Existen una serie de acontecimientos en la vida de cualquier persona que marcan un antes y un después en la misma. Obviamente, no son los mismos para todos los seres humanos, pero si comunes a nuestra especie en su conjunto.
En esta dirección, y dentro de mi propia línea de vida, uno de los acontecimientos más importantes de mi vida fue el día en el que tú padre me pidió matrimonio. Y es que, en muchas ocasiones, la sencillez es sinónimo de encanto.
Lo más insignificante del mundo, como puede ser un baño de espuma a modo de reconciliación puede desembocar en algo tan grande y relevante como una boda. Una reconciliación ansiada y deseada, pero que no había sido posible antes por culpa de la prevalencia de nuestros orgullos. Yo por no querer renunciar a tí reconociendo que no podría darte la vida sola, y; tu padre, por su parte, por no ser lo suficientemente valiente como para enfrentarse a la paternidad por encima de su divorcio de los sentiinetos en el que yo era la máxima hazaña de la que se creía capaz.

Sentados entre burbujas y agua tibia, apoyada contra el pecho de tu padre mientras me enjabonaba los brazos suavemente con la esponja, sucedería lo impensable. Hamish, en ese momento comenzabas a hacerte presente en nuestras vidas, literalmente, puesto que empezabas a pronunciar una pequeña y poco disimulable curva en mi vientre.

De repente, tu padre soltó la esponja, que cayó en el agua salpicando en múltiples direcciones. Respiró hondo y dijo en un susurro:
"Creo que deberíamos de estar juntos de manera formal, para proteger a Hamish. Para protegerte a ti, Irene."
Su voz salió con dificultades, mientras le temblaba el labio inferior,. No le estaba mirando, no le estaba viendo, pero sabía como era su cara en esas situaciones. En los últimos días había atesorado cada momento con él, por que no sabía cuando volvería o si pensaba quedarse algún tiempo a mi giré suavemente, arrodillándome entre sus piernas, mientras sus manos se posaban en mis muslos, bajo el agua. Me costó unos segundos asimilar la pregunta, y cuando estaba terminado de hacerlo le contesté:

"William Sherlock Scott Holmes... ¿Estás?... ¿Estás pidiéndome matrimonio?"
Según salían mis palabras y caían en sus oídos, las mejillas pálidas de tu padre se teñían de un tímido rubor rosado, a lo que replicó con un poso de duda en la voz:
" Bueno si, sólo son unos papeles. Nuestra relación no necesita esos certificados, estaremos juntos hasta la noche del fin del mundo. Bueno... Sólo si tu quieres..."
Sus manos escalaron despacito por mi cuerpo, moviéndose por mi espalda y aterrizando en mis mejillas, a continuación añadió:
"Irene Adler, ¿Quieres casarte conmigo?"
Los ojos se me llenaron de lágrimas, nublando mi vista en pocos segundos y de mis labios salió una respuesta un tanto confusa a la par que contundente:
"Si, si quiero."
No hicieron falta ni lujosos restaurantes, ni manjares exóticos, ni joyas caras. Lo único necesario para aquel momento perfecto era tu padre y yo, unidos, queriéndonos sin medida ni objetivo, con toda la vida por delante y expectantes por tu llegada. Por que, a decir verdad, niguno de los dos entendíamos el amor, el cariño que nos unía. Quizás por que nunca fuimos individuos corrientes o ciudadanos modélicos. Quizás por que no es necesario entender el amor.