Capítulo 8:
Palabras meretrices, palabras vacías.
La distancia es como un pequeño curso de agua que sesga poco a poco las relaciones más férreas al igual que una pequeña gota de agua con acción continúa es capaz de partir bloques de mármol y granito de la época paleolítica.
Este episodio es uno de los más dolorosos que tu padre y yo hemos vivido, porque ninguno de nosotros somos perfectos. Tu padre es extraordinario y, sobre mí él dice que eclipso por completo a todo el resto del sexo femenino; aunque pensándolo bien, que podría decir si no. Nosotros no somos perfectos, y he aquí una de las demostraciones de este hecho.
Una de mis grandes ilusiones de mi vida era el deseo de maternidad, esa búsqueda de el amor fraterno, el anhelo de evitar de la infertilidad, el no sentirme absolutamente yerma. Mis circunstancias personales, jamás me habían permitido centrarme en ese deseo, hasta que encontré a tu padre.
Él jamás habría concebido el hecho de tener una familia, hacia pocos meses que nos veíamos. Pero, había que tener en cuenta que nunca había contemplado compartir su vida con nadie y allí estaba yo, trastocando todos sus principios, esquemas y medidas absolutamente racionales.
Por unas circunstancias o por otras tales que no vienen al caso, te engendramos mientras estábamos exiliados en Suiza.
Tu padre voló a Londres para trabajar de agente encubierto para el MI6, en pago por una falta que tuvo hacia el gobierno británico. Durante su estancia en la misión, mi médico confirmó lo que yo temía y ansiaba a partes iguales, tu comenzabas a existir. No pude evitarlo, tenía que hacérselo saber a tu padre.
Por el contrario cuando él recibió la noticia no fue capaz de asimilarla, y en un arrebato de pasión desmedida decidió que no quería hacerse cargo ni de mí, ni de ti. Hasta aquí hay dos puntos principales a aclarar. El primero de ellos es el arrebato de ira de Sherlock, todo el mundo cree que tu padre es una máquina fría y calculadora, incapaz de sentir nada. Nada más lejos de la realidad, siente. Siente muchas cosas. Siente y no sabe cómo clasificarlo, así que simplemente lo entierra en su palacio mental. Hasta que esos sentimientos son más fuertes que él mismo y le sobrepasan. Aunque eso solo ha pasado en dos ocasiones, que yo recuerde. El otro punto tiene que ver con su reticencia a hacerse cargo de nosotros, no es que tu padre no nos quisiera, todo lo contrario. Nos quería tantísimo y no se veía preparado para cuidarnos, ni capaz para protegernos de sus enemigos que prefirió renunciar a nosotros antes de ponernos en peligro.
Después de que se marchase de Suiza, tras haber discutido conmigo durante más de dos horas ambos pensamos que nuestro particular cuento de hadas había acabado para siempre.
Después de aquello se sucedieron unos meses de tortuosos silencios Intercontinentales. Hasta aquel terrible diagnóstico, el médico me comunicó que sólo sobrevivirías al sexto mes de embarazo si te hacían un trasplante de médula y el único donante compatible era tu padre. En ese momento no lo dudé, me arrastré por lo más bajo, perdiendo la poca dignidad que aún me quedaba para pedirle a tu padre que donase. Ante esto lo único que él me dio fue una rotunda negativa.
Hacia días que me había resignado a la idea de que iba a perderte, hasta que una madrugada sonó el teléfono. Un donante anónimo y compatible. Corrí al hospital en mitad de la noche, y desde el primer momento lo supe. Vi a tu padre tumbado sobre la camilla, había vuelto para hacerlo por nosotros.
Tras la intervención volví a casa, dejando unas llaves en la mesilla del hospital para que pudiese entrar si lo necesitaba.
En mitad de la noche alguien abrió la puerta y con pasó cansado y apesadumbrado entró en mi habitación, se deshizo de la ropa despacio y se metió bajo las mantas en silencio.
No nos dirigimos la palabra durante varios días, y es que después de tanta distancia y tantas discusiones ninguno queríamos dejar de lado nuestro orgullo.
Hasta que un día, cuando tuvimos que ir al hospital para que te inyectaran aquella muestra, todo cambió. Mientras estaba tratando de ponerme los zapatos con bastante dificultad, puesto que la gestación estaba muy avanzada, él se acercó a mí, y arrodillándose colocó mis zapatos suavemente. Aquel roce de su piel me supo entre amargo y placentero, quería que me besase, pero a la vez no quería que volviese a acercarse a mí. Me tendió la mano educadamente, e inmediatamente lo vi en su mirada. La disculpa, el arrepentimiento dentro de sus preciosos ojos azules. Acarició suavemente mi mano, y con la mirada un poco vacía trató de dirigirse a mi sin que saliera ni una sola sílaba de sus mudos labios.
Se inclinó sobre mi, con cuidado. Y apartando un mechón de pelo rebelde de mi frente la besó suavemente, y después como si de un discurso amargo se tratase dijo:
- Lo siento muchísimo Irene, siento ser un verdadero capullo. Jamás seré lo suficientemente bueno como para merecer a una mujer tan absolutamente fuerte e impresionante como tú, y mucho menos para que el niño que esperas me llame "papá".
No supe cómo reaccionar, en ese momento sólo pude tirarme en sus brazos, dejando que me abrazase y besándolo suavemente. De mis labios, salió una voz firme pero con tintes melancólicos.
- Es increíble que seas un genio tan absolutamente estúpido, Sherlock Holmes. No vuelvas a irte o te encontraré allá donde vayas, te lo advierto.
Después de aquello existieron muchas más discusiones, problemas y contratiempos pero ambos aprendimos de la peor manera posible a evitar la prostitución de las disculpas, de los " te quieros", de los besos, de las miradas enamoradas. Por que la vida es cruel, corta y dura, y jamás deberíamos de arrepentirnos por no haberla aprovechado lo suficiente. Por que esas palabras son demasiado grandes, elocuentes y valiosas como para regalárselas a cualquier persona. Por que el ser humano no teme febrilmente al compromiso, teme desde el albor del tiempo a que la felicidad se acabe, y por ello trata de usar las palabras como si pudiesen arrendarse y empeñarse, cuando no es así. Tu padre y yo te las regalamos siempre a ti, Hamish.
