Judy suspiró, caminando rumbo al edificio de sus hermanos, su mente aún enfocada en lo sucedido con el zorro. Sus orejas firmes contra la parte trasera de su cabeza, intentando ocultar en vano el rojizo color de su piel ruborizada. No sabía qué exactamente le había poseído para emplear semejante treta, pero el resultado final la dejaba sumergida en una extraña mezcla de emociones a las que no podía darles un nombre apropiado de a momento.
No era estúpida, estaba al tanto de que el contacto con alguien que parecía respetarla como hacía mucho no lo hacía nadie más, quizás pudo generar en ella un apego más allá de lo debido u apropiado, pero tampoco era la ignorante que solía ser, la ciudad le había abierto los ojos en maneras que jamás pensó eran posibles, por lo que sabía que existía la posibilidad de que dos mamíferos de distinta especie sintiesen atracción el uno por el otro. Nunca pensó ser una de ellos, pero por otro lado, estaba el hecho de que realmente no tenía una definición para lo ocurrido.
Acariciando su frente, la coneja miró a su alrededor, notando que el mercado estaba inusualmente carente de mamíferos, pocos negocios se encontraban abiertos, entre ellos una heladería con un enorme oso en el mostrador, sus enormes garras administrando con delicadeza un cono de helado a un pequeño grupo de puercoespines, los puntiagudos amigos alzando las manos al aire en ligera celebración antes de taclear con gusto el congelado dulce.
Sonrió, su espíritu de pronto un poco menos pesado luego de presenciar la linda escena, se estaba preocupando por nada, fue un simple coqueteo. Ambos lo superarán y seguirían adelante, eso era lo verdaderamente importante.
Mirando al frente, orejas erguidas, pudo escuchar lo que parecía ser un pequeño barullo, palmas aplaudiendo al unísono de una melodía que no lograba reconocer, un grupo de mamíferos rodeando lo que parecía ser un conejo de negro pelaje que parecía estarlos entreteniendo por medio de maromas, gestos y pasos al ritmo de su canción, que emergía de un anticuado Walkman. Por un breve momento el macho giró, sus ojos cruzándose, un pequeño giño apareciendo por un par de segundos antes de que la mirada del sujeto regresara a su público, sus pasos y el ritmo de la canción llegando a un punto frenético más sin embargo, controlado, el crescendo de su voz llegando a su punto más álgido hasta que con un fugaz pero preciso movimiento, el macho finalizó su acto al caer de rodillas frente a lo que parecía ser una sorprendida más sin embargo encantada zorra ártica, las orejas de la chica descendiendo en encanto, su hocico esbozando una enorme sonrisa, sus aplausos siendo un poco más intensos que los del resto.
—Tiene talento, debo admitirlo.
Satisfecha, continuó su camino, finalmente vislumbrando la entrada del edificio de su familia, el enrejado del estacionamiento completamente cerrado, careciendo de la diversidad de vehículos que llegó a asociar con el área.
Le tomó algunos segundos el llegar, sus patas enseguida llevándola a una pequeña vereda a un lado del enrejado, revelando unas escaleras que descendían a la parte inferior del edificio, el complejo departamental en el cual se alojaban sus hermanos, mano puesta firmemente en la baranda mientras descendía en el bien alumbrado agujero, un gran portón metálico finalmente saltando a su vista. El sonido de música apenas siendo contenido tras la reja, una muestra de que la fiesta había empezado sin ella, lo que no le sorprendía realmente.
Tocó el timbre y esperó por un par de minutos, sorprendiéndose cuando la parte inferior de la puerta se abrió de golpe, una extasiada Julieta dando un ligero grito de alegría al verla del otro lado.
—Oh por Dios… Viniste, ¡realmente viniste!
— ¿Pensaste que no vendría?
—Judy, las fiestas nunca han sido lo tuyo. Toda una paradoja considerando cuánto te encanta bailar—. Esgrimió la coneja, haciendo un ligero ademán para que Judy entrase tras de ella, su mano firme en la puerta.
—Me gustan las fiestas, lo que no me gustaba eran los que usualmente asistían.
La carcajada que surgió de la boca de Julieta la tomó por sorpresa, lo que provocó que mirase en su dirección, viendo que la chica asentía al mismo tiempo que cerraba el portón con un gran empujón, una ligera corriente de aire logrando que sus orejas y ropa se moviesen un poco.
—Me tomó años comprender tu punto hermana. Pero realmente no puedo decir lo contrario luego de la cantidad de idiotas con los que tuve que lidiar.
Las dos chicas caminaron amenas, compartiendo pequeños detalles de su día a día mientras saludaban y dialogaban con invitados y familiares por igual. La tensión que Judy no sabía poseía esfumándose rápidamente al notar que la totalidad de desconocidos presentes no poseían más que un interés superficial por conocerla, lo básico que la educación lago requería a la hora de conocer uno de los muchos hermanos y parientes de tu pareja. Charla amena, manos lejos del otro y una distancia prudente, el tipo de ambiente que Judy prefería.
Íntimo, pero más que nada, respetuoso.
Se había preparado para tener que lidiar con intentos de emparejamiento, una rutina usual en la familia Hopps en cuanto a miembros rezagados se trataba. Pero los chicos y chicas presentes parecían tener a lo mucho, un interés superficial en ella, sus intenciones claramente enfocadas en otros miembros de la familia, lo que era un alivio para la estresada coneja, sus instintos y sentidos al máximo, analizando cada esquina, cada entrada y cada lago presente, buscando señas de que algo estuviese por salir mal, de que las cosas se tornarían agresivas entre algunos de los presentes, acostumbrada a otro tipo de reuniones luego de años de vivir en la ciudad.
Emmet lamentablemente seguía evitándola como la plaga, y no importa qué dijese, nada podía disuadirlo de que no había regresado a la familia con tal de quitarle el lugar y negocio que con duro trabajo había construido. Es quizás por esto que luego de horas de fingir que escuchaba, de que disfrutaba del evento cuando no lo hacía, finalmente terminó en los aposentos de su hermana menor, escapando de las festividades y las continuas preguntas sobre su vida, prejuicios resaltando cada vez que confesaba que trabajaba y vivía en la misma residencia que un depredador. Los desconocidos tornándose más reservados, incluso hostiles ante cada respuesta.
—Cielos Judy, si no lo hubiera visto, no lo creo. Pero hacerte vieja te hizo más aburrida.
—Cállate…—, esgrimió sin mucha cadencia la coneja, arrojando una de las muchas almohadas contra Julieta, que se carcajeó ante el impacto, pero más que nada su reacción, sacando una ligera sonrisa en Judy.
Yaciendo allí frente a ella, July logró apaciguar su espíritu jovial, su sonrisa disminuyendo ligeramente, una señal de que finalmente tendrían una conversación seria, algo que había estado evadiendo.
—Ya se le pasará, Judy. Sabes lo cabezotas que Emmet puede llegar a ser.
Suspirando, la coneja se recostó de la pared, mirando a su hermana por un par de segundos antes de negar con su rostro.
—Tiene derecho a estar enojado, July. Sus miedos están bien fundados. ¿Sabías que este negocio fue concebido conmigo como administradora?
Asintiendo, la coneja café suspiró, sabiendo que las cosas todavía seguían más tensas de lo que deseaba.
—Lo sé, sé que está nervioso por tu súbito regreso, Judy. No sabes las cosas horribles que tiende a musitar cuando cree que nadie lo está escuchando, es desagradable—. Acostándose abruptamente, la chica miró al techo, pensativa—¸comprendo cuan inseguro se siente, pero después de tanto tiempo de pensar lo peor, estás aquí, viva, sana… con un pésimo gusto en machos.
—Nick no es mi novio, July. Es sólo mi arrendador y supongo que socio. Nada más.
—Sí, sí, lo has repetido hoy como treinta veces.
—Treinta y cuatro, Paul, el novio de Virginia parecía particularmente… lento.
—No seas mala, es un buen chico—, regañó July antes de carcajearse—. Pero sí, creo que quizás tiene algo de perezoso en sus genes…
Judy no necesitaba ser detective para ver que el súbito silencio de su hermana significaba que la incómoda conversación que tanto había temido estaba en camino, su pequeño suspiro resonando en el silencio que envolvió la habitación.
—Tienes un altar, ¿Sabes?
Tomada por sorpresa, Judy observó a su hermana, incapaz de comprender lo que había dicho, la chica volteando su cabeza en su dirección, sus ojos una mezcla de emociones que no podía identificar del todo, más sin embargo, sabía que era el inicio de una larga conversación.
—Papá realmente tomó tú desaparición muy mal, Judy—, comenzó la chica, que ahora dirigía su mirada nuevamente al techo, pensativa—: La forma en que discutieron… y luego desapareciste, rehusando a tener contactos con nosotros cambió mucho las cosas en la madriguera.
Judy no pudo evitar cerrar los ojos, sus parpados de pronto pesados, su estómago contrayéndose, haciéndole sentir un enorme agujero en su interior, su cuerpo deslizándose hasta que sus nalgas tocaron el suelo, sus fuerzas fallándole de pronto.
—Lo siento.
El silencio reinó por algunos minutos. Ninguna diciendo nada a pesar de que había tanto por decir.
—Por un tiempo, te odié, ¿sabes?—, eso por otra parte, tomó a Judy desprevenida, que alzó su cabeza en dirección de su hermana, orejas gachas y boca abierta con incredulidad, mirando de nuevo en su dirección, July suspiró antes de proseguir—: No comprendía por qué tus sueños y metas eran más importante para ti, que tu propia familia, ¿por qué una ciudad parecía poseer más valor que nosotros? tu pelea con papi sólo cimentó aún más ese rencor.
Judy observó sus manos, temblaban desproporcionadamente, su corazón fracturándose ligeramente ante lo que escuchaba y sin embargo, no dijo nada, dejando que Julieta soltase lo que debía decir.
—Pensaba, ¿por qué nos da la espalda, a nosotros, quienes la apoyamos todo el trayecto? ¿Por qué de pronto la opinión de un montón de desconocidos en esa estúpida ciudad tiene más valor que la nuestra? ¿Por qué? No dejaba de preguntarme esto, una y otra, y otra vez. Pero nadie parecía tener respuesta, y por más que llamaba, jamás contestaste. Así que saqué mis propias conclusiones, decidí odiarte y seguí mi vida adelante. Desdeñando a todos aquellos que todavía hablaban bien de ti, de lo lejos que llegaste, de lo hábil y atlética que eras.
Sentándose de golpe, July miró en dirección de la pared, cerrando sus ojos por un par de segundos, un suspiro emergiendo de su cuerpo antes de mirar en dirección de Judy.
—Fue entonces, cuando cumplí diecinueve que conocí a Vanessa. No sé qué me atrajo de ella, pero antes de saberlo. Pasé la mayoría de mi tiempo en la universidad tratando de conquistarla, de convencerla de que yo sería su pareja ideal si tan sólo me diese la oportunidad. Tras mucho insistir, logré que saliéramos y por un tiempo, todo parecía ser maravilloso, nuestros estudios avanzaban, nuestras familias nos aceptaban, creí que todo saldría de maravilla para variar. Pero, entonces… comencé a notar pequeñas cosas, pequeñas discusiones que al inicio no parecían tener ciencia o razón alguna.
Judy observó a su hermana, quien parecía observar al suelo, pensativa, inmersa en sus memorias de lo que quizás fue su primer amor.
—Tenía nuestras vidas completamente planeadas, ¿Sabes? Nos graduaríamos, abriríamos nuestro propio estudio de fotografía, contraeríamos matrimonio en la granja de sus padres. Iríamos a Hawái de luna de miel, adoptaríamos unos dulces conejitos y tendríamos una vida plena—, y de pronto, sus ojos se posaron sobre los de Judy, vidriosos y repletos de indescriptible dolor—: pero al parecer, ella no pensaba lo mismo. Con cada mes que pasaba, podía ver que algo en ella no estaba del todo conmigo, cuando podía encontraba una excusa para no visitarme o salir juntas, de pronto el sexo ya no poseía la misma pasión. La estaba perdiendo, y no sabía el por qué, de nuevo, alguien que amaba se me escapaba de entre los dedos, y no lograba entender qué demonios estaba sucediendo. Al final, tras meses de esquivar el asunto, estallé, le exigí una respuesta, que fuera sincera conmigo, si no me amaba, que si estaba con alguien más que al menos fuese lo suficientemente valiente como para admitirlo.
July cerró los ojos, una ligera carcajada emergiendo de su boca, llena de lástima y resentimiento.
—Y vaya que me dio una respuesta. Aún recuerdo su discurso, su rostro serio y la mirada de rencor en sus ojos. "Me asfixias, al inicio era bonito, incluso adorable que planificaras nuestra rutina. Lo acepté como parte de ti, algo con lo que tendría que crecer y acostumbrarme. Pero no, lo que te entrego jamás es suficiente, siempre debe ser a tu manera. Mi opinión no cuenta, salvo la tuya, mis sueños, metas y deseos reemplazados y superpuestos por los tuyos. No logro entender cómo puedes transformar tanto apoyo en control, pero de alguna forma lo lograste. Me vitoreas, me apoyas como nunca nadie lo hizo, pero está condicionado, ¿no es así? De pronto, si deseo algo de ti, necesito actuar de una manera en específico, seguir un lineamiento que tú ya has predeterminado. Hablas de charlar nuestros problemas, pero al final jamás me escuchas, dices apoyarme, dices creer en mí, pero la verdad Julieta Hopps, es que estás tan concentrada en ti misma y tus expectativas, que mis deseos jamás figuraron en tus planes…"
—July…
—Tenía razón, al final, luego de que se marchó y todo se hiciera pedazos. No hice más que pensar en lo ocurrido, en cómo actué, en lo egoísta que fui. Por días caminé por la madriguera, intentando descubrir qué hacer con mi vida, y fue allí donde tropecé con tu altar—, mirándola fijamente, en especial la confusión en el rostro de Judy, la coneja café carcajeó—. Nuestros padres transformaron tu habitación en un pequeño museo, y en el centro, donde solía estar tu cama se encuentra una enorme foto tuya, rodeada de velas y flores, un altar en tu memoria. Por horas, estuve allí, sentada mientras observaba tu rostro, y caí en cuenta. ¿Es eso lo que te pasó? ¿Es así cómo te sentías con papá y mamá? Asfixiada, ¿agobiada por un apoyo que parecía condicionado?
Judy suspiró, antes de asentir.
—En parte, siempre hubo estas pequeñas agresiones de parte de papá y mamá, "Oh, tío Lucas no aprobará de eso, Judy-dudy." – "Tu hermana tiene un novio tan guapo, y una enorme madriguera, Judy, ¿Por qué no le das a Tobías Leap un chance? Te puede ofrecer un gran futuro si le das la oportunidad." – "Tu trabajo no es apropiado para una coneja, Judith, regresa a casa, olvida la ciudad y regresa con nosotros."
El silencio apremió por varios segundos, Judy lamiéndose sus resecos labios, intentando encontrar las palabras apropiadas para continuar:
—Era sutil, pero era obvio que esperaban que si fallaba en mis metas. Que si no conseguía lo que deseaba, entonces debía olvidarlo todo, regresar a la granja y formar una familia.
July asintió, antes de sonreír con algo de auto-desprecio.
—Fue allí que comprendí que te alejó, Judy. Alguien tuvo que restregarme en el rostro mis manipulaciones para comprenderlo, pero finalmente lo hice. Obtuve mis respuestas a costa de perder a la hembra que amaba. Fue entonces cuando decidí venir a Zootopia, necesitaba alejarme de las madrigueras, de la constante presión de encajar en su sociedad y sus reglas, de la sutil coacción por que cumpliera mi propósito. Tenía que alejarme de allí, Judy.
Judy asintió, comprendía mejor que nadie a su hermana, sin embargo.
—Lamento que hayas pasado por eso, July.
—Yo no, Judy, lo que viví me abrió los ojos a una realidad que me era imposible de ver. Tienes que saberlo, Judy, ¿todos los que estamos aquí? Somos los Hopps que no se conformaron al molde que mamá y papá esperaban, Emmet sólo tiene ojos para sus números y sus gadgets, este negocio es su vida, su todo. No tiene intención de formar familia alguna, Emily y Perla no desean salir embarazadas, John es asexual, Virginia es promiscua, y yo pues… sólo quería alejarme por un tiempo. Todos los que estamos aquí rompimos la tradición de las madrigueras de una forma u otra. Este edificio se convirtió en nuestro refugio contra el mundo… que hayas regresado sacudió esa seguridad, pero no implica que no te deseemos aquí con nosotros, Judy.
Levantándose, July caminó rumbo a su hermana, sentándose a su lado, reposando su cabeza en su hombro como solía hacerlo de niña.
—Aún esperan tu llamada, Judy. No son los mismos de aquel entonces, así como yo, tuvieron que perder a varios de sus hijos en la ciudad para comprender qué algo estaban haciendo mal—. Sujetando su mano, la coneja café suspiró antes de agregar—: Cómo tú, cometieron errores, sólo te pido que les des una oportunidad, que los escuches, y les permitas escucharte…
Judy sólo asintió, ojos empapados por completo, era hora de que finalmente enfrentase a sus padres.
— ¿Estarás allí conmigo, July?
Sacando el teléfono, la coneja café apretó su mano, marcando el número de sus padres.
—Lo estoy, hermana. No estás sola, ya no más.
