—(Veamos... Ya solo me falta comprar más azúcar y algunos moldes nuevos para cupcakes.)—piensa Natsuki mientras observa una pequeña lista que lleva en su mano. Todos los puntos excepto los que ha mencionado están tachados. Ahora mismo es Sábado, fin de semana: al ver que necesitaba renovar material para continuar con su hobby favorito, la repostería, Natsuki se ha vestido con su conjunto favorito y se ha ido hasta el centro comercial más cercano de casa, con destino a una tienda especializada en postres favorita.—(Los moldes creo que estaban por aquí...)
—¿Natsuki?—una voz femenina la llama por detrás, haciéndola pegar un bote. Cuando la pequeña chica se da la vuelta, esperándose lo peor, siente una ligera punzada en el corazón ante la imagen que presencia: es Sayori, vestida con una camiseta de manga mediana color rosa, unos shorts tejanos que dejan ver la perfecta constitución de sus piernas y su característico lazo rojo adornando su cabeza.—Waa, ¡sabía que serías tú!
—S-sayori...—pronuncia su nombre, algo ruborizada.—(¿Por qué de todas las personas tenía que ser ella...?)
—¿Que estás haciendo aquí?—pregunta, sonriente.
—¿No es obvio? Comprando material nuevo para cocinar.—responde con falsa rudeza.—Deberías saberlo por el aspecto de la tienda.
—Cierto. Es obvio.—admite, sin parecer ofendida. Las dos chicas se miran mutuamente, bajo un repentino silencio levemente incómodo.—Por cierto.
—¿S-sí?
—Este conjunto que llevas... ¡Te queda adorable! ¡Me encanta! ¿Dónde lo compraste?—la pelirroja extiende su mano, acariciando la tela de la ropa, primero la manga y después la parte de la barriga, haciéndole cosquillas a Natsuki, quién la aparta con verguenza.
—¡N-no me acuerdo!—exclama.—Lo tengo desde el año pasado, así que no lo tengo claro...
—Aww, que pena. Me hubiera gustado buscarlo para probármelo.—ajena al claro rechazo por parte de su compañera, Sayori continúa hablando como si nada. Ahora es turno de su propio abdomen para ser tocado.—Aunque con mi tipo de cuerpo no sé si me vería bien. No soy tan delgada.
—Te quedaría bien, seguro...—admite Natsuki, con la vista no intencionadamente clavada en el tronco de su compañera, desde la parte del pecho hasta la cadera.—O sea, quiero decir, em...
—No lo puedo creer. ¿Acabas de animarme?
—¡N-no! ¡Solo decía la verdad!—se defiende avergonzada.
—¡Oh, gracias! ¡Que mona eres!—en contra de la voluntad de la chica, Sayori la achucha con fuerza, inconsciente de lo roja que se ha puesto Natsuki ante ese gesto. Una vez la suelta debido a las quejas de la chica, acaricia su cabeza.—Me tengo que ir, mi madre me espera. Ha sido bueno verte.
Le guiña un ojo, y se da la vuelta para salir de la tienda. Natsuki la sigue con la mirada, sonrojada, mientras acaricia delicadamente el cabello que la mano de Sayori ha tocado.
