¿Bombones y Chianti?
El amor, qué gran palabra y qué gran desconocido. Es misterioso, y a todo el mundo se le llena la boca cuando intenta pronunciarlo. El AMOR. Misterioso y extraño, difícil o más bien imposible de comprender, nadie lo hace, ni siquiera tu padre y yo. Pero todo el mundo saca a la luz, presume de ello con el pecho hinchado cuando llega el 14 de Febrero. San Valentín se convierte en un momento para presumir de lo feliz que eres, de lo buena pareja que eres, de lo atento que estás del otro. Pero voy a contarte un secreto Hamish, un secreto a voces.
Un ramo de flores, unos bombones o una camisa nueva no significan nada, cuando el amor es una fachada. Era muy tarde, y tu no habías cumplido a penas los cuatro mese cuando tu padre llegó a casa. Entró por la puerta y yo estaba sentada en el sofá esperándole. Había salido antes de trabajar para que pudiésemos ir a cenar juntos, a celebrar la noche como cualquier matrimonio normal del mundo. Pero los casos siempre eran lo primero, o eso era lo que yo pensaba.
Me levanté del sofá algo molesta y dije mientras escuchaba sus pasos por la escalera:
- Parece que Cupido tendrá que esperar otro año más...
Tu padre entró por la puerta más pálido de lo habitual y con las mejillas azoradas por el esfuerzo de la carrera, su respiración irregular hacía que su pecho se moviese bruscamente bajo su abrigo. Me miró en completo silencio con los ojos más azules y más cargados de culpabilidad que he visto en mi vida, y con un gesto torcido susurró:
- Lo siento, pero en la Yard había un caso muy importante... No podía irme sin terminarlo.
Yo suspiré enfadada, siempre eran sus casos. Él lo notó, notó como me ardía la mirada y como mi sangre estaba empezando a hervir poco a poco, como lo hace una olla a presión, silenciosa hasta que comienza la evaporación.
- Si, ya, como siempre. Nosotros nunca somos una prioridad. – Le dirigí una mirada corta y antes de encaminarme hacia la puerta dije en un susurro.- Hay pato a la naranja en el horno y tarta de chocolate en la nevera, me voy a la cama. Tu regalo está sobre la mesa.
Mientras caminaba hacia la puerta él se giró con aire sorprendido y durante unos segundos no supo que hacer. Después, con una determinación impasible me tomó de la muñeca y de un suave tirón me acorraló contra su pecho, empapado por la nieve londinense. Estuvimos así durante unos segundos, ni yo traté de zafarme de su agarre ni él de dejarme marchar.
- Te equivocas Irene, vosotros siempre sois la prioridad. – Aparató uno de los bucles rebeldes que tapaba parcialmente mi frente con delicadeza y dijo en un susurro.- Por eso no necesitamos un día para celebrar que nos amamos, por que nos amamos con la misma pasión y el mismo ímpetu todos los días. Te entregué mi corazón para que me enseñases a amar, me entrego a ti, aquí y ahora; y me entregaré en la tarea de cuidaros el resto de nuestras vidas.
Entre la rabia y la impotencia mis ojos se nublaron de una espesa capa transparente de cristalinas lágrimas. Una de ellas corrió solitariamente hacia mi barbilla por la mejilla izquierda, con cuidado, Sherlock llevó una de sus fuertes manos a mi mejilla y me limpió la lágrima con el pulgar. Acto seguido, con una sonrisa tímida pero la mirada seria dijo:
- ¿Me perdonarás?¿Dejarás que te compense por no haber llegado a la cena?
Le miré en silencio sin saber que contestar tras su discurso, asentí levemente, fuera de mí misma. Tragué saliva despacio y después sin poder evitarlo una sonrisa tímida y un rubor más que evidente tiñeron mis mejillas. Me sentía tan estúpida.
- No tengo nada que perdonarte, sólo tengo que cuidar ese enorme corazón que tienes...
Tras eso lo besé suavemente, después le miré de nuevo. Su expresión había cambiado su mirada volvía a ser vivaz, fuerte y alegre, aunque el color rosado de sus pómulos delataba lo absolutamente perdido que se encontraba en aquel momento. Su expresión seria se había tornado en una pequeña sonrisa. Volvió a besarme algo sorprendido todavía y después de un pequeño susurro en un "te quiero, Irene Adler" el tiempo se detuvo. Me tomó suavemente de las manos y llegamos a la cocina.
Trinchamos el pato y lo degustamos. Nos reímos de todo, nos bebimos a besos y caricias y acabamos con la botella de Chianti. Nos volvíamos a reír, servimos la tarta y jugamos con la nata montada hasta que ambos la teníamos sobre toda la ropa y el pelo, nuestros besos comenzaron entonces a saber a una mezcla entre vino caro y dulce crema. Tu padre abrió su regalo, y aunque por el brillo de sus ojos supe que le gustaba no se centró en él, no podía quitar los ojos de mí, y me encantaba. Después de media hora de besos, nata, papel de regalo y chocolate, estorbaban las palabras, y comenzaba a sobrarnos la ropa y mi enfado momentáneo. Entre susurros y prendas que iban cayendo lentamente atravesamos el pasillo; llegamos a la cama entre besos y declaraciones compartidas. Durante lo que hubiese deseado que durase una eternidad en el mundo sólo existieron nuestras caricias, respiraciones aceleradas, orgasmos y "te quiero" a matacaballo entre trocitos de besos y mordidas. Después sólo llegó el silencio, las miradas alegres, la complicidad oscura de la noche y las manos calientes. Tu padre me besó la frente y me tomó de nuevo en brazos, hasta que llegamos al baño. Abrió el grifo de la bañera y echó muchísimo jabón. Después de que el jabón rebozase me volvió a besar y con una sonrisa traviesa volvió a la habitación y del armario sacó una caja con un montón de pétalos de rosa que puso sobre la espuma. Suavemente se acercó a mí y después de besarme suavemente, me entregó una rosa roja y dijo:
- ¡Feliz San Valentín, Irene!
Le miré absolutamente maravillada, mientras apretaba la rosa contra mi pecho desnudo, le tomé de la mano y ambos nos metimos de nuevo en la bañera, jugando con la espuma y tratando de no hacer demasiado ruido para no despertarte. El tacto de sus labios sobre mi piel húmeda, mis manos sobre su pelo mojado, nuestras pisadas acuosas y erráticas sobre la alfombra de la habitación que culminaron sobre la cómoda de boj, entre gemidos ahogados y nombres susurrados que quisieron ser gritos. Allí acabó todo, sentados sobre la alfombra, con la espalada desnuda apoyada en el papel pintado de la habitación, con las manos entrelazadas, las sonrisas abiertas y la respiración desbocada. Nos mirábamos riéndonos sin ningún motivo, sin ningún motivo mayor que el hecho de que estábamos condenados. Condenados a amarnos en cualquier momento y situación de nuestras vidas, lo que representaba nuestra perdición, nuestra particular locura. Locura que no sufríamos, si no que disfrutábamos cada segundo de nuestras vidas. Después de muchos besos conseguimos llegar hasta la cama, exhaustos y acompañados por las primeras luces del astro rey que se colaban entre las pesadas cortinas del dormitorio. Abrazados bajo las mantas, yo apoyada en el pecho de tu padre y él abrazándome. El suelo nos pesaba y comenzamos a quedarnos dormidos, unos instantes antes de vencernos Morfeo de mis labios salió un pequeño suspiro:
- ¡Feliz San Valentín, Sherlock!
Tu padre se movió dejando un suave beso en mi frente y acto seguido ambos dormimos hasta que tu decidiste que era hora de desayunar. Jamás en nuestras vidas nos había hecho tanta ilusión oírte llorar por la mañana, por que en ese momento supimos que todo ese amor del que se nos llenaban la boca, los ojos y las manos era lo que nos había dado la oportunidad de tenerte. Y era lo más importante de nuestras vidas.
