Mudarse resultó ser algo particularmente fácil de hacer, no tenía muchas posesiones que clamar a su nombre, tampoco contaba con muchas amistades de las qué despedirse. Su vida, su todo se revolvía alrededor de su trabajo, y su trabajo exigía constantemente que se mantuviera en la calle, persiguiendo mamíferos y fotografiando la evidencia que posteriormente sería empleada en su contra en la corte.
Conseguir un taxista dispuesto a llevarla a la zona industrial por otro lado, resultó ser todo un proceso. No sólo por los costos que intentaban esgrimir en su contra, sino por que muy pocos mamíferos realmente deseaban adentrarse al lugar gracias a la infamia con la que contaba.
Fue por eso que a pesar de su renuencia, decidió enviar sus pertenencias por medio de un servicio de entrega de paquetes, no sería barato, pero estaba garantizado que para cuando llegase a la propiedad en alrededor de dos horas, sus pocas pertenencias habrían sido entregadas sin falta, llueve, truene o relampaguee.
Era un riesgo que debía tomar, pero al mismo tiempo, era una mesurada prueba de cuan confiables serían sus coinquilinos de ahora en adelante. Nada dentro de sus posesiones era irreemplazable, y las había asegurado de forma que sabría si alguien les abrió sin su consentimiento. Dependiendo de qué consiga y en qué condiciones la duración y tipo de relación que tendría con los sujetos.
Pero en primer lugar necesitaba comprar una buena cantidad de aditamentos y menesteres para su nueva ubicación, habían pocas tiendas de abarrotes en la zona industrial, el tener que hacer sus compras en otro distrito se puede volver agotador con el tiempo, pero sus nuevos aposentos contaban con la increíble ventaja de que justo frente a la propiedad estaba una parada de autobús, por lo que podía hacer sus compras con relativa facilidad mientras las empaquetara de forma inteligente.
Bajándose del autobús con dos bolsas en sus manos resultó ser más complicado de lo que pensó, pero se las apañó para lograrlo sin ser un inconveniente para nadie, salvo el tocar la puerta para entrar, esperando por un par de minutos hasta que el diminuto feneco apareciera, farfullando de mala gana el que le tuviese que hacer el papel de portero, una de las muchas notas mentales que añadió a la lista de peticiones que tendría para con su arrendador. Una llave propia para poder entrar en la propiedad sin tener que molestar al malhumorado feneco de pronto se había vuelto una prioridad.
Esperó a que el zorro estuviese frente a ella para poder caminar hasta sus nuevos aposentos, orejas erguidas, todo su cuerpo aún en alerta ante la posibilidad de un ataque. No estaba acostumbrada al lugar, mucho menos a los individuos, y la confianza no es algo que emergiese enseguida entre extraños, le tomaría algo de tiempo el sentirse cómoda con ellos, algo que ella asumía por el caminar tenso y el constante vaivén de la cola del feneco era un sentimiento recíproco.
No obstante, le sorprendió encontrar que su departamento había sido limpiado, y que sus cajas, que francamente esperó encontrar amontonadas frente a su puerta, habían sido ubicadas dentro. Todas y cada una de ellas inmaculada, sin señas de haber sido abiertas, los poco conspicuos seguros que había usado manteniéndose firmes en su lugar sin señas de manipulación alguna.
Debía admitir que le sorprendía la extensión a la que el par de zorros había llegado para asegurarse de encontrase el lugar agradable. Suponía que era lo menos que podían hacer después de haberle quitado un buen tajo de sus ganancias para asegurarse de que los negocios entre ellos eran serios y carentes de falsedades.
Era un sentimiento extraño, años de vivir sola le habían dejado renuente a confiar en otros, había aprendido que nadie te ayudaba en la gran ciudad nada más porque les salía del corazón, cinismo brillando por su presencia. Si ambos fuesen lagomorfos estaría segura de cuáles eran sus intenciones con tanta amabilidad. Tampoco podía descartar del todo que no sintiesen atracción hacia ella nada más porque no fuesen de la misma especie, la gran ciudad tendía a abrir y expandir tus límites de lo que es posible o no entre mamíferos, y su trabajo había dejado en claro que las parejas inter-especie no eran un mito sino una realidad tangible y lejos de ser extraña.
No que le importase demasiado, no era su problema realmente con quien los demás decidiesen compartir sus camas, ella por otro lado, había decidido que quizás una pareja no era la mejor idea posible, los pocos conejos que conoció no estaban dispuestos a aceptar su estilo de vida, la mayoría esperando que renunciase a sus propios sueños y metas para cumplir un rol predeterminado como madre y administradora de una madriguera.
Suspirando, Judy decidió dejar de pensar y simplemente ocuparse desempacando las tres cajas en la que sus pocas pertenencias se encontraban.
El departamento era una mejora considerable comparativamente hablando a su último asentamiento. La cama era vieja, pero estaba limpia y gloriosamente, no había resortes a la vista, no era lo más cómodo en lo que haya yacido, pero ciertamente era mucho mejor que su último colchón.
Había una pequeña mesa de noche, malgastada y algo maltrecha, obviamente un salvamento. Podía ver uno que otro parche en su estructura, pero a pesar de su magullada presencia, su funcionalidad era impecable. Allí podría colocar con espacio de sobra sus cargadores, su laptop y su lámpara sin mucho inconveniente.
El closet al final, resultó más grande de lo que necesitó, sus ropas eran insuficientes para llenarlo como era apropiado, pero realmente se sentía bien finalmente tener un lugar en el cual guardar en distintos cajones su ropa interior de la demás. Por años se vio forzada a acomodar todo en un sólo cajón con tal de emplear el espacio lo mejor posible, y por primera vez desde sus primeros hogares en la ciudad, se vio sin la necesidad de administrar un cajón exclusivamente para sus ropajes, de hecho, tanto espacio no hacía más que remarcarle cuan poco realmente poseía al final de cuentas, le hacía sentir miserable y al borde de la pobreza.
Las inmediaciones del baño eran un poco más grandes de lo que esperaba, pero no lo suficiente como para incomodar, le tomaría poco tiempo acostumbrarse a los aditamentos, pero lo mejor de todo es que contaba con un secador de pelo de cuerpo completo, uno que no tendría que compartir con nadie más, no más colas en el baño comunal para poder secarse. No más colas para emplear el baño, de hecho.
La cocina, que era donde había ubicado sus compras recientes era de igual forma, diseñado para un mamífero con un poco más de envergadura que la propia, pero para su sorpresa los zorros habían colocado una serie de escalones de madera en distintos sitios para que pudiese movilizarse sin inconveniente alguno, algo que estaba seguro provenía del feneco, quien como ella, sufría de la constante humillación de tener que movilizarse en un ambiente diseñado para seres extraordinariamente más grandes que ellos.
El refrigerador olía a limón, y para su sorpresa contaba con un par de cervezas de zarzamoras en el congelador. Un regalo para nada despreciable, y uno que en el calor del momento, encontraba increíblemente adorable.
Al final, el lugar a pesar de su ubicación, era más de lo que había imaginado. Con suerte, podría conseguir empleo pronto, y podría conservarlo por más tiempo del que tenía planeado. Por ahora, sus gastos debían minimizarse aún más, por lo que convencer al zorro de permitirle tener un huerto se había vuelto una necesidad más que nunca.
Pero eso podía esperar, había comida que almacenar, y cervezas que tomar.
Despertó abruptamente, el sonido de voces que no reconocía, al igual que lo desconocido del lugar le había alterado por un par de minutos antes de lograr controlarse. Ya no vivía en el Pangolín, no, se había mudado, ahora vivía con un par de zorros en la zona industrial en un lugar al que podía llamársele apropiadamente departamento.
Suspiró, su mano en su pecho tratando de calmar su acelerado corazón. Jamás pudo acostumbrarse demasiado a sus nuevos lugares, solía ser una criatura de hábitos muy arraigados. Los cambios súbitos no eran lo suyo, era partidaria del control, y como tal, rápidamente logró calmar sus nervios, miró en dirección de su despertador, cuatro y media de la mañana. ¿Qué diablos hacían despiertos a estas horas?
El sonido de alguien trabajar sobre la tierra le respondió en seguida. Sorprendiéndola en el acto, ¿En serio? ¿El zorro estaba trabajando a estas horas en su huerto?
La ruptura de su rutina, en especial la razón en específico le tomó desprevenida. Un poco de nostalgia contagiando su cuerpo, trayendo algunas memorias al frente de su mente, imágenes de su familia trabajando duro en los campos inundando su consciente, sin darse cuenta había bajado de su cama, y se había dirigido a la ventana, allí justo como esperaba se encontraba Wilde, haciendo un desastre, cierto. Pero trabajando duro sin duda alguna.
Observó al vulpino trabajar por varios minutos, deseaba unirse, realmente sentía la necesidad de corregir la serie de errores que el zorro estaba cometiendo.
Pero era demasiado, acercarse ahora sería pretencioso, impositivo. También implicaba abrir las puertas de la amistad, y si era sincera consigo misma, años de decepción tras otra le habían vuelto difícil en el área. No era fácil confiar en alguien que desconoces, no es fácil abrirse a una nueva persona y esperar no ser herido en el proceso.
No, a pesar de que una parte dentro de ella deseaba salir y ayudar al zorro con su huerto, la mayoría de ella decidió no hacerlo, era muy pronto y la verdad, no tenía ganas de ser herida nuevamente, quizás lo mejor era que mantuviese una distancia. O tal vez podría intentarlo de nuevo, tener un nuevo comienzo, abrirse a nuevas experiencias...
—Hm… Nah.
Volvió a acostarse, cubriendo su cuerpo con tal de ocultarse del frío de la madrugada. Años de práctica ignorando al mundo que la rodeaba permitieron que volviese a dormir como una roca.
