Capítulo XVII
Fúnebre
Jade's PoV
Maldito sol que sale después de llover. Me removí en la cama de un lado a otro, tratando de hallar la mejor forma para seguir durmiendo, pero no hubo caso. Los rayos que traspasaban la cortina me molestaban en la cara peor que un mosquito.
Tomé asiento entonces, y miré el cuerpo desnudo de Tori a mi lado. Recién allí me di cuenta que yo también desnuda. Había tenido el mejor sexo de mi vida. Hacía años que no me sentía tan repuesta. Y Vega roncaba a mi lado como un león enfurecido, arruinando mis pensamientos de la perfecta noche anterior.
Un concepto y un olor en particular vinieron a mi cabeza, luego. Cheesecake de duraznos. Oh, leche. También quiero leche. Cheesecake de duraznos y leche. Y que sea de frutilla... tal vez manjar. Con galletas... hmm... sí... galletas de jengibre. Me merecía un desayuno dulce – incluso cuando no supiera a ciencia cierta qué hora era, como para llamarlo 'desayuno'. Pero... no quería levantarme a comprarlo. Para eso tengo a Vega. Además, es Sábado.
-Vega... - le llamé picando uno de sus cachetes – Tori despierta. Vamos... tengo hambre – rogué jalándole su mejilla. Frunció su ceño, y apartó mi mano – Por favor... tenemos hambre.
-Hm... Otro día. Ahora quiero dormir – habló volviendo su rostro al lado contrario. No me daría por vencida tan rápido, si era lo que ella pensaba.
-Tori... soy tu conciencia – murmuré en su oído, divirtiéndome – Jadey y bebé quieren cheesecake. No seas mala, levántate, hazme caso.
-No quiero...
-Levántate o te haré algo malo, muy malo, Vega.
Se sentó de golpe, y acarició pronto su sien. Me miró medio desorientada. Luego, al hacer maquinar su cerebro, abrió sus ojos sorprendida y bajó su mirada a su regazo.
Lo recordó.
-No iré a por tu antojo – alegó antes de que le dijera.
-Prepararé un café para ti – respondí haciendo círculos en su pecho. Incítale Jade, vamos, así no se negará.
-No me sobornarás con un café, Jade. Tú eres la adicta, no yo.
Gruñí apartándome de su lado, buscando alguna artimaña como para convencerla. ¡Ya sé! Me volví a ella, haciendo un puchero. Último y desesperado recurso. Deposité un beso casto en su mejilla, y Vega se sonrojó. Tiene reacciones de quinceañeras, a veces. Giré su rostro y me apropié de su boca, mordiendo su labio inferior, sin quitar contacto de sus ojos de chocolate.
-Por favor, ¿sí?
Exhaló pesadamente por la nariz, en signo de derrota. Si fuese Cat, estaría dando brincos por mi pequeña gloria.
-¡Mierda! - pronunció tocando sus caderas al levantarse de la cama - ¿Qué carajos me hiciste anoche, Jade? - se quejó caminando con un leve cojeo hasta el baño sin preocuparse en tapar su desnudez. Reí cuando le oí chillar desde allí, alegándome por los chupones bajo sus senos, en sus hombros, y su cuello.
-¡Estaba inspirada! ¡Lo siento! - le grité, sin tener intención de levantarme aún. Hundí mi cabeza en la almohada una vez más, suspirando y tapándome hasta la nariz. Escuché el agua de la ducha, y me relajé una vez más, cerrando mis ojos, sin quitar una sonrisa de inexplicable felicidad.
...
No sé cuanto tiempo me dormí, pero las gotas de agua que caían desde pelo de Tori me molestaban en la cara mientras ella me jalaba para reaccionar.
-¿Eh?
-¿Qué quieres que compre?
-Cheesecake de duraznos, leche de frutilla o manjar... o las dos y galletas de jengibre.
Entrecerró sus ojos, anotando todo en la mente.
-¿Por qué quieres tantas cosas dulces? - cuestionó.
-Díselo a él – dije señalando mi, ya no tan pequeña, barriga. Picó mis labios una vez más antes de marcharse, con un poco de dificultad al caminar, a comprar. Sonreí triunfante porque tratándose de ella, siempre me saldré con la mía.
Abandoné la cama, al fin, examinando algo, en toda la ropa regada por la habitación, con qué taparme. Busqué mi celular para chequear la hora y lo hallé bajo las sillas del comedor. La pantalla se encendió mostrándome cuatro llamadas perdidas de John, mi hermano pequeño. Me extrañó muchísimo, porque jamás me llama, sólo cuando es una emergencia. Le marqué de vuelta, contestándome al cuarto tono. Distinguí sus sollozos al responder.
-¿Ja-Jadey? Al fin te comunicas, hermana – habló en un tono apagado. Un vacío empezaba a crearse mi estómago, preocupándome.
-¿Qué pasa Johnny? ¿Por qué me llamaste? - cuestioné con rapidez, sabiendo que no es nada bueno. Mi garganta comenzaba a apretarse a medida de que mis palabras fluían. Él rompió en llanto sin tener más respuesta que sus quejidos durante más de dos minutos. Inhaló profundamente antes de calmarse para hablar claramente.
-E-es... mamá, Jade.
Palidecí y tragué saliva, dando vueltas por todo el apartamento, intentando preparar mi mente para lo que fuera.
-¿Qué ha pasado? - pregunté en un hilo de voz. La angustia comenzaba a desesperarme. - ¡Contesta de una puta vez, John!
-Mamá... mamá falleció, Jade.
Un balde de agua fría me empapó por completo, literalmente. Tiré el teléfono contra la pared, e instintivamente agarré mi cabello, jalándolo.
No, no podía ser cierto. Esto no era real. Era maldita broma, una malísima broma. No podía estar pasando, no me podía estar pasando a mí. John debe estar bromeando, sí debe ser eso. Porque esto no puede ser posible. Porque mamá... mamá y yo debíamos reconstruir nuestra relación, haríamos las paces y todo volvería a ser como antes entre ella y yo. Mamá no me puede abandonar en este momento ¡NO LO PUEDE HACER, MALDITA SEA! ¡NO ME PUEDE DEJAR SOLA! Mamá no puede estar muerta. Ella debe envejecer, y ver a sus nietos ir a la universidad. Ella tenía que estar en mi parto. Mierda, mierda, mierda. No puede ser verdad. No es cierto. Ella... yo... ¡NO! ¡ME NIEGO A DEJARLA! ¡ELLA NO SE DEBE IR! ¡TIENE QUE QUEDARSE JUNTO A MÍ! ¡ESTA ES UNA MALDITA MENTIRA! ¡MAMÁ ESTÁ VIVA!
Golpeé todo lo que tenía que estaba cerca mío, sin importarme si me hacía algún rasguño. No me importaba en absoluto. Quebré un par de jarras, y destrocé una silla. No era posible. No, nada de eso era posible. No había manera de fuera cierto. Ella no tenía ni una maldita enfermedad, nada. ¿Tenía? Tiene, porque está viva, yo lo sé. Sí, está viva, y haré pagar a John por esta broma.
Las lágrimas brotaron de mis ojos mirando el desastre en el piso. No había vía alguna de que ella esté muerta. No puede morir sin antes hablar conmigo. No tiene que dejarme con una conversación pendiente. No, no, no, no, no. Me niego a creerlo ¿Cómo es posible que se atreva a irse, dejándome así?
-¿Jade, estás bien? Escuché que se quebró algo, ¿está todo bien? - oí a Vega hablar apresurada desde el pasillo. Me hallé a mí misma en un rincón, con la mirada perdida - ¿Jad-...? ¡Dios mío!
Me abrazó entonces, llevándome al baño. Noté que su playera amarilla se manchaba de rojo. Sangre. No podía parar de llorar, en ningún momento, incluso cuando curó ella los cortes aleatorios en mis brazos y pecho.
-¿Qué pasó, hermosa? - le escuché pronunciar. No tenía voluntad alguna para responder. Mi cuerpo no respondía – Amor, por favor háblame. Dime algo... ¿Qué pasó, Jadey?
Me aferré a sus brazos cuando pude tener algo de fuerza. Sentí sus lágrimas de angustia mojando mi cabello, y yo no podía parar mis sollozos. Sus brazos me apretaron contra su cuerpo, acariciando mi espalda, yo cerré mis ojos.
-Tori... - balbuceé en un tono apenas audible – Mamá... mi mamá murió.
Sentí que su respiración se detuvo un instante. Al siguiente segundo estallé nuevamente en lágrimas.
No podía ser cierto, aunque lo dijera mil veces, no podía ser verdad. Mamá no puede estar muerta. No cabía en mi cabeza que se haya ido. Cuando pude recién detener mis quejidos, sentí las energías abandonar mi cuerpo, sintiéndome desfallecer en los brazos confortables de Vega, y perdiendo la noción de control/espacio, estando aún consciente.
Deseaba que nada de esto fuese real.
La oí balbucear un par de palabras antes de llevarme de vuelta a la cama. Vi los vendajes que rodeaban mis muñecas y manos. Comencé a preguntarme qué diantres pasó, pero no pronuncié nada. No podía decir nada. Me encontré con la boca sellada, casi a fuego. El cuerpo me pesaba de una manera terrible cuando las gotas saladas cesaron. Pude imaginarme a mí misma con los ojos rojos.
Vega volvió a mi lado con un vaso con agua. Me miré, y estaba temblando. Desde mis labios hasta mis pies.
-No tengo nada para decir, Jade. Esto es... es... wow. No me lo esperaba. No sabes cuanto lo siento, Jadey.
Tori acariciaba mi rostro, limpiando el rastro de las lágrimas, pero yo parecía estar en un jodido trance. Bebí del líquido a duras penas, suspirando. El shock era demasiado. Suspiré tantas veces como respiré. Un ardor sofocante se abría paso en mi interior, desesperándome tanto como fuese posible. Cerré mis ojos cuando mis sentidos tocaron fondo.
La acumulación de sentimientos me noqueó al punto de dormirme por un par de horas. Me encontré descansando en el pecho de Vega, aferrando mis brazos a su espalda. Los pensamientos de mi madre se agolparon a penas puse a trabajar mi cabeza. Apreté mis dedos en sus omoplatos, mortificada. Las lágrimas fluían incesantemente. Tori consolaba mi espalda e intentaba apaciguarme, pero no había caso. Estuve así hasta que oscureció afuera. En mi mente chocaron los recuerdos de mi infancia, las pocas veces que le dije que le quería, las caminatas al parque, y mis berrinches de niña mimada. Los brazos de mamá cubriéndome al decirme que ella y papá se separarían. Sus labios besando mi mejilla cuando le conté que había conseguido entrar a Hollywood Arts. Su sonrisa cuando me presentaba a Alex, su nuevo novio. Ella, John y yo en su auto yendo a algun lugar juntos. Todo se juntó a la misma vez.
Suspiré. Tenía que ir a verla. Confirmar o negar todo.
Tori no me dejó en ningún momento. Su mano se aferraba a la mía y acariciaba mi pulgar, diciéndome que ella estaba allí. Pero no quería tener nada a mí alrededor. No quería nada más que a mí madre. Sentía mi garganta seca, y mis sollozos no finalizaban en ningún instante.
-Gracias Louis – oí a Vega, cuando nos bajamos del taxi. Estábamos frente al lugar donde... estaba mamá. Los vehículos de todos los tonos posibles rodeaban casi toda la cuadra. Ramos de todos colores, y estandartes de flores, todos con fondos verdes. Parecía un jardín de condolencias. Jamás pensé que mi pecho doliera tanto en este momento.
Afuera, en la puerta, estaba mi hermano, esperándome, vestido formalmente con un traje que mamá le había comprado. Parecía un viejo pequeño. A penas me vio, caminó hasta mí, con su mentón temblando.
-Jade... - susurró cuando estuvo frente a mí. Sus brazos pequeños se aferraron a los míos. Repitió que lo sentía muchas más veces de las que pude contar. En mi cabeza aún no lograba asimilar nada.
Se separó lentamente de mí, y saludó a Vega cordialmente. Me miró nuevamente y notó el leve cambio.
-¿Estás embarazada, hermana?
Había olvidado contarle a mi familia. Mi cabeza se olvido de ese mínimo detalle. Y con familia, me refiero a tres personas... ahora dos.
Asentí, y en la comisura de sus labios se dibujó una sonrisa. No entiendo como puede estar alegre en una situación así. Volvió a abrazarme y yo acaricié su espalda. Eran pocas las instancias en que me permitía tener un momento así con mi hermano. Desde que me fui de casa, lo vi con suerte dos o tres veces, cuando estuve enseñándole a esas 'amiguitas' suyas. Tenía paciencia con ellas sólo porque la paga era buena, y bueno, por hacerle un favor a él.
Nos encaminamos juntos, la castaña tras nosotros, en silencio absoluto. Agradecí que él no preguntara nada, ni del bebé ni de cómo me sentía.
La habitación estaba aún más repleta de flores, de todos los tipos. El pedestal con el libro de condolencias estaba a un lado de la puerta, y una fila de sillas me conducía al féretro. Todos los asientos estaban ocupados por personas que supuestamente conocían a mi madre, pero que jamás en mi vida vi, a excepción de un par de rostros reconocibles. Incluso papá estaba allí, junto a un grupo de hombres de traje.
Al entrar, todo el mundo volteó a verme. Miradas curiosas, indagadoras. Un par de caras sorprendidas al observar mi estado. Otros, en tonos bajos, cuchicheaban sin disimulo.
Me sorprendí. Tenía parientes que siquiera conocía. Mamá tenía amigos de los ambientes que jamás imaginé, debido a su personalidad algo retraída. Alex, un tipo de piel canela, barba tipo candado, y con la cabeza nevada, lloraba a un lado del cajón tallado en madera fina, y al verme, se asombró. Era de suponerse. No me atrevía a acercarme más. Con sólo verle a él, el novio de mamá, llorando me bastaba para saber que era verdad. Me paré a un lado del pedestal, con la mirada perdida.
El celular vibró en mi bolsillo.
Te esperaré afuera, creo que no es conveniente que entre ahora, además necesitas tu espacio. Tori.
Mis ojos se llenaron de lágrimas una vez más al mirar al frente, donde los faroles de luz blanca artificial iluminaban las cuatro puntas del ataúd. No me convencería jamás de que le perdí de manera tan repentina. Mi garganta se abarrotaban de espasmos, y nadie se acercaba a mí. Rasguñé la muralla que estaba a mi espalda cuando me sentí ahogada, tosiendo, intentando recuperar oxígeno.
Era demasiado. Demasiado duro para ser verdad.
Inhalé, exhalé, y un vaso apareció ante mí. Era mi padre que alzaba mi rostro y limpiaba mis ojos. Me hizo beber un poco, calmándome. Mi respiración se hizo más pausada, cuando él sostuvo mi cabeza entre sus manos.
-Jade, hija... ¿Estás mejor?
Dudosa, meneé mi cabeza arriba abajo. Una media sonrisa apareció en su rostro, al abrazarme.
-Lo lamento tanto. No sabes cómo me duele. Anne es la madre de mis hijos, imposible que no me doliera.
Sentí extraño que él se comportara de manera tan cariñosa, cuando acariciaba mi espalda. Su perfume llenó mis sentidos, y me consideré, por un momento, como una niña otra vez. Cuando estábamos sólo los tres, mamá, papá y yo, siempre me abrazaba de esta manera.
-Y mira que enterarme de esta manera, que voy a ser abuelo, y no me lo puedes negar, pequeña – me regañó en un tono suave. Me aferré a sus brazos sin tener más lágrimas que soltar. Mi padre era la única persona que podía confortarme, en este instante – Felicitaciones Jade, sé que serás mejor de lo que nosotros fuimos contigo y John. Sé que no es la situación indicada para decirlo pero... me siento feliz de que estés creciendo, hija. Ser padre, es lo más hermoso que te puede pasar en la vida.
Unos brasas quemaron en mi interior lentamente. Era un pequeño brasero en medio del hielo. Por lo menos, mi papá me apoyaba, en cierto punto, que era hasta donde él sabía. Tuve ganas de responderle algo, pero mis cuerdas vocales decidieron no funcionar. Y lo preferí así, con él abrazándome y yo sosteniendo mi cabeza en su hombro. Mis ojos se cerraban lentamente, por el cansancio. Deseé no abrirlos más, pero tenía que seguir.
"¿Cómo estás?" era la pregunta más reiterada cuando decidieron acercarse a mí e interrumpir mi momento con mi papá. Ellos me conocían y yo no conocía a nadie, salvo John, Alex y mi padre. ¿Cómo estoy? En shock, devastada, quizás. Me siento vulnerable, sensible. Pero no podía darles esas respuestas a ellos. No les interesaba en lo más mínimo, sólo lo hacían por cortesía, por preguntar. Era obvio que, saliendo de aquí, nadie se preguntaría en realidad como estoy. A nadie le interesaba, y era mejor así. No necesito la lástima de nadie.
No podía estar en ese lugar demasiado tiempo. Me dolía, aun cuando me esforzaba en que no me afectara, pero parecía imposible. Tanto, como el convencerme de que mamá estaba ahí, dentro de ese maldito cajón.
Los conceptos de "Dios", y "paz" se repetían una y otra vez, y los aborrecí lo suficiente como para hartarme de ellos. Deseé golpear a todos y cada uno de los que creían saber que era lo que necesitaba. Deseé echarlos del lugar, o gritarles. Pero no hice nada. Mis fuerzas me habían abandonado cuando llamé a mi hermano esta mañana.
Quería que la oscuridad, mi compañera de antaño, me abrazara una vez más y no me dejara. No quería sentir esa opresión en mi garganta. No quería ese dolor de cabeza, no quería las puntadas dolorosas en mi espalda. Quería no sentir nada. Quería olvidar a Beck, Tori, mi bebé. Por un momento, quise ser egoísta como antes fui.
Quería hundirme en mi propia mierda y no salir jamás.
El paso al siguiente día ni supe como fue. Desperté con el olor a chocolate y ese leve toque de tabaco en mi nariz. Tenía mi cabeza en el cabello de Vega. Me dolía abrir mis ojos, y mi cabeza daba vueltas como un remolino furioso. Todo me dolía terriblemente, desde los cortes accidentales en mis brazos y pecho, hasta mi vientre. Tal parecía que él o ella no quería manifestarse hasta ese momento. Se lo agradecí mentalmente, cuando noté su inquietud, revolviéndose en mi vientre. El entierro sería a eso del medio día y yo desperté a las ocho de la mañana, sentía que no había dormido nada.
Tori se encaminó en silencio conmigo a la cocina. No era posible que hubiese algún tipo de frase o palabra que decir, de todos modos. Era preferible el mutismo voluntario, antes de que una palabra me hiriera, como amenazaba hacer si hablaba. Un descafeinado exprés y un té simple para ella. No había ánimos para nada más.
Jamás había llorado tanto antes, y creo que jamás volveré a llorar de la misma manera. Mamá valía cada una de esas lágrimas. Cada gota de este angustiante sentimiento, de que no la volveré a ver, no podremos charlar. No podré pedirle perdón.
-¿Estás preparada, Jadey? - la castaña me interrumpió masajeando mis hombros. Su monótona voz me dio un escalofrío. Asentí, aunque no estuviese lista, realmente. No estaba preparada para nada. No estaba preparada para despedirme. No quería dejarla ir.
El sol golpeaba tan fuerte como podía. Lo que anunciaba ser un buen día, para el resto, para mí era el peor de mis días. Y no había momento en que no pudiera recordar algún instante con mi madre. El arrepentimiento de las palabras jamás dichas, en el momento en que sabes que nunca podrás pronunciar luego, es tan inevitable. No se lo doy a nadie. Los lentes de sol gigantes de la castaña cubrían casi la mitad de mis mejillas, y -por suerte- pude ocultar mis ojos, de una buena manera.
Volvimos al mismo lugar, el sitio de altas murallas estaba aún más cubierto de adornos que la noche anterior, y los estandartes de flores se habían multiplicado. Me pregunto cuantas personas más sentían compasión por nosotros. La carroza estaba estacionada un par de metros lejos, casi llegando a la esquina de la manzana en donde estábamos.
Adentro nuevamente hubo caras que no conocía, en definitiva. Alex, John y mi papá tenían unas ojeras del demonio. Me sorprendí de que el recatado señor West se haya quedado toda la noche ahí.
Un par de minutos de total y abrumador silencio, después llegó el encargado de la funeraria a hablar con Alex, y así, al verlo asentir y mirar el féretro, supe que tenía que despedirme de ella, por última vez. Esta vez, Tori entró, pero se quedó a un lado del pedestal con -ahora- dos libros de condolencias ¿Cuánta era la cantidad de personas que en realidad conocían a Anne?
El circuito del cortejo fúnebre para el corto trayecto desde el edificio hasta el parque, fue lento. Mucho más de lo que mi dolor soportó. Callada, y pensativa a mi lado estaba Vega, de lo que me enteré mucho más tarde, no me dejó a solas jamás. Todo parecía tan confuso y borroso, que no podía recordar nada de lo que haya dicho durante estos dos días, era desesperante el silencio, pero tranquilizador, de manera que podía pensar libremente.
El sol se mantenía en lo alto del cielo cuando, rodeado de personas en todo momento, el ataúd bajó. Con mi corazón destrozado, vi descender e féretro hasta la oscuridad. A esa misma de la que no puedes volver. A la que yo quería que me guiara.
