Cubriendo su cuerpo lo más que podía con su sobretodo, la coneja caminó contra el viento, sus ojos escaneando sus alrededores, intentando localizar alguna señal de algún sitio en alquiler. Pero por donde sea que vislumbrase, era obvio que su suerte se había acabado tras los últimos edificios que había visitado.

Los lugares que encontró o eran más costosos de lo que podía permitirse, o cuando podía costearlo, no podía vivir en ellos porque estaban diseñados para criaturas de mucha mayor envergadura, ya había intentado vivir en un departamento repleto de implementos demasiado grandes para ella, y la verdad es que emplear utensilios que eran en ocasiones más pesados y grandes que tú, perdía rápidamente su brillo, especialmente cuando llegabas agotado del trabajo tras un largo día y no deseabas algo más que una comida rápida, un baño y tu cama.

Tener que saltar, pujar y en ocasiones incluso pelear en contra de aparejos nada más para prepararse la cena, fue algo que no pudo soportar por más de un mes.

Y mientras menos se hable de las veces que terminó nadando dentro de un inodoro demasiado grande para ella, mejor.

Hubo algunos lugares que eran perfectos para ella, pero el precio era exorbitante, al punto de casi considerarse un robo a mano desnuda, en tales ocasiones tuvo que contenerse de sacar su billetera y preguntarle al encargado si tenía que pagar por tan sólo respirar en las inmediaciones.

Al fin y al cabo, las cosas no estaban yendo bien, las semanas estaban transcurriendo más rápido de lo que pensó, nadie parecía interesado en contratarla, algo que francamente comenzaba a sospechar era producto de la vendetta que esa panda por alguna razón decidió procurar sobre ella. La cantidad de excusas y basura que había sido dirigida a ella con tal de no contratarla era ridícula, o al menos, quería creer que la razón por la que nadie quería contratarla era por causa de Parker.

No por el simple hecho de que era una coneja que estaba trabajando muy lejos de lo que la sociedad había decidido, era un trabajo inusual o impropio para su especie.

Buscó arriba y debajo de todos los edificios departamentales posibles, incluso se inmiscuyó en zonas que usualmente evadía como la plaga, como el habitad desértico o ártico. Pero nada de su ardua labor parecía otorgar frutos.

Es por eso que se encontraba ahora en una de las áreas menos populares de toda la ciudad, la vieja zona industrial cerca de los muelles. El área, en otrora una ocupada zona comercial, había sufrido enormemente gracias a los cambios procurados por la creación de los diversos bio-domos alrededor de la increíblemente avanzada ciudad, pocas áreas eran afectadas por los climas artificiales como lo fue esta zona en particular. El clima no era ni muy frío, ni muy cálido, fuertes lluvias y ventiscas solían azotar la zona gracias por los remanentes del área lluviosa. Para una ciudad que presumía sobre su control por sobre la naturaleza con sus bio-domos, la zona industrial de Wayne Trumperson, era un pobre remanente de un pasado donde los mamíferos estaban apenas encima de animales comunes.

Ego y estupidez llevó al estado actual a la zona, simplemente porque el área en el que estaba ubicada no tenía un estricto control climático. Mientras más investigó sobre el lugar, más decepcionada se encontraba de cuan superficiales los citadinos podían llegar a ser. Si pensaban que un área con un clima semi-natural era anticuada y sólo digna de incultos animales. ¿Qué es lo que pensaban exactamente de todas aquellas ciudades, pueblos y comunidades que vivían lejos del preciado control climático?

No debió luchar mucho para conseguir una respuesta, por cinco años los ciudadanos de Zootopia habían dejado muy en claro qué, exactamente, pensaban de una coneja de campo que intentaba salirse del rol que se suponía debía cumplir.

Miró a su alrededor, visitar la zona industrial no era algo que quisiera hacer realmente, pero estaba desesperada y mamíferos desesperados requerían medidas desesperadas. Ciertamente había buena cantidad de edificios desvalijados por doquier, pero la presencia de algunos mamíferos a sus alrededores le decían que quizás no estaban tan abandonados como parecían.

Apretó sus puños dentro de sus bolsillos al ver a un per de liebres mirar en su dirección, adolescentes, orejas erguidas en curiosidad, narices saltando mientras fingían no tener interés en ella, era obvio que había llamado la atención con su apariencia, pocos conejos podían percibirse en las inmediaciones, de hecho, pocos animales de bajo tamaño parecían circunnavegar la zona, y el par de liebres hasta ahora, eran unos de los pocos herbívoros que había vislumbrado.

Curiosamente, se sintió más incómoda con la atención del par, que de los carnívoros que rutinariamente ignoraban su presencia.

Había algo de tensión entre las liebres y los conejos, en especial luego de los muchos conflictos entre las especies, sus primos más grandes solían resentir ser comparados con sus versiones más "plácidas", no sería la primera vez que era rudamente abordada por una liebre, en especial jóvenes que creían ser inmortales e invencibles, la clásica combinación de ego e imprudencia que básicamente definía a los adolescentes.

Su mano derecha lentamente salió de su bolsillo, y sin mucho disimulo se hundió en la hendidura del pecho de su sobretodo, la señal universal de "estoy armado, cuidado." Un gesto que inmediatamente parecía matar la valentía en el dúo, orejas ahora gachas, narices temblando con incertidumbre, su avanzar hacia ella desapareciendo en el acto.

Su confiable pistola eléctrica, que había conseguido con mucho trabajo y obviamente registrada legalmente bajo su nombre, le había salvado el pellejo en más de una oportunidad. Mucho más efectiva para detener a un asaltante que un espray químico, algo que aprendió por las malas. Claro, debido a su tamaño, la carga apenas era suficiente para derribar a un lobo, algo más grande o numeroso y la maldita cosa de pronto no era tan útil, por lo que el poco entrenamiento físico que logró conseguir en la academia de policía fue puesto en práctica en más de una ocasión, salvando su pellejo a costa de músculos torcidos y huesos casi rotos en cada encuentro.

Suspiró con ligero alivio al ver al par retroceder, la ciudad le había enseñado a desechar antiguas creencias en que los colegas herbívoros eran menos peligrosos que los carnívoros, los pocos casos violentos en los que participó se encargaron muy bien de erradicar todo pensamiento contrario a la realidad. No, ya no creía en viejas patrañas culturales, sabía de lo que eran capaces sus compatriotas, no volvería a cometer el error de subestimarlos o tildarlos de inofensivos sólo por que preferían comer plantas a carne o insectos.

Un fuerte ventarrón se alzó de pronto, algo común en la zona, una corriente helada azotando su cuerpo súbitamente, arrancando un alarido de la sorprendida coneja, que se plantó de súbito en el lugar, algo había golpeado su rostro, no podía ver, su pánico se alzó de inmediato, haciendo que su mano derecha se aferrase sobre su pistola, mientras que la izquierda sujetaba lo que sea que estaban empleando para agredirle, papel, le habían atacado con… ¿¡papel!?

Bufó frustrada, se había alterado por que la ventisca le arrojó un trozo de papel al rostro. Sus orejas escuchando unas cuantas carcajadas a su alrededor, algunos comentarios centrados sobre su reacción, al igual que el arma que ahora blandía descaradamente a plena luz del día.

Miró a su alrededor, notando enseguida que nadie parecía tener el coraje de mirarle al rostro y reírse por sus acciones, su mirada fría y colecta dejando en claro que no era una coneja de la cual podías burlarte sin pagar las consecuencias, en especial cuando muchos de ellos no sabía exactamente qué clase de arma era la que estaba portando.

Molesta y humillada, observó al trozo de papel en su mano, a punto de hacerlo una pelota con tal de arrojarlo lejos de ella, cuando sus ojos finalmente captaron lo que había plasmado sobre su superficie.

"¿No tienes dónde quedarte? ¿Buscas un lugar cómodo y agradable? ¡No busques más! Llama a Wilde. Departamentos en alquiler, Calle Rustmore, terreno 590."

Judy observó el trozo de papel, incrédula. Por semanas había estado buscando un sitio dónde quedarse, y de pronto, de la nada y por mero accidente encontraba uno. Frunció el ceño, de súbito agotada, no sabiendo cómo exactamente sentirse en el momento. La fortuna parecía haberle otorgado una salida a sus problemas, una oportunidad. Pero si la imagen que el mallugado folleto esgrimía era de tomarse en cuenta, era obvio que Wilde era un zorro, si la foto mal enfocada y cursi del susodicho era de considerarse.

—Un zorro de arrendador… je, ¿por qué no? Ya toqué fondo. ¿Qué más podría pasar?

Hora y media después, la respuesta a su ironía yacía frente a ella, una enorme cerca que parecía demarcar lo que en otrora fue quizás los inicios de un parque de diversiones, por sobre la misma podía observar los remanentes o inicios de lo que tal vez era el primer giro de una montaña rusa, su estado dejando pocas dudas sobre la poca atención que estaba recibiendo ante el embiste de la intemperie, si las grandes machas de óxido y corrosión eran de tomarse en cuenta. Por minutos estuvo parada allí, frente a las puertas del lugar, titubeando cuando su imaginación corrió rampante las posibilidades que yacían ante ella.

¿Cuáles eran las posibilidades de que alguien estuviese arrendando los edificios de un antiguo parque de atracciones? ¿Era legal? ¿Era seguro? ¿Era barato? Suspiró ante el último pensamiento que apareció en su cabeza, estaba desesperada, pero no tanto. Giró sobre sus talones, dispuesta a irse e ignorar la idea por completo, pero no pudo dar dos pasos antes de que su curiosidad ganara, un breve atisbo de su antiguo yo emergiendo de los recovecos más profundos de su mente, donde pensó le había sepultado años atrás, tras decepción tras otra.

—Debo estar perdiendo la chaveta, en serio lo estoy considerando—, exclamó Judy, con su mano echó sus orejas hacia atrás hasta golpear su espalda en un despliegue de frustración, sosteniéndolas allí por un par de segundos antes de soltarlas por completo, volviendo a girar en dirección del entablado terreno. Tocando una, dos, tres veces y dedicarse a esperar. Minutos transcurriendo sin recibir respuesta alguna. —Claro, je… debí suponerlo.

Pero antes de que pudiera marcharse, notó que podía escuchar pasos dirigiéndose en su dirección, el inconfundible sonido de garras golpeteando pavimento dejándole a entender que de hecho, alguien había escuchado, aprehensión asentándose en su estómago cuando la puerta resonó frente a ella, el sonido de una palanca deslizándose sobre su canal, al igual que el agonizante resonar de bisagras sin lubricar asaltaron sus sensibles oídos, lo que la obligó a cerrar los ojos por un par de segundos, apenas percibiendo la maldición que alguien había soltado de golpe, aparentemente igual de afectado por el sonido.

—Maldita cosa, le dije a ese bueno para nada que… ¡¿Qué?!

Judy se quedó mirando al pequeño zorro ante ella, rápidamente identificando al sujeto como un feneco, sus enormes orejas incluso superando las propias en tamaño, la profunda voz del macho tomándola desprevenida por un par de segundos. ¿Cómo diablos alguien tan pequeño podía hablar de forma tan robusta?

—No tengo todo el día orejuda, ¿Qué quieres?

Mirándolo con desdén por un par de segundos, e ignorando la hipocresía del comentario, Judy decidió ir directo al asunto, si no iba a ser bien recibida, lo mejor sería saberlo aquí y ahora.

—Vine por el anuncio—, comentó la coneja, sacando de entre su bolsillo el derruido panfleto, notando por la comisura de sus ojos que el zorro parecía ligeramente sorprendido de verlo.

—Que me parta un rayo… ¿Todavía quedan algunos de los viejos panfletos por allí?

Con un peso súbitamente enfocándose en su estómago, Judy frunció el ceño, mirando el pedazo de papel en su mano, lo que había deducido como maltrato y desgaste por el inclemente clima, en realidad eran obvias señas de paso del tiempo, por lo que era obvio que quizás la oferta de alquiler había culminado probablemente hacía mucho tiempo.

—Bah, qué rayos. El tonto posiblemente te acepte en las condiciones en las que está. Ven, pasa, que no tengo mucho tiempo, —. Agregó el feneco, abriendo más la puerta para permitirle el paso.

Judy por su parte titubeó por una fracción de segundo antes de asentir, no tenía nada que perder a estas alturas, el zorro era pequeño, lo suficiente para derribarlo con facilidad si intentaba algo, su mano cosquilleando con sujetar la pistola por mera precaución. La coneja apenas conteniendo el impulso, introducir su mano en su sobretodo ante un desconocido le daría una idea equivocada y le motivaría a atacar.

No obstante, no era estúpida, rápidamente se ubicó detrás del sujeto, viendo cómo el zorro cerraba la puerta de un empujón, lentamente caminando en dirección de lo que para su sorpresa, eran un trío de edificios en medio de lo que parecía ser un enorme terreno baldío. ¿En qué diablos se había metido? Miró en dirección de la construcción de la montaña rusa, efectivamente apenas era el viejo esqueleto de lo que quizás fue o sería una, una multitud de materiales en el suelo indicando que quizás jamás había sido concluida.

El césped estaba alto en algunas zonas, ridículamente alto. Las espigas siendo ahora el doble de alto que ella incluso con sus orejas erguidas, lo que significaba un largo, largo tiempo creciendo a sus anchas. Su corazón latía fuertemente, el sonido de las espigas remeciéndose de un lado al otro gracias al viento, al igual que el olor que inmediatamente asaltó su olfato disparó una serie de recuerdos de su infancia en las madrigueras, sus ojos inspeccionando el lugar más a fondo, notando que a medida que se acercaban a los edificios, podía notar más cuidado de los alrededores, y para su sorpresa, lo que parecía ser los inicios de un cultivo.

Uno muy mal distribuido, debía añadir.

Se mordió el labio inferior, no quería comentar al respecto, no era asunto suyo, y la verdad lo único que le interesaba de a momento era la posibilidad de alquilar alguna de las habitaciones en los sorprendentemente bien mantenidos edificios.

—Sigue derecho hasta el final, luego cruza a la izquierda, o sólo sigue el sonido de un idiota en su estado natural—, agregó el pequeño feneco, que sin siquiera mirar en dirección de Judy, separó su camino rumbo a una pequeña caseta no muy lejos de una peculiarmente decorada vagoneta, largándose con pequeños pasos y varios murmullos que bien sabía no escaparían de su agudo oído, aparentemente malhumorado de haber sido despertado de lo que pareció ser un agradable sueño.

—Acogedor, realmente saben cómo hacer que una chica se sienta bienvenida.

Miró en dirección del pasillo, su sentido común le decía que esto era una mala idea. De que adentrarse en una edificación extraña, rodeada de desconocidos era la fórmula para un desastre. Pero no llegó tan lejos en la vida dejando que el miedo definiera qué podía o no hacer, por lo que tras eliminar toda duda de su cuerpo, Judy se adentró al edificio, siguiendo el familiar sonido de alguien trabajando la tierra.

—Sin riesgos, no hay recompensa, supongo.

No le tomó mucho tiempo llegar hasta el final del pasillo, rápidamente observando lo que parecía ser un zorro rojo trabajando sobre la tierra, arando lo que parecía ser un surco con sus propias garras, pecho completamente descubierto, gran cantidad de su pelaje cubierto de barro. No la mejor de las primeras impresiones para una citadina, ¿pero para ella? Era un atisbo de aire fresco.

— ¿Sabes que existen herramientas para facilitar ese trabajo, cierto? —, Comentó curiosa, sorprendiendo al vulpino, que dio un gran respingo en el aire ante la sorpresa de su intervención.

—Oh, uh… una coneja, ¿Hola extraña, qué te trae por estos lugares?

—Me encontré con esto, una antigüedad si la reacción de tu compañero es de juzgar, pero me preguntaba si quizás aún era válido, y cuál sería el costo del arrendamiento.