Fantasmas de frío y espectros de arena afgana.
La vida está formada por enormes monumentos brillantes y por esquinas oscuras y recónditas, en las que se refleja nuestra alma. Los miedos pueden hacer que nuestra percepción de la realidad se distorsione, y así, podemos llegar a hacer daño a aquellos que nos rodean.
Por ello siempre buscamos a alguien que nos ilumine en nuestros peores momentos, y que no sólo los comparta con nosotros, si no que también nos arrastre cariñosamente fuera de ellos. Exactamente del mismo modo en el que tu padre y yo te curábamos las heridas cuando eras más pequeño, a fuerza de mimos, y muchos besos.
El viento helado hacia que mis ropajes sucios y negros se levantasen sin control, aún con la temperatura tan fría de aquella noche del desierto. Puede que por la histeria o por que sabía que iba a ser la noche del fin del mundo, yo me encontraba bañada en ese asqueroso y repugnante sudor frío. Arrodillada en la arena, con los ojos cerrados me entregaba metafísicamente a la única persona a la que había amado en mi vida. Enviaba el mensaje, exactamente igual que como pasó en la realidad, salvo por una gran excepción. Ya no volvía a escuchar mi propia voz, ni veía sus preciosos ojos que significaron mi salvación, ni la primera sonrisa triste que me regaló antes de que me desmayase. No veía nada. Lo único que sentía era un dolor agudo en las cervicales y como la fría y afilada hoja me segaba la vida.
De repente abría los ojos en mitad de la oscuridad, y, con un quejido ahogado que quería haber sido grito; me llevaba las manos a la parte posterior del cuello como rondando que estaba intacto. Aquel pequeño alboroto hacía que esa presencia silenciosa, y, que sólo conseguía dormir adecuada y placenteramente si yo estaba sobre el colchón, se revolviese bajo las sabanas y se despertase sobresaltado. Tu padre se frotaba los ojos, mientras yo me tapaba los ojos entre lágrimas sin apenas moverme. Entonces el me miraba con una especie de mezcla entre la incredulidad, la compasión y el cariño. Se incorporaba, sentándose bajo las mantas y apoyando su ancha espalda en el cabecero de boj de nuestra cama. Me tomaba por los hombros de manera dulce, y sin hacer ningún tipo de juicio, me abrazaba contra su pecho, besándome la cabeza mientras me apretaba suavemente. Yo me escondía todo lo que podía contra el algodón de su pijama, mojando de manera aleatoria su pecho con mis lágrimas que poco a poco se secaban. Cuando Sherlock observaba con su capacidad de análisis impasible e infalible que mi respiración comenzaba a regularse, bajaba una de sus manos acariciando suavemente mi espalda sobre mi camisón. Ahora, todavía sin despegarme de su pecho, mis manos que hasta ahora tapaban mis ojos tratando de retener las lágrimas, se dirigían lentamente, aunque con confianza, hasta rodear su cuello. Me besaba la cabeza, de cuando en cuando, esperando a que me calmase por completo. Levantaba mi mirada, encontrándome con la suya. Tu padre me sonreía sin hacer ninguna pregunta, quizá por que el mismo sabía lo horrible que era despertar de una pesadilla que podía haber sido real, quizá por que no necesitaba preguntarme que me había aterrorizado de aquella manera por que él mismo me salvó de aquello. Después, y casi como un ritual pagano, besaba mi frente y susurraba suavemente:
- Sólo ha sido un mal sueño, todo está bien. Yo cuidaré de ti, Irene.
Se sucedía a continuación mi asentimiento mudo, se separaba unos milímetros de mí, mirándome a los ojos, para asegurarse de que estaba bien, y después, con sumo cuidado sus dedos se posaban bajo mi barbilla, haciéndome levantar la cabeza y encontrándome con sus ásperos labios contra los míos. Y todo acababa bien, después de aquel precioso y suave beso sobraban las palabras, no hacían falta las explicaciones, no eran necesarias. Las lágrimas habían desaparecido completamente y ambos, nos recostábamos en silencio sobre los almohadones. Yo acurrucada sobre el hombro de tu padre y el abrazándome bien fuerte, como si así no permitiese que las pesadillas volviesen a acercarse a mí. Así, sin dirigirnos una palabra más de la necesaria y con la siempre minusvalorada presencia silenciosa, volvíamos a quedarnos dormidos, con la seguridad de que esa noche no volvería a tener un mal sueño, y con una sonrisa mal disimulada en los labios de ambos.
Las presencias silenciosas son importantes, y es que, a veces, querido Hamish, queremos decir muchas palabras sin decir realmente nada; cuando lo realmente importante es transmitir muchas cosas sin ni siquiera despegar los labios.
