Disclaimer: Blood+ no me pertenece, son propiedad de Production I.G., Aniplex y Junichi Fujisaku. Blood: The Last Vampire no me pertenece, es propiedad de Production I.G., SPE Visual Works y Hiroyuki Kitakubo.

Advertencias: violencia física y sexual, lenguaje soez, lime y temas adultos.


"Cold was my soul

Untold was the pain

I faced, when you left me

A rose in the rain"

Nymphetamine —Cradle of Filth


Misantropía

Hagi se detuvo en la acera justo frente al motel indicado en el papel. El aire estaba cargado con el olor a alcohol barato, el humo de las turbinas de los aviones, gasolina, comida especiada y aguas negras. La peste era repugnante y penetraba en su nariz como un golpe, pero reprimió una mueca. Por debajo de todos esos olores percibía el aroma dulce de la sangre, de su sangre.

La estructura del motel le pareció una versión decadente de los edificios más emblemáticos de Shibuya y Times Square: un edificio de cinco pisos, sin balcones, que se levantaba en la punta de una esquina y se extendía hacia atrás sobre la misma manzana. Las letras de neón rojas en lo alto de este lo golpeaban una y otra vez en el pálido rostro. El anuncio estaba en japonés, no entendía lo que decía: lo que sí sabía es que era un maldito tugurio de mala muerte.

Se preguntó si Saya, desde su habitación, podría verlo a través de la ventana.

—Hey, guapo. ¿Buscas diversión?

Parpadeó un par de veces, confuso, como si de pronto tomase consciencia de dónde estaba, cuando la voz femenina teñida de vulgar sensualidad y un acento inglés más o menos decente, lo llamó tan inesperadamente y con tanta naturalidad. La miró. Era una mujer, claramente una prostituta. Le sonreía traviesa, probando suerte con la posible clientela.

La mujer amplió su sonrisa, con sus labios pintados de rojo. Luego le guiñó un ojo.

Hagi cerró los ojos unos instantes y sin decir nada volvió la vista al motel. La mujer por unos instantes lo tomó como una , pero cuando se encaminó, solo, a la entrada del edificio sin decirle nada, la prostituta hizo un ademán despreocupado mientras este se alejaba.

—"¿En qué maldito tugurio se les ocurrió hospedarla?" —Se preguntó cuando atravesó la entrada del motel. Al instante lo atacó otra mezcla de olores, no menos desagradable que los de la calle: el penetrante aroma del cloro y el limpia pisos mezclado con el de la mugre. Olor a cigarrillos, a sudor, sexo y semen. El sitio era un simple motel de paso, pero más parecía un putero que otra cosa.

La verdad, estaba ofendido. A él poco le importaba hospedarse en lugares así. Mucho antes del Zoológico pisó sitios peores, pero le molestaba sobre manera que Saya estuviese en un lugar como ese, completamente sola.

Tampoco era como si necesitara que nadie la defendiera pero… aún así.

El recepcionista, aburrido, apenas levantó la vista a Hagi cuando lo vio entrar, pero cuando notó que se dirigía a las escaleras lo llamó con un japonés brusco.

—¡Eh, a dónde vas!

Se detuvo en seco cuando tuvo un pie en el primer escalón. Se volvió hacia el hombre, mirándolo fijamente, recargado en el mostrador con un periódico abierto de par en par.

Los labios de Hagi se tensaron hasta convertirse en una línea enmudecida. Saya era la que sabía hablar japonés, él apenas y entendía muy poco, pero el brusco acento del hombre lo había dejado en blanco. Este pareció notarlo, o al menos imaginarlo, cuando reparó en los rasgos occidentales de Hagi.

—Te pregunté a dónde vas —inquirió de nuevo, lentamente, esta vez en inglés. Tenía un acento muy marcado, pero finalmente pudo entenderlo.

—Habitación 511 —Frunció el ceño cuando el recepcionista soltó una risa grave, grotesca. Se preguntó qué demonios le resultaba tan gracioso.

—Ah, sí… —Le sonrió con insidiosa complicidad—. Adelante.

Le hizo un ademán para que siguiera su camino. Hagi apenas había comenzado a subir cuando lo escuchó murmurar.

—"Esa putita debe ser muy buena. Todos los días vienen hombres americanos a verla".

Se detuvo un instante, la ira súbitamente subiendo por su esófago igual que una ráfaga caliente. Por su mente pasó la imagen del grueso cuello del hombre apretado contra su mano, luego el músculo y la sangre desbordándose como mantequilla por entre sus dedos, pero tan rápido como llegó, se fue. Ni él, ni Saya, tenían tiempo para tonterías ni delicadezas.

Siguió su camino escaleras arriba.

¿En qué rayos había pensado el Escudo Rojo cuando decidieron hospedarla en ese lugar? De verdad, ¿de qué se trataba? Antes habían tenido que pasar la noche en puteros y moteles de paso de mala muerte, cuando las heridas eran demasiado graves y la necesidad de descansar los desbordaba hasta transformarse en una urgencia, cuando llevaban sus cuerpos más allá del límite, cosa que sucedía con peligrosa frecuencia, pero siempre habían estado juntos.

Aunque, en cierta forma, siempre les convenía más quedarse en sitios así. La imagen de un hombre y una adolescente pidiendo un cuarto no levantaba nunca ninguna clase de sospecha en esos lugares, usualmente confundidos con una prostituta y su cliente, o con un hombre y su amante colegial, a diferencia de cuando se quedaban en hoteles. En esas ocasiones nunca lograban escapar de las preguntas incómodas y sospechas de estupro a la hora de pedir una habitación: ¿la señorita es mayor de edad? Permítame ver su identificación… no podían echar mano del cuento de ser hermanos, no se parecían en nada, y los apellidos en sus identificaciones debían ser cambiados con relativa frecuencia. Tiempo atrás Saya dejó de lado el apellido Goldschmidt y, en su lugar, adoptó el apellido Kisaragi –que significaba disfraz-, aunque actualmente utilizaba el de Otonashi, que, por el contrario, significaba silencio; él, por su parte, había optado por un apellido rumano común y corriente, Dumitrescu. Era imposible fingir cualquier parentesco.

Pero eso no quitaba el hecho de que siguiera molestándolo.

Le sorprendía de David, aunque estaba seguro que todo eso no había sido cosa de él. Es más, Hagi estaba casi seguro de que la misma Saya había pedido ese sitio para hospedarse. Mientras más aislada estuviera, mejor.

A mitad del camino apresuró el paso, haciéndose consciente de cuánto necesitaba verla y cuánto, también, la había extrañado. Podía pasar treinta años sin verla, extrañándola igual, pero el anhelo y el ansia por volverla a ver jamás lo sintió tan intenso y pesado como en las últimas semanas, sabiéndola despierta y viva, pero muy lejos de él, mientras el tiempo seguía pasando y ambos seguían separados por un mundo entero de distancia.

Sólo había pasado un mes desde que se separasen en Londres por órdenes del Escudo Rojo. Había demasiados avistamientos de quirópteros en la ciudad como para dejarlo al aire, pero las sospechas en Tokio y Fussa eran también demasiado fuertes como para dejarlas pasar.

Les ordenaron separarse para acabar con la mayor cantidad posible de quirópteros en cada lugar, uno al otro extremo del mundo. Él se quedó a terminar con el trabajo en Londres, y ella, a investigar la posible presencia de quirópteros e infiltraciones en las ciudades japonesas. No estaba nada contenta con el asunto y él, mucho menos.

No soy una maldita detective —Había reclamado cuando David les dio el anuncio—. Mi único trabajo es encontrar la ubicación de Diva, no la de los quirópteros ni infiltrados.

La última noche que estuvieron juntos antes de que ella partiera a Japón se negó en rotundo a beber de su sangre. Ni siquiera tocó las reservas proporcionadas por el Escudo Rojo; decía que le daban asco. No quiso comer nada.

Hagi la había notado especialmente pálida y débil, consciente de que tenía más de tres días sin probar una gota de sangre ni alimento alguno, solamente sobreviviendo a base de café, pero no parecía existir poder humano, ni mucho menos poder en sus manos, para convencerla de alimentarse cuando se autocastigaba matándose de hambre así.

Saya estaba cerrando la pequeña maleta mientras él la observaba en silenciosa desesperación, buscando las palabras correctas para convencerla de no dejarse prácticamente morir de hambre.

Saya, tienes que beber. No sabemos cuándo volveremos a vernos —le había dicho, acercándose un par de pasos a ella, todavía encorvada sobre la cama y luchando contra el cierre de la maleta.

Apenas terminó de hablar la chica se detuvo, pero no levantó la vista ni lo miró. Sólo la escuchó respirar profundamente igual que un volcán amenazando con hacer erupción. El Caballero sabía que le estaba colmando la poca paciencia que le quedaba, pero algo tenía que hacer.

No quiero. No tengo hambre —masculló, volviendo a batallar con el cierre. Hagi tomó una bocanada de aire.

Está bien, si no quieres beber sangre ni comer, no lo hagas. Pero tu vuelo sale hasta mañana en la tarde, al menos intenta dormir…

La respuesta fue rápida y contundente: el volcán hizo erupción abruptamente.

Apenas un vistazo delante de él y sintió el puño de Saya contra su rostro. Su cabello rozó, igual que una caricia ácida y cruel, la mejilla golpeada, y finalmente sintió el sabor de la sangre brotando de sus labios y boca.

¡No necesito que me digas cómo demonios pelear esta guerra! ¡Mi guerra! —le gritó encolerizada. Era como si lo odiara—. No soy una damisela en desgracia ni tampoco una tonta para que me digas qué hacer, ¿entiendes? Lo único que necesito de ti es que cumplas con tu deber y hagas lo que te digo, te guste o no. Si no puedes hacerlo, entonces será mejor que de ahora en adelante tomemos caminos diferentes.

Aturdido, con una mano presionando contra su boca sangrante, Hagi fue incapaz de responder. Ni siquiera tuvo tiempo de asentir con la cabeza, siquiera encontrarse con su mirada, seguro de que la encontraría brillante y carmín, cuando Saya rápidamente tomó su maleta, su katana, y se dirigió a la puerta a grandes zancadas echándose encima la gabardina negra.

Con un pie fuera de la alcoba la muchacha miró atrás, la mano aún sobre el picaporte, apretándolo tan fuerte que el metal crujía.

Se tomó un segundo para mirar a Hagi antes de marcharse, justo en el instante donde, todavía estupefacto, su Caballero apartó la mano de su boca. La sangre resaltaba de manera escalofriante encima de la piel blanquísima de su palma y barbilla, y en ese instante la herida abierta del labio se regeneró.

Saya cerró los ojos con fuerza, y de golpe, la puerta. Hagi pudo escuchar sus pasos alejarse hasta la escalera.

Ahora era él quien corría escaleras arriba, hasta el quinto piso, para reencontrarse con ella.

¿Seguiría enojada? Se preguntó cuando llegó al pasillo de paredes amarillas y cafés donde aguardaba su habitación, al fondo de este.

Un mes era más que suficiente para que se le pasase el coraje, si es que en Saya ese patrón siquiera existía, pues desde su último despertar su humor había sido tan agresivo y explosivo que siempre la encontraba en un constante estado de alerta, consumida por una especie de misantropía desdeñosa, tanto que a veces le provocaba escalofríos verla a los ojos. El desprecio con el que miraba a los humanos por encima del hombro, como si le molestase cargar con el deber de salvarlos, le daba la impresión de estarla perdiendo.

Para el ojo inexperto Saya lucía fuerte, una máquina de matar, un arma para la guerra, y a pesar de los bellos rasgos de su rostro su expresión era siempre la de una guerrera curtida para la batalla que no daba pie a signo alguno de duda o debilidad; ella solamente se lamía las heridas enfrente de él.

Pero para Hagi, Saya lucía cada vez más remota y distante, como si poco a poco se estuviese transformando en un maquiní o un androide que estuviera usurpando el rostro y el aroma de Saya. Lo que encontraba escalofriante es que, precisamente, esa era la mismísima Saya, no ninguna impostora.

Llegó a la puerta de la habitación. En lo alto de ella se leía el número. Hagi levantó una mano para tocar, pero se detuvo un segundo antes de rozar la madera. No escuchaba nada dentro, pero el aroma de Saya escapaba claro por entre las rendijas. Ella estaba ahí, ¿estaría dormida?, se preguntó, apretando ansioso la mano izquierda alrededor de la correa negra que sostenía el estuche de violonchelo.

De pronto escuchó ruidos escapando de la habitación 510. El crujir de una cama y los graves gemidos de un hombre, en contraste con los femeninos, agudos, que a oídos de Hagi le parecieron exagerados y ligeramente chillones. Estuvo seguro de que justo a su lado se llevaba a cabo, más que sexo, el proceso de una negociación carnal.

Finalmente tocó la puerta, aguantando la respiración. Los jadeos de la habitación contigua se volvieron más frecuentes y agitados, mientras que la alcoba 511 permaneció en silencio durante segundos que al Caballero se le antojaron eternos.

—Adelante.

Era la voz de Saya.


"—Él era un guerrero. El más valiente cazador que haya existido.

¿Cómo podía diferenciar a los demonios de los humanos?

Los miraba directo a los ojos, y podía ver que no tenían alma. Los demonios pueden tomar forma humana, pero no pueden imitar el alma humana. Los Dioses pusieron a los demonios en el mundo para probar nuestras virtudes.

Si los Dioses permitieron que los demonios vivieran entre nosotros, ¿por qué debemos matarlos?

En la vida tenemos deberes. Cumplir esos deberes es la voluntad de los Dioses. Lo demás, no nos corresponde a nosotros cuestionarlo."

Kato y Saya —Blood: The Last Vampire (2009, live-action)


¡Hola de nuevo! Como prometí, aquí el segundo capítulo, donde ya aparecen escenarios más propios de la película de live action, Blood: The Last Vampire, como el hotel donde Saya se hospeda y dónde está ubicado, aunque eso sí, aquí me encargué de hacer del sitio un lugar un poco más feito.

En fin, aclarando cosas: tal vez muchos estén impactados por la escena donde Saya golpea a Hagi, pero recuerden que Saya ha sido diferente, por así decirlo, a lo largo de sus despertares, y relacionándolo con cómo es Saya en The Last Vampire, es mucho más ruda y cruel que con respecto a sus inicios en Blood+, aunque ahí también, estando ya en Londres, Saya adopta una personalidad más oscura y un poco cruel. No me sorprendería que se descargara con la persona más cercana, en este caso Hagi. También debo decir que me inspiré para escribir esa escena gracias al fic que les mencioné anteriormente, Unvollendete, donde también aparece una escena similar.

Bueno, creo que eso sería todo por ahora. Muchísimas gracias a quienes han leído hasta aquí y también a quienes se han tomado el tiempo de dejar un review. En un rato más contestaré sus comentarios.

[A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]

Me despido,

Agatha Romaniev.