En la ficción, tan pronto los héroes conseguían la información, podían correr a la guarida del malhechor, disparar por todos lados y acabar con el problema, a menudo sin consecuencia alguna para el héroe a pesar de los daños e incontables vidas que clamó en el proceso.

¿En la vida real? Las cosas no eran tan fáciles, y aun cuando pudiesen hacerlo. No estaban dispuestos a sacrificar vidas inocentes para castigar a unos cuantos en un arrebato de ira desenfrenado. Así que tras haber colectado toda la información del mustélido, al igual que haber decomisado su celular, le dejaron ir con una advertencia que no podía darse el lujo de ignorar, no ahora que había cometido uno de los errores capitales más grandes que puedas realizar en una organización como la familia.

La marca del traidor a menudo significaba una desaparición silente de las calles, en especial cuando todas las familias te tildaban así, y la comadreja gustase o no, había cruzado líneas que jamás debió cruzar luego de lo que su antigua jefa había realizado. La amenaza firme por parte del vulpino de que de continuar, sería declarado persona non-grata, aterró lo suficiente al mamífero como para que su vejiga liberase su contenido, un espectáculo lamentable para un sujeto que sinceramente, daba más lástima que cualquier otra emoción.

Pero Judy no tenía tiempo para ello, a pesar de que se sentía asqueada por el mustélido, tanto física como emocionalmente, se encontraba destruida. Todas sus conjeturas habían saltado por la borda, y de quienes sospechó, resultaron ser inocentes. ¿El culpable?

Randall Willis. Un conejo de cuarenta y seis años, pelaje pardo e increíbles ojos azules. Excelente besando, estupendo en la cama y más sorprendente aun, asombroso escuchante. O, al menos esa era la memoria que solía mantener resguardada del sujeto que en algún momento llegó a ser el amor de su vida.

Ahora, cada acción, cada momento, cada palabra y evento estaba marcado de por vida. La duda asentándose dentro de ella, agujeros que no había percibido con anterioridad de pronto haciéndose presentes y rellenándose a sí mismos con la información que había obtenido. Randall era un sujeto agradable, de eso no daba duda, pero también estaba consciente de que el macho en su momento, poseía una ambición que ella sinceramente no compartía.

Fue por eso que decidió separar caminos. Incluso cuando Randall rogó y trató de convencerla de quedarse junto a él, ella no podía seguir a su lado. En el momento, obstinada de aceptar la ayuda de sus padres, la oferta de administrar el edificio que habían comprado recientemente, viéndolo por lo que era, una trampa, un intento de manipularla a que tomase el camino que ellos habían definido para ella, fue demasiado en aquel instante, y la insistencia de Randall, en ese entonces, agradable y diferente, ahora tenía otro tono que derruía todas sus memorias en algo asqueroso y manipulador.

— ¿Estás bien Pelusa?—, la voz del vulpino la sacó de sus cavilaciones, sus orejas gachas y su nariz temblante, ¿qué responder? ¿Qué decir tras estas circunstancias? El sonido del vehículo asaltó sus orejas de súbito, no se había dado cuenta de que se habían movido del almacén donde dejaron a Duke.

—No, no lo estoy—. Optó por la verdad, Duke había revelado lo suficiente, quizás no todo, pero era claro que su jefe sabía bastante de ella y con buena razón, sus manos temblaban con impotencia, con ira apenas reprimida y un dolor que no podía describir con palabras, por un momento casi pierde el control, casi arroja su arma contra la puerta del vehículo, gritando a todo pulmón las injusticias del mundo. ¿Cuántos golpes pensaba arrojarle la vida?

Respiró profundamente, calmando sus nervios como solo alguien con amplia experiencia en embotellar sus emociones podía lograrlo. Sus manos temblando ligeramente ante de la ira que apenas podía contener en el momento.

—Pero lo estaré tan pronto terminemos con esto. Nick.

Asintiendo, el vulpino colocó una mano sobre su hombro, reconfortándola sin necesidad de asfixiarla, sus ojos puestos en la vía, una expresión seria en su rostro que demarcaba qué tan seriamente tomaba lo acontecido. Ella no pudo evitar alzar una mano y sujetar la suya, apreciaba el gesto, y lo que realmente quería es pedirle que se estacionase con tal de que la envolviera en sus brazos y la sostuviera mientras ella liberaba todo lo que había acumulado por medio de lágrimas y lamentos, pero realmente no podía desquebrajarse ahora, no podría entonces seguir a su lado en lo que venía.

El descubrimiento que habían realizado era preocupante, y meritaba una visita al lugar que al parecer, podría ponerle un fin a todo esto de una vez por todas.

Media hora después y un incómodo silencio entre ellos, Judy pudo finalmente reconocer las inmediaciones, enseguida vislumbrando que se encontraban en el mercado, más precisamente, el establecimiento de su familia.

— ¿Qué hacemos aquí, Nick?

Suspirando, el vulpino apagó el auto, antes de recostar su cabeza en el espaldar de su asiento, mirando el techo del vehículo y claramente contemplando qué decir.

—Estoy dividido, Judy—. Inició, no volteando a mirarla mientras ponderaba—, por un lado, es obvio que necesitas tiempo para desahogarte, estás tensa y al borde del colapso nervioso. Invitarte a la Ciudadela en esas condiciones podría ser un grave error—. Alzando la mano para acallar la protesta venidera, el zorro volteó en su dirección antes de proseguir—, tengo muy en claro de lo capaz que eres, Judy, lo que ocurrió allá atrás esclareció toda duda al respecto, pero lo que escuchaste te remeció más de lo que imaginas.

Sus ojos descendieron hacia sus manos, que apretaban el material de su gabardina con tanta fuerza, que podía sentir sus garras penetrando ligeramente la misma.

—Los mamíferos que visitaremos son peligrosos, Judy. Más de lo que imaginas, cualquier debilidad será explotada, y justo ahora no estás plenamente en control.

— ¿Entonces esto es todo? ¿Piensas dejarme a un lado así como así?

El vulpino negó con su cabeza, ignorando el tono agresivo, comprendiendo que dé a momento, la chica no estaba en sus cabales. Lo que provocó dentro de ella un sentimiento de vergüenza ante su arrebato.

—Lo siento.

—No lo estés. Sé por lo que estás pasando, Judy. De forma íntima… pero eso por ahora no es importante, lo que realmente importa es que puedas desahogarte por un par de horas, antes de visitar conmigo la Ciudadela. Ve con tu familia, libera esa tensión que tienes y cuando estés mejor, envíame un mensaje por teléfono, vendré a buscarte.

De súbito, Judy lanzó su mano en contra del zorro, aferrándose a su traje y halándolo hacia ella, acercando al vulpino lo suficiente como para que pudiesen verse los ojos de cerca.

—Prométemelo. Prométeme que no piensas dejarme a un lado, Nick.

La sorpresa se esfumó rápidamente del vulpino, quien asintió sin dudar.

—Lo prometo, Pelusa. No pienso dejarte ir a ningún lado.

Chocando sus narices la una contra la otra, se mantuvieron allí, el sólo contacto calmando a la coneja antes de que Judy asintiera, convencida de que decía la verdad, y de que realmente el vulpino la necesitaba en sus cabales. Por un breve momento pensó en besarlo, la distancia entre ellos no era tanta como para no hacerlo, pero por ahora se sentía inapropiado, no cuando poseía tanto resentimiento en ella.

No quería manchar con ira lo que sea que comenzaba a sentir por el zorro.

—Dame dos horas, y te encontraré en la heladería de Raymond.

—Cómo ordenes, Pelusa.

Judy se bajó del auto, ignorando la mirada atenta del equino y un lobo que habían vislumbrado todo el espectáculo, no estaba de humor para ello, así que cuando entró al edificio de sus hermanos, que se encontraba momentáneamente cerrado luego de los eventos acontecidos, no tardó en ser confrontada por Julieta, que al parecer había sido alertada de su presencia.

—Judy, ¿Qué pasó? Los guardias me dijeron que estabas discutiendo con el zorro…

El abrazo abrupto que Judy le entregó a la coneja café la tomó por sorpresa, sus brazos aferrándose a ella con un desespero que ya no podía ocultar más.

—Ayúdame, July… por favor.

Podía sentir que su hermana comenzó a guiarle hasta su habitación, gritos que se percibían enmudecidos en sus sentidos, sus hermanas acudieron a ella, todas arrastrándole hasta la parte privada de la estructura, sus llantos jamás abatiendo a pesar de que intentase controlarse, pero era en vano, había abierto la represa y ahora todo se desbordaba, el sentimiento de traición ahora más presente que nunca.

Podía sentir que era rodeada por sus hermanos, de pronto estaba sumergida en cuerpos cálidos y que expresaban afecto sin mediar palabra alguna, una de las pocas acciones instintivas que permanecían luego de la niñez, el ritmo de su corazón rápidamente disminuyendo al sentirse segura, protegida, los susurros y palabras de aprecio que podía finalmente captar en sus oídos inundando su mundo.

— ¿Qué te hizo, Judy? ¿Qué sucedió?

A la mayor de la agrupación le tomó un par de segundos reconocer la voz de Emmet, quien la sujetaba de costado, sus ojos café mirándola a los suyos con una intensidad que rara vez se veía fuera del trabajo.

— ¡¿Qué te hizo ese zorro?!

Registrando la pregunta, Judy suspiró profundamente, su pelaje estaba mojado con lágrimas y mucosidad, pero se sentía más ligera de lo que pensó.

—No fue Nick, Emmet. Esto sólo podría estar mejor si él estuviese aquí en el grupo—, sintiendo la mirada de todos los presentes, sonrió, su mano intentando limpiar su nariz en vano, aún atrapada por el agarre de sus hermanos—, no, es sólo que descubrí que el conejo con el que estuve años atrás, y que pensé había abandonado por mi trabajo, de pronto no era quien pensé que era, es él, Emmet, mi exnovio es el culpable de todo lo que ha pasado hasta ahora.

Más controlada, el episodio habiendo sido superado, el grupo comenzó a dispersarse, dándole algo de espacio para atender el desastre que era el pelaje de su rostro. La mano de Julieta jamás abandonando el cuerpo de Judy, claramente esperando una recaída en cuestión de segundos.

Respirando profundo para recomponerse una vez más, la de los ojos violáceos observó a su alrededor, necesitaba actuar.

—Necesitamos una reunión del consejo Hopps—, viendo que algunos de sus hermanos asentían ante lo escuchado, prosiguió—. Randall Willis, ese es el nombre del mamífero que de ahora en adelante, será proscrito de todo trato con nuestra familia, él y sus asociados.

Emmet la observó, incrédulo antes de maldecir, obviamente reconociendo el nombre al igual que Julieta y varios de sus hermanos, si la forma en que maldijeron y se aferraron a ella era señal alguna, Virginia siendo la única ausente en todo el grupo, una idea de inmediato haciéndose en la psiquis de Judy, comprendiendo de dónde es que conocían al sujeto en cuestión.

—Está saliendo con Virginia, ¿no es así?

—Lo conoció hace un par de meses, parecía ser capaz de seguirle el ritmo tanto en la cama como en otras áreas, parecía su pareja ideal, quien finalmente podría mantenerla a salvo de aquellos que estaban con ella nada más por sexo, pero… es obvio que Randall no es quien imaginábamos, ¿cierto?

—Aló, ¿Gin? Ven a casa, urgente… no, no me importa si estás en camino para ver a Randall, te necesitamos aquí, Judy está convocando un consejo de los Hopps. Es importante… más de lo que imaginas, ajá, iré a por ti. Y Gin… no le digas a Randall, no, Gin, no es negociable. NO le digas a Randall, sabes las consecuencias de traer alguien fuera de la familia a un consejo.

Mirando en dirección de sus hermanos antes de colgar, John de inmediato agregó.

—Aún está en el mercado, no muy lejos. Iré a por ella, pero esto no va a ser sencillo de explicar, Judy. Virginia está enamorada del sujeto… puede que no te crea.

Carcajeándose en desdén, la coneja asintió antes de agregar.

—Créeme que sé cómo hacer que lo crea, John. Conocí íntimamente al bastardo, tengo información de la que estoy segura ella comprenderá enseguida, es algo que sólo un amante puede compartir.

Volteando en dirección de Perla, quien estaba conectando su laptop a la inmensa pantalla plana que se encontraba en la sala de entretenimiento, Judy podía ver que tendría que hablar con sus padres mucho antes de siquiera entablar el asunto con su hermana, el símbolo de llamada que rápidamente apareció en el monitor dejando en claro que Perla no había perdido el tiempo.

— ¿Aló, Perlita? ¿Cómo estás mi cielo?

—Mami, es urgente. Judy solicitó un consejo familiar…

—Oh, cielos…