— ¿¡PERDISTE LA CABEZA!?

El grito de Finnick resonó en la habitación, un par de vasos tiritando ante la potencia de su grito. Por suerte, Nick había insolado toda la estructura con tal de que el sonido no molestase a los habitantes, por lo que sabía que Hopps no podría escuchar al pequeño huraño.

—Puede ser, pero debía hacerse.

—Maldita sea, Nick. Es un remero de policía, quizás no lo sea oficialmente, pero no cambia el hecho de que lo que le entregaste, por más circunstancial que sea te pone en riesgo al igual que a la familia—, gritó de nuevo el feneco, caminando de un lado a otro mientras intentaba comprender su accionar, Nick por otro lado simplemente sostenía una cerveza fría en su mano, mirando la lata en un vano intento por comprender lo que había hecho—, ¿Qué te hace creer que en estos momentos no está llamando a sus contactos? ¿Qué te hace creer que no nos usará para darle un impulso a su carrera, hacer que la tomen en serio? Maldición chico, ¿De dónde demonios salió todo esto? ¿Te gusta acaso? ¿Es eso? No me digas que estás dejando que te controle tu entrepierna, chico, porque si…

—No hay necesidad de ser tan soez, Finn. La respuesta es sencilla—, Nick finalmente esgrimió, llegando a una conclusión que no remeciera su mundo con demasiada fuerza—. Me veo reflejado en ella, siento que tenemos mucho en común… eso es todo.

Se suponía eran palabras que debían calmar a su compañero, pero al parecer el efecto fue todo lo contrario a lo esperado, si la boca abierta y las orejas erguidas en alarma eran de juzgar.

— ¿Estás escuchando lo que dices?

— ¿Con tus gritos? No, no mucho…

—Maldita sea, Nick—, espetó el feneco, golpeando su frente, claramente frustrado—. Tenemos que…

—Tenemos nada, Finn—. Ordenó de inmediato el zorro rojo, mirando firmemente a su compañero que retrocedió dos pasos ante la intensidad del joven—¸ Espero que no vayas a insinuar lo que creo que ibas a decir, Finnick. No somos esa clase de mamíferos, y me rehúso a dejar que tan siquiera pienses en la idea de hacerle daño a la chica.

El feneco se quedó allí, impactado por el súbito cambio en la presencia del zorro rojo, ojos abiertos completamente, orejas gachas en ligera sumisión, antes de que su rostro se frunciera en desagrado, obviamente contrariado de una conducta que Nick rara vez sacaba a relucir, miles de posibilidades cruzando por su cabeza hasta que suspiró, finalmente conectando algunos puntos.

—Nick…

—No mires más allá de lo que hay, Finn. Lo que te dije, es lo que es. Siento empatía por ella.

—No es Minerva, Nick, no vas a…

—Y bien sé que no es Minerva, Finnick—. Interrumpió Nick enseguida, mirando fijamente en toda dirección menos al rostro de su compañero, incapaz de aceptar esa mirada de su parte—, estoy más que al tanto de que no es Minerva. No es por eso que me identifico con ella, estoy al tanto de lo irracional de mis acciones, Finn. Más que nadie, pero la verdad es que simplemente me vi reflejado en ella, y la idea de verla caer, de dejar que sea vencida por esta inmunda ciudad es algo que de pronto no puedo tolerar. Siento… Siento que si ella cae, ¿Qué esperanzas tendré yo, Finn?

La carcajada que de pronto surgió en la habitación les tomó por sorpresa a los vulpinos, ambos volteando en dirección de la puerta, y la coneja que miraba hacia el par con ojos brillantes, una ligera sonrisa en su rostro.

—Cuidado, señor Wilde. Cualquiera que le escuche diría que siente algo hacia mí.

El silencio premió por varios segundos, obviamente incómodos por no haber notado que la puerta había permanecido abierta tras la súbita entrada de un colérico feneco al ver su van repleta de implementos de granja que no se habían tomado la molestia de descargar.

—Hopps, yo…