Disclaimer: Blood+ no me pertenece, son propiedad de Production I.G., Aniplex y Junichi Fujisaku. Blood: The Last Vampire no me pertenece, es propiedad de Production I.G., SPE Visual Works y Hiroyuki Kitakubo.

Advertencias: violencia física y sexual, lenguaje soez, lime y temas adultos.


"Six feet deep is the incision
In my heart that barless prison
Discolors all with tunnel vision
Sunsetter, nymphetamine.

Sick and weak from my condition
This lust, this vampiric addiction
To her alone in full submission
None better, nymphetamine"

Nymphetamine —Cradle of Filth


Pecado y blasfemia

Hagi alzó una ceja, desconfiando de sus propios oídos. Habían sido escasas las ocasiones en que Saya lo dejaba beber de su sangre, usualmente cuando, después de alguna batalla, estaba demasiado lastimado como para recuperarse rápidamente, o cuando se les acababan las bolsas de sangre que el Escudo Rojo les proporcionaban. De ahí en fuera, nunca.

El Caballero, en un principio, pensó que las razones para privarlo de sangre eran a causa de una moral desestabilizada por la culpa: la culpa que Saya sentía por haberlo convertido en su Caballero, hacerle la vida miserable, como solía decir, con todos sus pecados y equivocaciones e imprudencias encarnados en su cara insomne mirándola todos los días y todas las noches. Darle a beber de su sangre era la afirmación, con cada mordida y con cada gota carmín derramada en su boca, de que no era humana y él, tampoco lo era ya: aún más importante, ya no lo era por la propia mano de Saya.

Luego comprendió que también tenía otras razones mucho más truculentas para poner distancia entre ambos. El acto de morder a alguien para tomar su sangre, especialmente entre Reinas y Caballeros, era un acto demasiado íntimo, demasiado cercano, incluso tan o más cercano e íntimo que el sexo: era aferrarse a la vida con garras y dientes.

Aún más, era placentero. Y desde el fatal domingo en el Zoológico Saya había decidido sumirse en una rutina y estilo de vida similar al de una monja en claustro, reclusa en su propio interior, un refugio donde, como una fanática demente, se autocastigaba y flagelaba en silencio. Donde podía permitirse cualquier cosa menos sentir placer porque no lo merecía y sus errores y deudas eran demasiado grandes como para darse el lujo de sentirse en paz y olvidar, aunque fuera por unos instantes, su carga y su deber.

La sangre de Saya, en comparación con todos los tipos de sangre que había bebido después de ella, y la comida que había probado antes de ella, del parteaguas que había significado entre su vida y su muerte, era la cosa más exquisita que hubiera degustado alguna vez. Esa, con todas sus letras, no era solamente el sabor de la vida misma hecha líquido, sino apenas comparable a beber directamente de la mítica fuente de la juventud o del Santo Grial.

El sólo hecho de pensarlo le ponía los pelos de punta y le provocaba un cosquilleo nervioso en el estomago.

—¿Segura? —La vio asentir, rehuyéndole la mirada. Todavía lucía molesta.

Se aproximó a ella lentamente, con cautela, y tomó su mano izquierda con tanto cuidado igual que si intentase acariciar a un gato malhumorado. Nunca lo había dejado beber directamente de su cuello, solamente de su muñeca, pero en esta ocasión, como si de pronto lo hubiese recordado, la muchacha se soltó del suave agarre del Caballero bruscamente, como si el solo hecho de tocarla la lastimase.

—De la muñeca no —aclaró, agarrándose la mano contra la otra. A la vez, lo miraba con dureza—. Me duelen los brazos.

¿Y entonces de dónde? Se preguntó el Caballero.

Llevó una de sus manos hasta el cabello de Saya. Apartó suavemente la trenza izquierda hasta colocarla detrás del hombro, pero cuando sus dedos rozaron el lóbulo de su oreja la muchacha se estremeció violentamente, haciéndola fruncir más el ceño.

Las cosas se volvían cada vez más extrañas. Aún más, Saya parecía estar dudando sobre algo que Hagi no pudo identificar, y con cada segundo que corría parecía más tosca y enojada.

—No. Sabes que el cuello no.

El Caballero soltó todo el aire que había contenido en sus pulmones.

—¿Entonces de dónde? —preguntó con más severidad de la que quiso, ya sintiendo que la situación era una perversa broma.

Saya colocó ambas manos sobre la negra tela plisada de su falda escolar.

—Del muslo.

Lo dijo como si nada. Hagi tragó saliva y sintió los músculos de su cuello tensarse como ligas. Sabía que había venas importantes, con mucha irrigación sanguínea, en los muslos, pero si lo que a la chica le preocupaba era implicar la sobrevivencia a un acto casi erótico, morderla en el muslo era mil veces peor lugar que el cuello para beber directamente de su sangre.

—Saya, ¿qué…?

—Sólo hazlo, Hagi —ordenó, tosca, como si tuviera prisa. Él de pronto recordó sus palabras.

Lo único que necesito de ti es que cumplas con tu deber y hagas lo que te digo.

De verdad no sabía si todo eso se trataba de una broma, de un delirio, de alguna treta perversa por parte de Saya para enojarse y desahogarse con él, como últimamente no solamente hacía, sino que parecía buscar incansablemente, o si simplemente había perdido la cordura.

Pero tampoco podía negarse a hacer lo que le decía, no en ese momento. Necesitaba sangre, cada parte de su agotado cuerpo se lo exigía, y en ese momento su fuente más cercana era Saya. Y al final, era ella quien decidía dónde sus colmillos se clavarían.

Hagi se obligó a normalizar su respiración cuando se arrodilló delante de ella, todavía sentada al borde de la cama. Temió que sus dedos temblaran. No podía permitir que Saya pensara que la posición, que la propuesta en sí, estaba inundando la mente de Hagi con imágenes sugerentes y sensuales, casi vulgares. Cosas prohibidas entre Saya y él: cosas que, más bien, creyeron prohibidas para ellos dos desde el Zoológico.

Pensar que el único propósito de su amistad era todo lo contrario. Pensar que en aquel entonces también rompieron las reglas.

Saya nunca hablaba de eso, solamente una vez, mucho tiempo después, cuando estuvieron en Alemania buscando a Diva durante la Segunda Guerra Mundial.

El recuerdo pasó por la mente de Hagi como una comida mal digerida y tóxica. Berlín de noche, destruida y hecha pedazos, tapizada de cadáveres y zapatos ya sin dueño, impregnada con el olor a sangre, a pólvora y humo. Una ciudad fantasma a fuerza del golpe de la destrucción, y en medio de todo ese caos se toparon con dos soldados resguardados entre las ruinas de lo que antes había sido un edificio de departamentos: una chica rubia cubierta de polvo, meciéndose de manera viciosa sobre un soldado con la frente y la mejilla llenas de sangre. Sus armas estaban tiradas a un lado de ellos, tenían las ropas sucias y el cabello apelmazado de sangre y grasa, pero gemían y follaban como si no hubiera mañana.

En cierta forma, era posible que no hubiera mañana.

Saya se detuvo y los observó fijamente, oculta en silencio, entre la oscuridad y las paredes derruidas. Primero los miró ligeramente escandalizada, encontrando la escena totalmente fuera de lugar a todo aquello que los rodeaba, sintiendo un pinchazo de vergüenza. Después se apoderó de ella un sentimiento de fascinación voyerista, y finalmente los miró con una aspereza indiferente alimentada por la envidia.

Fue ahí donde Hagi se dio cuenta de toda la vida que podía existir sin importar qué tanta muerte y destrucción se empeñara en aplastarla.

Me pregunto si, después de tanto tiempo, se podría decir que otra vez soy virgen —Había susurrado Saya, cruda y ácida, sin dejar de observar a los dos jóvenes—. Si es así, mi virginidad ya debe haberse vuelto tan dura como el cuero —Luego lo miró con sus ojos fríos y duros—. Ni siquiera tú podrías romperla.

La última frase lo dejó helado.

Por unos instantes pensó que volvía a escuchar los jadeos de aquellos dos soldados atolondrados por la adrenalina y la excitación, pero cuando volvió en si se percató de que solamente eran los jadeos de la pareja de la alcoba 510.

Parpadeó un par de veces para quitarse la escena de la mente, y sus manos no temblaron cuando las llevó hasta el borde de la falda que caía poco más abajo de las rodillas. Podía sentir la mirada de Saya fija en él, de nuevo como si lo estudiara y juzgara. Su corazón se aceleró y latió con tanta intensidad que temió que ella lo escuchara.

Tu corazón y mi corazón laten al mismo ritmo, entonces… ¿por qué el tiempo nos pasa con diferentes velocidades?

Pero la Saya que lo había abrazado en aquel lago, tan triste y confundida que no tenía siquiera ganas de llorar, ya no existía. Saya se había encargado de enterrarse a sí misma. La que ahora la sustituía no pedía un abrazo ni una respuesta, sólo una mordida, y en esos momentos sólo se seguían escuchando los quejidos de placer de la habitación contigua. Aquel bote ya tampoco existía, y seguramente aquellos dos muchachos eran ya adultos, si es que no murieron durante la guerra.

Hagi subió la falda lentamente, con cuidado, como si estuviese por desvestir a una imagen sagrada, la escultura preciosa de una diosa venerable. Hagi, ante esto, mostraba un respeto y solemnidad fingidos que lo hizo sentir profundamente culpable, como un pecador poniendo un pie en la iglesia, sin ninguna intención de confesarse.

Los muslos femeninos, tan pálidos como lo estaba su rostro, quedaron al descubierto frente a sus ojos azules. Subió la falda sólo lo suficiente, pero aún así alcanzó a ver el discreto triangulo invertido de la ropa interior que se formaba entre los muslos de la muchacha. Pero todo eran sombras sobre negro; estaba utilizando pantaletas negras, a juego con el color del uniforme escolar.

Posó sus manos sobre los muslos, suaves y cálidos, y separó uno del otro con más rapidez de la que quiso. Escuchó a Saya sisear con fuerza, sobresaltándose en su sitio para luego ahogar un pequeño gemido. Hagi sintió su corazón dar un vuelco violento y levantó los ojos hacia ella.

—¿Saya?

—Tienes las manos heladas —susurró. No supo qué responder. Usualmente se disculpaba. En esta ocasión no sentía ganas de hacerlo, como si se hubiese apoderado de él un sentimiento egoísta que le enviciaba de a poco su rígido carácter. Escucharla así, aunque su reacción fuese provocada por el dolor inesperado de la frialdad y no por placer, le resultó tan erótico que por unos instantes pensó que tendría que parar antes de hacer el ridículo de su vida.

Pero no pudo hacerlo. La lógica solía perder la batalla cuando se enfrentaba contra la fatal combinación del amor y el deseo.

Todavía con las manos sobre sus muslos se atrevió a separarlos un poco más hasta que pudo vislumbrar la cara interna de ambos y, más arriba, la entrepierna oculta tras las pantaletas negras.

Acercó su rostro hasta la cara interna del muslo. Pudo escuchar el retumbar de la sangre corriendo dentro de la vena, la luz ligeramente rojiza atravesando la piel, indicándole dónde debía morder. Abrió la boca y a Saya la recorrió un escalofrío violento cuando miró el par de colmillos bajando desde la encía. Enseguida los sintió encajándose en su carne.

—¡Ah… ah!

Fue incapaz de reprimir el quejido nacido de aquel dolor punzante, tan afilado como lo era la misma sensación de los dientes penetrando su piel, en contraste con la sangre cálida que sintió emanar de las pequeñas heridas y los labios de Hagi, succionando, bebiendo; su lengua acariciando la piel y las incisiones. Su saliva era como un bálsamo.

A los pocos segundos se acostumbró al dolor. Era más intenso que las inyecciones, o las agujas cuando recibía transfusiones. Como dos inyecciones encajándose en ella al mismo tiempo, de agujas más gruesas, pero igual de afiladas. Un dolor punzante, pero rápido y tolerable. Un dolor, también, similar al de encajarse las agujas de costura en la superficie de las yemas de los dedos, como solía hacer en los viejos tiempos del Zoológico, cuando se aburría de bordar. Siempre le había resultado un dolor ligeramente masoquista.

Sus dedos apretaron las sábanas de la cama al tiempo que los de Hagi se apretaron contra sus muslos.

¿Esa era la misma sensación que experimentaba Hagi cuando ella lo mordía?

—A-ah… H-Hagi… —siseó una vez más, cuando el dolor comenzó a transformarse en una especie de espiral delirante, como si llevase horas bailando un vals completamente alcoholizada. No supo si la pérdida de sangre la estaba mareando, hasta ahora él no pudo haber bebido demasiada, pero de pronto agotada, como enviciada por un miasma tóxico, no fue capaz de seguir soportando más el peso de su propia cabeza ni el control de su iracunda mente.

Se dejó caer sobre la cama, con el techo dando vueltas por encima de ella. Hagi, sin dejar de beber, levantó la vista. La encontró con la espalda y el cuello arqueados, las manos laxas a ambos lados de su cabeza. De vez en cuando podía escucharla soltar quedos gemidos que fácilmente podían interpretarse como de dolor… o tal vez, de placer.

Experimentaba una espiral de éxtasis ambiguo muy similar al de ella, como si su consciencia y alma abandonasen su cuerpo. No se dio cuenta del momento en que su mano izquierda serpenteó camino arriba, por debajo de la falda, hasta sentir la tela suave de las pantaletas rodeando su cadera. Con la otra mano flexionó la pierna de la cual bebía.

Estaba tan cerca… ella parecía no darse cuenta de nada. ¿O lo hacía, y no estaba haciendo nada para impedirlo? Solamente tenía que sujetar la ropa interior, jalar abajo la prenda, su boca hacia arriba… devorarla.

No, era una locura. Su deliciosa sangre, igual que un psicotrópico, lo estaba haciendo delirar tal y como lo hacía Saya. Era demasiado. Ya había bebido demasiado, la iba a matar si seguía así.

La voz de la consciencia le gritaba, llena de verdades crueles, dentro de su cabeza. Una voz igual a la suya, pero mucho más rígida y severa: la voz del Caballero, la del guardián, el sirviente y el esclavo. Eran demasiadas voces en un sólo personaje como para vencer a la otra voz, la del simple hombre que la deseaba, la del hombre que deseaba hacerla suya, hacerla su amante y compañera eterna. La del hombre que tenía décadas anhelando y deseando decirle que no quería dejarla ir, que quería quedarse ahí para siempre, con su rostro entre sus piernas susurrando las millones de palabras que inundaban su cabeza con una frecuencia aterradora y bestial, hambrienta: palabras sucias, palabras de adoración. Mantras infinitos de la agonía y desesperación que lo carcomía desde el interior por amarla tanto.

La voz del hombre que quería decirle que la amaba. Pero su lengua era cobarde. Su amor por Saya, desde el primer momento, lo hizo pedazos y le devoró el corazón.

Julio Cortázar escribió en el capítulo noventa y tres de su novela, Rayuela, que enamorarse de una mujer no consiste simplemente en elegir a una entre tantas y casarse con ella. Que a Beatriz no se le elige y a Julieta tampoco; no se puede, realmente, elegir en el amor, porque el amor, la revelación de este, estaba muy alejado de la música de trompetas gloriosas y celestiales, o bailes idílicos entre las nubes. El amor era más parecido a un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio, recordó haber leído.

Y en el caso de Hagi no solamente su amor por Saya lo había dejado hecho trizas en el suelo, ahogado en su propia sangre, sino que se había divido en muchas caras que peleaban encarnizadas unas contra otras y que se sublimaban de una manera tan perversa como perversa era la forma en que Saya lidiaba con su propio dolor: porque con el tiempo había llegado a la conclusión de que su opinión y sentimientos por ella no valían un carajo, y que la única garantía que tenía de permanecer siempre a su lado era cumpliendo y obedeciendo cada uno de sus caprichos y deseos hasta dejar de lado los suyos e interiorizar los de Saya como propios.

Pero la impetuosidad tanto física como emocional que sentía por ella era tan poderosa e intensa como lo eran las otras voces, las que le decían que su debilidad como hombre era nada en comparación a ellos y su posición. Esclavos y guardianes privilegiados cuya existencia iba mucho más allá de solamente amar y desear a Saya, sino de protegerla y mantenerla viva; porque el amor puede matar, pero la lealtad y la devoción, nunca.

La mitad de él le pertenecía a Saya mucho antes de ser su Caballero; la otra mitad… no era más que debilidad en la guerra.

De pronto la sangre le supo tan dulce como ácida, igual que un caramelo para niños o una fruta cítrica. Ya había bebido demasiado, se dijo una vez más, intentando apartarse de ella. Y finalmente, se detuvo. Tomó los últimos restos de sangre con su lengua, relamiendo lentamente los que quedaron rezagados en sus labios. Para cuando se separó de ella las dos pequeñas incisiones ya cerraban rápidamente.

Saya soltó un suspiro mezcla de alivio y agotamiento cuando terminó de beber de ella. Hagi se irguió un poco para observarla. La encontró con los ojos entreabiertos al igual que la boca, respirando ligeramente agitada. No pudo evitar pensar en cuán similar lucía a una mujer justo después del orgasmo.

—¿Saya…? —murmuró, recargando una rodilla en el borde de la cama, acercándose a ella, entre curioso y preocupado. ¿De verdad había bebido tanto de ella? Parecía haberse quedado sin energías, como si todos los huesos de su cuerpo perdiesen densidad y sus músculos se hubiesen aflojado—. ¿Saya? ¿Estás bien?

Tan pronto como terminó de hablar recibió su respuesta. La joven abrió los ojos de golpe y Hagi se encontró con sus iris rojas como carbones. Una mano firme lo jaló, y para cuando acordó tenía la cara sobre la cama y los colmillos de Saya en el cuello.

Gruñó entre la sorpresa, la excitación y el dolor. Los dedos femeninos se encajaban en su espalda tan firmemente como sus dientes en su piel. Casi podía sentir sus uñas por encima de la camisa y el gabán.

Debió haberlo imaginado, se dijo el Caballero. La sangre, durante los momentos de hambre, en los tiempos de carencia, cuando se conseguía era un bien preciado que sacaba de ellos lo peor: lo más animal, lo más primitivo y salvaje. Y era entonces que querían más, más y más.

Todavía aturdido sujetó la cintura de Saya y con la otra soportó el peso de su cuerpo sobre la cama y la chica. Ella debió pensar que intentaba escapar, porque apenas se movió lo sujetó del cabello y enroscó las piernas alrededor de su cintura. Lo estaba mordiendo con tanta fuerza que por unos instantes creyó que le desgarraría la yugular. Y estaba bebiendo rápidamente.

—Sa-Saya… —murmuró, frunciendo el ceño, sintiendo sus músculos tensarse—. Saya… estás… Saya, ya basta.

Todo comenzó a sentirse como un castigo: un castigo por atreverse a desearla y amarla cuando lo único que ella buscaba era alimentarse de odio.

Sintió su corazón latir en su garganta, como si estuviese sufriendo una taquicardia.

Si seguía así lo iba a matar.

Colocó una mano sobre la muñeca que sujetaba su cabello, buscando soltarse, pero estaba prendada de él como un gato con las garras sobre su presa.

—Saya… estas bebiendo demasiado… —Los irregulares latidos de su corazón se estaban volviendo un retumbar desesperante en sus sienes—. ¡Saya, ya basta!

Y de pronto hubo un momento de súbito silencio, seguido de una especie de eco lejano que se le antojó escalofriante. Cualquier otro sonido en el mundo desapareció, algo similar al último ruido que escuchó con vida, justo antes de la muerte: un golpe certero, el resonar de su cabeza contra la piedra y el chasquido de sus propios huesos quebrándose en el acto. El sonido amortiguado por la inconsciencia, tambaleándose entre la vida y la muerte, manifestándose con su propia sangre corriendo fuera de él como un río desbocado. El sonido de la vida escapando y corriendo lejos como una niña traviesa jugando a las escondidas.

Por unos instantes creyó que lo había matado, y luego lo sintió de verdad: sintió los labios, ahora cálidos, separarse de su piel, sustituidos por la humedad tibia de su lengua lamiendo los restos de sangre, las últimas gotas.

Finalmente, de un jalón, pudo separarse de ella, aunque estuvo seguro de que fue más bien porque Saya decidió soltarlo que gracias a su propia fuerza. Los colmillos, al salir, lograron rasguñar parte de su cuello, casi llegando a la clavícula. De inmediato se llevó una mano a la herida, que para ese entonces ya estaba cerrando.

Se quedó paralizado en su sitio, de rodillas entre sus piernas. La observó fijamente, sus ojos cerrados y las pestañas largas. El fleco despeinado y las trenzas desperdigadas a los lados de su cabeza. Notó cómo comenzó a recuperar un poco de color, pero no el suficiente. Necesitaría, por lo menos, tres o cuatro comidas más para recuperar peso.

Su cuerpo parecía saber eso, como si le pidiera más, porque a pesar de lucir como una chica luchando entre el sueño y la vigilia, se llevó los dedos a la barbilla y recogió las gotas de sangre que escaparon a su boca, lamiéndolos lentamente, con gula. Tenía el listón azul que utilizaba para atar su cabello enredado entre los dedos.

Saya siempre había sido una chica de gran apetito, incluso demasiado voraz para una jovencita tan delgada y pequeña: aquello no solamente incluía la comida, sino la sangre, a pesar de que su consciencia y moral le impedía disfrutarla como antes podía disfrutar de los pastelillos de limón o la jalea de grosellas. Pero cuando se encontraba atrapada en ese estado, en el éxtasis de la sangre, todo pudor quedaba de lado.

Lentamente, aletargada, las piernas de Saya se movieron delante de él. Primero una rodilla rozó su pecho, mientras la pantorrilla de la otra subía por su brazo hasta que su pierna se flexionó sobre su hombro. El peso de ella fue tan abrumador como el de un sol desértico y despiadado sobre él, tan pesado como el del mismo deseo matándolo desde adentro.

Hagi, quien provenía de gitanos, no se crió en una familia católica, y en sus años sirviendo a los Goldschmidts, quienes eran judíos y más por tradición que por devoción, tampoco sembró en él un sentimiento especialmente religioso, pero de pronto se encontró a sí mismo repitiendo en su cabeza una y otra vez un rezo a medias.

No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. No nos dejes caer en la tentación… no nos dejes caer…

Lo pensaba una y otra vez, hipnotizado por aquella oración. Sus dedos rozaban suavemente la pierna flexionada sobre su hombro, el sonido de su voz interna rezando, rogando piedad, fuerza y voluntad contra la tentación, mezclado con los malditos gemidos fingidos de al lado, con los quejidos de Saya, con su lengua lamiendo sus dedos, con las imágenes viciosas de sus propias fantasías y las de la realidad: las piernas abiertas delante de él, la delgada barrera que suponían las pantaletas negras, la forma en cómo la blusa del uniforme había subido dejando al descubierto su estrecha cintura… su sangre hirviendo. La sangre hirviente que ella tanto había extrañado.

Más parecía que invocaba una blasfemia con ese súcubo disfrazado de colegiala que un rezo rogando por ayuda divina.

Ahora entendía por qué odiaba hospedarse en esos puteros, más que moteles, con Saya. Sus habitaciones estaban llenas de amantes prohibidos, de novios escurridizos, de putas y clientes, de pedófilos y criminales que huían. Lo más oscuro y lo más pasional de la humanidad los rodeaba siempre y le recordaba, irremediablemente, lo cerca, lo unido que estaba a ella por la sangre, por deber, por compromiso, por amor y por todo, y también lo lejos que estaba de él y sus manos heladas, mientras el resto de los humanos se escurrían y ocultaban dentro de esas habitaciones de mala muerte para dar rienda suelta a sus deseos, estuviera mal o no, con moral o sin ella, con dinero o sin él, con amor o sin amor; eso no importaba.

Hagi los envidiaba profundamente.

Y él podía abrazarla mientras dormía, para conciliar su sueño, incluso colocar sus manos sobre su cadera o rodear su cintura, o a veces quedarse fuera de la habitación, cuidando los alrededores como un fiel perro guardián, pero no podía tocarla. Ella no se lo permitía, y su lengua cobarde y el peso del deber lo dejaban siempre mudo ante ella, con su capacidad para pensar antes de hablar completamente obsoleta.

Y siguió rezando, inútilmente, cuando sus manos se acercaron a sus muslos, a la cara interna de estos, separándolos un poco, sólo un poco…

Saya abrió los ojos de golpe cuando sintió los dedos fríos rozar su piel y el maldito rezo, como un insulto, retumbar en su cabeza. Hagi la vio tensarse, recordando cuánto odiaba ella todo lo relacionado a la religión.

Su mirada le causó escalofríos: rojos como una pesadilla, como si sus rezos hubiesen invocado un demonio venido de los abismos del infierno. Un demonio que había poseído a Saya y que ahora lo odiaba.


"Cerca de morir, un amor cruel, un amor extraño capaz de arrebatarme la vida. El amor ha de tener sus sacrificios, no hay sacrificio sin sangre"

Carmilla —Sheridan Le Fanu


Bueno, creo que en este capítulo las cosas subieron un poquito de tono, y seguirán subiendo un poco más.

No tengo mucho que aclarar, excepto que, basándome en el manga de Blood Plus, se sugiere que Hagi y Saya fueron novios durante los últimos dos años que el Zoológico estuvo en pie, así que basándome en eso dudo mucho que no haya pasado nada de nada entre ellos durante tanto tiempo, por eso la pequeña escena de Berlín. Por mi parte también creo que Saya habría decidido terminar con su relación con Hagi cuando se desató el infierno, por obvias razones, aunque creo que a todos nos queda claro que entre ellos sigue existiendo cierta tensión.

También me pareció curioso que incluí lo del rezo de Hagi sin darme cuenta de que, en la película, que en parte de ella me estoy basando para el fic, Saya claramente odia todo lo relacionado a la religión (la sola mención de Jesús la saca de quicio), y no me di cuenta de que Saya justamente, en el fic, "despierta" enfurecida cuando Hagi comienza a rezar con este rollo de no caer en la tentación. Nada, esas cosas que hace uno sin pensarlo mucho y que creo que al final dan buen resultado.

Creo que eso sería todo por ahora. Una disculpa por no haber contestado aún sus comentarios, el servicio social me ha tenido algo agotada, pero por estos días estaré respondiendo. Muchísimas gracias a todos los que me han comentado y muchas gracias también por tomarse el tiempo de leer este fic.

[A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]

Me despido,

Agatha Romaniev.