A pesar de sus deseos, Judy rápidamente notó que rara vez trataba de interactuar con los zorros más allá de lo necesario. Al punto en que los días pasaron, y una rutina se estaba estableciendo.
Wilde por suerte, no tenía un horario fijo para trabajar en su huerto, por lo que no era súbitamente despertada cada mañana mientras destrozaba la tierra en un vago ademán de simular un huerto. Pero las veces en que sí lo hacía, ella decidía que lo mejor quizás era el aprovechar que estaba despierta para ir a la ciudad y comenzar a buscar trabajo.
Lo que no esperaba era que cada mañana que lograban encontrarse en las afueras de los departamentos, ambos parecían casi atraídos a la necesidad de disparar alguna que otra crítica hacia el otro, algo que debía admitir, inició ella.
—Veo que aún no aprendes, Wilde. Esos camellones están mal hechos, y ese tipo de semilla no crecerá bien allí.
—Tch, a tus pimentones les falta calcio, Wilde.
— ¿A eso llamas composta?
Cada mañana sin dudarlo, tenía un comentario jocoso en dirección del zorro, criticando el desastre que el mamífero tenía el descaro de llamar huerto. Al principio, no supo qué en específico era lo que le impulsaba, no confiaba mucho en el zorro, un sentimiento que podía ver era recíproco.
Claro está, Wilde tampoco paraba de criticarle de vuelta.
—Pero miren nada más, es la historieta ambulante.
— ¿Con esa boquita besas a tu madre? Vergüenza, ¡Vergüenza!
—Y por el pasillo número dos, tenemos al máximo exponente en gabardinas de la ciudad, los diseñadores deben matarse por tenerte como modelo, Hopps.
Judy no sabía exactamente cómo o por qué se había vuelto una rutina entre ellos, pero sabía que poco a poco algo de confianza se estaba estableciendo. Poca, pero era mejor que nada. El hecho de que el zorro actualmente escuchase sus críticas y las implementara, hacían que ella tomase más en cuenta las suyas.
De pronto se encontró maldiciendo menos, de pronto notó que dejó de usar su sobretodo. Ropas más comunes y menos típicas de su carrera comenzaron a ser empleadas. Sin sus críticas, no habría notado que era literalmente un cliché ambulante, la clásica imagen de un detective cínico y con pocos amigos que no tenía nada más que perder salvo su vida. ¿Cuándo fue que se había convertido en semejante cliché? ¿Cuándo fue que se dejó enclaustrar de semejante forma? ¿Por qué permitió que sucediera?
La verdad no tenía una respuesta al asunto, lo claro es que estaba cambiando, el tener que interactuar más de lo que estaba acostumbrada estaba rellenando un vacío que no había percatado poseía.
Ojalá pudiera decir lo mismo de su situación laboral.
—Lo sentimos mucho, pero no tenemos plazas para alguien con sus… talentos—, argumentó la inmaculada leona detrás del escritorio, ojos dorados mirándole desde detrás de sus pulcros lentes, una mirada desdeñosa, superioridad claramente plasmada en su rostro.
—Entiendo, entiendo. No todos pueden costearse a un verdadero profesional, supongo.
Era infantil, realmente responder de semejante forma era lo más ridículo e inmaduro que pudo haber hecho, pero su contacto constante con Wilde parecía haber aflojado su espíritu mucho más de lo que pensó. La mueca indignada que la leona de pronto adoptó dejándole a entender que había golpeado donde le dolía. Esta agencia no era de las más acaudaladas en la ciudad, cómo o por qué esta leona en particular se creía con el derecho de creerse mejor que ella no era su asunto, o de su conveniencia.
—Que tenga un buen día, señora.
Ignorando la respuesta indignada tras suyo, Judy emergió de la oficina sin mirar atrás. Sabía que había cometido un error, sabía que su respuesta haría eco nuevamente en los círculos importantes. Pero si era sincera consigo misma, ya no le importaba. Zootopia había maltratado sus sueños e ideales lo suficiente como para que hoy en día el escozor no fuera tan notable. Comprendía que sin el dinero y los contactos apropiados no obtendría trabajo donde lo deseaba, así de poderosa era la influencia de la malnacida de Parker, que al parecer en serio se había tomado la molestia de vetarla de la industria por la simple osadía de no permitirse el ser controlada.
Ya no era sólo una cuestión de especismo, de subestimación. Las respuestas que estaba obteniendo de distintas empresas comenzaban a sonar pautadas, demasiado símiles en su contexto y entrega para ser algo natural.
Pensó en cada entrevista, en cada gesto y momento que había vivido en el último mes y medio. Y la verdad es que se sentía generalizado, programado. La constante repetición de que sus "talentos" no eran de utilidad era el eslabón que unía todo el enrejado. Sólo un mamífero en particular hablaba de su capacidad de tal forma, y ese era su antiguo empleador, quien si mal no recuerda, obviamente está confabulado con Parker.
Lo que entonces le dejaba en claro que mientras se mantuviera en Zootopia, no podría seguir ejerciendo su profesión, no mientras alguien con poder y con una estúpida vendetta encima mantuviese vigente el veto.
Era una hipótesis que poco a poco, con cada nueva prueba que provenía de sus entrevistas se hacía más y más clara, al punto de casi convertirse en teoría. Tenía pocas pruebas, pero lo poco que poseía pintaba las cosas con bastante claridad.
—Supongo que tendré que trabajar de mesonera nuevamente.
O quizás, si deja de ser una idiota orgullosa, podría llamar a sus padres, pedir disculpas y rogar por trabajo en la gran-. La coneja se detuvo de súbito en la acera, un par de maldiciones dirigiéndose hacia su persona cuando algunos mamíferos apenas pudieron evitar aplastarla en el proceso. Lo que la instigó a caminar nuevamente, ojos abiertos de par en par ante la idea que acababa de asaltar su cabeza.
Wilde estaba intentando sustentarse con un huerto privado. Era obvio que no era más que un vano intento de aminorar los gastos que tenía, algo que por su falta de experiencia no estaba logrando, perdiendo dinero en el proceso. Al menos hasta que ella comenzó a intervenir, sus cosechas finalmente produciendo algo decente en el proceso, no mucho, pero sí lo suficiente como para alimentarlo con productos frescos que podía recuperar gracias a las semillas.
Era un riesgo, de hecho, era una ventura a la cual no estaba segura de si debía arriesgarse o no, sus conocimientos de plantas estaban oxidados, años sin arar la tierra habían amellado su habilidad, tampoco había garantía alguna de que Wilde le permita invertir en semejante forma en algo que obviamente era privado.
— ¿Cuándo fue la última vez que tomé un riesgo por deseo, más que por necesidad?
