—Esto no es precisamente lo que imaginé cuando hice la propuesta, Hopps.
Comentó curioso el zorro, ojos puestos en la calle, manos en el volante de la van que Finn de mala gana accedió a prestarles, a su lado se encontraba la coneja, casi sumergida en un asiento demasiado grande para ella, siendo forzada a tener que depender del GPS y la capacidad de navegación del zorro.
— ¿A poco pensabas que ibas a estar sentándote a tus anchas mientras yo hacía todo el trabajo?—, la coneja le miró de soslayo por un par de segundos antes de regresar la mirada al celular—: Da la vuelta a la derecha en la siguiente calle.
Nick asintió al escuchar la orden, ligeramente curioso de a dónde en específico la coneja planeaba llevarle, la zona en la que estaba era obviamente diferente a las que solía frecuentar, podía ver gran cantidad de pequeños quioscos y puestos en la distancia, una especie de mercado del que al parecer, no tenía la menor idea de su existencia hasta ahora.
Un par de días habían transcurrido desde que concordaron su sociedad, fueron días tensos en los que obviamente ninguno de los dos mamíferos sabía cómo dirigirse al otro. ¿Eran amigos? ¿Eran socios? La verdad los dos se conocían muy poco para poder aplicar apropiadamente una definición al tipo de relación que tenían. Renuencia ampliamente perceptible en cada uno por razones que ninguno parecía dispuesto a elucidar. Eran mamíferos muy privados, casi conservadores con respecto a su pasado y lo que habían vivido, tomaría mucho más que un momento de empatía y un par de cervezas para construir algo más firme en qué basar sus expectativas del otro.
—Encontrar dónde estacionarse va a ser imposible, pelusa.
El comentario, diseñado para lograr una reacción de la fémina, obtuvo pocos resultados. Los ojos de la chica jamás dejando la pantalla, orejas gachas y mano firme sobre la estructura del aparato. Era obvio para el vulpino que estaba estresada, temerosa, renuente. El por qué exactamente se mostraba así, era la pregunta que hasta ahora no se atrevía a formular.
—A dónde nos dirigimos existe un estacionamiento privado. Créeme, conseguiremos.
Nick asintió, sus ojos nuevamente puestos en la calle, en especial los vehículos que estaban frente y detrás de la van, la mayoría eran obviamente más pequeños, diseñados para mamíferos de menor envergadura, el enorme carro de carga resaltaba considerablemente no sólo por su tamaño, sino también por el peculiar motivo pintado a ambos lados del mismo. Un escaneo rápido al área aledaña al vehículo confirmaba que esta era un área predominantemente para herbívoros, la gran mayoría demostrando amplia curiosidad ante la presencia de la camioneta.
—En las siguientes dos calles, da la vuelta a la izquierda, de inmediato verás un gran edificio con algunas zanahorias de caricatura en la fachada. Ese es nuestro destino—. Agregó la coneja, cerrando finalmente la aplicación en su celular, un suspiro emergiendo de su boca antes de que apoyara todo su cuerpo en el espaldar del asiento—, en la marquesina podrás ver por qué me encuentro como estoy, Wilde.
Eso por otra parte, finalmente le entregó alguna que otra pista al vulpino, que simplemente asintió tras mirar en su dirección por un par de segundos antes de verter por completo su atención en la calle, al tanto de que la chica necesitaba algunos minutos para lograr recomponer sus agotados nervios.
No dijeron nada, no había mucho que decir con el poco nivel de confianza que poseían entre ellos. Pero tampoco es que desearan dialogar mucho a estas alturas, no con la tensión palpable en la camioneta.
Quince minutos después, Nick comprendió del todo por qué la coneja se encontraba tan tensa al finalmente poner los ojos sobre el edificio al que estaban visitando. Un negocio familiar, "Implementos de granja Hopps" asaltando sus retinas en brillantes colores, dibujos de herramientas, pero más que nada, zanahorias parecían inundar todo el establecimiento, justo como lo predijo la fémina, había uno que otro espacio libre en el estacionamiento privado del lugar, era obvio que sólo podías emplearlo si ibas a ingresar al edificio. Quizás la única razón por la cual todavía habían unas cuantas plazas a emplear.
— ¿Ahora qué?
—Ahora me esperas aquí, yo necesito dar la cara.
El vulpino asintió, realmente no podía decir que deseaba acompañarla, efectivamente no lo deseaba. Esto ya era obviamente algo difícil para la chica, su presencia no haría más que dificultar las cosas, por ahora simplemente lo mejor era el esperar a que ella diera señal alguna de que era aceptable el introducirse.
—De acuerdo, no tengo nada más que hacer. ¿Te molesta si me bajo de la camioneta? Vi un puesto de helados unos seis quioscos atrás que realmente deseo probar.
—Adelante, una vez concluya aquí, te llamaré. Sólo asegúrate de dejar la puerta trasera abierta.
