La inspección, como Judy esperaba, no parecía ser algo que estuviese yendo del todo bien, en especial gracias al trato que estaban recibiendo. El examinador, una cabra de estirada postura y belicosa conducta parecía empecinado en hacer del procedimiento lo más doloroso posible, críticas, desdén y apenas contenido desagrado en su postura, su entonación y la fuerza de sus pasos. No quería estar aquí, eso era obvio. Más sin embargo, para desgracia del rumiante éste no era el primer rodeo de la coneja, sabía la rutina, conocía íntimamente los procedimientos y lineamientos mínimos para ser aprobados, y sabía que excedían el mínimo requerido. Quizás no por mucho, la paranoia de ser contactada por el buffet disparó la necesidad de la inspección mucho antes de lo que ella o cualquiera de los involucrados deseare.
Pero bien había aprendido que la vida, al igual que Zootopia, pocas veces te otorgaba las cosas como lo deseabas.
Judy observó a su compañero, postura relajada y rostro impávido. A primera vista el vulpino parecía la imagen de alguien despreocupado con la vida, incluso relajado. Pero la esponjosidad en su cola, a la vez que un ligero temblor en la misma, indicaba que estaba tenso, preocupado.
Finnick por otra parte, no dejaba de mirar a la cabra, sus ojos entrecerrados y una mueca de desdén y cólera apenas contenida, dando la imagen de que el pequeño zorro pronto saltaría encima del inspector.
Quizás por eso fue que el rumiante finalmente decidió ponerle fin al asunto.
—Si por mi fuese, este lugar estaría clausurado, y todos ustedes trastocados estarían en la prisión como merecen. Pero por desgracia, conozco a los de tu tipo, Finnick, y peor aún, sé que si no apruebo esta inmundicia de lugar, mi superior de pronto enviará a alguien más y mis credenciales súbitamente estarán bajo lupa.
Incluso la forma en que escribía delataba enojo, desagrado. Era obvio que alguien le había retorcido la cola antes de venir al lugar, y Judy estaba más que segura de que el sujeto se encontraba entre la espada y la pared.
—Haz tu trabajo, Robertson. Para eso estás aquí, si quisiera sermones buscaría a un pastor.
Judy alzó una ceja ante el comentario del feneco, en serio dudaba de que el sujeto fuese religioso en lo absoluto, no era algo que el macho destilase, pero cosas más extrañas había vislumbrado en Zootopia, por otro lado, algo que había aprendido a reconocer enseguida era a un fanático, a un moralista que estaba fácilmente ofendido por que las cosas no estaban yendo como lo deseaba. Y Robertson obviamente, no estaba de buen humor gracias a ello.
La cabra miró en su dirección, sus ojos entrecerrándose, una mirada maliciosa que destilaba asco fue dirigida específicamente a ella. Finalmente dándole a entender que se encontraba frente a uno de esos mamíferos. La clase que odiaba que las especies se entrejuntasen, obviamente estaba ofendido por su relación con los zorros. Quizás sacando una innumerable cantidad de incorrectas suposiciones en cuanto a qué tipo de relación existía entre ellos. Más sin embargo, la coneja no dijo nada.
A los ignorantes, se les ignora. Ya intentó en el pasado hacerles cambiar de opinión, y la única que terminó desgastada fue ella. Viviría su vida como a ella le plazca, no bajo los lineamientos arcaicos de desconocidos que se sentían con el poder de dictaminar cómo debía vivirla.
—Este sitio apenas alcanza los lineamientos requeridos, y a pesar de mis reservas, debo emitir una aprobación del mismo. Sin embargo, cabe notar que una inspección mensual será asignada con tal de asegurarse de que las instalaciones hayan no sólo mejorado en calidad, sino que los alimentos producidos se encuentren en perfectas condiciones.
Con una mueca de desagrado, el inspector entonces procedió a hacerles firmar las formas, finiquitando el procedimiento. Alegría consumiendo a la coneja de súbito cuando el zorro rojo recibió la aprobación, impulsivamente dejándose llevar por la emoción, saltando hacia el vulpino y antes de que pudiese comprender lo que sucedía, le había abrazado, dando pequeños saltitos de alegría, riendo no sólo por su sorpresa, sino el hecho de que sus acciones habían roto las defensas del macho, su rostro ahora portando una enorme sonrisa, al igual que su cola, que ahora se remecía de un lado al otro, una clara muestra de que como ella, Nick estaba contento con lo ocurrido.
—Depravados—, comentó la cabra, antes de otorgarle un último papel al ahora sonriente Finnick, marchándose de allí con una larga lista de improperios y denigraciones en su boca.
— ¿Qué mosca le picó a ese sujeto?—. Preguntó Judy, aún sujeta al zorro rojo, sus ojos observando la espalda de la cabra con desgano. Sorprendentemente el feneco decidió responder a su pregunta.
—Sólo es la clase de mamíferos que piensa que un pequeño porcentaje de la población debería estar encerrados, y lejos de lo que sea él considera civilización—. Esgrimió el feneco, sus ojos jamás dejando la forma que yacía en sus manos, probablemente buscando alguna inconsistencia que el rumiante haya decidido pasar por alto—, es uno de esos idiotas que se cree todas esas patrañas de superioridad herbívora, que su estirpe está siendo no sólo degradada sino también, vilipendiada al ser obligados a convivir con otras especies.
—En pocas palabras, es un idiota.
Judy se carcajeó cuando escuchó a Nick denigrar al especista, su definición dejando en claro los pensamientos que cruzaban por su cabeza. Sus manos apretando la cintura del zorro una vez más antes de dejarlo ir, una gran sonrisa en su rostro, sus ojos puestos enseguida en la forma que el vulpino sostenía en su mano.
—Si hay algo que la ciudad me ha enseñado, es que los mamíferos jamás dejarán de sorprenderte con su hipocresía e ignorancia. Pero, al diablo con el sujeto, ¿Qué dicen si esta noche celebramos a lo grande? Cervezas, comida a la parrilla, todo el paquete.
—Suena increíble, Zanahorias. ¿Pero por qué a la noche? ¿Piensas ir a algún lado?
La coneja posó sus manos sobre su cintura, sonriéndole al curioso zorro rojo antes de finalmente guiñarle un ojo.
—Iré a mi cama galán, tengo una cita con una guapa almohada por la que confieso, tengo deseos de encontrar nuevamente. Ah, ah, ah. Si lo que va a salir de tu boca tiene algo que ver con querer acompañarme, primero debes invitarme a salir, guapo. No soy una coneja fácil.
Riendo ante la expresión del sujeto, Judy partió de allí, pequeños saltitos en su andar que no podía evitar, habían pasado a duras penas, y sospechaba que hubo algo de presión de las familias sobre todo el asunto, pero poco le importaba. Las cosas finalmente le estaban saliendo bien en la ciudad. Se dio la vuelta, caminando de espaldas al presentir la mirada de los zorros sobre ella.
—Ojos en el campo, caballeros. Es de mala educación mirar así a una dama. En todo caso, les dejo la tarea de recolectar las verduras. Estoy segura de que mis fuertes y cabríos machotes podrán solitos contra las malvadas hortalizas. Si lo hacen bien, prometo que en un par de horas compraré las cervezas, al igual que algunos filetes de tofu e insecto para hacer a la parrilla.
Finnick que parecía sorprendido por su atrevimiento, le regaló un dedo medio por sus problemas, su risa pronto transformándose en una carcajada una vez se adentró en los edificios, sus orejas apenas escuchando al feneco reprochar:
—No es lo mismo que Minerva mi peluda cola…
