Capítulo XVII

Lluvia de Otoño.

Tori's PoV

Un par de semanas después de mi salida al bar con Jenny, las cosas con Jade no avanzaron demasiado. Aunque podía notar como su vientre comenzaba a crecer poco a poco, marcándose su área abdominal de manera adorable. Estábamos en fechas cercanas a septiembre, y el clima bipolar del otoño comenzaba a notarse. El sol no calentaba de la misma manera y los días nublados venían más y más seguido. Y así, de esta manera , me encantaban los días. Grises, de aquellos que te dan para pensar en más cosas. Por eso, de vez en cuando, salíamos con alguna excusa casi estúpida, a pasear. Dar vueltas por las calles de Hollywood se estaba volviendo un hábito de todas las noches, durante las últimas semanas.

Y todos los días Jade tenía una forma distinta de sorprenderme. No, por supuesto, que no era la misma complicada e inmadura chica gótica que me detestaba. Esta era una persona muchísimo más interesante de lo que creí, pero conservando cierta parte, la indiferente y algo insolente, y tal vez… con ciertos rasgos de celos. Le había cogido cierta antipatía casi inexplicable a Jenny. Y eso que aún no se la presentaba en persona.

-Se llevan mejor, ahora por lo que veo. - nos recibió así la ginecóloga Stevens a nosotras al vernos sonreír. Cerró la puerta tras nosotras y la embarazada tomó asiento en su, ya, habitual camilla. -¿Cómo te sientes Jade?

La aludida frunció sus labios y su ceño. Sí, aún le costaba un poco de trabajo el ir a una consulta médica, y verla así, atemorizada como nunca, me divertía de cierto modo.

-Extraña. - admitió con un tono bajo. - Los cosquilleos se hacen más seguidos.. y el otro día estuve sangrando por la nariz. - levantó levemente su ropa, dejando entrever su abdomen un poco más grande y pálido, acariciando con la punta de sus dedos su vientre bajo.

La especialista la hizo recostarse, y yo me quedé en mi habitual esquina. No me gustaba entrometerme demasiado en esto, sino hasta cuando Jade me pida que lo haga, además que mi posición de espectadora no me molestaba demasiado.

-Es normal. Estás terminando el primer semestre de tu gestación y tu nivel de progesterona se eleva. - la rubia rió al hacerla recostar en la camilla, y aplicar aquel gel. Jade se quejó en voz baja ante el súbito cambio de temperatura, y me miró con una sonrisa. Juro que podría enamorarme mucho más de sus sonrisas si lo sigue haciendo de esa manera.

Con el paso de las semanas, las consultas, a veces telefónicas de mi parte a la médico, me habían delatado un poco más de la discreción en la que habíamos acordamos estar, silenciosamente. Ella no me preguntaba nada acerca de qué sucedía entre nosotras , pero por supuesto, no podía dejar pasar que Jade a veces me dijera que le dolía la cabeza, o se mareara más de una vez en menos de una hora. Una que otra vez va al baño a vomitar en un sigilo propio de quién no quiere causar molestia. No es que ella lo hiciera demasiado, y tampoco era que fuese para mí una molestia, era sólo que tenía ese sentido de sobre protección con ella sin poder evitarlo.

-Porque debes saber que, la mayoría de los embarazos menores de doce semanas no llegan a buen puerto - la profesional habló con calma mientras buscaba con el aparto la posición perfecta del feto. El bombeo de su corazón era más claro y lento, y su figura era más definida, que la última vez. Aún si lo viera mil veces, no podría dejar de maravillarme. - Y si no tienen un cuidado, como el que ha tenido ella contigo, lo más probable que tus síntomas serían peor. Le debes mucho a esta chica. - la rubia me interrumpió señalándome y dedicándome un gesto de aprobación, interrumpiendo en mis cavilaciones.

En respuesta de forma tímida desvié mi rostro al lado contrario, encontrando, en ese preciso momento, una pared muy interesantemente blanca. Jade no preguntó mucho, porque Stevens le dio un folleto donde explicaba todas los procesos de la gestación. La médico nos dijo que, de la forma en que Jadey avanzaba, no deberían presentarse demasiadas complicaciones. Me regaló una sonrisa cómplice al decir que, cuando tuviese algún antojo, los satisfaciera de la mejor manera. Y la estimulación musical era importante, pero no aún con tan sólo trece semanas.

Al salir del consultorio, estaba lloviendo. La gente que no llevaba paraguas o alguna prenda que les protegiera, corrían de un lado a otro, intentando resguardarse de la lluvia, como si un poco de agua les fuera a dañar. Miré a Jade de reojo, quien intentó poner un pie fuera del techo que nos cuidaba, pero le detuve, aprisionando su hombro.

-Ni se te ocurra poner un pie fuera, Jade. Ahora no te puedes engripar. - le hablé mirándole fijamente. Ella frunció su ceño y sus labios, con una actitud desafiante.

-¿Cómo crees entonces, que saldré de aquí, genio?

-Tú te mueves de aquí, y soy capaz de dejarte sin tu amada ensalada caesar. - espeté luego de pensar un instante, pellizcando su nariz y saliendo en búsqueda de algún salvavidas momentáneo.

Por supuesto, por la hora, casi cerca de las nueve de la noche, estaban la mayoría de las tiendas cerradas, y no hallé nada entre Blvd y Sunset. Frente al Paseo de las Estrellas, tampoco encontré solución. Entonces, un poco más allá, en una esquina casi perdida, mi atención se centró un amarillo chillón y plástico que me llamaba, aproximándose a mí. Dios bendiga a los vendedores callejeros ilegales y oportunos, porque sólo él sabe de dónde diantres sacan paraguas en medio de la lluvia. No dejé que el hombre, de mirada bastante lasciva, he de destacar, me diera mi cambio, cuando salí disparada de vuelta al frontis del edificio donde dejé a Jade.

Ahí estaba, mirando a todas las direcciones, temblando y acariciando sus propios brazos. Me recordó cuando fuimos a San Diego junto a Cat y nos encontramos al payaso tan... amistoso. Sonreí abriendo el paraguas, acercándome a ella. Al verle castañear sus dientes me quité mi chaqueta, poniéndolo sobre sus hombros, la pelinegra se la quitó de inmediato. Me quedé batallando contra ella un rato, entre ponerla sobre sus hombros y sus manos quitándolo.

-¿Q-qué? - me habló enfadada.

-Póntela.

-N-no. Estoy bien. - negó con su cabeza y sus manos temblaron ante la fría temperatura.

-Jadey, por favor. - le supliqué intentando convencerle con un puchero.

-No, Tori. Con el paraguas, bastará.

-Anda, mira... si te tiemblan hasta los dientes. Por favor, póntelo, ¿Sí? - supliqué, deslizando mis dedos por su cuello hasta llegar a sus mejillas. Obtuve una conexión directa de sus ojos con los míos, y me vi en la tentación máxima de besar sus labios justo allí. En un lugar público. Desvié mi mirada desde sus iris grises hasta sus labios rosados, intentando contenerme, teniéndolos ahí, para mí, dispuestos a ser ultrajados por mi boca.

-No. Porque también te puedes enfermar tú, vuelve a ponértela – replicó en un tono ronco y suave. - Además, podrías contagiarme si te enfermas. Recuerda que dormimos juntas, amor – las últimas dos palabras fueron las gotas que revalsaron el vaso. Jamás me había dicho de esa manera antes. Y ni en mis sueños hubieran sonado tan sexys como lo hicieron. Fue tal el efecto que no aguanté la sed y estampé mis labios contra los suyos, sin importarme en donde estábamos, o siquiera si ocuparía ella el tiempo en corresponderme. Por suerte, ambas teníamos el mismo frenesí por la boca de la otra. Con tal experticia su boca se movía contra la mía y sus manos se entrelazaban tras mi cabello, ahogándonos en una batalla de su lengua contra la mía.

No sé si fue un minuto, o tal vez diez, sólo tengo presente el hecho de que nuestros alientos, al separarnos un par de milímetros, emitían un vapor bastante intenso. Una sonrisa de medio lado arrogante y tentativa se dibujó en sus labios rojos e hinchados. Piqué sus labios una vez más, e hice parar un taxi. De forma desprevenida, pasé finalmente la chaqueta sobre sus hombros y la arrastré de la mano hasta el vehículo. Me sorprendió el hecho de que no dijera nada sobre haberla besado en la calle, o siquiera atreverme a tomar su mano. De las dos, ella era la más reacia a demostrar signos de afecto en público, cosa que comprendía totalmente. Bostezó y talló sus ojos, señal obvia de que se dormiria a penas pusiera un pie en el coche. Al chofer le indiqué la dirección, y sonrió a través del espejo retrovisor cuando ella acurrucó su cabeza en mi cuello, cosquilleándome con su respiración.

-¿Es esa la tal Jade? - el hombre de bigote me sorprendió de pronto, iniciando aquella conversación tan particular.

-¿Qué?

-Es difícil olvidar un rostro como el tuyo, chica. Sobretodo con alguien como Gina acompañándote.

-¿Conoce a Gina? - le pregunté curiosa ¿Cómo podía ser posible que él supiera tantos detalles?

-Es mi sobrina... o algo así. Hija de la hermana de mi esposa. Siempre que necesita una carrera desde aquél bar de mala muerte, estoy cerca. - frunció su ceño y apretó su boca, mirando fijamente el camino. Se detuvo en medio de un taco. Me informó de que, a un par de cuadras estaban filmando una película, por lo que los desvíos dificultarían nuestro regreso.

-Así que... debo suponer que usted fue quién nos llevó aquella vez. - solté una risa medio nerviosa ante los recuerdos de mi casi anecdótica borrachera. Él asintió cuando tocó el claxón.

-En efecto. Y es interesante, porque conozco el nombre de ella... - indicó estirando sus labios de forma divertida, señalando a la chica pálida que acomodaba su cabeza en mi clavícula. - Pero no el suyo, señorita.

-Victoria pero dígame Tori. Aunque Gina me dice Vicky - sonreí, cerrando mis ojos ante la relajante sensación de la respiración de Jadey en mi cuello. Nos quedamos en un silencio confortable cuando él encendió la radio, sintonizando una estación que pasaba canciones de los '80. El resto del viaje no fue tan arduo. Mantuvimos una conversación ligera por aproximadamente veinte minutos, entregándome datos de su sobrina, y yo especificando un poco más de ascendencia. Hablamos sobre el clima, los autos y el embarazo de Jade. Bromeó de lo evidentemente embobada que me traía ella. Tocamos el tema de la sexualidad y de cómo no era un problema para él, puesto que en su oficio, a su automóvil había subido de todo. Desde delincuentes que le eligieron al azar, y para su desgracia más de una vez, hasta el mismísimo Brad Pitt. En Hollywood había y se veía de todo – llegamos a aquella conclusión cuando estacionó frente a mi edificio.

La lluvia no cesaba con nada y Jade tampoco despertaba. Ocupé todos mis métodos delicados para hacerle reaccionar, cuando me sentí en confianza con Louis, el taxista. Desde besos sobre su cabello hasta susurrar palabras dulces en su oído.

-Sino despiertas, Bella Durmiente, me veré en la obligación de dejarte aquí para siempre – sentencié finalmente consiguiendo cierta reacción de ella. La muy manipuladora estaba haciéndose la dormida. Mordió levemente mi cuello, ganándose un pequeño quejido de mi parte. El hombre del bigote anaranjado rió y de sus labios leí la palabra astuta. Le agradecí al bajar tras la pelinegra, pagándole y dejándole el cambio a él.

No tuvimos necesidad otra vez del paraguas, porque estuvimos rápidamente bajo techo. Empecé a sospechar que fue realmente innecesario comprarlo... en este instante. Olvidando el hecho, corrí tras Jade quien subía al ascensor en pasos rápidos. En sus labios apareció una sonrisa de victoria cuando me vio alcanzarla. ¿Por qué demonios calcula todo? Y yo, como la idiota que soy, caigo en todas sus trampas. Antes de presionar el botón para salir a nuestro apartamento, tomó mi mano, alejándola del panel, presionando entonces, el que nos conducía hasta el último piso.

-Tengo ganas... de probar algo – habló simplemente, sin quitar sus dedos de mi muñeca. Contuve mi curiosidad en la garganta, cuando me llevó hasta la azotea del edificio. Por suerte, contaba con tejado hasta la mitad de la terraza, y aún así la altura del lugar, me dio una sensación de escalofrío. Avancé insconcientemente hasta la mitad del espacio, asombrada por las luces de la ciudad.

Parecía una fotografía en movimiento constante.

Los brazos de la chica pálida se pegaron a los míos, entrelazándolos, y apoyando su barbilla en mi hombro. Dio un beso ligero sobre mi cuello, estremeciéndome. Recién me di cuenta, de esa manera, de la diferencia de altura entre ella y yo. Cerré mis ojos, Jade me relajaba con sólo un gesto. A veces una sonrisa, otras veces con sólo respirar cerca mío. Otras veces, sin hacer nada.

-¿Y? - pregunté suavemente, sin girarme. Suspiró contra mí, poniéndome la piel de gallina.

-Sólo quedémonos aquí un momento, así. Necesito pensar.

No quise indagar, para no incomodarle. Había aprendido con el paso de las semanas, que cuando quería meditar, era mejor quedarse en silencio. Tienes dos opciones si le interrumpes. Te gritará y/o te arrojará lo que esté más cerca, ó terminarás fuera de casa por un par de horas, antes de que por tu cabeza pasen las torturas más viables, en donde ella era la víctima de tus posibles ataques.

Sentí sus labios contra mi piel, erizándomela. Sus labios se quedaron allí más de un segundo, entreabiertos, sintiendo sus dientes rozar mi garganta. Mordí mis labios como reacción. Mi respiración comenzaba a acelerarse a medida de que ella incrustaba aún más sus dientes en mi cuello. Comenzó a remover sus manos de las mías, deslizándolas suavemente por mi abdomen hasta mis pechos, masajeándolos sobre la ropa. Solté un suspiro entrecortado cuando presionó uno de mis pezones, que estaban ya duros por la baja temperatura.

-¿En... qué piensas? - pronuncié con dificultad, cuando sus labios se movieron hacia mi clavícula. Empecé a olvidarme de que estábamos en la azotea, aunque sólo fuese la lluvia nuestra única espectadora.

-Has sido una mala chica, Vega, – susurró con un tono seductor en mi oído, mordiendo el lóbulo – Me prendes... y luego te marchas.

Presionó más fuerte mis aureolas, retorciéndolas, apretándolas, pegándome más a ella y sacándome un sonoro gemido. Si hubiera sido sólo un roce, reaccionaría de la misma manera. ¿Qué más pueden pedirme? Era demasiado tiempo sin actividad sexual, y, sinceramente, estaba siendo mejor de lo que planeaba que fuese. Me di media vuelta y la besé de forma casi desesperada, devorándole el oxígeno y robándole un suspiro. Una de sus manos cambió de ruta, tomando camino sur y desplazándose despacio por mi espalda.

-¿Te he dicho lo mucho que me encanta tu trasero? - masculló comiéndome con los ojos, mientras yo la conducía hasta la puerta, besando una y otra vez sus labios hasta hincharlos y enrojecerlos. El brillo en sus ojos comenzaba a cambiar. Procuré en mantener cuidadosamente equilibrio al caminar casi a ciegas.

La lluvia a mi espalda no cesaba, y las manos de Jade que exploraban mi cuerpo, tampoco lo hacían. Por mi interior fluían miles de sensaciones juntándose y separándose a cada instante. Mi voz no emitía más que jadeos incesantes cada vez que nos separábamos unos milímetros para inhalar.

Sé que he dicho que ella es intensa, pero con esto, comenzaba a creer que aquél término comenzaba a quedarle corto. Entramos a nuestro piso con mucha dificultad, entre besos y caricias furtivas. No podía dejar pasar este momento, de ninguna manera. Casi tres meses junto a ella, y en ningún momento siquiera tocamos, entre ella y yo, el tema del sexo. Tal vez por timidez, o incomodidad.

Traté de no ser tan brusca cuando caímos a la cama. Las palabras y la ropa sobraban. Sus ojos, oscurecidos de lujuria, se encontraban con los míos de vez en cuando. Jade estaba tan encendida que, creí, no habría otra oportunidad como esta.

Nos detuvimos a respirar un momento. Su piel comenzaba a estar perlada y su pecho subía y bajaba.

-Vamos, Jade. Respira un momento – le pedí besando su frente. Sentí palpitar aceleradamente su corazón cuando rocé mis dedos en su pecho.

Desabroché su camisa lentamente, y deposité un pequeño beso en su garganta. No me moví hasta que se tranquilizara un poco más. Entrelazó sus manos tras mi cuello, acomodándose, sentada sobre mis piernas, y dio un suspiro largo.

-¿Mejor? - susurré contra su oído. Ella buscó mis labios en respuesta. Paulatinamente aparté su prenda, dejando expuesto su brasier blanco, y rozando sus pechos pálidos. Su boca se movía de una forma exquisita contra la mía, en una sincronía que parecía pre-meditada.

Arqueó su cuello cuando sintió mi boca mordisquear su cuello, dejando un marcado chupón. Jade murmuró mi nombre al enredar sus dedos en mi cabello, al sentir mi aliento en su hombro. La estaba matando en una forma placentera. Mis manos, casi con temblor, acariciaban su vientre medio-abultado cosquilleándole, y tomé posesión de uno de sus pezones, arracándole un gemido desde su garganta.

-No tan fuerte... – suplicó jadeante. Olvidé que, según lo que he leído, los pechos de las mujeres se vuelven más sensibles en el embarazo. Me disculpé besando el espacio entre su cuello y sus hombros tomando camino abajo.

Nota. Jamás des por hecho que las acciones de una chica son lo que realmente desean. Sobretodo si se trata de Jade. Estaba casi segura de que se estaba rindiendo lentamente a mis caricias, cuando, sorpresivamente, jaló de mi cabello, atrayéndome de vuelta a su rostro. Una media sonrisa burlesca apareció en sus labios cuando finalmente me empujó, chocando mi espalda contra el colchón.

-No creas que tendrás el control, Vega – ronroneó.

Y yo, en ese momento, debí estar de acuerdo.