—Entiendo… ¿Estás seguro, Ben? Ajá… ajá, sí, fabuloso. Sabía que era demasiado bueno para ser verdad, sí, lo leeré. Cuídate, Ben.
Colgando, Judy no pudo evitar suspirar ante la migraña que asaltaba su cabeza, sabía que había algo raro en el zorro, su conducta, sus manierismos, su postura. Una serie de pequeños, pero significantes detalles que develaban entrenamiento. ¿De qué tipo? No estaba del todo segura.
Pero sus instintos le habían llevado lejos en su línea de trabajo, por años pulió sus ojos con tal de vislumbrar detalles que a menudo a policías más experimentados solían pasárseles por alto. Su astucia y perspicacia eran sus mejores armas, sabía que la situación en la que se encontró a ese par de zorros gritaba con desmesura a irregularidad, y ahora gracias a Ben, su único contacto confiable dentro de la policía, había figurado el por qué.
Estaban liados con la mafia. O al menos, solían estarlo.
Parte de ella se sentía culpable de haber realizado un perfil sobre Wilde, pero no era lo suficientemente crédula para aceptar así no más un trato con un desconocido sin al menos hacer el intento de saber con quién exactamente estaba lidiando.
En su línea de trabajo, confiar en la persona equivocada solía conllevar consecuencias graves, estaba consciente de la opinión que muchos mamíferos de la ciudad tenían sobre ella, los epítetos que habían sido asignados a su persona distaban de ser amigables, su profesión tampoco le aseguraba confianza de parte de los civiles, quienes poseían la fastidiosa tendencia a creer que con acercarse a ella y entablar conversación, terminarían develando más de lo que deberían, que mágicamente descubriría sus más oscuros secretos con tan sólo intercambiar un par de palabras.
Era una estupidez, claro. Sólo en la fantasía podías deducir con un par de palabras los hobbies y rutina de un mamífero, sólo Sherlock Holmes poseía esta increíble destreza más sin embargo, la mayoría de las personas de inmediato asumía que si eras un detective, poseías la capacidad de dilucidar los misterios de la vida con sólo una mirada.
El sonido de su celular le indicó que había recibido el archivo que Ben mencionó, sus dedos rápidamente movilizándose sobre la pantalla, sus ojos de inmediatamente devorando la información que su contacto dentro de la policía había procurado, su entrecejo frunciéndose a medida que avanzaba en el sorprendentemente minúsculo artículo.
Había sospechas de que los Wilde poseían conexiones con la mafia. O al menos, solían tenerlo antes de que John y Clementina Wilde murieran en lo que pocos realmente creían fue un accidente de tránsito. Costureros y propietarios de una exitosa franquicia bajo el nombre de Suitopia, John había procurado la atención de los Big, que solían visitar su negocio con frecuencia, aparentemente encontrando los cortes y la personalidad del zorro aceptable. El apoyo tácito de una de las conglomeraciones más poderosas en toda la ciudad disparó la importancia del pequeño negocio, que en cuestión de años creció de un modesto establecimiento a la franquicia que era hoy en día, lo que haría de Nick Wilde uno de los mamíferos más adinerados de Zootopia.
O, al menos así sería si el zorro no hubiese decidido vender la franquicia y los derechos pocos meses luego de la muerte de sus padres.
Mucho se investigó al respecto, pero la familia al final resultó estar limpia. No había nada fuera de lugar, y aparte de una serie de pésimas decisiones económicas, Nicholas Wilde se encontraba particularmente limpio, casi pulcro.
Quizás demasiado.
Cerró el celular antes de bufar, tirándose sobre su almohada mientras observaba el techo. Sospechoso o no, Wilde le había ofrecido un trato que no se podía permitir el dejar pasar. Cierto, las estipulaciones contractuales serían un dolor en la cola, pero no era alguien que estuviera del todo adversa a trabajar y ensuciarse, la mera idea de hacerlo de hecho procuraba una pequeña y nostálgica sensación en su pecho que rápidamente mutó en un doloroso y agudo dolor.
El olor, la visión, todo en el lugar le recordaban a la granja de sus padres. El sonido del césped moverse al compás del viento, el olor a la tierra removida, y los vegetales y frutos en crecimiento. Todo le había otorgado un sentimiento de nostalgia por su antiguo hogar que no podía evitar encontrar doloroso.
En especial luego de que cortase contacto con sus padres.
—Maldición Judy, deja de pensar en el pasado, enfócate en el ahora chica.
Con un ligero salto logró sentarse sobre su cama. En cuestión de algunas horas podría recoger sus pocas pertenencias en unas cuantas cajas. Sólo necesitaría retirar el depósito y entregar las llaves del lugar, alquilar un taxi y podría llegar a un sitio que a pesar de la inmundicia en la que estaba cubierto, era infinitamente más grande y económico de lo que jamás ha podido pagar en la ciudad.
Lo único que le detenía era la duda. Wilde poseía un ligero contacto con ciudadanos que la policía y los cuerpos de seguridad estaban increíblemente interesados. Parte de ella, una parte que creyó sepultar en lo más recóndito de su ser estaba entusiasmada ante el riesgo que esta ventura representaba. Mudarse a vivir con un par de zorros era la cúspide de lo que sabía volvería locos a sus padres, lástima que no estuviesen en contacto para saberlo. Pero debía admitir que la idea de vivir acompañada, y trabajar nuevamente con tierra, así sea una o dos veces al mes con tal de mantener baja su renta era algo increíblemente atractivo.
—Bah. Al diablo. Ser cuidadosa e ir por las reglas llevó a que me despidieran. Con suerte el testarudo del arrendador me permitirá cosechar mi propio huerto, eso me ahorraría incluso más dinero a la larga.
Sonrió, un sentimiento de euforia, casi alegría se había instaurado en su pecho. Contactos con la mafia o no, el zorro le había dado una oportunidad de estabilizar su vida que no había tenido en años.
Quizás realmente era la hora de un cambio.
