardían contra las heridas en las que caían, y débiles sollozos brotaban de su boca. Cuando consideró que por el momento ya era suficiente y también porque ya no sangraba, escondió la navaja en una caja de jabones decorativos con olor a lavanda que nadie tocaba.

Al salir del baño obviamente se puso ropa que cubriera bien sus extremidades y por primera vez en una semana revisó su celular su celular, 56 mensajes y 6 llamadas perdidas de Máximo. Excelente.