Primero que todo, les debo una disculpa a todos ustedes, mis lectores. Sé que esta historia ha ganado bastantes seguidores a través del tiempo en que estuvo en hiato, y no sé cómo agradecer vuestra paciencia y apoyo.

La verdad, es que he tenido un bloqueo terrible, mi vida ha tenido unos vuelcos bastante bruscos desde que dejé esta historia, he intentado buscar un norte, y creo que ya lo encontré. Muchas gracias por sus lindas palabras y reitero, la paciencia que han tenido conmigo.

He de confesar que pensé en dejar hasta ahí la historia, pero ustedes no se merecen eso.

Por lo mismo, decidí retomar esta aventura. Los capítulos probablemente sean más cortos , pero prometo dar todo de mí para terminar esto.

Debo dar gracias especiales a inugami18, elyshakespeare, Selene Cruxe, Tapia, JORI4EVER y todas esas personas del V-team que de tanto en tanto me abofeteaban para que siguiera aquí.

Así que… ¡comencemos!


Gina.

En el exterior había un día inusual para el estado de Los Ángeles. El clima gris no se marchaba de la ciudad y llovía fuerte, con un frío que te obligaba a llevar bufanda y guantes, en la ciudad del verano eterno.

Un humeante café entre mis manos, se encargaba de darle calor a mi cuerpo con su olor y sabor tostado. Las gotas de lluvia se pegaban en la ventana, una tras otra, sin descanso. Algunas se unían después de un tramo y descendían en una carrera veloz. En el interior de la oficina, mi aliento empañaba el vidrio, teniéndome distraída.

Después de la muerte de su madre, Jade ha estado un poco retraída. Las heridas de sus brazos se han curado rápido, y el estado de su bebé está normal, pateando siempre que me oye hablar. Es como si reconociera mi voz. Pero ella está ahí, ausente de si misma, sin energía para levantarse de la cama. Incluso parece estar más pálida.

No es como si pudiera juzgarla, porque siento que no hay consuelo que sea correcto. Me he limitado a darle sus alimentos a sus horas, y abrazarla cada vez que la veo así. Incluso intento charlar con ella, pero no pasa de un tenso momento, en el que prefiero salir a fumar a la azotea del edificio. La extraño. Extraño su sarcasmo y su sonrisa traviesa. La extraño tanto que me he llegado a comunicar con su hermano, John, quien se ha visto bastante entusiasmado con la idea de ser tío.

El chico el otro día fue a almorzar con nosotras. Es bastante dulce y tímido, un amante de los videojuegos y las series de Cartoon Network, muy distinto a su hermana, pero sus ojos y cabello castaño no podrían dar a dudas del parentesco. Intercambiamos teléfonos ante cualquier emergencia pero, ¿en qué podría ayudarme un chico de dieciséis años?

– ¿Tori? ¿Está todo bien? – Gina dice en tono bajo, golpeando débilmente la puerta.

– Sí, tranquila, sólo estaba revisando el formato que le daremos al álbum físico de Jenny.

Posó una mano sobre el respaldo de mi silla y la otra sobre el ratón del computador, arrastrándolo sobre las imágenes.

– ¿Cuál te gusta para ella? – la pelirroja me preguntó, revisando una a una las opciones en la pantalla.

– Por el contenido, diría que ésta – señalé una morada, que tenía un fondo morado y las letras de las canciones escritas por el puño de Jenny, resaltadas en blanco. En su contorno, existían dibujos, más bien garabatos, con los que contribuímos las tres; un semáforo de Gina, un avión medio extraño de Jenny, y mariposas y flores de mi parte.

– Muy noventas.

– Muy Alanis Morrissette, dirás. – corregí con un intento de sonrisa. Ella soltó una carcajada.

– Siempre tan cursi, Vicky. Pero me gusta la idea. Se lo mandaré en un correo a Jen, para que lo revise y mañana lo imprimiremos para enviarlo a una radio.

Mi jefa cerró la ventana en el computador, y apagó el equipo sin preguntarme nada. Su otra mano masajeó mi hombro, detectando mi tensión al instante. Cerré los ojos y solté un quejido involuntario. Tomó la silla a mi lado, sentándose y girando la mía para que la mirara.

– ¿Cómo sigue Jade?

– Pues… está. El pequeño está bien, sin complicaciones ni riesgos, pero ella… está. – suspiré, mordiendo mi labio. Una molestia subió desde mi pecho hasta el final de mi garganta.

– ¿Y tú?, ¿cómo te sientes?

– Bien, creo. – dudé, – Es decir, sé que debo ser fuerte para ella, que tengo que estar ahí, pero verla tan… triste, me afecta, ¿sabes? Mi mamá me invitó a cenar con ella ayer, pero tuve que negarme porque no puedo dejar sola a Jadey, temo que haga alguna estupidez. No puedo tampoco abusar de la disposición de Cat, porque ella sólo vino de visita a Los Ángeles. Se quedó unas semanas luego del accidente de Anne, para acompañarnos, pero ya pronto debe volver a sus clases en Nueva York.

Gina miró la ventana que antes me distraía, pensando. Ella es mi única confidente, a quien le he contado lo sucedido. En reiteradas ocasiones me ha dicho que intente entenderla, de verdad lo hago, pero me frustra no poder hacer nada por mi novia. Son tres semanas ya, en las que Jade no hace más que encerrarse en sí misma.

– ¿Te molesta si te acompaño hoy a casa? Quiero conocer a Jade.

Abrí los ojos, sorprendida.

– Prometo no hablarle nada malo, es sólo que… quisiera decirle un par de cosas, que quizás le sirvan. Te juro que me iré si le incomodo.

¿Ir o no ir? Sé que le dije que se la presentaría, pero… ¿será esta la manera?

– Si te molesta, entonces olvídalo.

– No, no, sí. Vamos. Le marcaré y le diré que voy de camino.


– Gracias tío Louis. – Gina se despidió con la mano del taxista, quien tocó el claxon, alejándose.

Nos adentramos al edificio con un poco de nervios, ambas, lo noté por pasos largos y apresurados, y por mi torpeza al saludar al conserje. Nerviosas por cómo se lo tomaría mi novia y qué es lo que le dirá Gina. La pelirroja tiene fama de ser directa, y lo es. Y quizás ella halla malinterpretado mis acciones…

Cuando abrí la puerta nos recibió el, ya habitual, silencio. Siquiera había olor a incienso o algún aromático con los que antes ella me recibía, al llegar del trabajo. Lo que sí, un leve toque de orégano y tomate en el ambiente golpeó mi olfato.

– ¿Jadey, amor, estás aquí? – cuestioné con temor de que se fuera otra vez. Ese era una de mis pesadillas constantes, el dormirme una noche y despertar sin ella.

– ¡Estoy en la cocina!

De pronto, ella apareció por el pasillo, limpiando sus manos en su camiseta abultada.

– No me dijiste que vendrías con alguien.

– Yo le insistí, – la descendiente irlandesa interrumpió antes que diera cualquier explicación. Ella se acercó con un poco de cautela a Jade, dándole un apretón de mano. – soy Regina, mucho gusto.

La embarazada la miró confundida, y luego me dio un rápido vistazo, que le respondí con una media sonrisa. Al menos no le puso cara de asco, ni le quitó la mano, como antes haría.

– Tenía muchas ganas de conocerte, – insistió ellaz sin soltar el lazo – Vicky, Tori, me ha hablado mucho de ti.

– Yo… yo iré a preparar la ensalada Caesar, disculpen.


Cuando regresé al comedor con los platos de pasta para nosotras y su habitual ensalada ellas estaban frente a frente, en lo que parecía ser una interrogación de parte de mi novia a mi jefa. Le preguntó desde dónde venía, hasta por qué sabía tanto de ella, y por qué yo le tenía tanta confianza. Por dentro sonreí, al verla tan animada e interesada por algo, situación que no veía hace días.

Lo cierto es que si ves a la persona que amas sufrir, y no puedes ayudarle, ¿qué más haces? ¿cómo consolarla si por dentro también te sientes devastada? He intentado ponerme en su situación pero no tengo respuesta, simplemente llego a la conclusión de que estaría igual o peor que ella en esta situación, que no hace más que deprimirnos a ambas. Si le pasara algo así a mi mamá… no sé qué es lo que haría. Trataría de apoyarme en papá o Trina, tal vez, pero ¿y ellos? ¿y el dolor que deja tras de sí? Simplemente veo a los ojos de Jade y me siento incapaz de hacer más que besar su frente y decirle que todo estará mejor.

– Jade, ¿conoces el término «resiliencia»? – Gina preguntó, una vez que la nombrada se metió a la boca un trozo de pollo. Ella pareció pensarlo, frunciendo el ceño y negando, insegura. – Según el diccionario es la capacidad que tenemos de ponernos de pie, después de un trauma. La calma después de la tormenta. He visto cómo la muerte de tu madre te ha afectado a ti y a Vicky, – dijo sin más rodeos, señalándome con su pulgar. Yo tragué profundo. – y déjame decirte que te entiendo. Yo perdí a la mía cuando tenía diecisiete, porque ella tenía cáncer.

» Fue horrible, claro, lo es aún, estar sin ella. Estuve allí cuando dio el último suspiro, cuando sus ojos estaban ya cansados y no se abrieron más. Estuve ahí, viéndole apagarse, pero no podía hacer nada. Se marchó con una charla pendiente, con ver a su hija ser exitosa. Luego de su muerte, fui con un psicólogo contra mi voluntad. "No estoy loca, no lo necesito", es lo que todos decimos antes de conocerlos. Pero es distinto a ello. Mi psicólogo me enseñó esta palabra. La resiliencia. La fortaleza que tenemos de ponernos de pie, ante la adversidad. Con esto, aprendí que, a pesar de caer muchas veces, si ponemos de nuestra parte, siempre habrá una solución a las cosas. Por mucho tiempo no quise nada. No quise un novio, no quise estudiar, no quise trabajar. No quise amigos, nada. Sólo me preguntaba ¿por qué a mi? Pero, ¿por qué no?

» En ti, ahora confirmo mucho de ello. Sé que parece imposible en este momento, pero debes ser fuerte tú también. Eres talentosa, eres hermosa, eres la mujer que Vic ama y no me quepa duda de que lo hace de verdad. Pero ella necesita de ti y tú de ella, para salir de esto juntas. Quizás ahora te parezca estúpido, mas no te cierres en tu dolor. ¡Saca algo bueno de esto!

– Porque ahora no dependes sólo de ti, recuerda que hay alguien allí adentro, creciendo día a día, esperando por ver tu rostro.

Un suspiro final en discurso, y mi jefa comenzó a probar bocado de su plato, con hambre.

– Además, cocinas exquisito, podrías dedicarte a esto.

Una carcajada se ahogó en medio de las lágrimas que Jade tenía acumuladas en sus ojos grises, y yo tomé su mano bajo la mesa, acariciándole.

En silencio, continuamos comiendo, mi mano unida a la de Jade. No sabía que la madre de Gina había muerto. Tal vez por eso le urgía querer conocer a Jade, por identificarse con ella. Por querer guiarla. Internamente agradecí su presencia en este momento.

El resto de la tarde fue la otra parte de la entrevista, esta vez de parte de Gina a Jade. Le pidió que le enseñara un par de canciones en su guitarra, de su autoría y otras tantas que ya se sabía de memoria, y ella accedió tímida. No todos los días tienes a una de los productores más jóvenes y talentosos pidiendo que toques para ellos. Entrada ya la noche, mi jefa anunció su retirada cuando sacó de su mochila una carpeta negra sin encabezado ni portada.

– Dale esto a tu novia, creo que le encantará. – me la entregó, misteriosa y sonriente.

– ¿Qué es?

– No seas intrusa Vicky y dáselo. Le dará un poquito de ánimo.

De vuelta a casa, en mi habitación me esperaba ella, con un semblante más tranquilo que el de los últimos días, sentada en la cama. Dejé la carpeta frente suyo y me senté tras de ella, con su espalda apoyada en mi pecho, aprovechando de masajear sus hombros, relajándonos las dos. Ella soltó un largo suspiro.

– ¿Cómo estás?

– Mejor. – habló suave.

Dios, la extraño tanto. Extraño a la Jade molesta, la de la sonrisa pícara, y andar coqueto. Entre mis brazos tenía a la versión más frágil de esa chica. La parte más oscura. Pero también estaba aprendiendo a amar a esta Jade. A la que teme, la que sufre, la que ama, la que siente. Sé que es cuestión de tiempo, y estaré ahí para cuando decida volver.

– ¿Y esto?

– Lo dejó Gina para ti, dijo que quizá te dé ánimo.

Bueno no exactamente dijo eso.

Pero tampoco esperaba que fuera el libreto aprobado por el mismo Tim Burton, quien concertaba una cita con Jadelyn August West para el día lunes próximo.

Mucho menos, esperaba ese estruendoso grito que acaba de dar.