"Miles de vidas se perdieron antes de encontrar una respuesta"

—Fin del viaje, chico...

Anunció una voz que no pudo reconocer, parecía ser de un hombre mayor. Su vista aún no terminaba de acostumbrarse a la luz cuando sintió un par de manos aferrando sus brazos para sacarlo del vagón. Su cuerpo aún estaba entumido por la falta de movimiento por lo que perdió el equilibrio cuando fue puesto en el suelo con brusquedad.

― Levántate…

Frente a él se encontraba un hombre alto, todo vestido de blanco, con una bata como la que solían usar los médicos, sonreía ampliamente, pero su gesto no transmitía amabilidad en lo absoluto, más bien emanaba un aura de soberbia que le producía una tremenda desconfianza a Miguel. A su lado había tres hombres corpulentos, con temple de soldados y vestidos con un feo uniforme gris, los mismos que lo habían sacado de su casa en Santa Cecilia y seguramente los mismos que acababan de sacarlo del tren. Aún desconfiado, se levantó lentamente y sacudió el polvo de su ropa. Ahora que miraba, se encontraban en una especie de llanura en medio de la nada, cerca no había más que unos cuantos arbustos secos y pasto amarillento, el suelo no era arenoso, pero la tierra estaba tan seca que se requebraba produciendo un polvo fino. A los alrededores no había rastro alguno de civilización y eso alarmó al chiquillo. Incluso las vías del tren terminaban abruptamente, como si de repente hubiesen decidido dejar de construirlas y las hubieran abandonado.

Los hombres intercambiaron un par de diálogos en un idioma que Miguel no pudo entender ni identificar, pero supo que estaban hablando sobre él puesto que no dejaron de mirarle ni un momento. Finalmente, el hombre de blanco se inclinó a su altura para poder hablarle.

―¿Tu sabes por qué… estabas aquí?

Miguel lo miró sin responder, no porque no entendiera, sino porque le intimidaba tenerlo tan cerca. Al ver que no hablaba el hombre de blanco volvió a preguntar algo en aquel idioma raro y entonces uno de los soldados negó con la cabeza y le dio un golpecito en el hombro con la culata de su arma.

―Yo… estos señores dicen que hay algo malo conmigo

En realidad no estaba muy enterado del asunto

Mantenía la mirada baja mientras se sobaba el hombro, tal vez no fue fuerte pero su cuerpo estaba sensible. El médico soltó una sonora carcajada y se acercó a examinarlo más de cerca, usaba unos extraños anteojos oscuros que no le permitían a Miguel ver sus ojos, pero estaba seguro de que le miraba atentamente, incluso habría jurado que un leve brillo verde emanaba de sus gafas.

―Malo no, bueno… Nosotros ayudaremos tu

Miguel no caía ante su fingida amabilidad y se le notaba bastante incomodo, el supuesto médico trató de animarlo y le revolvió el cabello, aunque inmediatamente hizo un gesto de disgusto, Miguel no se había aseado desde que se había montado en el tren y su cabello tenía un tacto grasoso. Nuevamente dio instrucciones a los soldados en su idioma y éstos lo sujetaron de ambos brazos, casi levantándolo en el aire, habría opuesto resistencia pero no tenía fuerzas, ahora su cuerpo reclamaba alimento por medio de un dolor agudo en la cabeza.

El hombre de blanco se giró y elevó una palma hacia la nada, en realidad parecía un loco que trataba de abrir una puerta imaginaria, pero de pronto un pequeño rayo verde brotó de alguna parte y le recorrió el cuerpo entero, como si acabara de escanearlo, hubo un pequeño beep-beep y seguidamente algo brilló en el aire.

Los ojos de Miguel se abrieron con sorpresa y su respiración se detuvo. La imagen del paisaje que tenían en frente se estaba desmoronando como si estuviera construida por cientos de recuadros que ahora se desvanecían para dar paso a una enorme puerta de acero que se abrió de par en par para recibirlos.

Miguel deseó poder salir corriendo en ese instante, tenía la misma sensación que tiene uno cuando entra en un consultorio medico, un miedo anticipado que se multiplicó por cien cuando aquellas puertas se cerraron detrás de ellos con un estruendo aplastante.

Miguel se sintió como si de pronto lo hubieran transportado a una dimensión completamente diferente, de hecho, de no ser por el dolor en su cabeza y hombro, habría jurado que estaba soñando, aquellas puertas daban hacia un largo pasillo iluminado por luces de miles de colores, el pasillo entero era como mirar a la pantalla de una computadora, con cientos de numeritos, letras y símbolos flotando por todas partes, el suelo en realidad era una gran banda móvil que los hacía avanzar sin tener que usar las piernas ¿Estaba en alguna clase de nave alienígena?. Estaba tan distraído e impresionado por todo que ni siquiera notó cuando lo recorrieron todo; al final había una puerta más, pero esta era de cristal , casi invisible y daba a una habitación muy pequeña. El médico entró primero y los soldados empujaron dentro a Miguel, quien ni siquiera tuvo tiempo de protestar pues aquella "habitación" comenzó a elevarse hasta llegar a un nuevo sitio.

Esta nueva planta era completamente blanca y o tenía muebles, solo habían dos personas al centro. Una mujer alta, delgada rubia y un chico, más joven, de piel blanca, cabello negro y ojos rasgados. Sus expresiones eran extremadamente serias, tanto que inquietaban, como si estuvieran aburridos de la vida o algo, ambos lucían batas blancas, quizás también eran médicos. En cuanto Miguel y el médico entraron se acercaron a recibirlos y comenzaron a hablar en aquel idioma extraño, finalmente el hombre mayor y la mujer le dieron instrucciones al chico de ojos rasgados y salieron del cuarto. Solo cuando estuvieron a solas, Miguel se atrevió a hablar.

―Hola… ― El pequeño puso su sonrisa más amigable solo para que aquel chico pasara completamente de él, como si no le hubiera hablado, hizo un pequeño puchero pero no se rindió ―Me llamo Miguel, ¿Tú cómo te llamas?

La única respuesta que recibió fue una mirada de desdén por parte del chico quien hizo aparecer con sus dedos nuevas letras y números flotantes, Miguel trató de tocarlos y se dio cuenta de que no eran sólidos, más bien parecían estar hechos de luz. El chico de la bata blanca le dio un ligero golpecito en la mano para que dejara de toquetearlos; le hizo pararse recto y que extendiera los brazos, como si le estuviera tomando medidas y haciendo anotaciones.

―Amm..¿Tu…me…entiendes? ― Miguel alargó las palabras, como si hablar más lento fuera la solución ―¿En…donde…estamos? ― Al no recibir nuevamente respuesta decidió callarse, se dejó mover sin repelar, como si fuera un muñequito de trapo. Sintió entonces que comenzaba a tirar de su ropa para quitársela.

―¡¿QUÉ?!, NO ESPERA, ¡QUÉ HACES?!

Empujó al "medico mano larga" y retrocedió rápidamente, aunque la cara de éste continuaba sin cambiar de expresión, como si estuviera haciendo la cosa más normal del mundo. Hizo ademán de acercarse nuevamente con las mismas intenciones y Miguel corrió, pero solo pudo atrincherarse en una esquina.

―Entonces hazlo tú mismo ― Finalmente habló, el tipo hablaba español, aunque tenía un acento extraño.

―¡Ajá!...entonces si me entiendes ― Miguel le apuntó con el dedo y el chico solo rodó los ojos, como si estuviera fastidiado. ― Entonces respóndeme ¿Quién eres?, ¿En dónde estamos y por qué diablos quieres verme desnudo?

El chico moreno estaba exaltado y se notaba porque con cada palabra elevaba el tono de su voz más y más. Hastiado, el tipo de blanco se decidió a hablar.

― Primero: Soy Hiro… ― Se acercó a Miguel y lo tiró del brazo hasta acomodarlo en el centro de la habitación ― Segundo: No estoy interesado en verte desnudo, simplemente creí que lo preferirías

Miguel lo miró con desconfianza, cubriéndose a sí mismo con los brazos , aunque aún tuviera ropa. Hiro no le tomó importancia y simplemente comenzó a teclear algo en el aire, de pronto una especie de regadera surgió del techo y echó agua fría sobre Miguel, el pequeño soltó un gritito y trató de moverse para evitarlo pero se dio cuenta de que aquella regadera "alienígena" lo seguía a donde iba.

―Y tercero: acabas de llegar al mundo real.

Las respuestas de Hiro solo le generaron más confusión… no entendía un carajo.