—Raymond.

— ¿Nicky? ¿Qué rayos haces por aquí?

El vulpino observó cómo el oso polar que atendía el quiosco de helados señaló a alguien más para que atendiera su estación, rápidamente saliendo de allí con grandes zancadas, dirigiéndose a su persona con paso firme, sus inmensos brazos abriéndose de par en par hasta envolverlo en uno de los abrazos que tanto caracterizaba a la especie, huesos y músculos crujiendo a la vez que el oxígeno escapaba de sus adentros con un sorprendido alarido.

—Es un placer como siempre Ray…

Depositándolo en el suelo tras un último apretón, el oso dio dos pasos atrás, carcajeándose alegremente con la sorpresa, un par de clientes observando curiosos el espectáculo.

—No te veo en años, Nicky. ¿Dónde diablos te habías metido? Ven, ven, tengo una pequeña oficina no muy lejos de aquí, allí podremos hablar con más privacidad.

Asintiendo, Nick no tuvo más opción que seguirle apresurado el inclemente paso al oso, sus ojos examinando el lugar con mesurada cautela, viejos hábitos resurgiendo con cada segundo que transcurría al lado de su antiguo tutor. Mamíferos de varios portes y especies abriéndoles paso a medida que transitaban con rumbo a lo que parecía ser un pequeño almacén de hielo.

— ¿Cómo están los niños, Ray?

—Creciendo como el pasto, Xavier está más alto que tú, Nick. Y Úrsula ya está en la universidad…

El comentario pareció descolocar al vulpino, ojos abriéndose de par en par ante lo escuchado, ¿Tanto así habían crecido las crías? Una mano sobre su pecho de inmediato le indicó que su corazón latía férreamente en su pecho, un breve sentimiento de culpa al igual que nostalgia emergiendo desde los abismos. ¿Tanto tiempo había pasado?

Con un imponente rechinido, el oso abrió el portón del almacén, una ventisca gélida golpeándolos a medida de que se adentraban en el sorprendentemente profundo establecimiento, las escaleras, diseñadas para osos polares dando a entender que la estructura había sido construida con Raymond en mente.

— ¿Qué tan profundo iremos?

—No demasiado, sólo unos seis a siete metros—, apuntó el oso, señalando una gran zona de unos quince metros de grosor por veinte de largo, toda el área repleta de hielo—: Nos ahorramos grandes sumas de dinero ya que el hielo se conserva sin necesidad de refrigeradores, los bombillos no irradian calor, así que las temperaturas suelen mantenerse estables sin importar cuanto calor haga afuera.

Nick sonrió, viendo la influencia de su madre con sus propios ojos era un evento que pocas veces se había dado la molestia de hacer en el pasado. Podía ver alguno que otro detalle que demarcaba que el diseño del sitio había sido creado por su mano, detalle como el iglú que yacía en medio de todo lo almacenado.

— ¿Cuándo lo construyeron?

—Hace alrededor de año y medio, está basado en uno de los diseños de Clementina, con alguna que otra modificación para aferrarse a las normativas de la zona—, tras llegar finalmente al final de las escaleras, el dúo se dirigió hasta la construcción, el inmenso marco de hielo significando la entrada a lo que era una pequeña oficina repleta de papeles y un escritorio—¸ Empleamos el área para poder llevar las cuentas y los libros en paz, lejos del bullicio y el ajetreo de la superficie.

Dicho eso, el oso procedió a sentarse en la gran silla que estaba detrás de un escritorio de madera con marcos de acero, todo debidamente tratado para sobrevivir las bajas temperaturas.

— ¿Qué te sacó de tu escondrijo, Nicky? Nadie te había visto fuera de tu propiedad desde hace más de dos años.

El vulpino, que había tomado asiento en un sillón cercano, suspiró. Sabía que en el momento en que visitó uno de los muchos negocios que reconocía como propiedad de la familia, que un mar de preguntas caerían sobre la ruptura de su rutina. Realmente se había alienado de sus conocidos tras lo ocurrido con el parque de diversiones.

—Después de lo ocurrido, ¿Puedes culparme por haberme vuelto un ermitaño, Ray?

El oso frunció el ceño, era obvio que no estaba del todo de acuerdo con sus acciones, pero al menos era lo suficientemente considerado como para no mencionarlo.

—Puedo imaginármelo, Nicky. No puedo decir que comprendo la decisión, pero tampoco te insultaré dándote sermones que no cambiarán lo ocurrido. Sólo puedo decirte que se te extraña, Nicky, la familia te extraña.

Asintiendo, y agradecido de que al menos el enorme mamífero tuviera la soltura y la consideración de hablarle con tanta franqueza, el vulpino suspiró, sentimientos encontrados dentro del que no lograba apaciguar del todo.

—Parte de mi extraña esa vida también, Raymond. No puedo negarlo, parte de mi añora regresar a esos días en que todo parecía salir bien, y el mundo parecía un lugar mejor—. Aspiró profundamente, su adolescencia sería siempre en su memoria, quizás los mejores años de su vida, lleno de oportunidades que fueron tanto aprovechadas como desperdiciadas, matices rosas tintando épocas que ya no volverían, añoranza enmarcando las cosas lejos de la realidad—, pero mi vida en la familia se fue con ellos, Ray.

El oso asintió, guardando respeto por aquellos que ya no se encontraban entre ellos.

—Era una buena madre, también lo fue tu padre, les debemos demasiado, Nicky. Yo les debo demasiado—, alzando una mano para acallar la protesta que saldría del zorro, Raymond suspiró, sentimientos encontrados ante lo que parecía ser un encuentro meramente fortuito—. Sin los consejos de tu padre, Nicky, la familia habría cruzado líneas, nos hubiésemos convertido en lo que tantos otros mamíferos asumen, no seríamos la potencia que somos. Mis hijos no habrían nacido, no tendría mi propio negocio, y los Big estarían todavía atrapados en las guerras de poder que todavía asolan la Tundra.

Y ese era el asunto, la amistad que sus padres fraguaron con Macedonia Big, conocida también como Big Mama, cabecilla de la agrupación más imponente de toda Rodencia, había cambiado muchas cosas, quizás demasiadas.

La sombra de esa amistad todavía perseguía al zorro, para bien o mal.

—Si tan sólo hubiese heredado su talento.

—Nicky…

—Sabes que es la verdad, Ray. A diferencia de ellos, soy un fracaso… es la realidad, terminé derrumbando en cuestión de quince años lo que ellos construyeron toda su vida. Estoy seguro de que la familia ha seguido mis pasos, estoy seguro de que han visto todos y cada uno de mis fracasos, Raymond.

El silencio fue la única respuesta que necesitaba para confirmar sus sospechas. Ambos comprendiendo que el zorro quizás no estaba tan errado.

—Me había dado por vencido, Ray. Tú lo sabes, Frufrú lo sabe, Finn lo sabe…

—Y sin embargo, aquí estás, Nicky. Afuera de tu auto-impuesta prisión, vivaz, respondón como siempre, sagaz como no lo habías estado en años.

Nick miró al oso, una ceja arqueada ante lo comentado.

— ¿Finnick?

—Bah, no necesito escuchar sus informes para hacerme una opinión, Nick. Te estoy viendo, te conozco, te vi crecer, te entrené, no hay mucho que puedas esconder de estos viejos huesos, sólo con mirarte puedo ver que la chispa aún está con vida.

Y con eso, el oso hurgó en su escritorio, buscando algo en sus gavetas, el sonido de papeles siendo abruptamente movidos de un lugar a otro haciendo eco en la pequeña oficina.

—No estoy del todo actualizado, pero sé que ahora posees un inquilino. Los rumores en la familia se han disparado, las suposiciones y apuestas abundan. Finn ha entregado pocos detalles, aparentemente le has exigido que sea circunspecto con la información…

—Sí, es una de las pocas órdenes que le he dado hoy en día. La razón es personal, pero puedo decirte que se trata de la detective Hopps.

Eso por otro lado, detuvo el hurgar del oso, que le observó curioso por un par de segundos antes de bufar divertido y proseguir su búsqueda, una mueca solazada dibujada en su rostro.

— ¿La detective de juguete? ¿Qué rayos hace ese lago en tu propiedad? No sabía que te gustasen las conejas, Nicky.

—Nada de eso, Ray. Sabes que Nicholas Wilde más fémina, equivale a desastre natural. Aprendí eso con Minerva—. Masajeando sus manos, que comenzaban a notar el descenso en la temperatura, el vulpino consideró qué decir al respecto, optando por ser sincero para variar—: La chica tocó fondo, me proyecté en ella. Una cosa llevó a la otra y ahora, antes de que pueda comprender qué demonios ocurrió, dejé que la chica me convenciera de intentar un nuevo negocio.

Eso por otro lado, pareció detener de súbito la búsqueda del oso, que ahora le miraba incrédulo.

— ¿Qué dijiste?

—Lo que escuchaste, Ray. La chica me convenció de intentarlo de nuevo. Salí de mi escondrijo porque su propuesta tiene grandes chances de funcionar. Asumo que está en estos momentos hablando con su familia en el inmenso edificio al fondo de la calle.

La incredulidad en el oso era palpable, en especial porque sus ojos se abrieron tanto como su boca al escuchar lo último.

—Nicky, ¿Puedes repetir eso último? Juraría que me acabas de decir que la detective de juguete, está relacionada con los Hopps.

Frunciendo el ceño ante la pregunta, Nick sólo asintió, curioso y algo remilgoso de oír lo que sea que el oso estaba por informarle.

—Relájate, no están involucrados en nuestro mundo. Pero en los últimos años su nombre y negocios han estado prosperando en Zootopia, su control del mercado se aferra con cada nuevo año: Zanahorias, moras, fresas y maíz. La familia Hopps tiene un control férreo en la distribución de varias frutas y verduras en la ciudad, el hecho de que pueden surtir en grandes cantidades sin falta o sobreprecio ha hecho sus cosechas realmente populares en la zona. Yo en particular compro frutas de su granja.

Era bastante sorpresivo el enterarse de que la familia de su inquilina había progresado tanto en los últimos años, a diferencia de ella. Era irónico, ciertamente que la coneja que todos subestimaban parecía poseer una familia que poco a poco se hacía con un fuerte control económico en la ciudad.

Lo que francamente, dificultaba las cosas, quizás más de lo que pensó.

—El éxito atrae a los carroñeros y oportunistas.

El oso asintió ante el comentario, esclareciendo.

—Han contratado nuestros servicios, Nicky. Los legales, la agencia de seguridad que custodia el edificio proviene de la familia. Al parecer han tenido varios malos ratos en los últimos años, por lo que sabemos, no han atraído a ningún pez gordo, pero sabemos que los Big mantienen bajo control a los otros jefes, ésta área se considera bajo el patrocinio de la familia. Pero los dos sabemos que el riesgo aquí, no es el enemigo que conoces.

—Sino el que no conoces, y que está desesperado por probarse a sí mismo. Puede que ya estén intentando hacer algo, Ray. Por lo poco que la chica me ha confiado, sospecha que alguien está impidiendo que consiga trabajo, que cada entrevista termina con una pista de que alguien está detrás de sus fracasos. La verdad, sentí que es mera paranoia, pero con esta información las cosas cambian significativamente.

Y ciertamente lo hacían, de súbito, sus planes debían ser modificados, charlas que no planeaba tener con la chica de pronto se veían en la cima de sus necesidades. Pero más sorpresivo aún era que a pesar de que no la conociera muy bien, parte del se encontraba preocupado por ella.

Al parecer lo suficiente como para que Raymond soltase una carcajada.

—De nuevo en las andanzas, ¿eh, Nicky? Podrás mentirte a ti mismo, chico, pero puedo verlo en tu cuerpo, la chica te interesa, ¿En qué sentido? Aún no estoy del todo seguro, tampoco creo que tú lo estés.

Dicho esto, el oso colocó una carpeta sobre el escritorio, justo al alcance del vulpino, que respingó ante el sonido de la misma impactando contra la madera.

—Acepta esto como una disculpa de nuestra parte, Nicky. La información que verás allí es buena, no sé qué clase de negocio tienes en mente, pero esta vez pienso ayudarte. No pude en el pasado, insististe en que la familia se quedase por fuera, pero las cosas ahora son diferentes. La detective de juguete puede terminar siendo tu as bajo la manga, Nicky. Sólo piénsalo.

Y lo pensó, realmente lo hizo.

Fue por eso que le envió un mensaje a la chica, renuencia asentándose en su estómago. Puede que su sociedad concluya antes de que siquiera comenzase.

"Necesitamos hablar."