Disclaimer: Blood+ no me pertenece, son propiedad de Production I.G., Aniplex y Junichi Fujisaku. Blood: The Last Vampire no me pertenece, es propiedad de Production I.G., SPE Visual Works y Hiroyuki Kitakubo.
Advertencias: violencia física y sexual, lenguaje soez, lime y temas adultos.
"Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo-Li-Ta"
Lolita —Vladimir Nabokov
Ninfa en agonía
Hagi abrió la puerta y entró, cerrándola suavemente tras de sí. Lo recibió un pequeño corredor bordeado por un barandal de madera. La ventana estaba abierta y las cortinas, de un blanco ya percudido, se agitaban perezosas con la brisa nocturna.
Las lámparas a los lados de la cama se encontraban encendidas y solamente alcanzaban a brindar una luz amarillenta y débil, pero la luz roja del anuncio del motel y los faros de la calle se filtraban con fuerza, iluminando toda la habitación como pasada por un filtro amarillo y rojizo. Los gemidos de la habitación de junto también se filtraban con facilidad a través de las delgadas paredes.
—¿Saya? —murmuró, adentrándose un poco más en la alcoba.
La muchacha no lo recibió. Estaba sentada en el borde de la cama, dándole la espalda. Sólo después de unos momentos se puso de pie y se colocó frente a él, mirándolo inexpresiva. La sombra de su insomnio se mostraba bajo sus ojos cristalinos con descarnada claridad, sobresaliendo por encima de la palidez enfermiza que su piel había adoptado. Tenía los labios resecos y blancos, como desprovistos de toda gota de sangre, en contraste con sus mejillas, que parecían extrañamente tersas, como si acabase de lavarse la cara o llorar.
Siempre había encontrado en Saya un aura de belleza espectral e inhumana, como fuera de este mundo, pero en esa ocasión lucía como una ninfa en lenta agonía. Tal vez era por ese extraño uniforme de colegiala que portaba y el par de largas trenzas cayendo por delante de su pecho, como la Lolita descrita por Vladimir Nabokov; una Lolita moribunda, una rosa marchitándose.
Pero no fue el extraño atuendo que portaba o su palidez lo que lo impresionó, sino lo terriblemente delgada que estaba. ¿Cómo había adelgazado tanto en sólo un mes? No había perdido su tono muscular, las constantes batallas y entrenamiento con la espada al cual se sometía para soportar el ritmo de vida que llevaba la mantenían en forma: Saya siempre había sido más habilidosa con la espada que con el violonchelo, y lo demostraba cada vez que tenía un enemigo frente a ella. Pero seguía estando demasiado delgada, no más que piel lívida, delgada y precaria, cubriendo huesos y algo de músculo.
Disimulando su aturdimiento fijo sus ojos azules en los marrones de Saya. Sus iris eran opacas, pero sus ojos estaban ligeramente enrojecidos y cristalinos, como si hubiese estado llorando o tuviese noches enteras sin dormir.
Pero habían pasado meses desde que la viera llorar. La última vez fue cuando despertó, durante los primeros días, aturdida por un pasado demasiado extenso que siempre aparecía violentamente en su cabeza al recuperar la consciencia. Pero después de eso, cuando lloraba, directamente se encerraba en el baño y se metía en la ducha para que él no pudiera escucharla, hasta que ambos pactaron un acuerdo tácito de fingir que nada pasaba.
Lo primero que le pasó por la mente fue preguntarle si había bebido sangre adecuadamente, pero recordó aquella noche en Londres y la forma en cómo, implícita, lo amenazó con desterrarlo como su Caballero. Decidió guardar silencio y preguntar cualquier otra cosa.
Que se lo llevara el Diablo: no se le ocurría un carajo que decir.
—Saya, ¿qué… y ese uniforme?
La chica alzó una ceja.
—¿Esto? Parece más un traje de marinero que un uniforme escolar —masculló ella, jalando con desdén el moño rojo del uniforme—. Fue idea de David, ¿no te lo dijo? En Tokio no encontré nada más que los supuestos suicidios y asesinatos, y luego tuve que infiltrarme como estudiante en la preparatoria de la Base Aérea de Yokota, y luego de esa, en dos más. Ridículo —Torció la boca—, meterme en una escuela. Tengo más años que todos esos idiotas juntos.
—¿Encontraste algo? —inquirió Hagi, al tiempo que dejaba contra la pared el estuche de violonchelo. Luego se quitó la gabardina, dejándola sin mucho cuidado en una silla cercana.
—Cuatro quirópteros. Yo creí que encontraría más de ellos —respondió, dirigiéndose al pequeño refrigerador junto al escritorio. Sacó una bolsa de papel café—. Un hombre en el metro, dos estudiantes de la preparatoria, y el cuarto era el dueño de un bar del centro llamado Club Maki. Se han comportado extraño los quirópteros: ese le prendió fuego al bar antes de transformarse por completo y trató de escapar agarrándose a un avión de la Base. Se están volviendo… inteligentes.
Le lanzó a Hagi la bolsa, atrapándola con firmeza en el aire. Sintió en sus manos un peso líquido contenido en una botella y el frío escapando de su superficie. Pudo imaginar de qué se trataba, y lo comprobó cuando la abrió. El olor a hierro escapó con fuerza del interior.
Debía admitirlo, a pesar del tono tosco en la voz de la chica, todo estaba resultando mejor de lo que esperaba, a juzgar por lo mal que quedaron la última vez que se vieron.
Saya solamente había llegado a golpearlo con tal fuerza un par de veces, cuando de verdad estaba enojada. La primera vez fue en Rusia, cuando se dejó engañar por Rasputín y regresó, luego de casi dos días desaparecido, hecho un desastre y casi en shock ante su ama.
No se lo dijo, y probablemente jamás se lo diría, pero por su culpa la mayoría de los que habitaban el Palacio Imperial del Zar habían terminado convertidos en quirópteros.
Adelantándose a las terribles consecuencias de su imprudencia cayó de rodillas frente a ella, murmurando cosas a medias sobre su terrible error, implorando perdón. Saya, a punto de romper en llanto, o de sucumbir a un ataque de ira, lo golpeó tan fuerte que lo tiró al suelo, gritándole que no ganaría nada disculpándose, hubiera hecho lo que hubiera hecho.
Y nunca le preguntó qué fue lo que hizo.
La segunda vez había sido en Londres, a diferencia de que en esta ocasión no había rastro de culpa en los ojos de Saya y ninguna disculpa próxima escapando de sus labios. Tampoco la necesitaba, ni la exigía: la única razón por la cual deseaba escucharla era para saber, comprobar, que todavía era la muchacha a la cual conocía, a la cual amaba, que aún lo consideraba su amigo y compañero, en lugar de seguir sembrando en él la idea de que la chica que tenía delante era una impostora.
—Te ha dolido, ¿no? —Le había dicho aquella fría mañana en Rusia, cuando regresó, llena de culpa e incapaz de sostenerle la mirada, a ofrecerle una disculpa—. Hagi, puedes enojarte…
Y en su lugar tocó el violonchelo para ella.
Al menos en esta ocasión le estaba hablando con aparente normalidad e incluso ofreciéndole sangre.
—También hubo un testigo —agregó Saya, sacando a Hagi de sus pensamientos abruptamente—. Una mujer americana-japonesa, la enfermera de la escuela. Tuve que matar a las dos estudiantes delante de ella y la mujer casi se suicida. David me dijo que estuvo haciendo preguntas, pero la mandaron a tomar unas vacaciones a Estados Unidos.
El Caballero tomó aire. Por alguna razón, le recordó a la mujer del aeropuerto, la que se asustó tanto al verlo.
—¿Se ha filtrado información? —preguntó, cauteloso.
La chica se encogió de hombros al tiempo que se sentaba en el borde de la cama; los brazos y manos tensas contra las sábanas del colchón.
—No que yo sepa.
—¿Y eso? —Hagi apuntó a un objeto recargado en una esquina de la habitación. Una nueva katana dentro de su vaina que no le parecía familiar. Conocía la espada de Saya tan bien como a su dueña.
—La espada ya estaba perdiendo filo y se rompió cuando ataqué a uno de los quirópteros. David la trajo en el último minuto —respondió Saya, estoica—. Y mientras tanto tuve que utilizar una maldita pala y una katana falsa.
—¿Estás…?
—El muy maldito casi me arranca el brazo, si es lo que quieres saber. Como sea, ya me recuperé de eso.
Una previa negación a su sugerencia de que bebiera sangre.
Hagi tomó aire antes de llevarse la botella a la boca. Al primer sorbo tuvo que detenerse, incapaz de reprimir una mueca de asco y un gruñido. La sangre sabía a refrigerador, a encerrado, y estaba helada. Era como beber un pudín rancio rebajado con mucha agua fría.
—Es asquerosa, ¿verdad? Demasiado fría —Adivinó Saya desde su sitio. Lo miraba fijamente, como si lo estudiara, o como si lo juzgara—. Apenas y he tenido el estomago para beber esa porquería. Me da náuseas —masculló con desdén. La pausa que hizo al hablar, el silencio que se formó entre ellos, de pronto se volvió tenso. Todavía se escuchaba el crujir de la cama en la habitación contigua, y a sus protagonistas saltando y gimiendo sobre ella. La muchacha volvió a hablar—. Extrañé tu sangre. Siempre has tenido las manos frías, pero tu sangre siempre está hirviendo.
A Hagi lo envolvió un escalofrío, no supo si por las palabras de Saya, o por los gemidos que se filtraban hasta la alcoba, o de ambas cosas. Intentó volver a beber de la botella, pero el nudo que se le formó en la boca del estomago amenazaba con convertirse en arcadas.
No hablaban de ello, pero ella lo sabía; el hecho de que Hagi, aunque evitaba en lo posible beber sangre, a diferencia de ella sí solía ir de cacería.
Las noches en que Saya lograba dormir, o cuando él no podía luchar más contra su propia naturaleza, que se podía volver hambrienta como las llamas, el Caballero salía de cacería resguardado en la oscuridad de la noche.
No le gustaba abordar víctimas a la vuelta de una solitaria esquina o en callejones igual que un delincuente, mucho menos arruinarle la noche a las personas que regresaban a sus casas muertos de cansancio después de una larga jornada laboral.
En cierta forma, era gentil y considerado con sus presas.
Por mucho que detestara esos sitios, el mejor lugar para conseguir presas eran los antros y bares de mala muerte del centro. Nunca las mataba ni las drenaba, solamente tomaba de ellas lo justo para mantenerse, a veces mucho menos de lo que realmente necesitaba.
Allí, en el bullicio nocturno de la fiesta, la despreocupación, los cuerpos atolondrados de deseo y alcohol, los humanos no sólo eran presa fácil sino que, de hecho, era capaz de encontrarse con una víctima anhelante.
Sólo debía agudizar el olfato por encima del olor a sudor, el humo del cigarrillo y el aroma penetrante del alcohol; identificar el cuerpo que estuviese deseoso del calor de otro cuerpo. Después clavaba la mirada, silencioso y penetrante como un depredador agazapado. La joven elegida, usualmente una mujer especialmente atrevida, entre asustada y atraída por su mirada, no tardaba en mostrar las divertidas señales del flirteo.
Hagi no era vanidoso, pero tampoco era tonto ni ciego. Podía y sabía echar mano de su rostro, igual que una serpiente de bellos colores como colmillos afilados y ponzoñosos.
De hecho, en los años del Zoológico, era común que Amshel le lanzase insinuaciones con respecto a Saya, él, y su propio futuro, cada una más explícita que la anterior.
—Es cierto que no tienes nada a tu nombre, Hagi —Le había dicho tantas décadas atrás, el último día del frío mes de enero, cuando cumplió veintitrés años, la edad que tenía cuando le confesó a Saya lo que sentía por ella una vez que llegó el verano—. Te sacamos de la calle, sin apellido, sin futuro, incluso analfabeta y muerto de hambre. Y es cierto que no eres más que un sirviente en esta casa, pero más que eso, eres el sirviente favorito, tan privilegiado que incluso has sido educado por Joel Goldschmidt como si fueses su propio hijo. ¿No te parece curioso? ¿Nunca te has preguntado el por qué? Y por supuesto, no me refiero a esos estúpidos rumores.
Siempre había creído que, básicamente, fue educado tan privilegiadamente, a pesar de no ser más que un sirviente, con el fin de ser una compañía adecuada para Saya, pero tuvo la suficiente cautela de guardar silencio y dar pie a que el hombre prosiguiera. Nunca había confiado en Amshel y mucho menos confiaba en ese discurso de ¿cumpleaños?, que le estaba dando. Siempre tuvo la impresión de que lo odiaba, de que quería arrancarle los ojos y echarlos a los perros.
—Las hijas de nuestros socios y la aristocracia que te conocen en las fiestas les piden a sus padres que te presenten ante ellas, ¡y ellos incluso preguntan de qué familia provienes y cuáles son tus títulos! Ni siquiera imaginan que en realidad seas de origen gitano. Ahora imagina la cara que pondrían si supieran… —Recordó su sonrisa, tan ácida y burlona que casi parecía una amenaza de muerte.
—Ellas usualmente parecen estar más interesadas en armar un complot que en armar un matrimonio —Le había contestado, consciente de que el hombre esperaba una respuesta de su parte.
—Eso está muy bien, es bueno que seas observador. Eso te mantendrá alejado de los líos de faldas, o por lo menos alejado de otras faldas.
Había alzado una ceja, intrigado.
—Como te decía, Hagi —Le dieron ganas de rodar los ojos cuando notó el énfasis casi despectivo aplicado en su nombre—. Es cierto que no tienes nada a tu nombre, pero aún tienes esa cara bonita. Podrías muy fácilmente hacerle favores a una rica condesa, y mientras más aburrida y solitaria, mejor. Incluso buscar un matrimonio con una heredera, si jugaras bien tus cartas, pero las damas en las fiestas te aburren y estás más interesado en el violonchelo que en ir de cacería. Pero el hecho aquí es que Joel ha dejado en su testamento, desde hace algunos pocos años, una sustancial suma de dinero para Saya y para ti, en caso de que cualquiera de los dos se case, pero… lo que tengo entendido es que espera que el matrimonio sea mutuo. ¿Comprendes eso? No habría mayores consecuencias si… corrompes un poco la reputación de Saya.
Pocos años después, tomando una de sus tantas noches insomnes para leer el Diario de Joel, comprendió que todas las insinuaciones de Amshel tenían el objetivo de tentarlo para acercarse a Saya como un pretendiente y amante para, finalmente, embarazarla, pero en ese momento todo le sonó a una broma de mal gusto por parte de Amshel. Sin embargo, tal vez sin querer, le reveló también el poder que tenía el arma que llevaba adherida a la cara. Un arma que sólo utilizaba de vez en cuando, y no sin algo de culpa luego de hacerlo. Pero era una fortuna que la humanidad y la gente fuesen tan irremediablemente atraídos por solamente la superficie, una cara bonita o una sonrisa.
Y él no utilizaba una sonrisa cualquiera, ni radiante ni afable, sino una mucho más discreta, penetrante como un enigma. Sus labios curvados ligeramente, la promesa de un momento de placer casual, y ellas caían redondas. Caían con el ansia de quien ignora lo que está a punto de suceder y se dejaban fácilmente arrastrar a la oscuridad de un baño o un callejón solitario. Tienes unos ojos azules tan bonitos, le decían con la bebida en una mano y la boca enmarcada por una sonrisa traviesa y coqueta, acercándose para besarlo, pero él siempre se negaba. La mayoría de las veces eso les gustaba, cuando en lugar de llevar su boca a sus labios estos iban directamente al cuello.
Se derretían en sus brazos cuando sentían el aliento cálido contra su piel palpitante, la oscura atracción de algo fugaz, directo, un poco rudo, sin complicaciones en pleno auge de la revolución sexual. Y Hagi volvía a sonreír contra sus cuellos, pero esta vez sólo para develar la punta afilada de sus colmillos que, de un sólo golpe, se clavaban en la piel.
La bebida caía al suelo cuando él apenas empezaba a saborear la suya. La victima ya estaba demasiado enviciada como para dejar en su boca el desagradable sabor del miedo, y en su lugar quedaba solamente el suave sabor a hierro tan característico de la sangre, mezclado con el sabor de las feromonas y el alcohol. El sabor de la vida misma.
—Déjalo ya. Si sigues intentando beber eso, vomitarás. No estás acostumbrado —gruñó Saya cuando vio a Hagi intentar tomar de la botella una vez más—. Debiste beber de la prostituta que te abordó afuera: le gustaste. Era una presa fácil.
Así que sí lo estaba viendo, pensó, mientras exhalaba aire pesadamente, cerrando la botella, vencido. La devolvió al refrigerador.
—Pero tampoco has bebido suficiente. Estás más pálido que de costumbre, y te ves cansado —aclaró la muchacha, siguiendo sus pasos con la mirada.
—No he tenido tiempo. También fue un viaje largo —Tuvo ganas de decirle que lo que realmente le importaba es que ella bebiera sangre—. En Londres las cosas estuvieron agitadas.
—Olvídalo —Saya negó con la cabeza—. Anda, puedes beber.
La confusión pasó por su rostro como un rayo.
—¿Qué…?
—Que bebas de mi sangre.
"Allí estaba yo, dispuesto a arrostrar todos los peligros, a desafiar todas las leyes divinas y humanas, a asesinar si fuera necesario y a meterme en complicaciones inextricables y horribles (¿Qué me importaba a mí?), por una mujer de la que no sabía más que era tan hermosa como imprudente"
Sheridan Le Fanu
Creo que hoy no tengo mucho que aclarar, excepto que, como advertí desde capítulos anteriores, esta Saya, la cual estoy tratando como si tuviese relación con los eventos posteriores de Blood+ y la misma Saya de ahí, sé que parece un poco agresiva para ser "Saya", pero si ven la película verán por qué se comporta de esa manera tan áspera, y más adelante entenderán por qué se comporta especialmente así con Hagi. Aunque la verdad siento que no me ha quedado tampoco taan agresiva como en la película.
Una vez más, muchísimas gracias a quienes se han tomado el tiempo de leer, y especialmente a quienes han dejado reviews. Realmente me encuentro muy feliz con el recibimiento que me han dado en el fandom a pesar de que pasó tanto tiempo y que, por desgracia, también me encuentre el fandom muy solo, pero es bueno saber que siguen rondando por aquí los fans veteranos de esta serie.
[A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]
Me despido,
Agatha Romaniev.
