CAPITULO 31: DESEO CONCEDIDO. DE REGRESO A LA NORMALIDAD. UNA EXTRAÑA SENSACIÓN EN MI INTERIOR.
Mientras miro a las estrellas,
solo puedo admirar,
ese brillo que me ilumina,
el camino antes de soñar.
Si solo puedo verte en mis sueños,
y es todo lo que puedo anhelar,
lo tendré que aceptar.
Prefiero mil veces eso,
antes que permitirme olvidar.
Mi perfecto gran desconocido, algún día yo…
-¿Helga?
La cercana voz de su mejor amiga, la obligó a cerrar con un golpe seco el cuaderno rosa en el que llevaba tiempo escribiendo. Guardándolo cuidadosamente en la mochila, sacó una caja de jugo y se dispuso a beber.
-¿Sigues molesta conmigo?-interrogó la recién llegada mientras se sentaba a lado de su amiga.
-No, Phoebs. No estoy molesta. Además solo eran un par de recortes sin sentido ¿no? Después de todo, solo era basura.
La pelinegra bajó la cabeza con tristeza, recordando lo ocurrido.
FLASH BACK
-Mis queridos estudiantes, tengo el honor de comunicarles que: ¡Esta semana tenemos a nuestro cargo la cartelera de la escuela!-anunció efusivamente el maestro Simons esperando una reacción similar de sus alumnos, reacción que nunca llegó.
-La decoración de la cartelera es una actividad poco atractiva y tediosa…-empezó Rhonda mientras miraba sobre su hombro esperando el apoyo de sus compañeros.
-Es cierto, además tenemos mucho que estudiar para los exámenes finales-alegó Sid.
-Exámenes que usted programó para esta semana-continuó Helga.
-Entre tantas pruebas y deberes… ¡Me volveré loco!-se exasperó Harold.
-Oh, vamos chicos-intentó convencer el maestro, pero la clase no parecía querer escuchar-Arnold, tú qué dices. ¿Verdad que es una actividad interesante?
-Bueno, supongo…-murmuró el niño, avergonzado de que ser escogido siempre por el Sr. Simons para apaciguar a sus compañeros.
-Lo ven. No es una mala idea…
-Creo…-interrumpió el rubio, ante la mirada asesina de alguno de sus compañeros-Es decir, estoy seguro que si hacemos un buen trabajo con la cartelera, el maestro accederá a suspendernos uno de los exámenes en reconocimiento a nuestro esfuerzo. ¿Verdad?
Los niños al escuchar la propuesta del chico, miraron ansiosos al único adulto presente en el lugar. Esperaban una respuesta afirmativa. Si él quería su cartelera, era la única opción que tenía.
-Está bien-suspiró resignado ante la hábil negociación del pequeño- Pero tiene que ser una cartelera informativa y llamativa. Solo así valdrá la nota de su exámen.
Todos los estudiantes saltaron de alegría. En lo que resto de la mañana se reunieron para diseñar su proyecto. No era gran cosa, solo tenían que buscar un tema referente al medio ambiente. Ideas iban y venían entre sus cabecitas. Unas geniales, otras más extravagantes. El asunto era llegar a un acuerdo, y trabajar en equipo. Después de todo, un exámen menos, era un esfuerzo menos y tiempo extra para salir a jugar.
-Amiga, ¿Qué haces con las revistas?-interrogó Phoebe al mirar como su amiga recortaba algo en lo que habían estado revisando segundos antes para obtener ideas. Los ojos de sus compañeros, curiosos, se posaron sobre ella.
-No hago nada-sonrió nerviosamente, guardando con discreción lo que acababa de recortar en su bolsillo.
-Miren, jajaja…-se burló socarronamente Harold quitándole a su compañera la revista que había recortado y mostrándosela a todos-A este hombre le hacen falta los ojos. ¿Qué ocurre, te gusta coleccionar ojos?
- O acaso narices…-continuó Stinky.
-A puesto que tiene muchos ojos en su mochila…-dedujo Sid, y antes de que la niña pudiera detenerlo, él ya había volcado el contenido de su mochila en el pupitre. Todos observaron con detenimiento lo que había caído. Un par de libros, un diario pequeño rosa (cosa que no pasó inadvertido por cierto cabeza de balón), un cuaderno, una cartuchera y una cartulina blanca.
-¿Qué es esto?-interrogó Lila tomando la cartulina.
-¡Devuélvemelo!-exigió Helga mientras guardaba presurosa sus cosas.
-Déjame ver…-continuó Harold, examinando la cartulina que había tomado la pelirroja-Ja, esto te hace aún más rara Helga. ¿Qué estabas intentando crear?
El niño mostró a todos el contenido de aquel objeto. Pegado en el centro, una nariz, un cabello, una boca y un par de orejas de distintas revistas trataban de formar en conjunto un rostro algo amorfo de lo que parecía ser una persona.
-Helga, ¿qué es…?-empezó Arnold, pero no pudo terminar.
-¡Cállate! Cállense todos…- gritó la niña perdiendo la poca paciencia que tenía-Es un dibujo, si. Un collage mal formado de un recuerdo olvidado, está bien. Ustedes no tienen porque meterse en mi vida. Y si tan malo les parece lo que hago pues…
Arranchando la cartulina de la mano de su compañero la rompió en mil pedazos y tiró las revistas a la basura.
-Yo me largo de aquí…
-Pero el maestro Simons.
-Tu cállate Phoebe. Todo esto es tú culpa.
Dando un portazo, y aprovechando la ausencia del profesor en el aula, la rubia corrió hacia el único lugar en el que se sentía tranquila. El patio de atrás de la escuela.
FIN DEL FLASH BACK
-No crees en realidad que sean recortes sin sentido, ¿verdad?-empezó la pelinegra-La verdad parecía que habías elegido cuidadosamente los detalles de aquellas figuras, lo que no entiendo es qué querías formar.
-Quería crear un rostro. No cualquier rostro. El rostro. Un rostro que nunca he visto…-sus azules ojos observaron el cielo, y soñadores se perdieron entre sus nubes.
-Helga, no te entiendo-llamó Phoebe asustada-Escúchame no sé lo que está pasando contigo. De un mes acá, tu comportamiento ha cambiado y no entiendo la razón.
-No todo tiene que tener una razón.
-Sí, sí la tiene que tener-debatió la niña- Escucha, me encanta que hayas dejado tu comportamiento agresivo atrás, y también que hayas mejorado la relación con tu familia pero eso de andar escapando en plena clase cuando te sientes mal, escribiendo a escondidas, recortando rostros fantasmas, perdida en tus ideas...Helga , ¡¿me estás escuchando?!
-Phoebe, si me vas a decir que es raro. Lo sé. Soy consciente de ello. Mejor vuelve a mí, cuando tengas una respuesta y no más preguntas. Porque yo no sabría responderte.
Con mochila en una mano y la caja vacía de jugo en la otra, la pequeña se dispuso a entrar a lo que quedaba de clases. Los niños ya habían elegido un diseño de la cartelera. Todo transcurrió normalmente, el timbre de salida salió y los niños corrieron a sus respectivas casas.
-Helga, ¿podemos hablar?
-Hey, Arnold. ¿Qué quieres hablar conmigo?
-Podemos ir al parque, yo…
-No, no podemos ir. Le prometí a papá acompañarlo a un juego de beisbol de los trabajadores de su negocio. Estoy ocupada. Pero puedes acompañarme a mi casa. Mientras me dices lo que tengas que decirme.
El pequeño asintió nervioso. Era la primera vez que acompañaba a su amiga a casa por voluntad de ambos y a plena consciencia. Era extraño pero a la vez se sentía bien. No quería destruir el ambiente. Aunque sabía que si abría la boca lo haría. Tenía muchas preguntas en su cabeza, quería aclararlas todas pero no sabía por dónde empezar, ni cómo hacerlo.
-Si no te das prisa terminaremos llegando a casa y no me habrás dicho nada-la voz de la niña lo sacó de sus pensamientos. Era cierto. Tenía que tomar valor y preguntar.
-¿Porqué...-dudó el niño, antes de continuar-…ya no me molestas? Es decir, no es que me guste que me molestes. Es un alivio que no lo hagas, pero quería saber la razón.
-Haber… Mmmm…-pensó la muchacha antes de responder- No te molesto porque no me nace hacerlo. Así de simple, siguiente pregunta.
-No esperaba una respuesta tan concreta. Pero está bien, continuaré. Hoy en la escuela…
-Si vas a preguntarme sobre los recortes, no te pienso responder.
-No, bueno si te iba a preguntar de eso también pero ya no lo haré. Quería saber, hoy en la escuela los chicos te provocaron mucho…Es decir, hasta a mí me irritaron…Debiste sentirte peor, mil veces peor. ¿Por qué no reaccionaste como solías hacerlo?
-¿Quieres decir que porque no hice que Harold se tragara la revista que me quitó, mientras amenazaba a Sid o Stinky?
-Sí.
-Porque no creo que golpearlos solucione algo. No sé. No siento que agredirlos, vaya a causar algún bien en ellos.
-Pero tampoco puedes dejar que te traten mal… Yo te puedo…
-Arnold, ya estamos cerca de mi casa. Si tienes algo más que decirme…
-El diario. Recuerdas que una vez encontré un diario rosa, en el cuál habían escrito muchas cosas sobre mí.
-Poemas, rimas, dibujos. Si, lo recuerdo. También recuerdo que fue a parar al estómago de un réptil.
-Hoy vi un diario similar caer de tu mochila, yo quería saber…
-La autora es la misma. Yo escribí el que tú encontraste, y también el que tengo ahora. Si es todo, me tengo que…
-Espera, pero ¿Por qué?
-Ya te lo he dicho antes. ¿Quieres que te lo repita?
-…
-Escribo para plasmar lo que siento en hojas de papel, ¿acaso no es lo que una chica hace cuando se enamora por primera vez? Nos vemos mañana, Arnold.
Sonriendo la niña entró a su casa, dejando a un sonrojado niño en la puerta.
Había madurado, no sabía cuándo ni cómo pero lo había hecho. Saludando a su madre con un beso en la mejilla subió escaleras arriba, dejando su mochila en el suelo se tiró boca arriba con la vista en el techo.
Tenían razón.
Algo en ella había cambiado.
FLASH BACK
-Solo se te bajó la presión-aseguró la enfermera dándole unos caramelos-Esto ocasionó el desmayo. ¿Te has estado alimentando bien, muchachita?
La pequeña asintió.
-De acuerdo te vas a quedar aquí hasta que venga uno de tus padres. Ya nos hemos comunicado a tu casa…-dirigiéndose a una pequeña figura que esperaba sentado cerca de la niña, la mujer continuó-Ya no tienes que seguir aquí, jovencito. Ella estará bien.
-Me quiero quedar, al menos hasta que llegue alguien.
- De acuerdo-asintió la mujer y sonriéndole a su pequeña paciente siguió-Te quedas con un guapo enfermero.
Con estas palabras la enfermera dejó a los niños solos, mientras se dirigía a rendir su informe diario al director de la institución.
-¡Estoy muy feliz!-pronunció dulcemente la niña mientras observaba todo a su alrededor, como si fuera la primera vez que lo viera.
-¿Por qué?- interrogó extrañado su acompañante.
-Por el ruido de afuera, por este lugar, por esta sensación de estar aquí.
-No entiendo…
-No hace falta que lo hagas. Por cierto, siento que hayas perdido tu cita de la tarde por mi culpa.
-¿Escuchaste mi conversación con Lila?
-Claro que sí. Hoy pensabas declararte en el parque. O me equivoco.
- ¿Cómo pudiste escucharnos? Estabas a cuatro pupitres de nosotros.
-No había mucha gente en el aula. Bueno ustedes dos, y yo. El mensaje se filtró y me llegó.
-Me alegra haber estado allí-suspiró el rubio-Si no te hubiese agarrado a tiempo, ahora tendrías un fuerte golpe en la cabeza. Te desvaneciste de repente. Me asusté mucho.
-No sé qué ocurrió. Pero me siento bien. Cielos, me sentí genial cuando te vi, cuando oí la voz de Lila, incluso al ver a la enfermera. Es algo indescriptible. Creo que morí y volví a nacer.
-Me estas asustando.
-No deberías. Todo estará bien. Lo sé.
La puerta de la enfermería se abrió de golpe dejando ver la figura del rey de los localizadores.
-Helga, ¿estás bien? ¿Porqué estas aquí? ¿Te lastimaste? ¿Dónde está la enfermera? ¿Por qué estás sola? Y, ¿quién es este chico?
El rostro de la joven se iluminó aún más. Su corazón parecía estar a punto de estallar. Abalanzándose sobre su padre, lo abrazó y nuevamente lloró de alegría.
-Papá, mi querido papá-sollozó-No sabes cuánto me alegra verte.
El sorprendido hombre no sabía cómo reaccionar, torpemente abrazó a su pequeña intentando apaciguar el río de emociones que se entremezclaban en su interior.
-Oye muchacho-llamó confundido Bob -¿Se puede saber qué rayos le dio la enfermera a mi hija para que se comporte así?
Arnold se limitó a alzarse de hombros, observando a su compañera. Verla así, por primera vez, como una niña frágil, dulce y alegre, provocó en él, una sensación de agrado que no sabía definir. Con su sola presencia, su amiga acababa de confortar su corazón.
FIN DEL FLASH BACK
"Y desde ese día, empecé a ver las cosas de diferente manera"
El solo hecho de tener a su familia, de recibir los regaños de su padre, de ver los despistes de su madre, e incluso escuchar las historias de Olga la reconfortaban tanto. No estaba sola, los tenía a ellos. Bien o mal, con toda la gama de defectos, esa era su familia. En ella estaba transformar lo que no le gustaba de ellos por iniciativa propia.
En los siguientes días, su comportamiento con ellos cambió. Comenzó a abrazar y besar a sus padres antes de irse a la escuela y al volver. Al levantarse, y al acostarse también. Se inmiscuyó más en los asuntos del negocio de su padre (visitándolo, participando en los planes de recreación de los trabajadores, ayudándolo con cuentas, aprendiendo del negocio), en las actividades caseras de su madre (cocinando, acompañándola en sus compras, ayudando en casa) y en la vida personal de su hermana (amoríos, tarde de chicas, y confesiones personales). Buscó horas, para pasar el tiempo con todos.
Con sus pequeñas manos, moldeó la familia que ella quería. Y ahora, ya no era invisible. Sus padres eran afectuosos, su hermana ya no le resultaba desagradable. Y sobretodo estaban unidos. Gracias a esos gestos, y conductas que había iniciado, su familia era lo que siempre había anhelado tener. Y era muy feliz con ellos.
"Y no solo fue en casa…"
En efecto, sus compañeros de clase, esos niños y niñas que se pasaban la mayor parte del tiempo molestando ya no le resultaban tan malos. Siempre había tenido la idea de que debía agredir antes de ser agredida primero. Todo eso se formó en su cabecita desde que entró a la escuela. Al ser víctima de aquellos niños bravucones, se convirtió en una para no sufrir, para sobrevivir se podría decir.
Pero ahora…
Esos niños seguían siendo insolentes, groseros y odiosos pero ¿golpearlos llevaba a algún lugar? No, no lo hacía. Incitaba más violencia. Eso era todo. No quería tener que golpear a otro niño, no quería sentir el temor de ellos hacia su persona, peor aún verlos sufrir. El solo hecho de que su sola presencia hiriese a alguien le repugnaba. No entendía porque pero odiaba sentirse así.
Con esas ideas en mente, se propuso moldear su vida en la escuela. Ignorando las provocaciones de sus compañeros, dejando que resuelvan sus asuntos sin entrometerse en nada, y protegiendo a los niños que eran víctimas de los más grandes. Se forjó una nueva imagen. Ya no era la bravucona, era la salvadora. Muchos la llamaban "ángel". Ella solo sentía que hacía lo correcto.
Se sentía tan bien tener compañeros.
Quizá no amigos, porque la única amiga que ella quería en su vida era Phoebe. Pero sí compañeros. Camaradas que jueguen juntos, y trabajen en equipo por un solo objetivo. Al igual que con su familia, su vida en la escuela también cambió. Se volvió más aceptable. No podía evitar situaciones desagradables como las de ese día con las revistas pero al menos al final del día todo quedaba olvidado. Al parecer, ya nadie quería continuar molestándola.
Y eso estaba bien.
Por ese lado, asistir a clases, ya no le resultaba tan incómodo como en años anteriores. Ya no debía preocuparse por defenderse de las burlas de sus amigos, tampoco por saber a quién intimidaría ese día para no perder su imagen de niña ruda o por crear nuevas formas de tortura para sus compañeros. Ya no.
Solo debía estudiar, ignorar la etapa inmadura de quienes la rodeaban, y continuar.
"También, mi mente y mi corazón llegaron al fin a un acuerdo"
En cuanto a su vida amorosa. Entendió lo que debía hacer. Arnold, su pequeño y primer amor. Tenía que dejarlo ir. Ya estaba claro que él no la quería. ¿Porque aferrarse a algo que no iba a ser? Molestarlo, seguirlo y de cierta manera acosarlo no la llevaría muy lejos. Además que no se sentía bien hacerlo. Al menos, no ahora. Si algún día tendría algo que ver con ese niño que por años amó, sería porque así él lo quiso y de cierta manera el destino también, no porque ella lo forzó. Continuar con el maltrato hacia él solo le aseguraba una cosa: que llegase a odiarla. Y no quería eso. El odio, era un sentimiento que no quería ver.
En la semana siguiente, después de despertar en la enfermería, arregló una cita para Arnold y Lila en el parque. Ellos debían decirse lo que tenían que decirse, nunca supieron quien los reunió. Y a pesar de esto, la propuesta y el noviazgo de ambos, jamás ocurrió. Arnold terminó por decirle a Lila que siempre la vería como su amiga, en todo caso como su mejor amiga. Y que lamentaba haber confundido nuevamente sus sentimientos.
Entre sollozos, escuchó como Lila se desahogaba contándole todo lo ocurrido. Inicialmente no era su idea, servirle de paño de lágrimas. Pero, como ya lo había pensado antes, tampoco quería ver sufrir a nadie. Después de este episodio, la relación entre la pelirroja y el rubio se recuperó.
Podía haber aprovechado el momento para estar cerca de su gran amor, para conquistarlo y ser su pareja. Pero, ya había gastado todos sus años en él, y nunca dio frutos. Era tiempo de parar. Y eligió no acercarse. Todo ocurriría a su tiempo. Si es que ocurría, si no, tendría que superarlo y continuar. Además las cosas ya no eran como antes. El amor que le tenía era como una fiebre altísima que le daba cada vez que lo veía, pero que ahora había desaparecido. Quizá sus sentimientos también habían madurado.
"Aunque moldee todo para ser feliz. Aunque todo está bien. No puedo dejar de sentir esta sensación de incertidumbre. No puedo"
Era cierto. Desde que había despertado en la enfermería hasta ese preciso momento en el que se encontraba en su cuarto, la extrañeza en su pecho no la dejaba en paz. Inicialmente era como un suave zumbido de abeja en su cabeza, ahora parecían sonoros tambores rebotando en la misma.
Algo pasaba. Pero ¿qué?
-¿Mi familia? ¿La escuela? ¿Arnold? No, todo está funcionando correctamente. Entonces, ¿qué es?-analizó confundida la rubia mientras se ponía de pie. Sus ojos se detuvieron en una pila de revistas que había estado acumulando.
No todo estaba bien. ¿Cuándo había empezado a obsesionarse tanto con los rostros? Sabía que tenía una personalidad algo obsesiva, la escultura de goma de mascar de Arnold y el montón de diarios escritos se lo demostraban pero de allí a tratar de crear caras inexistentes de persona que no conocía. Error. No eran caras, era un solo rostro. Una cara que necesitaba identificar pero que no había logrado hacerlo.
Días atrás al ojear una revista, el color castaño del cabello del modelo que promocionaba una marca de shampoo provocó en ella una descarga eléctrica. No entendía porque pero sentía la necesidad de recortar aquel cabello. Poco a poco, cuando veía algo que le provocaba la misma sensación, se ponía feliz y lo recortaba. Era como estar intentando armar un rompecabezas usando millones de revistas, para buscar una sola imagen que constituyera lo que estaba buscando.
-Mi rostro…-recordó apenada la pequeña.-No debí ser tan impulsiva. Estaba tan cerca, solo me quedaron…Sus ojos…
Sacando el recorte que había guardado en su bolsillo lo miró.
-Son unos lindos ojos-musitó mientras pasaba la yema de sus dedos sobre el pequeño recorte de ojos miel. Se sintió tentada a arrojar ese papel a la basura, pero algo en ella no lo permitió. Con delicadeza lo guardó en su cajón junto con el diario.
"No puedo seguir así. Ya todo está bien en mi vida. Solo yo estoy comportándome extraño. Debo dejar esta extraña obsesión atrás. Quiero ser feliz, de verdad quiero ser feliz."
-Helga, hija. Tú papá acaba de llegar. Baja a comer.
-Ya voy, mamá.
Decidida a continuar con su vida normal, la pequeña tomó la pila de revistas acumulada y bajó para arrojarlas a la basura. Por más insistente que fuera esa molesta sensación, tenía que ignorarla. Mirar adelante, y no atrás. Alcanzar esa felicidad, y conservarla. Después de todo, era lo que se esperaba de una niña normal.
Amanecer
Un fenómeno natural, tan hermoso y misterioso a la vez.
Es el despertar continuo de las personas a un nuevo día.
El abrir las puertas a nuevas oportunidades, nuevos aventuras, nuevas experiencias.
Sin duda el sol remontándose poco a poco sobre las nubes nos indica que a pesar de todo lo pasado, siempre podremos continuar.
Un rayo de luz aparecerá en nuestras vidas, y no nos dejará solos en la oscuridad.
Al menos eso es lo que quiero pensar...
-Es temprano aún para salir de viaje- susurró el niño para sí mismo, admirando el horizonte.
Llevaba un par de horas sobre el tejado de su casa, intentando vanamente encontrar la respuesta a su situación actual. Pero, para su frustración no había encontrado nada. Desde hace un mes atrás, una extraña sensación se había apoderado de su corazón, y paso de ser molesta a interferir por completo en su vida. Parte de él estaba presente, pero la otra mitad siempre intentaba descubrir el origen o la causa de aquella sensación.
-¿Qué me falta? ¿Qué? –Se interrogó molesto- Tengo todo. Amigos, familia, incluso una novia que hoy me espera como siempre en su ciudad para estar junto a ella. Entonces, ¿porque no logró sentirme en paz?
Al principio había creído que se trataba de alguna enfermedad, después creyó que era obra de alguna carta maligna o inclusive un espíritu vengativo que buscaba eliminarlo, pero al descartar todas estas opciones. No quedaba nada. Simplemente que de un día para el otro había despertado así, a medias, con esa pequeña, inquietante y molesta impresión de que algo faltaba en su vida.
-Shaoran, es hora de ir al aeropuerto. Vamos ¡Tomoeda te espera!
La voz de una de sus hermanas, lo hizo volver a la realidad. ¿Ya era hora? El tiempo había pasado rápido. Abandonando su provisional refugio, entró a su habitación y descendió a la sala. Allí, con una sonrisa de oreja a oreja su prima lo esperaba emocionada por volver a ver a sus amigos. Sin duda, los lazos de amistad que había formado con las personas que conoció, eran el tesoro más valioso que tenía.
-¿Ocurre algo? Te noto extraño.
Los ojos de la niña se posaron analizadores sobre el rostro del pequeño, intentando hallar lo que perfectamente durante todo este tiempo había logrado esconder.
-Nada Meiling. Todo está bien-sonrió el pequeño para evitar preguntas.
-Shaoran, sabes que puedes contar conmigo, ¿verdad? Dime qué te pasa.
-Estoy bien, es solo que no dormí anoche-justificó algo molesto el muchacho-¡Vamos! No quiero perder el vuelo.
Tomando las maletas, las colocó en la parte de atrás del taxi. La pequeña permaneció de pie un rato pensativo ante la respuesta de su primo. Sabía que algo andaba mal, pero tampoco podía forzarlo a decirle algo. Dando un profundo suspiro entró al automóvil.
-Si no quieres decirme, lo entiendo-concluyó la niña en el interior del vehículo-Quizá no sea yo la persona con la que debas hablar. Pero no te preocupes, tu novia se encargará de volverte a la normalidad
-Si claro. A la normalidad…-respondió el pequeño mirando por la ventana del auto.
¿Qué tan normal podría llegar a ser su vida? Como descendiente directo de uno de los más poderosos magos existentes en el mundo, era su deber entrenar su cuerpo y su espíritu para tomar dicho legado. Toda su vida había tenido que enfrentar a la magia en todo su esplendor, observar las consecuencias de su mal uso y muchas veces remediar sus consecuencias. Preparándose desde pequeño para reclamar el poder de las cartas Clow, nunca tuvo una vida muy normal que digamos.
"Y a pesar de tanto entrenamiento no logré cumplir con lo que debía"
Por supuesto que no. Una nueva dueña, con un poder espiritual superior a la de él, había reclamado las cartas. No estaba molesto. Al contrario, agradecía no tener que llevar un peso más sobre él. Era suficiente tener que hacerse fuerte para heredar la magia del mago Clow, como para encima más tener que custodiar sus cartas. Hasta el momento se encontraba bien ayudando a la cazadora a enfrentar los problemas que la magia provocaba. De cierta forma era muy gracioso, ella al no tener experiencia, se metía en muchos problemas que a él por experiencia propia, no le habrían ocurrido. La mayoría de sus encuentros, siempre terminaba con un enfrentamiento contra una de las cartas, la creación de una nueva o enemigos de quien las poseyera. Casi todo los años de su vida, se los había dedicado a las cartas. Aún en la escuela, no podía hacer muchos amigos, porque tenía que regresar a casa para entrenar o estudiar más acerca del poder de Clow, y sus creaciones. Los únicos amigos que tuvo en su hogar, desaparecieron hace mucho. Un par de niños, que jugaban a escondidas con él. Fueron los momentos más relajantes de su vida. Después solo estuvo su prima. Al menos hasta que inicio la cacería de las cartas.
"Sakura Kinomoto y todos los problemas que ella acarreaba"
Nunca creyó que una niña sería quién le arrebatará de las manos, las cartas por las que llevaba años entrenando. Sin embargo, era la decisión de las mismas. Él nada podía hacer. Inicialmente estaba furioso porque sintió que su poder no era suficiente. Pero al percatarse de que su familia ya no lo presionaba tanto como antes, pudo disfrutar al fin de la libertad. Era libre. Al fin. Ya las cosas no le parecían tan malas como antes. Pudo relajarse, llevar una vida normal en la escuela, expresar emociones que nunca antes había podido expresar, y experimentar de primera mano: el amor.
¿Quién creería que precisamente iba a enamorarse de quién inicialmente fue su contrincante? Nadie. El solo vivía para pelear, ella le mostró que tenía que vivir para mucho más. Con su ternura e ingenuidad le mostró la verdad, un nuevo mundo en donde empezar. Y con ella vinieron ellos, sus guardianes, su familia, sus amigos. Ya no estuvo más solo. Y disfrutó cada momento a su lado.
"Pero tenía que volver..."
Su familia lo esperaba en otro lugar. Tenía que regresar. A pesar de que era muy feliz estando con Sakura y todos los que la rodeaban. Siempre debía volver. Sus responsabilidades como el único hombre de la casa lo traían de regreso una y otra vez a su hogar. Era algo frustrante, pero tampoco podía pasar mucho tiempo lejos. A fin de cuentas, aun era un niño. Y extrañaba a su madre y sus hermanas. Por cultura propia, nunca fue muy expresivo con ellas, pero estaba feliz de tenerlas en su vida. Aunque la presión por ser más fuerte era grande, su compañía mitigaba cualquier dolor emocional o físico. Crecer así, le permitió madurar, y lograr un mayor control de sus emociones.
"Sin embargo…"
FLASH BACK
-Shaoran, hijo ¿estás bien?-la voz angustiada de su madre provocó que el pequeño abriera poco a poco los ojos.
-¿Qué ocurrió? Ah, me duele todo el cuerpo. ¿Dónde estoy?
-En casa, caíste de la copa del árbol de cerezo. Debiste golpearte muy fuerte. ¿Qué estabas haciendo arriba?
-Yo…-el niño enmudeció. No podía recordar porque había subido. Sabía que estaba entrenando con su espada, y luego lo embargó una sensación de somnolencia y se durmió bajo el cerezo. Pero después…
-Cielos. ¡Tienes cortadas por todo tu cuerpo! Te llevaremos adentro para curarte.
-¿Cortadas?
Entre su madre y el mayordomo, que siempre permaneció a su lado desde que nació, lo llevaron al cuarto. Sus hermanas gritaron alarmadas al ver la sangre en el cuerpo de su pequeño hermano.
-El doctor llegará pronto. ¿Qué estabas haciendo?
-No lo sé, madre. Estoy confundido. No entiendo como caí desde arriba, si nunca subí.
-Me sorprendería, pero a nuestro alrededor, cosas extrañas siempre suelen pasar. Escucha, llamó la pequeña Sakura.
-Sakura…-una sensación de alivio y paz se extendió por el corazón del niño.
-Sí, quería saber si vas a viajar este fin de semana a su ciudad.
- Es cierto…-recordó el castaño-Íbamos a investigar unos sucesos extraños que estaban pasando en un templo cercano.
-Le dije que no irías.
-¿Qué? Pero porqué.
-Porque necesitas descansar, últimamente te has estado excediendo con tus entrenamientos. Descuida, ella entendió. Además me informó que los sucesos se detuvieron de repente. Lo ves, tu presencia no es necesaria allá.
-Gracias, madre.
-Recupérate pronto, para que todo vuelva a la normalidad.
La mujer salió de la habitación dejando a su hijo, aún más confundido de lo que estaba.
FIN DEL FLASH BACK
Precisamente desde ese suceso, hace un mes, el término normal, no representaba su vida. La culpable: esa espina que se había clavado en su interior. Desde ese día algo había cambiado.
En casa, se comportaba como siempre: comer, estudiar, entrenar, dormir. Sin embargo, solía estar más callado de lo usual. Cosa que no pasó desapercibida por su madre, y su prima. Aún así no podía explicarse lo que le sucedía. Y por elección propia prefirió refugiarse en sus entrenamientos antes que enfrentar sus preguntas.
En la escuela, no lograba concentrarse. Su rendimiento académico no había bajado. Pero varias veces habían llamado su atención por encontrarlo absorto en sus pensamientos en vez de prestar atención a clases.
Todos en su casa concluyeron que era porque estaba enamorado. Y extrañaba a su novia. Por lo que aprovechando la proximidad de sus vacaciones, planificaron el viaje para que él y su prima fueran a pasar algún tiempo en Tomoeda. Esperaban que estar allí cambiara su estado de ánimo pero él no estaba tan seguro de eso.
El despertar, después de la caída, y ver a su madre, su casa, su familia, lo hicieron sentirse dichoso. Realmente agradecido por lo que tenía. De alguna manera, ahora apreciaba más lo que lo rodeaba. Cuando escuchó el nombre de Sakura, sintió una inmensa paz en su interior. Sin embargo, ahora no seguía igual. Esa espinita se había convertido en un gigantesco dolor de cabeza. Por lo que últimamente sus emociones estaban saliéndose fuera de control. Ya ni siquiera sabía que es lo que sentía, o lo que quería. Todos querían verlo tranquilo, Sakura esperaba estar a su lado en paz, pero al verla por primera vez después del incidente del árbol, ¿podría ofrecerle lo que tanto anhelaba?
"Solo quiero vivir en paz, sin dudas, ni incertidumbres. Necesito volver a la normalidad"
Era cierto, si algo estaba mal en él. Tenía que recuperar el control. Como cuando era niño, si no se lo podía explicar, al menos tenía que saberlo controlar. Era su deber hacerlo, para estar tranquilo y ser feliz. Con un suspiro el joven abordó el avión junto con su prima, dispuesto a empezar de nuevo.
-Y será que hoy, ya me tienes una respuesta-la figura del rubio se interpuso entre la pequeña y la salida.
"Otra vez, con lo mismo. ¿Porque ahora? ¿Porqué no antes cuando sin dudarlo habría dicho que sí?"
-Tengo que pensarlo…-respondió la niña evadiendo al chico.
"Cuantas veces más le iba a decir lo mismo, y cuantas más volvería él a perseverar en su idea. Pero no podía aceptarlo. Las cosas ya no eran iguales"
-Te esperaré el tiempo que sea necesario-susurró el rubio al pasar su amiga.
-Lo siento-respondió la pequeña antes de salir del aula camino a casa. Miles de pensamientos empezaron a rondar su mente. Si al menos en su interior todo fuera igual que antes.
Meses atrás Arnold había descubierto que el diario de la persona que tan dulcemente había escrito sobre él, antaño, pertenecía a ella.
Confuso al inicio, el pequeño había intentado alejarse, pero no había podido. La personalidad de esa niña, tanto la anterior como la actual eran envolventes y atrayentes. Después de una crisis personal, decidió aceptar que quizá esa niña loca y agresiva que lo lastimaba sin motivo, lo había lastimado por "amor". Y recibir un amor tan grande por tanto tiempo de una niña que siempre había ignorado, era extraño pero de cierta forma, lindo. Quería darse una oportunidad de vivir ese amor. Sin embargo parecía que el corazón de su hasta ahora compañera de clase, había cambiado.
-¡Helga! Espera, ¿ya se lo dijiste?
-No, Phoebs. No pude.
-Pero, ¿Por qué? Helga, esto es algo que habías estado esperado por mucho tiempo. Si aceptaras su propuesta, al fin podrías estar con él. Sería perfecto: tú con Arnold, y yo con Gerald. No dejes pasar más el tiempo. Un día se cansará de pedírtelo y lo habrás perdido para siempre.
"¿Perderlo? Como podía perder algo que en realidad nunca fue suyo"
-Ya llegamos. Nos vemos mañana, Phoebs. Descansa.
La pelinegra observó desconcertada como su amiga cortantemente se alejaba y entraba a casa.
-Lo siento, amiga-murmuró la rubia observándola por la ventana.
"Sería muy trágico atarse a alguien a quien en realidad no se ama. Quizá con la compañía de Arnold la molestia en su alma dejaría de oprimir su corazón pero aceptarlo por esa razón, era egoísta. Algún día tal vez, en algún lugar de ese mundo lograría encontrar lo que le faltaba"
-Y hasta entonces, continuaré esperando…
Recostándose en la cama, y tras observar durante un largo rato el recorte de aquellos ojos, la niña empezó a caer poco a poco dormida.
"¿Dónde estaba lo que necesitaba? ¿Dónde?"
-Lo único que quiero es confiar en alguien que pueda entender lo que me pasa y de cierta manera orientarme-concretó el castaño hablando con lo que parecía ser un extraño muñeco de felpa.
-Entiendo… Y necesitas que yo, el gran Kerberos, sabio entre los sabios, y el más astuto de todos los guardianes, guíe tus decisiones-respondió el aparente oso henchido de orgullo.
-Ehhh…No, en realidad.
-¡¿Entonces para qué me buscas, mocoso?!-gritó molesto el amarillo ser.
-¡Necesito tu ayuda! Hace tiempo, hubo alguien que logró ver en mis ojos lo que mi corazón se negaba a decir, alguien que no me juzgó e hizo hasta lo imposible por propiciar mi relación con Sakura.
-Y tú quieres que yo…
-Solo ayúdame a quedarme solo con Daidouji-rogó el castaño. Por su parte había tomado ya una decisión, recuperar el control de su vida. Pero necesitaba la opinión de alguien más. Aún no estaba seguro de cómo poder hacerlo. Y quién mejor que aquella pequeña que era mucho más sabia de lo que aparentaba, para ayudarlo.
El guardián de cartas aceptó encantado, después de prometerle a cambio unos pasteles de fresa. Ambos volvieron al grupo del cuál sigilosamente habían salido para conversar. Todos se habían reunido frente a la entrada del parque de diversiones. Estaban impacientes por entrar.
-¿Dónde te metiste Shaoran?-interrogó Meiling mirando con desconfianza el muñeco que traía con él- ¡Te estábamos esperando! Mira todos esos juegos ¡Qué felicidad!
A través de un mar de gente, la pequeña buscó el modo de abrirse paso, y arrastrando a todos hacia el primer juego, se dispuso a hacer fila.
-Creo que para este juego, necesitamos ponernos en parejas…-avisó Tomoyo, mientras examinaba a las personas que estaban adelante en la fila.
-Vamos juntos ¿verdad Shaoran?-interrogó Sakura, tomando el brazo del niño.
-Este…si…-asintió algo nervioso. Solo un par de días habían pasado desde su llegada a Tomoeda, y esa era la primera salida que tenía con ella. El temor de dejar que esa insoportable sensación, arruinará el momento lo dominó.
-Te extrañé mucho. Me alegra que hayas podido venir-la niña colocó su cabeza en el hombro de su acompañante quién no pudo más que tensionarse ante el momento.
No sabía cómo actuar. Se sentía extraño. Más estando allí, con todos.
Cuando llegó al aeropuerto y fue recibido, por Sakura y su padre, se sintió muy feliz. Estaba agradecido al ver esos rostros tan amables esperándolo y solo se limitó a sonreír desde el fondo de su corazón olvidando por un momento esa molestia extraña. Pero al alojarse en su casa, en su cuarto, sus pensamientos nuevamente volvieron a enfocarse a esa sensación. Había decidido olvidarlo, continuar, ser feliz. Pero no parecía ser tan fácil como creía. En lo que él respectaba quería evitar ver a su novia, no quería lastimarla y mientras no pudiera sentir que su vida era normal, no podría actuar de esa manera. Todo iba bien hasta que el hermano de Sakura los invitó a todos al parque de diversiones porque le habían regalado unos pases. Su mundo se derrumbó. Y ahora que se encontraban allí. No sabía qué hacer. ¿Cómo actuar? Amaba a esa niña, no quería lastimarla, pero tampoco sabía cómo explicar lo que le pasaba.
-¿Shaoran?-llamó extrañada la castaña al notar la tensión en el cuerpo de su novio.
-También te extrañe, ¿Cómo has estado?-murmuró el niño dándole unas delicadas palmadas sobre su hombro, en un patético intento de componer las cosas.
Esta acción no pasó desapercibida por todos. Un silencio incómodo recayó en el grupo. A medida que ella se fue soltando, sus ojos se posaron sobre los de su novio, descubriendo de inmediato que algo no andaba bien.
-Sucede algo, ¿verdad?
La expresión culpable del niño confirmó lo que acababa de preguntar. Ella entre todas, era la única persona que a primera vista, podía descubrir que algo andaba mal. Esos ojos, transparentes y dulces a la vez, era imposible engañarlos. Menos si la persona que más quería su dueña, le ocultaba algo. Debía contarle lo que le pasaba, decirle que algo le inquietaba, contar con su apoyo y salir juntos de eso. Pero por primera vez, no quería su compañía. Solo deseaba estar solo, y entender lo que le pasaba. Si tan solo pudiera explicarle eso, sin lastimarla o preocuparla.
-Sakura, tenemos que hablar-musitó cabizbajo el castaño. Ya no podía mas, necesitaba dejarlo salir, necesitaba desahogarse.
- Creo que el joven Li y yo deberíamos tomar un pequeño descanso en el restaurante del parque. Parece que el clima no le ha sentado bien-interrumpió la suave voz de Tomoyo, quién en ese momento llevaba en brazos a cierto muñeco.
-¿Te sientes mal?-interrogó alarmada Sakura.
-Estará bien…-continuó su amiga-Iremos por algo refrescante y volveremos. Yo conozco mejor que nadie el parque así que no nos perderemos. Tranquila.
-Eh, pero…Mmm…
-Vamos Kinomoto-urgió Meiling-Vas a ver cómo nos vamos a divertir…
Con tristeza la pequeña castaña se despidió.
-No te atrevas a lastimarla, mocoso-amenazó el hermano de la cazadora, pasando a su lado-Ella no se lo mere…
-Toya, déjalo-interrumpió Yukito- Estoy seguro que este pequeño caballero no haría nada para lastimar a la pequeña Sakura.
Claro que no. Aunque tuviera tragarse lo que le estaba pasando. No la lastimaría. Culpable por casi haber preocupado a su novia, siguió a Tomoyo.
-Espero que me perdones-empezó la pelinegra-No creí que fuera el momento oportuno para que ustedes dos hablen. Por eso los interrumpí. Además Kero me dijo que necesitabas hablar con alguien.
-Tú intervención sin duda no pudo ser más oportuna-agradeció el chico-Quizá si hablo contigo, antes que con ella pueda aclarar mejor mis ideas. Siento que algo no me deja vivir en paz. Necesito ayuda. Necesito una buena amiga.
Las clases habían finalizado temprano. Siguiendo su reciente costumbre, la pequeña salió de la escuela y se dirigió al muelle a mirar el horizonte. Solía sentarse allí, a pensar y meditar. Últimamente había estado muy ocupada para ir. Con los exámenes, tareas y su familia, no había tenido tiempo. Pero ahora, estaba dispuesta a relajarse un momento allí. Aquella sensación que había atosigado su mente hace tiempo, ya no se sentía tan presente. Quizá estaba desapareciendo. Algo en ese pensamiento afligió el rostro de la muchacha.
-¿Te pasa algo, Helga?
La pregunta de su compañero la tomó por sorpresa. Lo que menos esperaba era encontrarse con alguien conocido por esos lugares. Suspiró y lo miró.
-No pasa nada, Stinky. Nada. Eso es lo que me preocupa. Antes todo estaba bien pero tenía una molesta sensación de que algo me faltaba. Ahora, esa sensación ha ido desapareciendo poco a poco. Y en vez de sentirme aliviada porque al fin puedo vivir mi vida en paz, me da tristeza. No quiero perderla. Siento que es lo único que tengo de…Ah, esa es la pregunta, ¿de qué?
-Creo saber lo que te pasa…-respondió el niño, luego de ver por un largo momento el agua-Una vez llegué a sentir lo mismo. Una niña me buscó para que fuera su novio, ella me desagradaba pero a la final acepté. Cuando me acostumbré a ella, me dejó. Es como tu sensación, te molesto al inicio pero ya que te has acostumbrado a ella, temes perderla.
-Sí, es algo así-contestó emocionada la pequeña al saberse entendida-Y, ¿qué hiciste con ella?
-Nada. Entendí que si llegó a mi vida fue por una razón y si se fue, quizá es porque no debía estar con ella. El caso es que continué con mi vida. Deberías hacer lo mismo.
¿Continuar? Avanzar ya sin preocuparse más. Era cierto, quizá ese niño tenía razón. Tenía muchas cosas que hacer, proyectos que implementar y metas que alcanzar. Si esa sensación estaba allí por alguna razón, quizá en el futuro, lo entendería. Ahora era una niña, tenía que disfrutar su inocencia y con alegría vivir cada día.
-Gracias-sonrío la pequeña, y dándole un beso en la mejilla a Stinky se alejó camino a casa.
-De nada Helga-suspiró el niño viéndola marcharse-Nunca te percataste a quien me refería, niña despistada.
Con su nueva perspectiva, la pequeña continuó sus días con normalidad. La sensación fue dejada en lo más profundo de su interior. Y se limitó a vivir, sin cuestionar y solo luchar por un futuro nuevo alcanzar.
Era más de las doce y aun no lograba conciliar el sueño. A parte del cansancio físico producto del día que había pasado con sus amigos, la conversación mantenida con Tomoyo le daba vueltas y vueltas en su cabeza, evitando que lograra descansar.
FLASH BACK
-…Y esa sensación me ahoga. Desde esa caída, siento algo extraño y no sé qué hacer…
La pequeña tomó un sorbo de té helado, después de escuchar la historia del castaño. Permaneció pensativa durante un instante, observando los juegos. Recordando su vida, la de su querida Sakura, y la de todos sus amigos. ¿Cómo algo tan diminuto podía llegar a ser tan problemático?
-Siento que te estás ahogando en un vaso de agua.
-¿Qué?-interrogó el niño sin entender.
-Un día te levantaste con una extraña incertidumbre, y dejaste que esta gobernará tu vida.
-Es que tú no entiendes…Esa molestia no me deja vivir en paz.
-No, joven Li-sonrío la niña-Tú no quieres vivir en paz. Tú le das el poder a esa sensación para afectarte.
Su amiga estaba corroborando lo que él ya había descubierto. El tenía que tomar el control de nuevo. Pero, ¿cómo?
-Sé que en parte es mi culpa por dejarme dominar por esto, pero no entiendo cómo parar…
-Con tu propia fortaleza-continuó la pequeña-Solo mira a tú alrededor: tienes una familia que te ama, unos amigos que siempre están allí y una novia que te considera la persona más especial en su vida. ¿De verdad quieras cambiar esa maravillosa vida?
El pequeño negó.
-Escucha, no te puedo decir porque tú corazón duda. Pero puedo decirte que si lo deseas, si antepones todo lo bueno que tienes a lo que estas sintiendo. Todo estará bien, y volverá a la normalidad. Solo necesitas voluntad.
FIN DEL FLASH BACK
-Voluntad...-susurró el castaño.
Era cierto, desde que despertó a la orilla del árbol, herido o no. Él quiso darle importancia a esa sensación. ¿Por qué? No lo sabía. Quería creer que había algo más. Esperaba descubrir algún secreto, o algún motivo especial que no lo dejaba vivir tranquilo pero lo cierto era que él era quién no quería vivir tranquilo. Él necesitaba sentir que algo faltaba en su vida para ser feliz. Pero para que, si ya lo tenía todo para serlo.
Estaba arruinando su vida, aislándose, fingiendo estar alegre, por nada. No podía seguir así. Esa era su realidad, con magia, una familia extensa, unos grandiosos amigos y un pequeño amor que defendería hasta el final.
"No importa lo demás, mientras todo este bien. Mientras ella sonría a mi lado, yo estaré junto a ella"
Aliviado por al fin llegar a una solución, e ignorando aquella sensación, el pequeño se fundió entre las cobijas y concilió un sueño tranquilo que hace tiempo no lograba. Días después, con gran esfuerzo de su parte, las cosas en la vida de Li Shaoran, volvieron a la normalidad.
Ambos ignorando esas extrañas sensaciones
Ambos viviendo sus vidas en sus respectivas ciudades
Ambos separados
Ambos avanzando
Ambos poderosos seres,
Cuyos caminos, jamás se cruzaron
TRES AÑOS DESPUÉS
-Señores pasajeros, esperamos que el viaje haya sido de su agrado. Estamos llegando al Aeropuerto Central de…
-¿Ya llegamos?
-…Ajuste sus cinturones…Y un feliz aterrizaje…
- Oigan, despierten. Estamos aquí.
-Nooooo….Déjame dormir-suplicó adormilado en su asiento un chico de cabeza alargada y cabello rubio.
-A esta hora deberíamos estar durmiendo-completó una muchacha de cabello negro entreabriendo sus ojos.
- Phoebe, tú misma mencionaste cuando salimos de Hillwood la diferencia de horarios. ¡Vamos! No puedo creer que no estén emocionados.
El avión aterrizó en la pista, y poco a poco sus pasajeros descendieron en tropel, buscando unos a sus familiares y otros la manera de transportarse a sus destinos finales. Arrastrando a sus dos amigos, una muchacha de cabello rubio, largo hasta la cintura y grandes ojos azules buscaba la o las personas que los recibirían.
-¿Ustedes son los estudiantes de la PS-118?-interrogó un hombre alto, de cabello negro y ojos del mismo color con un cartel que decía "Hillwood"
-No se supone que ese cartel debería tener nuestros nombres-examinó el rubio.
-Lo olvidé. Son Arnold, Phoebe…Y…
-Helga Pataki-completó la muchacha extendiendo su mano.
-Soy Kinomoto, Toya-respondió el sujeto, saludándola-Bienvenidos a Tomoeda. Los llevaré a las instalaciones del instituto en la que se quedarán por este semestre.
Los tres siguieron al muchacho hasta un automóvil. Aún no podían creer lo que les estaba pasando.
Hace un año, SU escuela (que ahora era colegio también) había firmado un acuerdo con los establecimientos de tres países diferentes. En ese acuerdo, se permitía el intercambio de estudiantes por un semestre para fortalecer las relaciones internacionales. Claro que no todos podían acceder a esta maravillosa oportunidad. Tendrían que quedar en el cuadro como los mejores para viajar. Pero valía la pena intentarlo.
Durante meses y meses todos se esforzaron. Noche tras noche se prepararon, incluso organizaron reuniones de estudio. Cada nota tenía que ser perfecta si querían que su sueño de viajar se hiciese realidad. Al final, el esfuerzo recompensó a ocho estudiantes de la PS-118. La oferta académica ofrecía alojamiento, alimentación y los gastos de su educación pagados. Las sedes eran Alemania, Brasil y Japón, cada país con un pensum de estudios avanzado y una cultura digna de ser experimentada. Los elegidos debían escoger el lugar al que irían. Dos estudiantes marcharon a Alemania, tres escogieron Brasil, y tres Japón. Así una nueva aventura inició.
-Aún no lo puedo creer. Parece un sueño-suspiró la ojiazul, mirando la ciudad desde la ventanilla del carro.
- Tanto esfuerzo valió la pena-completó el rubio, recordando lo vivido.
-Me muero por visitar todos los lugares históricos de esta ciudad-continuó la pelinegra.
-Primero tienen que instalarse. Después si lo desean saldrán a recorrer la ciudad con un guía y...
-¿Tú serás nuestro guía?-interrumpió Arnold.
-Creo que sí. Si me mandaron a recogerlos es lo más seguro.
-¡Qué bueno! Al menos ya conocemos a alguien de Tomoeda-río Helga, seguida de sus dos compañeros.
- ¿Es la primera vez que viajan fuera de su país?
-Digamos que sí. Para Helga y Arnold, es la primera vez. Para mí no, mi familia es de origen asiático así que hemos viajado un par de veces-respondió Phoebe.
-Pero, ¿es la primera vez que viajan solos?
Los tres jóvenes asintieron en silencio.
-Supongo que para sus padres no fue fácil dejarlos ir.
-Mis abuelos se pusieron tristes, pero me dijeron que era el momento de vivir nuevas aventuras y me dejaron volar, literalmente-recordó el joven.
-Mis padres confían en mí y autorizaron el viaje sin problema alguno-continuó Phoebe.
-En mi caso-terminó Helga recordando al Gran Bob y Miriam con cariño-Mis padres no quisieron dejarme ir. Fue mi hermana quien los convenció. Además, solo son 6 meses. Ni que me fuera a quedar a vivir aquí.
-Asombroso. Yo no habría dejado ir a mi hermana…-musitó pensativo el hombre.
- ¿Tienes una hermana?-interrogaron los tres al unísono.
-Sí, tiene quince años. La misma edad que ustedes, supongo.
-Me encantaría conocerla-sonrío Helga.
-A ella también. Es muy tierna, dulce y sobretodo amable. Pero no se lo digan. Ella no lo sabe.
Todos rieron ante este último comentario.
-Bienvenidos al Instituto Fuijikawa-anunció el hombre, entrando con el automóvil al interior de las instalaciones.
El lugar era enorme, tenía varias torres en donde se suponía quedaban los dormitorios y otras alas en donde se daban las clases. Muy diferente a su propio establecimiento en Hillwood. Después de llenar las hojas de registro respectivas, recibir la bienvenida y un paquete con los uniformes del lugar, los recién llegados se trasladaron a sus respectivas habitaciones. Dejando cuidadosamente guardado sus cosas, bajaron a encontrarse con el hombre que los había llevado. Querían explorar la ciudad en la que vivirían por los restantes seis meses.
-Ese par me va a escuchar…
-Es fin de semana…
-Eso no es excusa. ¡¿Porque siempre se salen sin pedir permiso?!
-Toya, cálmate. Sabes que deben cumplir con sus actividades extra curriculares.
-Si la llega a lastimar…
-Llevo años diciéndote que él jamás la lastimaría pero no escuchas.
-Lo siento Yukito.
-Ejem…-interrumpió Helga, algo incómoda- Ya estamos listos para salir. Claro, si es que aún quieres ser nuestro guía.
-Y a quienes tenemos aquí-sonrío el hombre que estaba con él. Un sujeto alto, delgado, pálido con una belleza que parecía fuera de este mundo.
-Ellos son los tres estudiantes de intercambio. Arnold, Phoebe y Helga. ¿Verdad? Tengo que memorizar sus nombres. Él es Yukito, trabaja conmigo.
Los tres menores saludaron intimidados.
-Bueno si van a salir no se detengan por mí. Nos vemos después, Toya.
Poco a poco el hombre fue alejándose. Dando un suspiro, el guía dirigió a los chicos a la salida.
-Para llegar a la mayoría de lugares en la ciudad, pueden utilizar las bicicletas del instituto, siempre y cuando las regresen en buen estado. Es preferible a tomar un bus o un taxi. Ya saben, por el tráfico. Los voy a llevar a conocer el templo de la Luna, y después iremos por un helado…
-¿Templo de la Luna?-interrogó confundida Phoebe.
-Es parte de nuestra cultura. Aquí tenemos templos que son lugares sagrados en donde la gente acude para orar y pedir protección. Pensé que en su primer día querrían visitar un lugar así.
Los tres estudiantes aceptaron encantados. Siguiendo a pie a su guía, cada uno observó las características de aquella ciudad. El diseño de las casas, las características de las tiendas, y las personas con las que se cruzaban. Definitivamente la cultura de ese lugar, difería mucho a la de su país. Y eso era lo mejor. Conocer algo nuevo.
-¿Qué son esas cosas?-interrogó la rubia deteniéndose frente a una pequeña casa de madera colocada en la entrada del templo.
-Son sacos de deseos-respondió la dueña de la tienda tomando unas bolsas pequeñas de seda de diferente color- Se supone que si escribes en un papel lo que más añora tu corazón y luego lo depositas en la bolsa, si la llevas todo el tiempo contigo tu deseo se hará realidad en corto tiempo. Cada color representa un elemento y a su vez la fuerza del deseo: el color café de la tierra concede deseos materiales, el color rojo del fuego deseos relacionados al amor y la amistad, el color azul del cielo deseos relacionados a la salud y el color blanco del agua, deseos transparentes hacia las otras personas.
-Vamos chicos, no creerán en eso-cortó Toya observando al grupo.
-¡Yo quiero uno blanco!
-Deme el azul.
-¡Yo quiero uno rojo!
Antes de que pudiera disuadirlos, Arnold, Phoebe y Helga salieron de la tienda con sus respectivas bolsitas. Blanco, azul y rojo.
-Escribiré mi deseo en mi cuarto…-sonrió el rubio guardando el objeto.
-Yo también-apoyó Phoebe.
-Yo no tengo ningún deseo que pedir, pero guardaré algo que quiero mucho dentro. A ver si al fin tengo una respuesta-sacando cuidadosamente de su bolsillo un pequeño recorte que había guardado por años, Helga lo colocó dentro de aquella bolsa.
Toya la observó curioso.
-¿Porqué me miras así?-musitó molesta-¡Continuemos con el recorrido!
El hombre sonrió resignado. Pero qué grupo más curioso acababa de llegar a su ciudad. Lentamente, contemplando la naturaleza y el panorama que los rodeaba, el grupo subió las escalinatas del templo hasta llegar al altar que en el centro se alzaba. Eran muchas escalinatas pero nadie parecía querer descansar.
-¡¿Está nevando?!-interrogó un sorprendido Arnold.
En aquel momento toda la ciudad experimentaba una onda de calor profunda, el sol brillaba en lo alto y el cielo estaba completamente despejado. La pregunta del chico, se salía por completo de lógica. Sin embargo, tenía razón. Al llegar a la cima, del espacio en donde debía encontrarse el altar una columna de piedra se alzaba imponente y de alguna manera esto provocaba que solo en ese sitio, nevara.
-Esto no es científicamente posible. ¿Cómo puede nevar solo aquí?- se sorprendió Phoebe comparando la visión de la ciudad con la de aquel lugar. Cálido, frío. Sol en un lugar y nieve en el otro. ¿Eso era real?
-No me digan, que ese par está aquí…-masculló Toya molesto.
-¿Quiénes están aquí?-preguntó Helga.
-No importa. Escuchen, vamos a regresar. Creo que la ambientación artificial de este lugar falló y no es muy seguro que estemos aquí. Otro día volvemos.
-Yo quería ver el altar…
-¿No podemos quedarnos un rato?
-¿Puedo tocar la nieve?
-L-o…S-i-e-n-t-o…-masculló el sujeto empujando al grupo escaleras abajo para marcharse.-Pero tenemos que irnos.
Con resignación todos empezaron a descender las escaleras hacia la entrada principal. Sin embargo, el grito de una persona en la cima y la formación de un remolino de nieve en donde momentos atrás se encontraban, llamó la atención de todos.
-No puede ser. Alguien está atrapado arriba…-se alarmó la ojiazul al divisar una figura volando en medio de aquel fenómeno. Y antes de que sus acompañantes siquiera pudieran reaccionar para detenerla, la chica corrió escaleras arriba.
No era altruismo, ni solidaridad. No se creía la heroína, ni el caballero de la historia. Solo sabía que si alguien gritaba, seguramente era porque necesitaba ayuda. Y no podía dejar de ayudar a las personas. Era una mala costumbre que desde años atrás había consolidado en su personalidad.
El viento era muy fuerte, luchando por no salir volando la muchacha avanzó paso a paso hasta el centro. Intentaba divisar a quién momentos antes había escuchado. Pero no veía nada, ni siquiera sabía si estaba entrando, o saliendo del lugar. Había perdido de vista las escaleras, incluso el cielo y la tierra.
-Está frío…muy frío-susurró antes de caer al suelo. El viento era atroz, la nieve se impregnaba en su ropa penetrando cruelmente el interior de su cuerpo. Había cometido un error, quizá no debió volver, y menos aún sola.
-¡Voy a sellar la carta! Prepárate.
La voz de una mujer hizo que la ojiazul fijará su atención en un punto en donde seguramente se encontraba el cielo. En medio de las ráfagas de viento y nieve, logró vislumbrar una figura que al parecer volaba sobre ella. De un momento a otro, esta persona desprendió una extraña luz. Cómo si furiosa la naturaleza respondiera contra ella, el torbellino incrementó su fuerza elevando todo lo que encontraba a su paso, incluyéndola.
Su cuerpo era lanzado violentamente al aire, a su alrededor veía como poco a poco la nieve y el viento se disipaban. Sin embargo ella seguía arriba. Seguramente caería con toda fuerza y se impactaría con el suelo.
-Voy a morir…-musitó angustiada, antes de sentir como caía irremediablemente. ¿Cómo podía pasarle eso en su primer día en aquella ciudad? ¿Acaso había llegado a otro país para morir? ¿Porque de una manera tan extraña y confusa?
"Papá, mamá, Olga…"
-Dios del Trueno…
"Esa voz…"
-…Contesta…
"Extraña sensación vuelve a mí… ¡¿Quién es?!"
-… ¡mi llamadooo!
Una corriente de aire frenó la caída de la chica centímetros antes de que su cuerpo tocase el suelo. Suavemente descendió sin herida alguna. Estaba a salvo. No había muerto. No podía creerlo. Su corazón latía a mil por hora. Había estado tan cerca de morir, de perderlo todo…
-¿Te encuentras bien?
Aquella voz, la misma que había escuchado mientras caía del cielo. ¿Quién era su dueño? La mano de un muchacho extendida frente a ella, le hizo comprender que estaba más cerca de lo que se imaginaba de quién la había salvado. Tomándola se incorporó y observó.
El tiempo se detuvo para Helga. El rostro que hace años había inútilmente había tratado de formar con recortes de revistas que después había tirado, se encontraba allí, contemplándola. Esos hermosos ojos miel que tanto atesoraba brillando por la luz del sol que en ese momento lo envolvía todo, su cabello castaño algo desordenado era movido por la suave brisa que soplaba en esos momentos, y esa boca, esos labios tensionados en una mueca de preocupación y sorpresa. Ese rostro pertenecía a una persona y esa persona se encontraba frente a ella.
Para el joven, aquella persona que había caído del cielo, solo podría ser un ángel. Sus ojos azules que en ese momento lo observaban con mucho detenimiento lo estremecían, ese cabello dorado mecido con suavidad se entremezclaba con los rayos del sol que caían en el momento, y esa sonrisa, una verdadera representación de la alegría que en ese momento empezaba a desbordar su corazón. Era una criatura extraña para él, y aún así conocida.
Ambos observaron sus manos, manos que no se soltaban ni lo harían. Esa extraña sensación que tiempo atrás los había molestado, volvió pero por alguna razón ya no era molesta. Habían hallado su origen y al fin sentían como todo encajaba para ser felices. Perdidos en su reencuentro ignoraron a la chica ojiverde que descendía y los miraba algo celosa, no se percataron de la presencia de Toya, Arnold y Phoebe interrogando sobre el estado de ambos, tampoco se percataron del altar que había aparecido después de ser destruida la columna de roca que allí se elevaba…Todo careció de importancia.
Solo importaban ellos, y nada más que ellos. Esas manos estarían juntas, porque al fin dos personas que estaban destinadas a estar juntas tendrían una nueva oportunidad de amar.
FIN
Y llegamos al final de esta maravillosa historia...
Lo siento, sé que me tardé muchísimo con el último capítulo. Las excusas no son suficientes, solo espero que disfruten culminar esta historia conmigo. La historia con la cuál inicie mi aventura en esta página. Y la historia que tanto me costo acabar. Lo admito me encariñé tanto con ella que no sabía como ponerle fin.
Gracias por compartir conmigo esto, los invitó a leer el epílogo.
