Azotando la puerta trasera de la camioneta, Judy no pudo evitar el gruñido de frustración que emergió de su garganta, ofuscada por la experiencia que acababa de vivir.
—Ese grandísimo hijo de…—, respiró profundo, intentando no perder la poca paciencia que le restaba, no sería justo terminar discutiendo con los chicos por algo que no era su culpa.
La alegría de la aprobación se había desaparecido, ahora reemplazada por una cólera que no podía expresar a gusto.
—Así son las cosas cuando eres un zorro, Pelusa—. Esgrimió Nick desde el asiento del pasajero, dándole la espalda, obviamente no deseando que observase su rostro—, así son las cosas.
Judy frunció el ceño, ¿Habían llegado tan lejos sólo para detenerse así no más? ¿Incapaces de vender sus productos porque nadie parecía dispuestos a comprarlos?
—No es justo.
—Así son las cosas en la ciudad, orejuda—, repitió Finnick desde el asiento del conductor, sus manos firmes en el volante—. Siempre lo han sido.
No podía negarlo, era algo que era difícil de no ver luego de haber experimentado por años el desdén que la tan llamada cuna de la tolerancia podía aportar por parte de sus ciudadanos. La coneja suspiró, mirando las cajas de verduras que no habían podido vender en establecimiento alguno, ninguno confiando en la calidad o legalidad del producto, sólo por que provenía de un par de zorros y una coneja.
Habían logrado vender toda la fruta a una heladería, no era una pérdida total, pero la familiaridad del dueño dejó en claro que allí había confianza que claramente no poseían con los demás negocios.
— ¿Cuánto tiempo tardaríamos en conseguir un permiso para un estante propio en el mercado?
La falta de respuesta de Finnick fue preocupante, el feneco hasta ahora siempre había sido claramente vociferante incluso cuando aparentaba desinterés.
—Meses, quizás un año.
Y tras escuchar eso, Judy no pudo más que cerrar los ojos, consumida por la impotencia. Era demasiado tiempo, y no poseían los medios para conservar las verduras que habían cosechado, no ante la cantidad que habían colectado, el excedente sobrepasando sus despensas más allá de lo que llegaron a creer posible.
Si no vendían el producto en un par de días, era obvio que obtendrían una pérdida considerable de dinero de la cual no estaban del todo seguros podrían recomponerse.
—Tal vez mañana—, comentó Nick, procurando la atención de sus oyentes—. Aún nos queda la opción del mercado libre, tendremos que vender más barato, pero toda ganancia es preferible a la pérdida total. Sólo que…
—Sólo que debemos estar lejos del producto—, comentó Finnick, gruñendo ligeramente antes de asentir, sorprendiendo a Judy en el proceso—. Nuestra presencia estropeó todos los contratos tan pronto se dieron cuenta de que estábamos involucrados.
Escuchar eso resultó más doloroso de lo que Judy pudo admitir. Había estado sometida a prejuicios toda su vida, parte de ella llegó a pensar en algún momento en que no había especie más menospreciada que los lagomorfos, y sin embargo, aquí estaba, al lado de un par de zorros que obviamente no tenían mucho que envidiarle en el área.
Y ese era el caso, a la hora de comprar alimentos, los mamíferos eran quisquillosos, incluso pendencieros. El mercado no era un terreno fácil, no cuando tenías competencia a diestra y siniestra, cada uno de ellos intentando lo mejor para opacarte y si es posible, llevarte a la quiebra, eliminando competencia que de otra forma les arrebataría ganancias. Ella bien lo sabía, conocía lo difícil que iba a ser la situación al ser básicamente recién llegados en un área que no sólo desconocía la calidad de sus productos, sino cuan confiables podían ser.
Pero estúpidamente pensó que todo eso podría ser obviado ante el importante detalle de que sus productos contaban con una frescura que ningún otro vendedor podía presumir.
Frunció el ceño, no había llegado tan lejos como para rendirse así tan fácil.
—Creo que puedo lograrlo, me sorprende más que confíes tu camioneta conmigo, Finnick.
El feneco sólo levantó las cejas, para luego claramente alzar los hombros con desdén antes de encender el motor.
—Mientras la regreses en buenas condiciones y con el tanque lleno, no tendremos problemas, Hopps.
Asintiendo, Judy admitió que podía hacer eso, no era su primera vez detrás de un volante. Sin embargo, tenía algo más que añadir.
—Oye, Finnick. Entre todos esos permisos que lograste conseguir, ¿por casualidad conseguiste la capacidad de venta directa en nuestro terreno, cierto?
Orejas alzadas en curiosidad, el feneco asintió, ojos abriéndose de par en par en conjunto con los de Nick, que ahora finalmente volteaba a mirarla, sorpresa rápidamente cambiando en picardía, lo que hizo que Judy sonriera de igual forma hacia los vulpinos.
—Algo me dice que vamos a encontrar… dificultades en el área. Y comprendo que tendremos que ganarnos la clientela. Pero nadie dijo que teníamos que vender en el mercado, ¿Cierto?
Finnick asintió, una pequeña sonrisa esbozándose en su rostro.
—No serán las mejores de las ganancias, pero la reputación que obtendremos vendiendo mercancía de calidad a precios razonables en una de las comunidades con menos recursos en toda la ciudad, hará maravillas por elevar nuestra reputación. Vaya, vaya, considérame impresionado, Hopps. Golpearemos el mercado por un área en la cual nadie se ha atrevido a explotar—. Mirando por el espejo retrovisor, el pequeño feneco no pudo evitar añadir—, ¿Estás segura de que no tienes algo de vulpino en tu sangre?
Sonriendo de vuelta, Judy simplemente entrecerró los ojos.
—En lo absoluto, Finnick. Es sólo que esta coneja no está dispuesta a seguir dejando que los ignorantes definan su vida. ¿No quieren comprar nuestros productos? Bien, llevaremos nuestros productos a quienes realmente importa, a los clientes. Ya veremos qué dicen esos idiotas cuando sus ventas de súbito se vean afectadas.
Dicho eso, golpeó la madera de un contenedor dos veces, antes de agregar un último comentario.
—Mientras ustedes esparcen las buenas nuevas por la comunidad, yo venderé en el área libre. Veamos si lo que ocurrió hoy es producto de sana competencia, y carencia de plazas, o la manipulación de terceros. ¿Eh, chicos?
No supo el por qué, y quizás era producto de estar viviendo por meses al lado de un par de depredadores, pero la sonrisa en su rostro mostraba quizás más dientes de lo que jamás llegó a hacerlo con anterioridad.
