CAPITULO 4: ENFRENTANDO LA CRUDA REALIDAD

Dos semanas pasaron desde que Helga despertó en el hospital.

Cuando abrió sus ojos, sus amigos estaban allí para apoyarla (Arnold fuertemente impresionado por lo sucedido), su familia y sobre todo su mejor amiga Phoebe. Aún así, no era suficiente. La pequeña permanecía ajena a lo que le rodeaba. Era extraño pero algo en ella le decía que hubiese preferido seguir inconsciente.

Policías, doctores y uno que otro metiche se acercaban a oír cómo era interrogada y como única respuesta ella daba un suspiro y ponía los ojos en blanco.

Recordar, recordar el horror vivido. La habían lastimado y eso no sería fácil de curar, no había nada ni nadie que la ayudara a levantarse del pozo de depresión y desprecio que sentía por sí misma.

Su vida había acabado.

Era un hermoso día, los pájaros cantaban y el aire soplaba tranquilamente sobre la casa Pataki.

Miriam y Olga se encontraban haciendo el desayuno a la más pequeña de la casa mientras que el gran Bob trataba vanamente de fingir despreocupación. Ese era el primer día de clases de su hija después del incidente, ella se había recuperado bastante bien, al menos en lo que respecta al factor físico. Su padre se sentía culpable al igual que el resto de la familia. El haberla descuidado y no haberse preocupado por ella, esas eran llagas que jamás cerrarían.

En el piso superior, una muchacha de cabello rubio se levantaba automáticamente para bañarse. Al verse frente al espejo, una sensación de suciedad y podredumbre la inundó. Su cuerpo estaba lleno de llagas y arañazos producto de la fuerte depresión en que cayó y que la obligo prácticamente a sacarse la piel para olvidar aquella humillación de la que fue víctima. Entrando a prisa en la ducha, empezó a refregarse con tanta fuerza que algunas gotas de sangre fueron a dar al piso.

-¡Helga! Baja a desayunar, tu madre y yo te llevaremos a la escuela-gritó el gran Bob desde abajo.

La niña se cubrió con una toalla y prosiguió a vestirse. Se sentía sucia, asqueada de sí misma y sobre todo la persona más horrible en el mundo. Eran daños psicológicos que podían durar mucho tiempo, eso era lo que repetía su familia continuamente pero para Helga eran marcas, marcas permanentes en su vida.

Bajando las escaleras, miró su mochila sobre la mesa y suspiró. No tenía ganas de volver a la escuela, de volver a salir siquiera. Sus padres la observaron, si que su hija había cambiado. Llevaba un pantalón negro una blusa de manga larga de color gris y su cabello suelto y desalineado. Y no solo era su apariencia. Su comportamiento era muy distinto al que alguna vez la caracterizó: débil, indiferente y lejana a cualquier contacto con cualquier otro ser humano.

-Ten mi pequeña, desayuna-susurró lentamente su madre.

-No tengo hambre-respondió monótonamente.

La chica salió y se metió en el auto, seguida de sus padres.

-Adiós hermanita bebe y cuídate mucho-grito Olga mientras el auto se movía. Helga solo la observo fríamente antes de volver a sentarse.


"Oye Arnold, Oye Arnold, Oye Arnold, Oye Arnold"

Una mano un tanto perezosa apagó el despertador que en aquel momento le indicaba que si no se daba prisa llegaría tarde. El niño se sentó y observó su cuarto: una tarjeta que había hecho la noche anterior y un gran oso de felpa se encontraban sobre la mesa, los dos con la misma inscripción: "BIENVENIDA A LA ESCUELA HELGA"

El rubio se incorporó y vistiéndose rápidamente, bajó a desayunar, llevando los regalos y su mochila.

-Buenos días abuelo-dijo al entrar al comedor.

-Buenos días hombre pequeño-saludo el nombrado.

-Abuelo, puedo preguntarte algo-interrogó el pequeño.

-Es sobre tu amiga, la de una sola ceja ¿verdad?

-Pues sí. No sé cómo comportarme con ella. Lo que le paso fue horrible. Esta muy lastimada y temo decir algo que la lastime aun mas.

-Tienes razón. En momentos así, es fundamental que le brindes cariño y confianza. Debe sentirse segura junto a ustedes y lo más importante no la deben dejar sola, no deben dejar que se hunda en la depresión. Es todo lo que te puedo decir.

Arnold sonrió. Desde aquel incidente su abuelo se había vuelto más razonable, aunque muchas veces seguía siendo el antiguo Phill.


Helga y sus padres estaban en el despacho del señor Wartz, esperaban que el timbre tocara para poder llevar personalmente a su hija al salón.

La pequeña se encontraba en una esquina observando un punto fijo, extrañaba algo pero no sabía que. Algo se le había sido arrebatado aquella tarde, algo sumamente preciado. Ahora se sentía vacía y sin esperanza. El timbre de la escuela la hizo reaccionar y un miedo se apodero de ella. No quería entrar en el aula, no quería ver a los demás, no quería que ellos se burlaran o sintieran lastima, no quería que la vieran mancillada, maltratada. Lo que una vez fue Helga G Pataki se lo había llevado el viento.

El maestro Simons entró al despacho e intento darle la mano a la niña a lo que ella retrocedió asustada.

-Lo siento, maestro, pero ella no permite que nadie la toque-explico Miriam ante la mirada confusa del maestro- Es por el miedo a que la vuelvan a dañar.

El profesor pareció entender y condujo a los tres al salón. Un bullicioso ruido se escuchaba en su interior, voces, conversaciones, gritos. Todos con el anhelo de ver a su compañera recuperada. Habían arreglado el salón de modo que parecía una fiesta de cumpleaños. Muchos regalos se amontonaban sobre la mesa del maestro y los niños inflaban bombas para colgarlas antes de que ella llegara.

Dos golpes sonaron en la puerta y los tres junto con la niña atravesaron el umbral.

-¡BIENVENIDA HELGA!- Gritaron todos al unísono.

Los atribulados rostros de los padres dibujaron una sonrisa de agradecimiento, el profesor mostraba una expresión de felicidad y orgullo pero Helga mantenía sus ojos vacíos.

-Gracias…-murmuro antes de ir a sentarse en su banca.

Los alumnos se quedaron impávidos. Ella, la gran niña que solía liderar el grupo se había convertido en algo nada más alejado de la realidad. El profesor al observarla sentada decidió que mejor sería dejar las cosas así.

Bob y Miriam se retiraron apenados ante la reacción de su hija y prometieron volver en la tarde. Las clases continuaron normalmente, Helga contestaba todas las preguntas bien pero con una voz tan vacía que muchas veces daba miedo.

En la cafetería varios de sus compañeros intentaron acercarse a conversar pero la niña con un pequeño "prefiero estar sola" se retiraba a un lugar más solitario. Ni siquiera quería hablar con su mejor amiga Phoebe. Ante esa actitud todos sus amigos no sabían qué hacer en especial cierto cabeza de balón que la observaba caminar tristemente.

-Helga puedo hablar contigo-la interrumpió Arnold deseoso de recuperar a su antigua compañera.

-Si-murmuro ella deteniendo su caminata.

-Bueno, quería decirte que estoy feliz que estés de vuelta con nosotros. Me siento orgulloso de ti y quería darte esto-saco de su maleta los regalos-Este… espero que te gusten.

La niña los tomo, al recordar en lo que se había convertido, en lo que había perdido una lagrima rodó por sus mejillas.

-Gracias-murmuro antes de salir corriendo a la salida para entrar al auto de sus padres.

La siguiente semana, Helga se porto de la misma manera. Vacía ajena, triste, solitaria. Solía ir a caminar por la azotea. Lo cual preocupaba a Arnold y Phoebe ya que temían que cometiera una locura Esa era la realidad.

La niña se había convertido en la persona mas fría de la escuela, no mostraba sentimiento alguno y evitaba el contacto con cualquiera de sus compañeros. Poco a poco se fue alejando de la luz, una gran oscuridad empezó a rondarla. Desde que había despertado pesadillas de demonios alados con cuernos la perseguían no solo en sus sueños sino en la realidad.

Recuerdos constantes de lo pasado la atosigaban y esto provocaba que se encerrara en un abismo de amargura. Ya no jugaba, no reía ni siquiera la poesía le daba sentido a su vida. Ya no tenía inspiración, el amor la fe y la confianza habían desaparecido de su corazón.


Y con esto terminamos el cuarto capítulo de esta interesante historia...

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Gracias por leerme. Nos vemos en el próximo capítulo.