Los prejuicios, Judy notó, eran algo que no importase quien fueses, siempre cargarías contigo. La sociedad se esmeraba en pintarte un cuadro, una idea de cómo eran las cosas. En libros, películas, canciones, constantemente escuchabas lo que la sociedad pensaba unos de otros ya sea de forma positiva o negativa.
Y ella, ciertamente, no era la excepción a la regla.
Tenía que admitir que había crecido mucho de quien llegó a ser cuando apenas era una neófita en la metrópoli, sus prejuicios mucho más asentados en ella de lo que jamás llegó a pensar, la mayoría de ellos sustentados por miedos e ignorancia. Otorgándole malos ratos en más de una ocasión, aprendió, se adaptó y continuó.
No obstante, en estos momentos le era particularmente difícil desechar viejos conceptos e ideas. En especial cuando los chicos finalmente habían decidido confiar en ella y llevarla ante alguien que muy claramente era un enlace con la mafia.
No importa cuánto intentase despejar su mente de viejos prejuicios e ideas, siempre regresaba al mismo concepto que la cultura popular tenía plasmado sobre el asunto. No podía evitar pensar en la escena clásica de las películas, el don detrás de su asiento, rodeado de guardaespaldas mientras lidiaba contigo en un tono grave, decepcionado. Como el de un abuelo que reprime a un mal portado nieto, con un castigo a menudo mucho más letal que un simple reproche.
Y, en cierto modo, la realidad era quizás símil a esa escena, pero también tenía que admitir que las cosas eran más complejas de lo que la ficción pintaba, y que llegar a la casa de Raymond con sus prejuicios brillando a todo dar sería contraproducente para sus planes a largo plazo.
La conversación sobre Duke había dejado más preguntas sin responder, que respuestas. Su envolvimiento podría representar muchas cosas, ninguna de ellas algo positivo. Por lo que con algo de reluctancia, ambos vulpinos decidieron que quizás era hora de conseguir contestaciones competentes.
—Relájate Pelusa, vas a acalambrar tus orejas si sigues usándolas así.
La voz de Nick le tomó desprevenida, sus ojos saltando al frente de la van, orejas ahora erguidas, el ligero ardor indicándole que había estado quizás, telegrafiando su preocupación por medio de gesticulaciones involuntarias, por lo que suspiró, relajando los músculos de sus orejas, dejándolas caer detrás de su cabeza con un no tan sutil suspiro.
—Lo siento.
—Calma, es sólo información, no serás inducida a la familia, o inmiscuida en asuntos desagradables, mucho menos recibirás ofertas difíciles de rechazar—, bromeó el zorro, orejas relajadas y mirada al frente, Judy no necesitaba verle el rostro para saber que esbozaba una sonrisa—. Ray es un sujeto agradable, que tiene la particularidad de tener sus garras y orejas muy cerca de los rumores de la calle.
— ¿Un informante, entonces?
—Es mucho más que eso, Zanahorias, pero para hacer de esta discusión algo breve. La respuesta es sí.
Judy no preguntó más, comprendiendo que quizás no debería zambullirse de lleno a querer saber más sobre este mamífero en particular, no obstante:
— ¿Alguna razón por la que haya insistido vernos en privado?
Esta vez notó que ambos zorros la observaron por medio del espejo retrovisor, cejas alzadas y expresiones ligeramente incrédulas en sus rostros, como a la espera de que cayese en cuenta de lo que acababa de decir.
La coneja sólo frunció el ceño ante la reacción, estaba perdiendo un punto importante. ¿Qué podría ser lo que se estaba saltando por alto? Y fue allí cuando cayó en cuenta, las llamadas podían ser interceptadas y empleadas en contra. Y considerando que no sabían con quién trataban en específico, mediar algo tan importante como información sobre otros mamíferos de interés en un medio poco confiable era una locura.
—Oh.
No necesitó decir más, asintiendo tras comprender su error, y hacer una mueca de que cerraba su boca y arrojaba la llave, logrando calmar al par de vulpinos en el acto. Su mente cayendo en cuenta de que años atrás jamás habría aceptado este tipo de eventualidades, habría estado indignada, horrorizada, incluso llegó a pensar que de haber sido contratada como policía y estuviese frente al jefe de una familia, sería tan crédula y estúpida como para esgrimir su placa y esperar a que el villano se doblegase ante ella, una firme representante de la ley.
Suspirando, e ignorando lo pretenciosa que solía ser años atrás, Judy contempló el rumbo que su vida de pronto había tomado. Sus cavilaciones tomando quizás más tiempo del que llegó a imaginar, porque antes de que lo supiera, habían llegado y la realidad de toda esta encomienda de súbito se posó sobre sus hombros.
Parte de ella esperaba un batallón de mamíferos bien armados, una reunión en un galpón abandonado, lejos de la sociedad, donde nadie pudiese escuchar gritos y disparos si algo saliese mal. Esperaba encontrar muchas cosas que denotaran poder.
Y lo que encontró fue una casa familiar, con un niño jugando alegre en el patio delantero, demasiado ocupado esculpiendo un muñeco de nieve como para notar que había invitados. Nick aclaró su garganta, llamando la atención del chico, que miró en su dirección, antes de sonreír abiertamente.
— ¡NICK!
— ¡Xavier! No, no… ¡nada de abra-URK!
Judy carcajeó al ver a Nick estrujar para salirse del férreo agarre del efusivo osezno, gritos de euforia uniéndose a las plegarias de Nick por ser liberado.
—Hijo, romperás a Nicky por la mitad si sigues así…—, agregó entonces una nueva voz, mucho más grave y familiar, los ojos de la coneja cayendo de inmediato sobre el inmenso oso polar que atendía la heladería donde vendieron los pocos frutos con los que laboraban. Su paso lento, agraciado, una ligera sonrisa en su rostro al ver lo que ocurría—. Conoces las reglas, dos segundos de duración. Bájalo, hijo.
Con una mueca de tristeza, el osezno bajó al aún alterado zorro, que respiraba profusamente, intentando recuperar el oxígeno que había perdido tras la muestra de afecto, su mano acariciando su espalda en un vano intento de apaciguar el ardor en su columna.
—Un gusto verte, Ray.
—Bah, te mereces todo un minuto por no venir a visitar a tu ahijado más a menudo, Nicky. Pero, eso será para otro día, vengan, vamos adentro… Susan preparó suficiente Borscht para todos los presentes—, dicho esto, el inmenso mamífero viró en dirección de la casa, jamás mirando en dirección de Judy por más de dos segundos, que decidió simplemente omitir ese detalle, almacenándolo en su cabeza para inquirir después.
La casa distaba mucho de ser una base de operación, dando a relucir que realmente eran los aposentos del sujeto, paredes atiborradas de pinturas y fotografías, al igual que implementos de tamaño apropiado para los habitantes, el suelo estaba forrado con una madera oscura, de un color carmesí que jamás había vislumbrado antes, contrastando enormemente con las paredes pintadas de un azul cielo.
— ¡Nick! ¡Hey, Nick!
—Dime, Pelusa.
— ¿Qué diantres es Borscht?
—Sopa de remolacha.
Judy asintió al escuchar esto, ligeramente aliviada de que no tendría que hacer tripas corazón y comer un plato completamente carnívoro, había intentado expandir su dieta en más de una ocasión, en especial con pescado, que podía ser ridículamente más barato que algunas verduras en la ciudad, pero no había salido muy bien parada de toda la experiencia. El desagradable evento marcando así un fin a su curiosidad gastronómica.
—Usualmente tiene pescado, pero también se le añaden otros ingredientes. En este caso, lo único añadido es puré de tomate, señorita Hopps—. Respondió Raymond unos pasos más frente a ellos, entrando en lo que parecía ser una inmensa cocina, donde una osa polar ponía los últimos detalles en la mesa—, Nicky nos avisó de su presencia, señorita. Así que decidimos apostar por algo más apropiado a su dieta.
La coneja asintió, en serio agradecida de que hayan decidido omitir el pescado, viejas memorias amenazando con resurgir, que rápidamente supo contener tras una sonrisa.
—No se hubiese molestado, señor Raymond. Quien sabe, tal vez habría cambiado mi opinión con respecto al pescado.
Alzando una ceja, el oso la observó por algunos segundos antes de sonreír.
—Je, es una coneja muy inusual, señorita. Admiro eso.
La comida, la coneja encontró, no estaba del todo mal. La sopa era sorprendentemente espesa, su sabor como nada que hubiese comido con anterioridad, al punto en que quizás necesitaba saber cómo reproducirla con tal de poder comerla en ocasiones especiales en su departamento. No obstante, por ahora no era el momento.
La conversación en el lugar era amena, era obvio que Raymond no deseaba que discutieran nada con respecto a Duke en frente de su familia, por lo que los temas se mantenían fijos en menudencias del día a día. Susan, por ejemplo, resultó ser una genetista que solía enseñar en la universidad de Zootopia, su equipo estudiando más a fondo las causas por las cuales sólo los mamíferos parecían haber desarrollado sapiencia, mientras que otros animales parecían cambiar poco desde tiempos inmemoriales.
Sus orejas erguidas en atención cuando el oso decidió comentar experiencia tras otra sobre Nick, que parecía avergonzado de estar siendo sometido a tanto escrutinio.
—Entonces, allí estábamos, buscando al pequeño cretino. Sólo para apartar los arbustos, esperando encontrarlo en medio del lago, patinando a sus anchas, ¿Y qué encontramos? A un pequeño zorro con los pantalones abajo, cola completamente congelada, y estornudando como si no hubiese un mañana, un agujero en el hielo rebelando que Nicky había caído de cola en las gélidas aguas…
El gemido de agonía que emergió de Nick apenas podía ser percibido tras las oleadas de risa y carcajadas que inundaban el lugar, la casa sintiéndose cálida en la atmósfera familiar a pesar de que las temperaturas eran quizás más bajas de lo que Judy estaba acostumbrada, sus ojos goteando algunas lágrimas, mirada puesta en Wilde, a sabiendas de que usaría eso en su contra en un futuro venidero.
Raymond levantándose, esgrimiendo que todavía conservaba una foto del evento, lo que parecía disparar al zorro rojo.
— ¡NO! Digo, Ray, ¿No le harías eso a un viejo amigo, cierto?
El oso masajeó su mentón, pensando bien lo que tendría que hacer, antes de agregar.
—A un amigo, no, no se lo haría. ¿Pero a mi aprendiz? Oh, ese es otro asunto. ¿Uno que quizás tengamos que discutir en la privacidad de mi oficina?
Y así, de súbito, Judy podía sentir la narcolepsia producto de un estómago lleno evaporarse de su cuerpo, su atención ahora de lleno puesta en el oso, finalmente notando que su esposa y su hijo de pronto habían abandonado las inmediaciones en medio de la algarabía. Judy observó a los vulpinos, sus ojos de inmediato enfocándose en Nick, su postura tensa y orejas gachas, el zorro estaba aprehensivo, sus ojos cruzándose con los suyos por un par de segundos, antes de que un ligero asentir de la coneja le diera el visto bueno.
—Me parece buena idea, Raymond. ¿Por qué no nos guías?
El camino hasta la oficina no fue largo, quizás apenas unos metros de donde estaban ubicados, pero con cada paso que otorgaba, Judy no podía evitar sentir la aprehensión asentarse en su estómago como un saco de plomo. De pronto, la fantasía de la cultura popular ya no parecía tan lejana de la realidad, la forma en que se movían, la distribución del despacho, todo gritaba a todo pulmón "mafia, mafia", y allí estaba ella, quien en otrora habría luchado contra semejante agrupación, adentrándose de forma voluntaria en la misma.
Una mano sobre su hombro la sacó de sus ponderaciones, su mirada alzándose para encontrar a Nick, sus ojos mirándola firmemente, una sonrisa en su rostro. La coneja observó al vulpino, nariz temblando un par de veces, antes de finalmente calmarse, la chica cerrando sus ojos y respirando profundamente para calmar el ritmo de su corazón.
No sabía dónde o cuando le había tomado tanta confianza a Nick como para que un simple gesto calmase sus nervios, pero estaba agradecida por ello.
Al adentrarse, Raymond ya se encontraba detrás de su escritorio, charlando con Finnick, quien se encontraba en una enorme silla claramente diseñada para alguien mucho más robusto que el pequeño feneco. Los enormes ojos café del oso rápidamente posándose sobre ellos, la conversación entre el dúo de pronto deteniéndose ante su entrada.
—Nicky, me has dicho que tienes problemas en el mercado, ¿cierto?
—Sospechamos, Papá-oso, sospechamos.
Judy observó de soslayo al zorro, era obvio que la forma en que habló tenía un significado que ella desconocía, porque el sujeto pareció relajarse tan pronto el vulpino terminó.
—Información entonces, bien, bien, de esa tengo por montón, me hubiera roto el corazón si me hubieses llamado Koslov nuevamente… conozco a muchos de esos mamíferos, una traición a la familia no es algo para tomar a la ligera.
Dicho eso, el enorme oso observó a Judy, quien no apartó su mirada de la inquisidora vista del úrsido. Finalmente encontrando lo que sea que buscaba, asintiendo plácidamente.
—Estoy al tanto de que la charla te incomoda, conejita, conozco de tus metas, conozco de tus ideales, pero creo que tu tiempo en la ciudad te ha enseñado que hay áreas en las que la policía se rehúsa por completo a ejercer ley alguna—, cerró los ojos, ponderando cómo continuar la conversación, sus grandes manos ahora posadas sobre la superficie de su escritorio—. Que el sistema dista de la perfección que se clama a todo pulmón desde los edificios gubernamentales… tantos mamíferos, tantas culturas e idiosincrasias son la fórmula para el desastre si no es lidiado con la caución apropiada.
Abriendo sus ojos, Raymond observó a los tres mamíferos, analizando qué tan rápido asimilaban la información, sonriendo ligeramente al ver que nadie había quedado atrás.
—El gobierno espera que sus sujetos obedezcan sus dictados, incluso por encima de sus propios deseos y cultura. Creen que con discursos bonitos y buenos deseos las personas de súbito amalgamarán sus creencias en una sola. Aquellos que están al mando esperan que la unificación ocurrirá en cuestión de años, ignorando que ha tomado centurias llegar hasta donde estamos y aun así, seguimos denigrándonos por nuestras diferencias.
Dicho esto, el oso retrocedió, reposando su enorme cuerpo en el espaldar de su sillón, que rechinó en ligera protesta antes de asentarse.
—Y ese es el meollo del asunto, Zootopia es una ciudad enorme, repleta de distintas especies y razas con sus propias ideas de qué es o no apropiado. Y he allí donde entran las familias, señorita Hopps. Ignorados como insignificantes por su tamaño, los diminutos han sido siempre subestimados por la mayoría, Rodencia es una bella jaula en medio de la ciudad, donde la ley no puede ingresar por temor a causar estragos y pérdidas de vidas. Y si la policía se rehúsa a contratar a una talentosa chica como tú, por ser pequeña, ¿Cuál crees es la reacción ante la idea de una unidad conformada por diminutos?—, viendo el ceño fruncido en la fémina fue respuesta suficiente para que continuase—. Las familias son el método por el cual la población diminuta logra imponer la ley en su población, Hopps. No diré que es un sistema perfecto, deja muchas aberturas para el abuso, pero, habiendo vivido bajo el yugo de los medianos, ¿Puedes clamar que su sistema es más puro, más eficiente?
Viendo que no hubo respuesta alguna, finalmente prosiguió.
—El mercado a pesar de ser visitado por gran cantidad de pequeños y medianos, es una zona predominantemente para los diminutos, señorita Hopps. Es una zona que muchos han olvidado está sometida a la ley de las familias. Una zona neutral donde la policía no se adentrará bajo el riesgo de romper un frágil cese al fuego entre las comunidades diminutas, y las medianas. En especial luego de que quedara más que claro que la economía de toda la metrópolis se encuentra en manos de roedores y otras especies diminutas.
Mirando en dirección de Nick, el úrsido observó a su antiguo aprendiz, antes de ordenar:
—Debes llevarla a la ciudadela, Nicky, ella debe ver lo que yace detrás de los quioscos, en especial si planean obtener su propio local en el área.
El aludido asintió, ganándose una ligera sonrisa de parte del oso por sus problemas, antes de que la jovialidad desapareciera del mismo.
—Todo este discurso tiene un propósito, señorita Hopps. Y la razón es que si bien la familia Big posee parte del control de la zona, no son los únicos con un amplio interés en el lugar. Medianos de distintas clases sociales han estado volviéndose cada vez más agresivos en la adquisición de plazas comerciales en el área. Las tensiones están en alza, y nadie sabe quién será el primero en cometer un error—, observando a la coneja, Raymond no titubeó—. Es entonces, cuando nadie menos lo esperaba, que aparece una nueva facción, un nuevo grupo que de pronto tiene una ventaja que nadie más posee en la zona.
Judy asintió al escuchar eso, presumía que parte de lo que estaba ocurriendo con ellos era, quizás, porque un grupo rival no estaba del todo complacido por la facilidad con la que podían bajar sus precios al no tener que pagar extra por transporte de los pueblos aledaños a la metrópolis, que impedía que pudiesen bajar más sus precios de los ya establecidos, sin incurrir a perdida.
—Entonces Duke está obrando bajo órdenes de alguien.
—Efectivamente, señorita, pero al ser una zona neutral, le puedo asegurar que no es una de las tres familias, por lo que sé, están esparciendo distintos rumores sobre la calidad de sus productos, ¿Con qué objetivo en específico? Todavía no tengo idea, pero lo que sea que sea, lo averiguaré, mientras tanto, Nicky. Creo que por ahora lo mejor que puedes hacer es suplir los negocios afiliados a las familias con tal de disminuir las tensiones.
Viendo que tanto el zorro como la coneja estaban por protestar, el oso levantó la mano para interrumpirles.
—Sus productos son frescos chicos, mucho más de lo que cualquier otro puede presumir, surtir a los restaurantes de las familias y no fallar en el proceso les dará renombre, no significa que vuelven a nosotros, al menos no como algunos querrían, pero implica tener clientes seguros que quien sea que esté detrás del saboteo no podrá intimidar con facilidad, tal como lo hacen con los compradores en el mercado libre.
Viendo que los mamíferos ante él ponderaban lo dicho, agregó:
—El mercado al aire libre ya demostró ser una zona hostil para ustedes, no sin la protección adecuada de la ciudadela. Por ahora, han logrado mantener sus ganancias al vender directamente desde su local, pero si desean expandirse, necesitarán vender parte de su mercancía a un mayor precio del que sus vecinos y aledaños pueden permitirse. Los restaurantes y comederos pagarán buena plata por vegetales frescos.
Judy rápidamente observó que Nick no estaba del todo seguro, en especial porque sabía que aceptar esta idea conllevaría más presión, y menos producto que vender en el local. Por lo que antes de que supiera lo que hacía, la coneja tomó su mano, un gesto que sabía no pasó desapercibido por los demás presentes, más sin embargo ignoró la atención que esto procuró sobre ella.
—Podemos hacerlo, Nick. Hemos trabajado duro, es una oportunidad que no podemos desperdiciar—. Viendo que sus dudas parecían esfumarse ante su apoyo, ella prosiguió—: No significa que abandonaremos a la gente de bajos recursos que nos salvó el pellejo, sólo tendremos que distribuir mejor nuestra producción y podremos surtir ambos sin sacrificar al otro.
Nick la observó, incrédulo por algunos segundos antes de asentir, mirando de frente al úrsido, sonriendo confiado.
—Creo que es una idea de mérito…
Judy asintió, realmente era una idea que no podían desperdiciar. No obstante, traía consigo consecuencias y ramificaciones para las que ninguno de ellos estaba completamente preparado para lidiar, por lo que con un apretón, llamó la atención del zorro, antes de soltar su mano.
—Nick, ¿Me permites?
Observándola por un par de segundos, el vulpino asintió, antes de dejarle el don de palabra ante un úrsido que parecía entretenido ante lo que vislumbraba.
—Señor Raymond. Su oferta es… increíble, ciertamente. Pero me temo que hay un pequeño problema con ella—. Comentó Judy, viendo en dirección del oso, mientras ignoraba a los vulpinos—, trabajar para surtir a los restaurantes es algo que no podemos dejar pasar, pero si tomamos esta oferta, tendremos que sacrificar las ventas en el local, porque la realidad es que por más que trabajemos duro, sólo somos tres mamíferos.
Escuchando un ligero aspirar por parte de los zorros, Judy volteó en dirección de Nick. Observando rápidamente como sus ojos parecían examinarla.
—Estoy segura de que no quieres dejar de venderle a la gente de bajos recursos, Nick, yo tampoco quiero abandonarlos a su suerte luego de haberles otorgado semejante respiro, pero…— alzando su mano para apaciguar la protesta del macho, que titubeó un par de segundos antes de admitir que ella podía seguir, lo que procuró una sonrisa en la chica, que rápidamente fijó entonces su atención en el rubio, luego en el oso—. La realidad es que nuestros números limitan nuestra capacidad de producción. Finnick, has sido de gran ayuda al manejar la camioneta, pero dudo mucho que desees trabajar en el campo como lo hacemos nosotros.
—Para nada orejuda—, esgrimió el rubio, antes de asentir, completamente de acuerdo con el tema que tocaba—. No daremos abasto, y lo siento mucho, pero no estoy diseñado para cavar zanjas o cargar cajas, a duras penas puedo levantar algunas de ellas, soy un administrador, un abogado, un amante, pero no un montacargas peludo.
La coneja suspiró, ignorando el juego del feneco antes de mirar de nuevo en dirección del zorro rojo.
—Nick, sólo piénsalo. Si ahora apenas podemos con el cultivo, riego y tratado de las tierras. ¿Cómo crees que será cuando las demandas por nuestros productos incrementen?
— ¿Podemos costearnos el pagar por más ayuda?—, Preguntó de inmediato el zorro, esta vez su mirada puesta en dirección de Finnick, que pareció sacar algunas cuentas en su cabeza, antes de asentir.
—Podemos pagar menos del salario mínimo si ofrecemos alojamiento y comida…—, agregó el feneco, observando al dúo por un par de segundos antes de proseguir—: pero gracias a los rumores que aún circundan por allí, dudo mucho que obtengamos muchos interesados que realmente valgan la pena.
Y ese era el problema que Judy tenía en mente. Los rumores eran un inconveniente, pero era obvio que si alguien necesitaba arruinar el negocio, la forma más fácil de lograr semejante objetivo era por medio del saboteo, por lo que confiar en cualquier mamífero a estas alturas sería un grave error que no podían permitirse.
Es allí cuando los ojos de la coneja se posaron sobre el inmenso oso.
—Mis hermanos están muy ocupados con su propia tienda, no puedo pedirles que nos ayuden. Pero, fue pensando en ellos que logré recordar un pequeño detalle que Nick me había revelado con anterioridad—, agregó Judy, notando que el úrsido entrecerraba los párpados, enfocando sus ojos en ella—: El negocio de mis hermanos está protegido por la familia de forma indirecta, todo legal y sin demasiadas complicaciones. Así que, bajo riesgo de ser atrevida, señor Raymond, me preguntaba si existía la posibilidad de que la familia pudiera ayudarnos a conseguir personas confiables y dispuestas a trabajar para nosotros.
Raymond por su parte, sólo observó a la chica, incrédulo. Antes de que una pequeña sonrisa se forjase en su rostro, satisfecho de lo que había escuchado, su mirada de pronto ubicándose sobre Nick.
—Nicky, chico… Trata bien a esta hembra, porque te llevará lejos—, la carcajada que emergió de su boca al ver al vulpino con las orejas gachas, completamente rojas por la vergüenza, una imagen que rápidamente era emulada por la coneja, sólo sirvió para alegrar aún más al úrsido, que finalmente concluyó—: Creo que tengo a las personas apropiadas para esta empresa, señorita. Y, reitero lo dicho con anterioridad, eres una coneja peculiar, me agrada eso… mucho. Estoy seguro de que te llevarás de maravillas con Frufrú una vez se conozcan. Ahora, chicos, es tarde…
Inclinándose hacia atrás, el oso estiró una de sus enormes manos, abriendo una de las gavetas de su escritorio, hurgando un poco para asegurarse con una carpeta que rápidamente le entregó al feneco.
—Y creo que tienen mucho que estudiar si desean saber con quién estarán cruzando caminos en un futuro… Y Nicky.
— ¿Sí, Ray?
—Frufrú quiere verte, también el señor Big… No los hagas esperar demasiado, o irán a por ti, jovencito.
