Las tormentas en el mar son menos aterradoras si tienes una roca firme en la que apoyarte

El miedo nos hace fuertes, el miedo es bueno en su justa medida. Nos mantienen alerta. Como cualquier otro humano común tanto Sherlock como yo teníamos miedo, a cosas que ya habíamos vivido y, claramente superado. Aun así, los recuerdos dolorosos a veces se instalan en el fondo del corazón y lo hacen sentir tan pesado como si éste fuese por completo de mármol gris. Yo lo sufría en forma de pesadillas y dar muchas vueltas bajo las sábanas, tu padre lo sufría en silencio, en noches de insomnio, por que según sus propias palabras: "Cuando cierro los ojos, y mi cerebro analítico deja de trabajar al cien por cien, se desatan dentro de mí. Mis propios pensamientos, aquellos más oscuros y más profundos. Aquellos de los que trato de huir a través de vuestras sonrisas, Irene. A través del trabajo, e, incluso, a través de los estupefacientes. Pero no siempre es suficiente."

Sherlock no era una persona de naturaleza atormentada, simplemente, en más ocasiones de las que reconoció, no sabía cómo clasificar lo que sentía. Todo aquello que no clasificaba dentro de su Palacio Mental, iba destinado a caer por una enorme y oscura catara, que tu padre describía exactamente igual que las de Reichenbach. Allí se acumulaban sus mayores miedos, en los que casi siempre, había una gran parte de él mismo. No sólo estaba Moriarty, no. Estaba la pérdida de Barbaroja, estaba la primera dosis de heroína, la primera sobredosis, estaba la primera mirada de desprecio de sus compañeros de clase del internado… Estaba el temor a perderte en un centro comercial cualquiera y no volver a encontrarte jamás, estaba el pensamiento de culpabilidad horrible de la posibilidad de no haber llegado a tiempo para salvarme en Karachi…

Estaba todo, enterrado entre unas aguas profundas y oscuras, como para no recordarlo jamás. Pero a veces, la melancolía y el silencio lo invadían durante días. Entonces era cuando, se dejaba caer en aquellas asquerosas y deprimentes aguas, y notaba como cada uno de aquellos malos pensamientos, entraban hasta sus pulmones ahogándolo. Se tumbaba en la cama a mi lado, sin poder dormir. Sin tratar de hablar conmigo, de contármelo, por que no quería interrumpir mi descanso. A veces, me despertaba en mitad de la noche, y tu padre seguía en la misma posición, mirando a la oscuridad infinita que entraba por la ventana, respirando tranquilamente y con los ojos llorosos.

Exactamente igual que ocurría en la situación inversa, yo no hacía preguntas. Me desperezaba sobre el colchón mullido, me acercaba a él. Le limpiaba las lágrimas en silencio, sin hacer una sola pregunta. En ese momento tu padre salía de repente de su pozo espiral de depresión y malos sabores de boca, me miraba en silencio y sonreía con un tinte triste en la mirada. Le besaba la frente suavemente, mientras acariciaba sus preciosos rizos, paseaba mis labios hasta su oído y le susurraba con aire tranquilizador.

En las alegrías y en el dolor, hasta que la muerte nos separe. Déjame que cuide de ti. ¿Para siempre?

Él levantaba la mirada; me abrazaba contra su pecho suavemente, mientras yo me arrodillaba a su lado, y ya sin aquel tono melancólico en sus ojos, junto con una tímida, pero auténticamente sincera sonrisa me susurraba de vuelta:

Para siempre.

Tras eso la situación se calmaba, y tomándome de la mano, los dos salíamos de la cama. En mitad de la noche íbamos hasta tu cuarto en silencio y comprobábamos que estas dormido, y seguro. Yo me acercaba y te revolvía el pelo cariñosamente y tu padre besaba tu frente, como para asegurarse de que permanecerías allí, durmiendo con una sonrisa, todo lo que quedaba de noche. A continuación, bajamos de nuevo las escaleras, con una enorme sonrisa orgullosa en los labios. Nos metíamos de nuevo en la cama, y, las cosas variaban según la ocasión. Podían estar entre un suave beso, un abrazo compartido y que Morfeo nos engañase a ambos o que ese suave beso llevase a otro, al que le seguía otro, y las miradas que ardían, los pijamas que sobraban, las caricias que arañaban y las ganas de aprovechar todo el tiempo posible para disfrutar del otro.

Pero eso no era lo importante, lo importante, lo realmente relevante de todo esto era que; al igual que tu padre era mi guía en mitad de mis laberintos, yo era su luz en medio de todas sus oscuridades. Y eso estaba bien, por que cuando estás sumido en la más profunda de las tinieblas, dos antorchas iluminan más que una.