2. Soy leyenda... ¿O no?
N/A: Me gustaría proponer un juego a los lectores; a ver si son capaces de detectar todas las referencias a la cultura popular en esta historia. Ponedlo en los comentarios a ver qué detectáis. Os contestaré a ver si habéis acertado o no.
Como Hope no tenía más que sus animales de caza para hablar (no creía que la charleta que mantenía ocasionalmente con Harapiento contase, en vista del pobre léxico de la criatura), el joven rara vez podía hablar con alguien en absoluto. Al menos así había sido durante medio mes. Es para volverse loco. Asi que pensaba en voz alta consigo mismo y en ocasiones hablaba con Blake.
- ¿Has visto Soy Leyenda, Blake? No la del remake de Will Smith, sino la original. Es mucho más profunda.
Blake, claro está no contestaba, pero en ocasiones a Hope le parecía que podía entenderle. Este sólo soltó un gemido, como si estuviera preguntando.
- Soy Leyenda cuenta con una premisa similar a este que estamos viviendo; un científico llamado Robert Neville está encerrado en un mundo post-apocalíptico dominado por vampiros intenta sobrevivir y encontrar una cura a la maldición que todos padecen y devolver la esperanza a la humanidad. Sólo espero estar equivocado y que quede más gente por ahí fuera. No quiero ser el último ser humano de la Tierra en absoluto.
Siguiendo recto por la última carretera, finalmente Blake y Hope llegaron hasta su destino: el CostLess frente al CarryAll. El primer paso nada más llegar a una nueva zona era asegurarla; poner trampas por los alrededores, revisar el interior, mirar por detrás y delante de la tienda... Entonces y sólo entonces podría ir a coger lo que buscaba. Dicho y hecho, no era una tarea fácil. Las trampas de osos eran para los monstruos que se acercaran, asi que solía poner suficientes como para que pareciera un campo de minas. También tenía que camuflarlas, no fuera que las viese, asi que las solía esconder con hojas y ramas o dentro de algún charco profundo. Por suerte, la maleza que había tomado posesión de la ciudad daba múltiples y grandes oportunidades para conseguir esto sin problemas. Antaño diría que odiaba a los cazadores, especialmente a los tramposos que ponen trampas de osos a los que les ha quitado el seguro, pero ahora ÉL era el tramposo. Lo hacía porque esos bichos eran lo bastante listos como para soltarse de la trampa si lo intentaban. Le habían cogido el truco con el tiempo y no tenía ganas de enfrentarse a otro bicho tras él siguiéndolo hasta casa, muchas gracias. Eso no era sino la mitad de sus problemas: ciertos monstruos eran genios del camuflaje o gustaban más de zonas oscuras que de la propia luz y algunos eran tan grandes como un edificio de tres plantas o más. Otros estaban camuflados entre la maleza y plantas y otros eran la maleza y plantas. Literalmente. Todo muy peligroso, muy dañino. Tenía que ir con pies de plomo a todas partes, tener mil ojos en todas direcciones, sentirlo todo. Y tanto CostLess y CarryAll eran tiendas del tamaño de un estadio de beisbol y un campo de fútbol juntos; espacios amplios, muchas estanterías, lugares altos y bajos, huecos en el suelo... Sitios perfectos para esconderse, acechar y atacar. Revisar todo eso iba a ser un infierno, asi que el joven recurrió a su plan B de Beta: proceder con cautela, buscar y encontrar lo que necesitaba cuanto antes en tiempo record e irse de inmediato. Las baterías eran fáciles de encontrar, al igual que la cuerda, los prismáticos y el equipo de escalada y espeleología. El pico y la pala tampoco fueron complicaciones, pero no pudo encontrar más herramientas que las de una gran caja de usos para el hogar con lo básico. Tendría que bastar hasta la próxima vez que saliera. No hubo suerte con la gasolina, no había biodiesel. Algo que Hope nunca entendió es el hecho de cómo era posible que todos los coches de la ciudad funcionaran con biodiesel (era obvio para él, que había nacido y crecido en la ciudad: Centro recibía directamente a los concesionarios de Motown de primera mano y desde la última década se había impuesto el motor biodiesel. Y aunque hubiera otros concesionarios, con el tiempo el resto de motores se habían quedado casi obsoletos) y sin embargo en las gasolineras abundaba de todo tipo de gasolina. Por desgracia, la tienda tenía justamente de toda pero NO biodiesel. Qué bien. Tendría que buscar en alguna gasolinera por el camino. Suerte que en la ciudad también abundaban los coches puramente eléctricos de gran potencia o terminaría gastando el doble. Bendita campaña ecológica de Ciudad Centro. Revisando la sección de tecnología, encontró una caja que contenía un dron de vigilancia militar. Era su día de suerte después de todo.
Ahora sólo necesitaba la comida, asi que tras un último rápido vistazo salió del lugar, dejó las cosas en la camioneta y fue camino del CostLess. Las estanterías estaban prácticamente desiertas, pero a lo mejor con suerte conseguía encontrar algo a fin de cuentas. Hope sabía que todos los supermercados tenían almacenes de comida enlatada subterráneos en caso de emergencias, ajenos al paso del tiempo y la descomposición por mucho tiempo gracias a su sistema de presurización y protección ambiental. Por desgracia estaban doblemente resguardados tras una puerta de aislamiento y requerían un código secreto. No sólo eso: la puerta era grande y aparatosa de manejar, necesitaba como mucho otro par de manos para moverla bien. Aunque tenía una palanca, asi que a ver si eso funcionaba. En caso de fallar tres veces en insertar el código, la puerta se bloquearía y mandaría un código nuevo a la central de información de la ciudad para que estos enviaran otro código al gerente en cuestión y que lo insertara tres veces para desbloquearla. Cuesta creer que el apocalipsis hubiera forzado a Hope a convertirse en hacker y manitas: con su escasa habilidad informática había conseguido puentear un portátil de la centralita haciéndose pasar por un empleado y así poder crear su propio código. Uno, dos, tres, fallo. Enviando mensaje. Mensaje recibido. Inserte nuevo código. Cero, uno, cero, uno. Activar. Enviar mensaje. Mensaje recibido al móvil del gerente. Insertar código. Puerta abierta. Y bingo, comida en lata por un tubo. Se la llevaría toda, pero siendo sincero estaba mejor ahí y más segura. Además, no tendría sitio suficiente para toda esa comida y necesitaba ser rápido por si lo asaltaba algún monstruo: no quería morir por ser codicioso. Sólo lo justo para durar toda la semana. Además, eran botes bien grandes. Judías, hacía tiempo que no comía judías. Carne, pescado, verduras, fruta en almíbar y su jugo... Lo iba metiendo todo en una bolsa de viaje tamaño familiar para sacarlo cuanto antes. Entonces, revisando en las estanterías para hacerse una idea del inventario aproximado, encontró algo. Era una caja de cartón. Una caja de cartón de pastas variadas de la mejor pastelería de la Ciudad (para Hope, de todo el país); Baker's Tasty Treats. Era la caja de pasteles y dulces de cien mini-pasteles y pastas especiales de Baker Pastries. Sólo había diez en todo el país y eran tan caras como la suite-penthouse del Paladice, donde ahora vivía. Y estaban de muerte. Hacía siglos que no tocaba una de esas deliciosas pastas. Ni de coña se quedaba ahí. El problema era que estaba tras un cristal de seguridad que sólo se abría con una llave. Por suerte, también había desarrollado métodos para ese tipo de situaciones. El cristal sería antibalas reforzado, pero desde luego no era a prueba de diamantes. Sabía que esas joyas que encontró en aquella casa serían útiles. En especial ese gigantesco diamante del tamaño de una pelota de golf (en serio: ¿quién lleva eso y se atreve a salir a la calle?). La punta era lo bastante afilada como para pinchar, asi que lo clavó lo bastante hondo usando una piedra y lo movió alrededor de la zona del cierre para soltar el resto de la puerta. No había peligro alguno para la joya, pues era bien sabido que lo único capaz de cortar un diamante era otro diamante. Una vez abierto, sacó el paquete de dulces herméticamente cerrado y lo guardó dentro para llevarlo a lugar seguro y disfrutarla en calma. Ya listo, partió hacia la camioneta para retirarse a casa. Conseguiría biodiesel en la gasolinera cercana al Paladice Tower de camino allí. Justo entonces, mientras salía de la sala, cerraba la puerta y recogía todo, un sonido metálico unido con un chillido agudo y ladridos de perro advirtieron a Hope de un peligro inminente. Este salió corriendo ballesta en ristre al exterior, encontrándose a Blake ladrando al otro lado del cristal con un Anansi, un monstruo con forma de araña gigante. Tenía que ser una araña, claro. Como odiaba Hope a los insectos. Por lo general lo habría dejado vivir ahí atrapado para que atrajese a los depredadores grandes, pero nada más ver que estaba a punto de chillar a pleno pulmón nada más verle para llamar al resto del grupo, le disparó en todo el ojo, atravesándole la cabeza. La criatura cayó muerta al instante. Rezó porque no hubiese chillado antes de llegar él. Decidió dejar el cuerpo allí, recoger los cepos libres y salir corriendo cuanto antes de ese lugar. De camino a casa, consiguió suficientes litros de gasolina como para llenar los bidones.
Ya en el garaje, Hope descargó todo, dejó los bidones al lado del generador de emergencia y subió por las escaleras al ascensor principal. Por supuesto que también podría haber subido por el ascensor de servicio, pero el que le interesaba subir era el ascensor privado del señor Price, el dueño original del Paladice. De hecho, era el único ascensor que llevaba hasta la suite-penthouse del edificio y de paso paraba en su oficina. Claro que había otros medios para ascender, pero ese era el más rápido y cómodo para subir un edificio de 820 metros de altura. El penthouse era, con mucho, la mejor habitación de todo el hotel, situada justo debajo de la azotea y con unas vistas espectaculares de toda la ciudad. También era amplia, con suelos de mármol negro, muebles caros y cómodos, una pedazo de cama de matrimonio de colchón viscolátex, una pedazo de piscina cubierta climatizada, cristal reforzado especial que no lo atravesaba ni un cañonazo, una chimenea, sofás cómodos (estos últimos parte de un jugoso botín que había conseguido Hope), una pedazo de pantalla de televisor LED HD de 85 pulgadas con lo último en tecnología incorporado, varias consolas, juegos, despensa y nevera enormes, baño gigantesco con una pedazo de ducha, jacuzzi e hidromasaje incorporado, decoración y aspecto modernos, mucho espacio, persianas automáticas... ¿Quién dijo que sobrevivir en el Apocalipsis era estar encerrado en un agujero? Hope desde luego no pensaba así. Además, la altura le concedía la ventaja de ver llegar a cualquier amenaza a la legua por todos los ángulos.
Lástima que no siempre pudiera disfrutar de la habitación como debiera; la necesidad le obligó a formar trampas, vallas electrificadas con alambre de espino y demás aspectos defensivos como instalar detectores de movimiento, torretas con mini-guns, micro-catapultas e incluso los cañones de artillería naval del Viejo Farman, el buque de guerra insignia de la Ciudad durante la Guerra de Las Indias, como método de defensa. Lo impresionante era que aún funcionaban. Los encargados de la restauración y mantenimiento del barco-monumento de verdad se tomaron en serio su trabajo (cosa que Hope de verdad DE VERDAD agradecía; esos cañones le habían salvado el trasero en más de una ocasión). Eso y el uso estratégico del lugar terminaban por estropear el ánimo. No puedes disfrutar de una partida a Speed Racing Formula o BCA 2K18 o jugar al beisbol con tranquilidad mientras tenías que estar vigilante de que algún monstruito se intentara colar en tu casa. Algunas veces hasta echaba de menos ir a la pista helada cubierta del centro comercial Quivira a patina y practicar hockey. Eso sin contar los cientos de muebles como mesas para tomar notas o inventar y arreglar algún que otro cachivache para la defensa personal en territorio hostil en el que vivía o para poner el plano de la ciudad para marcar los sitios peligrosos o ya visitados en profundidad. Pero se las apañaba. Seguía adelante, que era lo obvio.
Aquel día ya era complicado de por sí; Óscar fue el último humano vivo en la ciudad del que Hope tenía conocimiento, al menos para él. Si había otros supervivientes, no sabía de dónde se encontraban o vivían. O de si se encontraban en la ciudad siquiera. Esas cosas hacían que se deprimiera, pero posiblemente era aún peor olvidarlo y después recordarlo, como cuando un día empezó a jugar a Call of Honor online y ver que no había nadie más jugando. Entonces se sentía verdaderamente solo, apagaba el juego, la consola y se iba a tumbar en la cama a mirar el techo para intentar no llorar de desolación, porque encima le venían a la memoria recuerdos tristes; nunca conoció a su madre, su padre era un hombre de negocios siempre ocupado, apenas tenía amigos porque su obesidad lo convertía en un marginado dentro de los institutos donde estudiaba, se cambió varias veces de ciudad, sufrió abusos por parte de otros... Ese tipo de cosas. Era en esos momentos cuando apreciaba de verdad la presencia de Blake, quien no se separó de él desde que lo encontrara en el parque más grande de la ciudad, Center Park, durante una investigación del terreno para observar si había animales supervivientes. Lo encontró acurrucado en el cadáver de su madre, que había muerto tratando de proteger a sus hijos de un Chupacabras y ganó a costa de su vida. Pese a ello, Hope sólo encontró al pequeño de la camada, Blake. Ni rastro de los otros. Pero tampoco encontró sus cadáveres, asi que era posible que siguieran vivos. Aunque los buscó por días, no hubo éxito. Quizá el Chupacabras sí que había conseguido matarlos antes o algo, pero quién sabe. Pese a ello, apreciaba de verdad la presencia del pequeño cachorro. No sabía cómo se las apañaba, pero sabía cuando estaba triste, cuando tenía un mal día y cuando necesitaba algo de consuelo. Y en esos días se subía a la cama con él a lamerle la cara, acurrucarse a su lado o simplemente tumbarse a echar una siesta a su lado con la intención de animarlo. Y siempre lo conseguía. Pero aquel día no tenía ganas de desanimarse más, asi que decidió ir a jugar una partida a la GameBox y olvidar un poco las penas de esa nueva y agobiante vida.
- A ver, a ver... Sí, creo que hoy jugaré un rato a True Order 3.
True Order era el último que adquirió, curiosamente, por ser el último juego en salir al mercado antes de que todo se fuera al garete. En él, interpretabas a un agente de la ley encubierto de la Interpol que se enfrentaba a diferentes tipos de organizaciones criminales mundiales. El primero abarcaba la mafia greco-romana en Europa, la segunda te llevaba a luchar contra criminales en Britania, la tercera entrega te metía en el papel de enfrentar a las Tríadas asiáticas y esta, la última entrega, a luchar contra los criminales organizados en Occidente, llamado El Sindicato. Las anteriores entregas hacían ver que había un grupo mayor, conocido como The Order, que había unificado todo el crimen en el mundo. Por esto lo animaban un poco con ciertos flashbacks del pasado en el cual otros agentes también intentaron desmantelar a The Order, poniendo algo de historia en el proceso. Esta parecía la más prometedora de todas.
- El crimen organizado es uno de los mayores problemas del mundo- dijo el juego- Y para enfrentarlo se debe ser lo mismo que el enemigo: invisible. Por esta razón se creó la MNCA, una organización secreta para detener a un enemigo desconocido...
Bueno, desde luego ahora había dejado de ser un problema eso del crimen organizado, pensó Hope. Ahora seguro que tenían mayores problemas. O no, quién sabe; puede que ahora sean los héroes del momento y estén en el paraíso para ellos; un lugar de anarquía y destrucción del que aprovecharse si sabías sobrevivir a los peligros que lo rodeaban. Hope había avanzado hasta una fase en la que se quedó atrapado y quería saber cómo terminaba. Se había vuelto adicto a ese tipo de juegos, porque antes lo era de juegos de RPG y ficción y demás, pero terminó dejándolo por razones obvias. Especialmente los de futuros post-apocalípticos.
Pasó un rato. Hope había conseguido avanzar con su personaje protagonista, el gigantesco policía desacreditado de Empire City Homer Simpson, hasta un almacén donde traficaban con un nuevo tipo de droga. Le gustó el hecho de que le hubieran puesto el nombre de uno de sus personajes más reconocibles del libro El Día de la Langosta y también que fuera obeso como el personaje homónimo de la serie (aunque él le recordaba más a Peter Griffin con barba, la cabeza rapada y un muy mal día por delante), pero sin un ápice de estupidez y ni un pelo de tonto pero con toda la brutalidad y fuerza bruta del mundo. También sentía empatía por los gordos, aunque él más que obeso estaba fuerte como un luchador de sumo. Tampoco era muy alto, pero lo compensaba con una fuerza y actitud brutal. Su aspecto le recordaba un poco al personaje de la primera entrega, Mark Caine; camisa de botones abierta, camisilla, pantalones vaqueros, botas y puño derecho vendado hasta un poco por encima de la muñeca. Tenía ojos de loco y expresión hosca, como si dijera todo el rato "te pego y luego te rompo". Por fin consiguió superar la fase y salió una animación donde Homer había encarcelado a uno de los jefes criminales del Sindicato, Victor O'Connor.
- ¡Quieto ahí, O'Connor!
- Agente Simpson, le estaba esperando... ¿Se da cuenta que ha roto un par de leyes actuando como acaba de actuar?
- Me da igual. Iré a prisión con gusto si antes le quito de en medio.
- Irá a prisión por nada: pronto seré libre.
- Esta vez no. Te pudrirás en la cárcel, desgraciado. Haremos hablar a tus hombres, conseguiremos confesiones y verás.
- Mira que es usted ingenuo. Mis chicos no hablarán.
- Tiene usted una fe muy ciega en sus muchachos, O'Connor. Esa será su perdición.
- Eso es algo que usted nunca ha entendido, Simpson; familia no es sólo aquella con la que ha nacido, sino esos por los que estás dispuesto a morir. Todos mis chicos y chicas lo saben y prefieren volarse la cabeza antes que hablar... ¿Diría usted lo mismo de su querido departamento de policía militar?
Esa última frase dejó algo desconcertado a Hope: "familia no es sólo aquella en la que has nacido sino esos por quiénes estás dispuesto a morir". Sonaba profundo, muy intenso. Y criminal, según parecía. Para Hope las palabras tenían un significado especial y algo le decía que aquella frase, bien usada, podía unir mundos. Pero conociendo al ser humano, terminarían usándola para sus propios intereses. Se perdió parte del resto del diálogo al quedarse pensando en sus cosas, pero al final Simpson disparó a O'Connor en la cabeza justo antes de llegar la policía a detenerle. Otra serie de secuencias de vídeo pasaban a informar sobre cómo Simpson pasa cuatro años en prisión por asesinato y asalto y concilia amistad con un criminal irlandés que pertenece al Sindicato para introducirle a la familia y justo después, antes de ser liberado, es visitado por un agente de la MNCA para informarles Simpson de que todo iba acorde al plan. Sin embargo, la inmersión al juego se vio interrumpida por unos ruidos del exterior.
Temiendo que algún monstruo estuviera cerca, Hope desconectó del mundo de los videojuegos para salir al balcón con los prismáticos preparados. Ya a lejos y antes de llegar a observar con más detenimiento, notó una polvareda de humo provocada por edificios derruidos. Quizá sólo fueran un puñado de Piezancos buscando entretenimiento derribando edificios abandonados o nidos de Alimañas como la última vez...
¡ROAAAAAAAARGH!
...O tal vez fuera algo más, porque ESO definitivamente no era un Ogro. Nunca oyó gritar a ningún monstruo como ese. Eso era malo. Algo muy malo. Pero no tenía sentido que un nuevo monstruo apareciera ahora en la ciudad después de tanto tiempo; él lo sabría, llevaba medio año metido allí. Necesitaba documentarlo cuanto antes, asi que corrió a revisar sus posesiones personales, que solía llevar en su bandolera. Sí, allí estaba. Él lo llamaba El Libro. Bueno, no un libro-libro tal cual, evidentemente. Lo llamaba así para distinguirlo de otros. Era un simple y común libro de tapa dura de cuero marrón, sin título o nombre que por alguna extraña razón tenía páginas infinitas, literalmente hablando, asunto al que no le dio demasiada importancia hasta que un día, revisando las páginas se percató de que estas no parecían llegar ni de lejos al final del libro, sólo teniendo más páginas. Era una locura, pero en vista de los recientes acontecimientos las locuras parecían cosas comunes últimamente. Lo había encontrado en una vieja biblioteca abandonada que fue su último gran refugio antes de irse a vivir al Paladice. Lleno a rebosar de información útil sobre los monstruos, pero también de cosas inútiles, palabras y cosas que no tenían sentido. El Libro lo llamaba artes arcanas... Magia. Como si tal cosa existiera. Qué ridículo. La magia no existe, existen los hechos, existe el ahora y el ahora dice que el mundo se ha ido al cuerno y toca sobrevivir a cualquier coste si es necesario. No hacía falta darle más vueltas. Justo entonces pensó que el nuevo dron sería útil, asi que abrió la caja, lo montó, lo preparó y se dispuso a despegar para revisar el terreno con seguridad. Pronto sabría qué era eso. Sacó al dron fuera y con su móvil (sí, tenía móvil; puede que en el Apocalipsis ya no se hagan llamadas, pero siguen siendo muy útiles para otras cientos de cosas, en este caso el mando a distancia del dron) lo hizo despegar. Pasó un rato viendo edificios y calles abandonadas hasta que finalmente encontró una gigantesca criatura destrozándolo todo a su paso.
Empezó entonces a analizarla con detenimiento y a sacar fotos. Nunca antes había visto algo parecido a esa bestia: cuatro patas y cuatro zarpas humanoides, pelo lanudo por todo el lomo, la cabeza y el cuello, dos cuernos saliendo por la coronilla y otros dos por la zona de los laterales del cráneo, tres ojos en diagonal, el del centro más grande que los otros en ambos lados, garras en las ocho zarpas, nariz muy chata, cuerpo alargado y pelaje grueso y aspecto, casi como el de un puercoespín... O más concretamente como cientos de miles de puercoespines unidos en una gigantesca moqueta de piel falsa.
- Madre mía, que pedazo de bestia salvaje- se dijo Hope- A ver qué dice El Libro sobre este.
Revisando El Libro, buscó por todas las páginas pero sin éxito aparente. Debía estar más profundo, asi que tenía que ahondar más.
- Ojalá esta cosa tuviera esto un índice o algo parecido. Me voy a hacer viejo antes de encontrar...
Entonces, mientras le sacaba fotos con la cámara del dron se percató de algo. Estaba lejos, muy lejos. Demasiado lejos como para que viera nada. Pero aun así olisqueó el aire. Olisqueó el suelo y luego... Miró hacia adelante. Por encima de sus gigantescos colmillos que sobresalían como los de un dientes de sable por arriba y por abajo de la mandíbula sus ojos se achinaron a más no poder, como si esperara ver algo a lo lejos. Entonces e abrieron de par en par y una gigantesca, aterradora y dantesca sonrisa que dejaría al gato Cheshire de Alicia en el País de las Maravillas a la altura del betún se dibujó en su rostro. Era una expresión horrible y aterradora. Parecía estar diciendo "Soy la encarnación del Mal en la Tierra, te he visto y me lo voy a pasar en grande contigo". Le había visto. A metros de distancia. Sus músculos le decían peligro, su mente le decía peligro, su sistema nervioso le decía peligro, asi que sin pensárselo demasiado mandó a volar bien lejos al dron para que huyera de allí lo antes posible. Tras una larga huída, consiguió esconderlo en un edificio cercano tras dejar atrás al monstruo. Entonces, desde su escondite lo vio asomarse, poniéndose en cuclillas sobre sus grandes patas traseras para otear el aire. Hope hizo lo mismo con sus prismáticos y lo encontró revisando los alrededores desde Diamond Street hasta donde alcanzaba la vista. "No puede ser, no puede ser" se repetía una y otra vez Hope. Pero lo era; le había visto. Llevado por el pánico, corrió a meterse dentro, cerrando ventanas, ventanales de la azotea, pasando cortinas, cerrando puertas, apagando luces y finalmente escondiéndose debajo de la cama para esconderse bien. A lo lejos aún oía sus gritos. Hasta Blake corrió a esconderse con él bajo la cama con él. Gimió de puro miedo.
- Shh- le intentó tranquilizar- Quizá te oiga. Shh.
