—Me encontré con esto, una antigüedad si la reacción de tu compañero es de juzgar, pero me preguntaba si quizás aún era válido, y cuál sería el costo del arrendamiento—. Comentó la coneja de frente y sin tapujos, esgrimiendo en sus manos lo que parecía ser un maltrecho pero familiar panfleto.

El vulpino caminó rumbo al lagomorfo, ojos analizando la postura de la fémina con un ápice de curiosidad, notando que no parecía intimidada o sumisa ante su presencia, una mirada crítica en sus ojos, firme al igual que su nariz. La cadera echada hacia un lado con una de sus manos aún dentro de los bolsillos de su gabardina, era una postura que aparentaba falsa complacencia, pasividad, pero que le dejaba lista para saltar lejos del si fuera necesario.

—Uh, curioso. Hice estas cosas meses atrás, eres la primera que lo está considerando seriamente en un buen tiempo.

La fémina alzó la ceja derecha, curiosamente una de sus orejas parecía reaccionar ante el gesto, alzándose orgullosa en lo alto.

— ¿En serio? —, sus ojos recorrieron su cuerpo, era obvio que no era el único que estaba analizando al otro con la mirada, o que conocía sobre el lenguaje corporal de otras especies—, ¿Con un fuerte macho dispuesto a ensuciarse las manos con su trabajo? No entiendo qué es lo que habrá pasado.

Nick sonrió al escuchar la lengua que esta coneja blandía, efectivamente ante él no se encontraba con la clásica conducta de tímida criatura que parecía predominar entre los lagomorfos. Apreciaba una lengua afilada, en especial cuando le permitía devolver el favor.

—Todo un misterio, quizás deba contratar a un detective para descifrarlo—, ignorando el ligero respingo tras el comentario, Nick guardó ese pequeño detalle para después, por ahora tenía una oportunidad de ganar dinero por medio de esta coneja—: El precio de la renta por mes es de once mil, usualmente exijo prontitud en el pago, al igual que un adelanto de tres meses de renta.

Caminando rumbo a su camisa, que había ubicado a un lado de donde decidió crear su nuevo surco para plantar papas, no titubeó en tomar un par de llaves de la misma, ignorando la aguda y fija vista de la coneja en el proceso, a sabiendas de que estaba atenta a todos sus movimientos.

— ¿Alguna razón en particular por la cual la renta esté tan… generosamente baja?

El vulpino asintió al escuchar la pregunta, no era la primera vez que alguien sospechaba del, ni sería la última. No obstante no respondió enseguida, fingiendo estar ocupado pensando en una respuesta apropiada.

—La zona en la que mi propiedad se encuentra ubicada no posee la mejor de las reputaciones, señorita—, esgrimió, caminando rumbo al pasillo, un ligero ademán de su mano señalándole a la posible inquilina el que le siguiese—. Aunado al hecho de que soy un zorro, también se encuentran algunos otros detalles en el contrato de arrendamiento que al parecer resultaron... insatisfactorios para los prospectos de inquilinos.

No necesitó ver en dirección de la coneja para sentir sus ojos firmemente clavados en su espalda, conocía esta rutina. Desconfianza producto de prejuicios culturales era el trato común cuando eras un zorro, más aún cuando se trataba de un lagomorfo.

—Me interesa el conocer sobre tales detalles, ¿señor…?

—Wilde—, Agregó, dándose una vuelta repentinamente, ignorando el par de pasos que la coneja había dado gracias a su acción, sus ojos rápidamente notando el ligero descender de su mano en dirección del interior de su gabardina—, Nick Wilde a sus servicios, señorita.

Y sin decir no más, volvió a darse la vuelta con tal de abrir la puerta del lugar que con suerte alquilaría dentro de poco. Ignorando algunos de sus más arraigados instintos en el proceso, algo dentro del no queriéndole dar la espalda a esta coneja en particular.

Abriendo la puerta, el zorro se adentró en uno de los pocos departamentos que se encontraban completamente amueblados entre sus edificios, necesitaba impresionar a la jovencita con el lugar, y una de sus mejores plazas quizás la encantaría lo suficiente como para ignorar o aceptar algunas de sus excentricidades contractuales.

—Cómo verás, hay tres edificaciones en el terreno. Una de ellas está habitada por el encantador huraño que te abrió la puerta, yo habito en el edificio principal, y este estaba supuesto a ser el complejo de apartamentos donde al menos cuatro empleados debían vivir… ahora sólo parece ser un habitad apropiado para alguno que otro conejo del polvo.

Los ojos de la chica estaban abiertos de par en par, sabía que no era un lugar al que pudieses catalogar como bonito, rudimentario, minimalista quizás. Pero cumplía con las funciones básicas que cualquier mamífero pudiese necesitar para vivir cómodamente. Después de una muy férrea limpieza, claro está.

— ¿Uno que otro? —, expuso la coneja, mirándole con ambas cejas arqueadas, al igual que las orejas erguidas, —tienes toda una madriguera aquí, por lo que veo.

Alzando sus hombros, Nick decidió que la honestidad sería la mejor de las políticas en este caso.

—Limpiar y despolvar cinco apartamentos se volvió una tarea que francamente, no quería repetir luego del primer intento.

La coneja, que aún no se había introducido, asintió. Sus ojos observando el lugar con detenimiento, su nariz por primera vez movilizándose en clara signa de preocupación, era obvio que encontraba la oferta y el producto demasiado bueno para ser verdad, por lo que el vulpino decidió dejar las cosas en claro.

—Una habitación, un baño, un recibo y un comedor. No es el Hilton, pero te aseguro de que luego de una buena limpieza, puede llegar a ser incluso más acogedor que el mejor de los hoteles—. Viendo el asentir, remilgoso, pero un asentir al fin y al cabo, Nick decidió otorgar entonces la razón por la cual no había logrado éxito alguno con el arrendamiento—: Uno de los detalles que al parecer suele ser el rompe tratos, era que exijo ayuda con el mantenimiento del terreno. Podado, para ser sincero.

Su mirada, que había estado hasta ahora fija en el lugar, se posó inmediatamente sobre él, sólo años de experiencia con sujetos de baja alcurnia, al igual que tener que lidiar diariamente con un malhumorado feneco, habían evitado que respingara nervioso ante cuan intensa esta chica podía llegar a ser con tan sólo una mirada.

Menudos ojos se gasta…

—Ah, asumo es aquí donde debo escoltarla hasta la salida, supongo.

El silencio no se extendió por mucho tiempo, los ojos de la chica cerrándose de forma abrupta, como si se hubiese resignado. Parte de su férrea presencia destilándose hasta dejar atrás lo que parecía ser una agotada coneja.

—Puedo ver las ventajas de la oferta. Pero también asumo que en caso de no poder participar en el mantenimiento del área, ¿la renta sube considerablemente entonces?

Y miren nada más, bien inteligente me salió esta conejita.

—En lo absoluto, de hecho la ayuda en el mantenimiento del lugar es un requisito obligatorio, asumo notaste el terreno circundante en la entrada y la altura del césped.

—Difícil no notarlo…

—El asunto es que, gracias a que nos encontramos en una zona con poco o nulo control climático, las lluvias suelen ser frecuentes, incluso lejos de la temporada, por lo que el pasto suele crecer de manera desmesurada. Y por más que intente lidiar con ello por mi cuenta, tengo mis límites… y por si no lo notaste, el feneco no es precisamente de gran ayuda a la hora de podar o cargar grandes cantidades… no sin el incentivo apropiado, al menos.

Y la verdad es que estaba harto de suplir el papel de jardinero en su propia propiedad. Tampoco es que pudiera obligar a Finn a realizar el trabajo, ya lo habían intentado y en más de una ocasión tuvo que sacar al pequeño malhumorado de entre el follaje, sólo el sonido de sus ronquidos delatando su ubicación en la claramente infranqueable selva que el terreno solía convertirse en plena temporada de lluvia.

Sólo tuvo que cazar dos veces al bribonzuelo del follaje para captar el mensaje de que no obtendría ayuda alguna de Finn, en cuanto a podado se tratase.

Hombros cayendo en derrota, la coneja asintió. Era obvio que no estaba del todo cómoda con lo que exigía, lo que revelaba que quizás la chica no se encontraba en la mejor de las situaciones, si a diferencia de los demás posibles, ella obviamente decidió aceptar el trato.

—No me vuelve loca, pero ¿Francamente? Tener que podar y arreglar el desastre de cultivo que…

Eso por otra parte, le tomó desprevenido.

—Wow, wow, wow. Detén el tren dulzura, en ningún momento dije algo sobre mis cultivos, me las apaño muy bien en el área, muchas gracias. Con el podado basta.

Su respuesta pareció tomarla por sorpresa, su boca abriéndose con clara incredulidad. Su ceño frunciéndose, antes de que una ligera carcajada emergiese de su garganta, una sonrisa ligeramente condescendiente posándose en sus labios.

— ¿Sí sabes que sin el acolchado apropiado, tu cosecha no se desarrollará correctamente, cierto?—, aclaró la coneja, divertida por algunos segundos, sus defensas completamente bajas, su tono incluso tomando una candidez que hacía pocos minutos no había esgrimido en lo absoluto para con su persona, su expresión quizás revelando su incredulidad, porque tan rápido como la coneja se dio cuenta de lo que dijo, y la reacción que había procurado, con igual mesura había bajado las persianas, el control reafirmándose de nuevo en la impasividad que había logrado mantener hasta ese momento.

—Lo siento.

Meneando la cabeza por un par de segundos, tratando de comprender cómo alguien podía controlar sus emociones tan rápido, Nick decidió pasar por alto lo ocurrido. Algo que la coneja parecía estar más que agradecida.

—Entonces… ¿Tenemos un trato?