Nick debía admitir que la vida junto a un lagomorfo no había resultado tan complicada como llegó a pensar un mes atrás.
Hopps ciertamente distaba del conejo promedio, no era una flor de pared, no era una sumisa criatura a la que tu sola presencia parecía intimidar, y más que nada, a diferencia de lo que Finn llegó a esperar, jamás le encontraron husmeando o inmiscuyéndose donde no era bienvenida. La chica se mantenía a distancia, era cordial cuando era debido, y mejor que nada, no temía a emplear su lengua y su creatividad para ponerlos en su lugar cuando lo creía necesario.
Realmente era una conejita espectacular en cuanto a personalidad trata, el vulpino asumía que tenía que serlo para que la tomasen en cuenta como era debido. Pero Nick no era ciego, podía ver que la chica estaba al borde del colapso.
Parecía ser el tipo de mamífero que orgullosamente se ponía el peso del mundo sobre sus hombros, que le encantaban las dificultades porque sabía que era capaz de lidiar con ellas, superarlas a pesar de la incredulidad constante. Pero Nick bien sabía a dónde llevaría ese camino, vivió en carne propia lo que es ver a alguien intentar superar los estigmas asignados a la especie, ver cómo incluso en el éxito, la duda aún existía, la presión no desaparecía, por el contrario, parecía incrementar.
A los animales les encantaba las historias de éxito y superación, la sociedad adoraba a los mamíferos que lograban ubicarse como héroes tras superar las adversidades. Pero había algo más que la sociedad apreciaba con mucha más pasión, y eso era el ver caer a tales luminarias. Veía en Hopps la sombra de su pasado, veía superpuesto sobre ella la imagen de alguien más que luchó contra los estereotipos, sólo para encontrarse con la cruda realidad de que a pesar de tus esfuerzos, había gente que sólo te deseaba lo peor sin importar cuan bien los tratases.
Es por eso que sin saberlo comenzó a lanzarle uno que otro comentario cada vez que se cruzaban sus caminos.
—Linda gabardina, muy a la moda… En los ochenta.
— ¿Si tanto sabes de cultivo, por qué no cierras esa boquita y pones manos a la obra, eh?
— Oh, vaya, ¿hace frío, o estás contenta de verme?
Era curioso, parte del esperaba que la chica se retrajera, o le advirtiese que había cruzado una raya con ella que no le había permitido o permitirá cruzar, que por favor, se abstuviera de hablarle en semejante forma, pero para su grata sorpresa Hopps no era alguien que parecía esconderse de los golpes, sabía cómo recibirlos, pero también cómo devolverlos.
—Oh, pero qué turista. ¿Compraste al por mayor esas camisas, Wilde?
—Puedo hacerlo, sí, pero no quiero terminar humillándote en el proceso. Tu frágil ego masculino no sobreviviría la apaleada.
—Oh, qué lástima Wilde. Es sólo tu linterna, por un minuto pensé que estabas bien dotado. Mis condolencias a tus amantes.
La cantidad de puntas y diretes que se han arrojado el uno al otro había sido, debía admitir, uno de los puntos álgidos en su, hasta ahora, monótona existencia. Pocas personas se atrevían a batallar con él en el área, por lo que encontrar un oponente no solo digno, sino tan hábil como resultó ser esta conejita, terminó siendo un baño de agua fresca en medio de una tarde calurosa.
No era ciego, podía ver que la chica parecía tener un inusitado interés en su huerto, y por la cantidad de conocimiento que derramaba cada vez que abría la boca, era obvio que la chica en algún punto de su vida trabajó en una granja.
Sin embargo, en los últimos días algo había cambiado en la rutina, la coneja no salía tanto como solía hacerlo, deambulaba por la propiedad mientras murmuraba cosas que sólo ella podía comprender, y más que nada, no dejaba de ver su celular, como si estuviera indecisa.
Es allí que Nick recordó que no era cualquier coneja la que se encontraba hospedada en su propiedad, la pequeña era una detective. Y su conducta podría ser simplemente una mascarada para cubrir su investigación del área circundante. No podía evitar ser paranoico, confiar en desconocidos se había vuelto un acto difícil luego de años de decepciones y contratiempos, y esta coneja no era la excepción a la regla, por más divertido que sus encuentros sean.
Fue entonces que cuando la escuchó caminar con tanto ímpetu, sus pasos resonando en sus oídos, le indicaban que estaba enojada, quizás encolerizada si la fuerza con la que daba cada zancada era de tomarse en cuenta, ¿Qué le había enojado? ¿Acaso era este el momento en que lo acusaba de frente de cualquiera sea el delito del que se le acusa? ¿Era el fin de su charada?
—Wilde, tenemos que hablar.
Nick alzó una ceja, quizás realmente era el momento de que las cosas terminasen, no obstante:
—Oh, cuidado cola de algodón, me haces creer que lo nuestro está por terminarse tras esas fatídicas palabras.
No pudo evitar sonreír al ver sus ojos abrirse de par en par al conjunto en que sus orejas se enrojecieron, cayendo tras su cabeza en sorpresa a lo dicho, su comentario había desinflado sus ánimos, le había tomado por sorpresa y no estaba preparada para ello.
Y la balanza se inclina a mi favor
— ¿Q-qué? ¡N-no! Demonios Wilde, intento ser seria aquí, no es hora para juegos, en serio necesito hablar contigo.
Frunció ligeramente el ceño, la reacción no era específicamente lo que esperaba. Las defensas de la chica estaban bajas, era obvio que no estaba hablando con la fría y cínica detective que tanto le había divertido todos estos días, sino con el mamífero que yacía debajo de toda esa armadura. Ante él estaba Judy Hopps.
Alzó una mano, interrumpiendo lo que sea que fuese a decir, el sol estaba demasiado intenso, y la verdad, lo mejor sería discutir las cosas en privado. Sabía que lo más probable era que Finnick estuviese escuchando en estos momentos, imposible que no lo haga con el par de parabólicas que tenía como orejas.
—Antes de ello. ¿Te molesta si hablamos dentro? Esta no es la mejor de las áreas para tener una conversación de ningún tipo, y la verdad, por tu rostro presumo que un par de cervezas nos caería muy bien.
Ella le miró, realmente le examinó por un par de segundos antes de asentir, era obvio que su propuesta le había tomado desprevenida, y que por tanto, sus defensas habían tenido el tiempo suficiente para reincorporarse y empezar a funcionar.
Palmeó dos veces, intentando librarse del exceso de polvo y mugre en sus garras, con pobres resultados, suspiró, quizás debía tomar en cuenta lo que Hopps comentaba con respecto a comprar herramientas más adecuadas, sus pobres garras estaban acortándose a medida que pasaba el tiempo y continuaba empleándolas para escarbar en la tierra.
—Sígueme, Hopps. Lo que sea que quieres hablar puede ser al menos en un lugar fresco.
No miró en su dirección, no sabía si esto funcionaría o no. Pero necesitaba al menos sacarla de su inseguridad, si iban a tener una conversación seria, quería que la chica estuviera en todo el uso de sus capacidades, el sonido de garras rozando la tierra posteriormente concreto acompaño su andar, Hopps solía mantener sus garras más cortas que las suyas, por lo que tenía que estar más atento para poder escuchar sus pasos, ya en incontables ocasiones había demostrado cuan escurridiza podía llegar a ser si no prestabas atención.
Abrió la puerta de su departamento, a diferencia de ella rara vez cerraba con llave, un riesgo con un posible enemigo en las inmediaciones, pero uno que estaba dispuesto a tomar, no cambiaría sus costumbres por nada ni nadie, en especial en cómo vivir su vida. Volteó al no escuchar tras suyo los pasos de Hopps, encontrándose con que la chica se había detenido en el marco de su puerta, obviamente incómoda de entrar en lo que oficialmente es la guarida de un zorro.
—Toma asiento Hopps, no muerdo, a menos que me lo pidas, claro.
La mirada incrédula que ella le arrojó fue refrescante, pero tan rápido como surgió, desapareció tras una carcajada, una de sus manos posándose sobre su cadera.
—Ja, ya quisieras Wilde.
Dicho eso, pasó sin siquiera titubear, sus ojos mirando de un lugar a otro, un ápice de curiosidad pintando su expresión, orejas erguidas y nariz moviéndose a kilómetros por hora. Era adorable cómo el pequeño bulto de nervios simulaba estar calmada cuando su cuerpo gritaba a todo pulmón cuanto no lo estaba.
— ¿Algún tipo de cerveza en particular?
—De zarzamora si no te molesta—, respondió enseguida, apartando con poco esfuerzo un banco, su pequeña cola moviéndose un par de veces antes de que con un formidable pero mesurado salto, la chica se ubicara encima en la silla que usualmente estaba reservada para Finn. Sus ojos atentos a cada movimiento que él realizaba, curiosidad aún palpable.
—Oh, juraría que ibas a pedir de zanahoria, incluso me tomé la molestia de comprar un par por si esta situación llegase a ocurrir.
— ¿Y me acusas de ser un cliché, Wilde? A poco esperabas que esto ocurriera, los dos sentados en tu bar, bebiendo amenos, ¿A poco esperabas que la experiencia terminara conmigo en tu cama, cierto? —, esgrimió, la pequeña sonrisa en sus labios indicando que bromeaba al respecto—: Y detesto la cerveza de zanahoria, mi preferencia es la cebada, y últimamente zarzamora después de que bebí el par de latas de bienvenida que dejaste en mi nevera. Gracias, por cierto.
Nick asintió al escucharla, había probado la cerveza y francamente, había probado mucho mejores. Pero a los conejos se suponía les encantaba la zanahoria, o al menos eso decía la sociedad, sorpresa, otra creencia cultural que no era cierta del todo.
—Y yo que pensé que la creencia de que a los conejos les enloquecía todo lo relacionado con las zanahorias era cierta. Oh, mundo… me has fallado.
— ¿Tanto como la creencia de que los zorros son nocturnos por naturaleza? Bah, si algo me ha enseñado esta ciudad, es a no tomar en serio lo que dice la gente, Wilde. La realidad tiende a ser mucho más compleja de lo que las personas tildan. Aunque—, la coneja acarició su mentón, ponderando lo mencionado—: Puede que haya cierto deje de verosimilitud en los prejuicios sociales, los lagomorfos tienen gran control en el mercado de zanahorias.
Colocando la lata frente a la coneja y tomando su asiento frente a ella, Nick asintió antes de proseguir.
—Y hay muchos zorros que ciertamente parecen ser más criaturas nocturnas, si la mayoría de los clubes tienen algo que decir al respecto. Pero no es por eso que estamos aquí, ¿cierto, Hopps?
Bajando la lata, la fémina asintió antes de respirar profundo, centrándose.
—No sé si te habrás dado cuenta, Wilde. Pero estoy desempleada, y mis recursos están aminorando a medida que pasan los días—, suspiró, sus manos subiendo a masajear su sien, estaba obviamente estresada—: Llevo meses buscando trabajo, pero es obvio que alguien posee cierta vendetta contra mi persona, por que donde sea que busco, recibo la misma respuesta, la misma señal.
Nick alzó una ceja al escucharla, ligeramente sorprendido de que la conversación iniciare por estos rumbos, jamás esperando que la chica se sincerara con él, no a estas alturas. ¿Había juzgado mal? ¿Leyó mal las señales?
—Suena paranoico, Hopps.
—Lo sé, pero es demasiada coincidencia que todos y cada uno de los mamíferos que me han entrevistado, se refieran a mi trabajo con la misma palabra, sin falta, sin alteración alguna. Puede que sea sólo casualidad, puede que no, el asunto es que digan lo que me digan, es obvio que no lograré conseguir trabajo antes de que mis ahorros expiren completamente.
El vulpino asintió, realmente era algo en lo que podía identificarse, encontrándose de hecho en una situación similar.
—Es por eso que decidí tomar un riesgo. Pero necesito tu permiso, Wilde.
Eso por otra parte, le tomó por absoluto desprevenido.
—Sé que es atrevido de mi parte, quizás excedo la poca confianza que hay entre nosotros. Pero, realmente estaría agradecida si me permitieses trabajar en tu huerto.
Atónito, su boca abriéndose ligeramente con incredulidad, Nick no pudo más que mirar la cerveza por un par de segundos, descartando de inmediato la posibilidad de que se haya intoxicado con tan sólo una en su cuerpo.
—Oh, no me mires así Wilde. Sé que suena absurdo, pero al menos debes de haber notado que tengo alguno que otro conocimiento en el área. La idea no es tan alocada como crees.
—Al contrario, es el hecho de que estés tratando de ayudarme con el huerto lo que me sorprende, Hopps. ¿Me estás diciendo que en serio estás dejando tu carrera de detective atrás para perseguir una en agricultura?
Eso por otra parte, pareció tomarla por sorpresa, su lenguaje corporal cambiando de súbito, era obvio que esperaba lo peor a estas alturas.
—No me malentiendas, pero en el mes que nos hemos conocido, la imagen que tengo de ti es de alguien testarudo, que no se rinde fácilmente ante las contrariedades…
La carcajada que emergió de la chica le interrumpió de golpe, más que nada porque el tono que profesaba la misma era derogatorio, burlón.
— ¿Años atrás? Oh, esa habría sido una descripción perfecta de quien era, Wilde. ¿Hoy en día? Después de haber sido apaleada por la realidad por mis ideas. No, no lo creo—, con un rápido movimiento de su mano, la coneja procedió a levantar la lata, bebiendo gran parte del contenido antes de colocarlo abruptamente sobre la mesa, quizás con más fuerza del que era correcto—, Estoy más que segura que te han traicionado antes, Wilde. Digo, es imposible que no hayas experimentado la sensación. ¿Yo? Sólo digamos que en su momento pensé que nada podía detenerme mientras tuviera a mi familia y amigos a mi lado… Yo… escucha, Wilde. No tengo que justificarme ante ti, tampoco tienes que hacerlo conmigo, no estoy aquí para una charla amena mientras bebemos cervezas, no deseo abrirme sentimentalmente ante nadie, no luego de lo que he vivido en esta ciudad.
Nick asintió, rostro serio mientras observaba a la joven frente del.
— ¿Qué es lo que propones, Hopps?
—Un trato, Wilde. Puedo poner a funcionar tus tierras, puedo realmente ponerlas a producir en cuestión de un año. Sólo te pido la oportunidad, sé que es mucho, quizás demasiado, y si así es, comprenderé si no deseas hablar más del asunto, pero puedo decirte que tendré que abandonar las inmediaciones en menos de tres meses por que no tendré más dinero para pagarte… Y que realmente me estoy arriesgando tanto como tú, por que estaré empleando mi dinero para hacer que la propiedad de alguien más produzca plata que legalmente no será mía, yo… Estoy desesperada, Wilde… Nick.
El vulpino cerró los ojos, escuchar a la orgullosa coneja estar al borde del colapso debía admitir, le golpeó más profundo de lo que deseaba conceder, comprendía lo que la chica estaba sintiendo, de forma íntima.
— ¿Quieres saber por qué permití que te quedaras en mi propiedad, Hopps?
El cambio abrupto de la conversación sirvió para que la coneja respingara, un chance para recomponer sus destrozados nervios, no hubo lágrimas por suerte, pero ambos sabían que estuvo cerca de derramarlas, admitir ante un desconocido que estabas desesperado no era agradable, y abría muchas puertas para el abuso.
—Jamás lo creí posible ciertamente. Verme reflejado en alguien más. No fue lástima lo que me llevó a aceptar tu petición, Hopps… fue empatía. Incluso cuando es más que obvio que no confiamos plenamente en el otro, no puedo evitar sentir empatía, más de la que puedes imaginar, al igual que tú, no quiero entrar en detalles del por qué—, se carcajeó, la conversación estaba lejos, muy lejos de ir por el camino que pensó iría, aspiró profundamente, no era el momento para explayarse emocionalmente en el área, necesitaba control, ambos lo necesitaban—. Te propongo algo, Hopps, Judy. Monetariamente tampoco estoy en un buen lugar, y siendo honesto, has sido un respiro de aire fresco en mi economía, si caes, no tardaré en seguirte.
Y eso era el meollo del asunto, no tenía dinero para iniciar otro plan, no tenía nada que pudiese emplear para salir del agujero en el que se encontraba. La propuesta de la chica tenía una promesa, era una posibilidad de que ambos saliesen del embrollo en el que estaban, pero tampoco era una apuesta exenta de riesgos.
—Te propongo una sociedad, entonces. Yo pongo mis tierras, tú la experticia.
