Música y otras pasiones.

Un nocturno de Chopin, las notas arrastradas desde el alma hasta el teclado del piano silencioso del auditorio. ¿Qué es lo que lleva a un artista a crear su obra maestra? El sentimiento. Esta es la historia de como tu padre me dejó con la boca abierta por primera vez por culpa de la música. Querido Hamish, ya sabes que tu padre es un buen violinista, pero también un aceptable compositor. aunque por mi parte, tuve que descubrirlo por mí misma.

Una tarde nevada de noviembre estábamos en casa, sin demasiado que hacer. Yo me dedicaba a revisar facturas viejas del negocio y tu padre caminaba de un lado a otro, sin parar. Hacía sus propios pasos una y otra vez, dando vueltas al salón y la cocina. Al cabo de casi media hora de idas y venidas improductivas decidió que lo mejor que podía hacer era tocar durante un periodo de tiempo lo suficientemente largo como para entretenerse.

Fue hasta la mesa, donde le aguardaba su estuche de piel, perfilado en la tiniebla en la que nos había sumido el cielo nublado y la calle blanca. Después de haber pasado prácticamente por todo el repertorio barroco de violín que yo conocía; incluyendo este desde Johan Sebastian Bach hasta el genio italiano pelirrojo, Antonio Vivaldi. Decidió que era momento para empezar por el repertorio que el mismo había compuesto.

Era una melodía suave, de tintes melancólicos y con trazas y acordes de marcha fúnebre, pero increíblemente hermosa. Apostado frente al ventanal del salón, con los ojos cerrados y el corazón como guía, sus dedos se movían sobre las cuerdas con el mayor cuidado y la más extrema delicadeza. El arco parecía acariciar como una brisa suave las cuerdas, como si cada pasada de las crines le hiciesen daño a las cuatro sonoras. Melodiosa y sencilla, encerraba en ella una furia y una fuerza reprimida por la frustración que no logré entender, durante dos minutos dejé lo que estaba haciendo, apoyé el portátil sobre mis rodillas y colocando los codos sobre la mesa de roble, y en mis manos mis mejillas. Me dediqué a escuchar simplemente, hechizada con el sonido del preciado instrumento, con el alma sobrecogida.

Terminó de tocar, se giró y me miró sin decir nada, con los ojos brillantes. Creo que fue la primera vez que vi a tu padre emocionado.

Alguna vez había hablado con tu tío John, me contó que durante los meses en los que estuve desaparecida, y tu padre y él creyeron que estaba muerta, Sherlock estaba realmente alicaído. Según las palabras de tu tio "Está componiendo música triste, no come, apenas habla; solo para corregir a la televisión. Diría que tiene el corazón roto, pero es Sherlock."

De repente la ventisca de nieve hizo caer la línea de tensión, la luz se fue y nos quedamos a oscuras, fui a la cocina y encendí una vela. Volví al salón con ella entre las manos, y me acerqué hasta donde tu padre estaba, bajando el violín, teniéndolo entre las manos.

- Es preciosa, una absoluta genialidad. ¿Es tuya?- dije mirando a tu padre con una sonrisa solo iluminada por la llama de la vela.

Tu padre levantó la mirada con una sonrisa, dejó el violín sobre la mesa. Se acercó a mí y me retiró la vela de las manos dejándola sobre la repisa de la chimenea, junto a la calavera. Me miró a los ojos, ambos sumidos en la penumbra y con el fuego de la chimenea y aquella pequeña vela como única luz que iluminaba nuestros rostros, las sombras jugaban sobre nuestros rasgos sin ninguna finalidad que se pudiera apreciar de manera clara. Una de sus manos, con el arco colgando entre sus fuertes dedos, sé instaló suavemente bajo mi barbilla, haciéndome levantar así la mirada hacia él.

Se inclinó sobre mí, de manera cuidadosa y acercándose a mi oído susurrando dijo:

- No, es tuya.

Y sin decir ni mediar ningún otro vocablo me besó suavemente, esa era la música triste de la que tu tío John hablaba, esa era la marcha funebre que tu padre me compuso. Aquel lamento suave, y quejigoso que se ahogaba en silencio, sobre sí mismo. Una pena y un pesar que Sherlock no se atrevió a compartir con nadie, sabía que se ahogaba. Sabía que estaba rodeado de una agua oscura, notaba como el agua fría y profunda entraba en sus pulmones, y no hacía nada para pararlo. Por que no quería vivier en un mundo en el que "La Mujer" no estuviese a su lado.

Las caricias se convirtieron en exploraciones salvajes y ansiadas de ambos. La ropa caía suavemente y sin prisa sobre la alfombra, haciendo parecer la estancia una casa de muñecas de una niña caprichosa. Nuestros cuerpos pegados contra la ventana, dejando el vaho sobre el cristal frío, las siluetas de nuestros cuerpos se recortaban al trasluz de los ventanales. Después de muchos susurros que evolucionaron a gritos, después de muchos besos que se convirtieron en verdaderos santuarios metafóricos de pasión, caímos rendidos sobre la alfombra, tendidos, agitados pero juntos.