Disclaimer: Blood+ no me pertenece, son propiedad de Production I.G., Aniplex y Junichi Fujisaku. Blood: The Last Vampire no me pertenece, es propiedad de Production I.G., SPE Visual Works y Hiroyuki Kitakubo.

Advertencias: violencia física y sexual, lenguaje soez, lime y temas adultos.


"Bared on your tomb

I am a prayer for your loneliness

And would you ever soon

Come above unto me?"

Nymphetamine —Cradle of Filth


Las grietas de la cólera

—Say…

—¡¿Qué haces?! —Se irguió sobre sus codos al tiempo que lo empujaba lejos de ella. Hagi cayó al suelo, profundamente confundido, y profundamente culpable, preguntándose si el reclamo había venido por el recurso religioso que recién había utilizado, o porque básicamente intentó abrirle las piernas (mientras rezaba, cabe mencionar).

Saya, por su parte, se echó hacia atrás en la cama y, nerviosa, desenredó su falda hasta llevarla bajo sus rodillas, cerrando las piernas en el acto. Con la respiración agitada y el sabor de la sangre todavía en la boca observó a su Caballero desde su sitio.

Los ojos de la chica ahora estaban llenos de una mezcla de temor, confusión, ira y nerviosismo. Todo junto, cada una de ellas igual de intensas, tanto que parecía estar al punto del descontrol. Por unos instantes el Caballero deseó ver en ella la dura expresión de determinación que solía usar cuando estaba a segundos de acabar con un quiróptero: con ella en su rostro, al menos le era completamente claro lo que sentía y pensaba. Pero cuando sus emociones se mezclaban y desbordaban a través de iris carmín Saya entonces se volvía impredecible.

—Saya, yo… —Levantó una mano lentamente, en señal de paz—. Lo siento. No quise…

—¿Qué estabas haciendo? —inquirió, ahora mucho más molesta que nerviosa. A Hagi se le heló la sangre, el temor de pronto había arrasado todo rastro de excitación en él.

A pesar de estar vestida como una colegiala, en ese momento de lejos lograba tener el aura de ingenuidad que solían portar las chicas que normalmente lo usaban.

—N-Nada… yo…

—Ya has bebido demasiado, lo suficiente como para marearme —sentencio la joven, llevándose una mano al muslo donde la había mordido—. Con eso será suficiente. No pidas más.

Hagi se quedó de una pieza. ¿Acaso no recordaba, o no entendía, lo que había pasado? Prácticamente había estado a punto de hacerle sexo oral. ¿O acaso él, en su anhelante delirio, solamente imaginó todo?

Se puso de pie lentamente, con cautela. Saya le rehuía la mirada y la pudo escuchar reclamar con un murmullo "me ha dolido". En un intento de ignorarlo salió intempestivamente de la cama y fue a sentarse al tocador. El reflejo del espejo le devolvió su propia imagen, y sus propios ojos parecieron hipnotizarla. Hagi miró la escena unos segundos, pero no supo si realmente estaba en trance, tratando de nivelar sus pensamientos, o si simplemente estaba ignorándolo.

El Caballero se pasó una mano por el cabello despeinado y vio su listón azul en la cama. Lo tomó e inmediatamente sujetó su cabello, dándole la espalda a la chica y guardando silencio, con el estómago volteado y el corazón latiendo todavía en su garganta. Realmente no sabía si, al igual que ella a él, sería capaz de mantenerle la mirada durante los próximos minutos, u horas. Esperaba que eso no se convirtiese en días.

Cuando terminó de anudar su cabello intentó, desesperado e incómodo, buscar algo con qué entretenerse dentro de la endemoniada habitación, pero no había nada más allá de la televisión, o su violonchelo, y no tenía ganas de acercarse a ninguna de las dos cosas. Tampoco podía moverse de ahí, ni él ni Saya. David les había dicho que esperasen en el motel para recibir al contacto del Escudo Rojo que les indicaría a dónde dirigirse, y que a más tardar llegaría por la mañana.

Iba a ser una noche infernal.

Miró la cama. Ojalá pudiese dormir y olvidarse un rato. Con razón ese era un motel: en realidad no había nada que hacer allí porque, precisamente, a esos sitios sólo se va a hacer una cosa y no a tomar la siesta.

Tomó aire profundamente, como quien toma su último respiro antes de pasar a la guillotina.

—¿Te sientes mejor? —preguntó, sintiendo por unos instantes la herida fantasma de su cuello. Saya lo miró por el reflejo y le contestó con brusquedad.

—Sí.

No le estaba haciendo las cosas fáciles. Reprimió las ganas de rodar los ojos. ¿Así de frustrada se sentiría Saya cuando se quejaba del por qué él hablaba tan poco?

¿Por qué no hablas? ¿Por qué te quedas callado? ¿Por qué no te enojas?

Casi la podía escuchar quejarse en su cabeza. La gran diferencia entre ellos, y los momentos en los que no querían hablar después de una discusión, es que las razones de Hagi para quedarse callado cuando simplemente no tenía nada que decir, o no era el momento adecuado, es porque siempre había sido de temperamento flemático, una persona reservada e introvertida más dado a analizar y desmenuzar sus propios pensamientos y entenderlos él mismo antes de externarlos, procurando no soltar lo primero que le pasase por la mente cuando esta se encontraba desbordada. Cierto que Saya era su mayor debilidad a la hora de expresarse y con ella ponía mucho más cuidado a la hora de decir algo -cuando, en realidad, con el grado de confianza que se tenían debía ser todo lo contrario-, a pesar de que siempre le decía lo que necesitaba saber y no lo que solamente quería oír, pero las razones de Saya para hablar poco o simplemente contestar con toscos monosílabos, como en esos momentos, siempre eran por causa de la ira ciega y su tendencia a la conducta pasivo-agresiva.

—No has comido adecuadamente estas semanas —apuntó Hagi. Saya lo seguía mirando, con dureza, por el espejo—. Lo puedo notar.

—No me gusta esa sangre —masculló, refiriéndose a la sangre embotellada dentro del refrigerador.

No, claro que no le gustaba, de hecho Hagi creía que a nadie podía gustarle, ni a ellos, ni a Diva o sus Caballeros. Pero había ocasiones en las que incluso no existía otra opción que alimentarse de la sangre de las ratas.

—David dijo que nuestro próximo destino probablemente sea Nueva York o Londres. Es un viaje muy largo, Saya. Por lo menos intenta comer algo; este régimen al que te estás sometiendo sólo te está haciendo daño.

Se refería a comida normal.

—No tengo hambre. Ya he bebido de ti —lo interrumpió. Ahora sonaba un poco más molesta y, después, su mirada se oscureció—. Y casi te mato. No insistas.

—Pero…

Los gemidos y el crujir de la cama se volvieron a escuchar en la habitación contigua. Esta vez, el respaldo de la cama golpeaba la pared una y otra vez.

—¡Maldita sea! —exclamó Saya, golpeando la mesa con un puño—. ¡¿Qué no pueden dejar de follar?! ¡Tengo días metida en este cuchitril de mierda escuchando a las putas revolcarse con esos cerdos!

Hagi se quedó helado. Saya hace mucho que no se comportaba como una dama ni como una señorita bien educada de clase alta, y de hecho, nunca lo había hecho del todo. Había sido femenina y vanidosa, pero dentro de todo siempre fue una muchacha más bien problemática y traviesa para lo esperado en el siglo pasado, más que una chica sumisa y serena. Ella solía pasarse muchas de esas expectativas por el arco del triunfo, pero en la guerra no había tiempo para estar cuidando que las uñas no se rompieran, y era un milagro que en esta ocasión optara por dejarse el cabello largo, aunque lo trenzara, pero rara vez la había escuchado maldecir y soltar improperios con tal naturalidad.

—Saya…

—¡¿Qué?! —Se volvió hacia él, todavía sentada, tensa y a punto de ebullición. Las trenzas temblaron con el brusco movimiento una vez que volvió su vista nuevamente al espejo—. ¿Te parece incorrecto, vulgar? ¿Un lenguaje poco apropiado para una señorita bien educada? Hace mucho que dejé de ser una dama, Hagi. Mientras más pronto lo aceptes, mejor será para los dos.

No era el lenguaje soez lo que lo preocupaba, sino lo tensa, lo estresada que lucía. Lo dura y áspera que se había vuelto desde su último despertar, lo cada vez más remota y furiosa que se volvía con cada nuevo despertar, desde el primer día que abandonaron el Zoológico. Lo marchita que lucía en solamente un mes de no haberla visto.

Era como si odiara al mundo entero: a los humanos, a los quirópteros, al Escudo Rojo, a Diva y sus Caballeros, nadie escapaba de su cada vez más marcada misantropía. Incluso como si lo odiara a él… pero especialmente, por encima de todo eso, Hagi sabía que a quien más Saya odiaba, era a sí misma.

—No es eso —se aventuró a decir, susurrando, casi como si temiese que lo escuchara—. Es lo estresada que estás, Saya…

No supo si ella lo escuchó. Enseguida comenzó a hacer lo más fuera de lugar que se le podía ocurrir en ese momento: la chica metió las manos dentro de una pequeña bolsa a un lado del espejo. En medio de todo el movimiento un cepillo de cabello sobresalió y, finalmente, sacó de su interior un pequeño cilindro negro. Le quitó la tapa y le dio vuelta, revelando con ello una barra de color rojo.

¿Lápiz labial?

—¿Qué es lo que quieres, Hagi? —masculló, pintando levemente las yemas de sus dedos con el labial—. ¿Que luzca viva? ¿Qué beba sangre para lucir como si estuviera viva, como si por dentro no estuviera muerta? Debería estar muerta, Hagi, debería estar muerta… igual que toda nuestra maldita raza —Mientras hablaba se golpeaba con suavidad las mejillas, mirándose al espejo—. ¿Sabes lo que hago para que esos imbéciles no me estén preguntando cada maldito segundo si estoy enferma, si necesito ir a la enfermería? ¿Qué luzco pálida y no sé qué tantas tonterías, las mismas que tú dices?

Hizo una pausa para pintarse los labios, bruscamente, con el lápiz rojo.

—Me pongo esta porquería encima —Cuando terminó se volvió hacia él, aún más enfurecida—. ¿Te parece mejor? ¿Parece que hubiese bebido sangre? ¿Así te gusta más? ¿Me dejarás entonces de molestar?

Hagi no tenía palabras para contestar. El lápiz labial utilizado improvisadamente como rubor y para dar color a su boca había logrado que, efectivamente, no luciera como si acabase de salir de un frigorífico o escapar de la morgue. Con la rapidez con la cual lo había colocado terminó mal delineado por los bordes de la boca, pero aún así resaltaba sus labios, haciéndola ver extrañamente más joven, en contraste con el rojo intenso de los labios, más destinado a las mujeres adultas que a las jovencitas, como si fuese una niña, apenas una adolescente, intentando verse más grande, igual que una adulta. Pero ella tenía muchos años encima y un extenso pasado arrastrando como para considerarse una adolescente.

Pero por sobre todas esas cosas, se veía… viva.

—Te ves… —balbuceó Hagi, sin saber realmente qué decir. Esta vez fue él quien se sintió como un adolescente estúpido en cuanto intentó hablar. Lo que Saya menos necesitaba en ese momento es que le dijeran que lucía hermosa, y mucho menos, necesitaba escuchar lo que en sus exigencias intentaba provocarlo decir.

Por primera vez no supo qué fue lo que Saya quería oír… y tampoco supo qué es lo que debía decir. Ni lo que ella en realidad necesitaba escuchar.

Frustrada, la chica se dio la vuelta y se enfrentó con su imagen en el espejo. Pareció súbitamente abrumada y por unos instantes estuvo a punto de dar un puñetazo contra el cristal, pero en el último momento se detuvo y gimió, colérica. Desbordada como un cañón de arena, recargó los codos en el tocador y dejó caer la cabeza sobre sus manos lánguidas.

—Cuando entré el primer día a la escuela de la Base de Yokota… —Su tono era monótono, como el de un muerto—. Era la hora del receso. Mientras caminaba por los pasillos y esquivaba a ese montón de trogloditas vi a una pareja de adolescentes besándose. Se reían y se volvían a besar. Se quedaban sin aliento y volvían a besarse, una y otra vez. Se veían… tan llenos de vida. Tan ignorantes, pero llenos de vida —Hizo una pausa y tomó una bocana de aire, como si se ahogara—. Y tenían música en los pasillos… You Never Can Tell, de Chuck Berry. Casi me vuelvo loca. Solamente quería escucharte a ti tocar el violonchelo, interpretar a Bach…

El Caballero tragó saliva. No entendía por qué le contaba todo eso.

Notó sus pequeños hombros estremecerse unos segundos.

—Los odio, Hagi… —Se escondió el rostro con las manos, llena de vergüenza y cólera—. Los odio tanto

La escuchó tan vulnerable, tan perdida en su propio odio, en la pesadilla en la cual se habían convertido cada uno de sus sueños, que sintió su corazón detenerse, como si se hubiese roto, mientras una fugaz mueca de tristeza oscurecía su mirada.

Hagi sabía lo que era eso.

¡No tengo elección porque me compraron!

Recordaba sus propias palabras, incluso el tono infantil que alguna vez poseyó en su juventud cuando, abrumado en ese sitio desconocido, con esa mujer desconocida que le exigía tantas tonterías, su orgullo se resquebrajó y tuvo que gritar aquello que tanto le dolía. Hasta que la frustración fue tanta que se desbordó de él en forma de lágrimas. Podía recordar el pinchazo cuando vio la mueca de mortificación de aquella Saya, y en su cabeza a su padre diciéndole "los hombres no lloran": la desesperación y la vergüenza cuando volvió el rostro para que no viera sus lágrimas.

Y también recordó el momento en que Saya, en lugar de reírse de ellas, lo abrazó a pesar de que en un inicio incluso la rechazó, asustado por el súbito gesto de gentileza y consuelo. Le permitió mojar la fina seda de su vestido con sus lágrimas. Lo abrazó no como a un sirviente ni como a un ser digno de lástima, sino como a un niño dolido.

Caminó hacia ella lentamente, sin hacer ruido. Los gemidos de a lado seguían y seguían. Cuando estuvo cerca de la chica llevó su mano a su rostro y acarició su mejilla muy levemente. Ella tembló al sentir el tacto helado.

—¡No me toques!

Lo apartó de ella de un manotazo y el Caballero se quedó con la mano en el aire, estupefacto.

No podía más. Era como lidiar con un león herido que se niega a ser curado, que solamente busca que lo dejen morir. No sabía qué hacer, tampoco podía obligarla a recibir afecto si no quería y tampoco era una niña, pero… ¿si era claro que lo necesitaba?

¿Y si se había vuelto inútil no sólo para consolarla, sino para siquiera seguir siendo su amigo?

Antes, en el Zoológico, cuando Saya rompía a llorar aceptaba sus abrazos igual que un bálsamo para su alma. Cuando tenía miedo y pesadillas por las noches él lograba escurrirse a su habitación y la abrazaba hasta que se quedaba dormida, y solamente se apartaba de su lado justo antes de que la servidumbre, incluyéndolo, se levantara a empezar el día.

Comenzó a escuchar risas. La risa de Saya, pero era una risa ácida y agria, queda y baja, casi demencial, como si recordase un chiste muy malo en medio de un funeral.

—No sé por qué los odio tanto, a todos ellos —Alcanzaba a ver la boca roja curvada hacia arriba, con los colmillos sobresaliendo ligeramente—. No tiene caso. Ese par de idiotas algún día van a terminar. Cuando él se la tire, la botará. Cuando ella se vaya a la universidad, lo dejará. Nada es eterno en esta vida, sólo nosotros… —Volvió a soltar una de esas risas ácidas—. Sí, ellos terminarán… igual que tú y yo terminamos alguna vez. No importa que seamos eternos. Ya no importa nada…

Se le hizo un nudo en la garganta. No habían vuelto a hablar de eso desde que sucedió. De su relación, de la relación más allá de ama y sirviente, de amigos, de ama y Caballero, de compañeros de combate. Se estaba refiriendo a su noviazgo, secreto, sí, pero noviazgo al fin, demasiado cercano y sincero como para simplemente llamarlo una aventura prohibida, un simple romance entre una señorita de clase alta y su sirviente favorito.

Hagi no creía que siquiera Saya lo recordara, o que, en todo caso, había decidido simplemente olvidarlo. Él no había corrido con la misma suerte, y en ocasiones todavía se preguntaba si él siempre la había amado mucho más de lo que ella lo amó a él, o de lo que podría volver a amarlo.

Fueron novios durante dos años, en los últimos años del Zoológico, y su relación terminó tan abruptamente como sus vidas cambiaron aquel trágico día de domingo. Fue Saya quien decidió terminar con ello, y desde entonces no habían vuelto a mencionarlo, como si se tratase de un tema tabú entre ellos, como si se hubiese tratado de un desliz o un error cuando, en realidad, incluso habían hecho planes para escapar juntos del Zoológico y sus murallas: escapar juntos sólo ellos dos, ir más allá de los mares buscando un lugar donde su relación no estuviese supeditada a las expectativas de Joel ni de Amshel.

Cumplir el sueño de Saya de viajar por el mundo llevando su espada, él acompañándola, como habían prometido hacer cuando él era un niño.

Creyó que en cualquier instante rompería en llanto; ojalá lo hiciera. Deseaba verla llorar porque ella necesitaba llorar, pero así como dictaba la letanía de los hombres no lloran, las guerreras tampoco lo hacen. En lugar de eso Saya dejó caer los brazos a ambos lados de su cuerpo y echó la cabeza hacia atrás pesadamente, ojos cerrados, respirando con dificultad. Las trenzas cayeron libremente tras el respaldo de la silla.

—Ah… Hagi… —susurró débilmente, como si hablase en sueños—. Pero… tan llenos de vida. Qué estúpidos.

Y el silencio volvió a caer sobre ellos casi al mismo tiempo que los amantes de la habitación contigua se detuvieron. Ninguno supo cuánto tiempo pasó hasta que alguno se atrevió a hacer algún movimiento. Saya se quedó ahí, sentada, con la cabeza hacia atrás y los brazos colgando. Se preguntó si se había quedado dormida.

Miró a la ventana abierta cuando una brisa especialmente fría se coló en la habitación. Sólo hasta ese momento se hizo consciente de lo tarde que era. Ya casi no se escuchan autos en la calle, solamente los ladridos de los perros y la música amortiguada de los antros y bares cercanos.

Resonó un portazo en la habitación de junto y unos pasos alejándose por el pasillo.

—Hagi…

Volvió la vista a ella. No se había quedado dormida, estaba esperando.

—Dime, Saya.

—Tú eres mi Caballero. Tienes que hacer todo lo que te digo, ¿recuerdas? —El hombre asintió, recordando Londres—. Matarme incluso, si te lo pido —Entonces recordó el viaje en tren y esta vez no fue capaz de asentir, a pesar de que el peso de su promesa era otro tema tabú entre ellos. Presente, del cual los dos sabían perfectamente, pero del que tampoco hablaban nunca.

—Si yo te pidiera algo, si te lo ordenara… —A pesar de su apariencia aletargada, triste y enfurecida, su voz sonaba increíblemente firme—, tú me lo darías sin rechistar, ¿cierto?

—Sí, Saya.

No podía siquiera imaginar qué era lo que estaba por pedirle. ¿Qué órden más espantosa que el hacerlo prometer matarla podía encomendarle, como para estar dándole tantas vueltas?

—¿No me juzgarías…? Tú no me juzgarías, ¿cierto?

En ese instante la chica se puso de pie hasta quedar frente al hombre.

—Jamás.

La mirada de Saya jamás le pareció tan penetrante, tan severa, tan dura, y a la vez tan extrañamente vulnerable. Como la grieta de un escudo, o de un muro fortificado una y otra vez y ya demasiado pesado y modificado como para soportarse a sí mismo. Era la grieta del punto exacto donde sólo había que soplar para que todo se resquebrajase y se viniera abajo, más parecido a un castillo hecho de naipes que a una fortaleza de piedra.

—Hagi, bésame.

Alzó ambas cejas, atónito. ¿Qué la besara? ¿Era en serio? ¡No lo dejaba siquiera tocarle un cabello! Y por el contrario, era capaz de permitirle meter la cabeza entre sus piernas, de levantarle la falda, para luego empujarlo y alejarlo como si el sólo hecho de estar cerca de ella la lastimase.

—¿Qué…?

—¿Me estás juzgando? —inquirió con severidad, frunciendo el ceño—. ¿Piensas que he perdido la cordura?

Tuvo que tomarse unos segundos para aclarar sus ideas y contestar algo coherente, ¿pero qué cosa coherente podía contestar ante tamaña contradicción? Tal vez, en cierta forma, por unos momentos sí creyó que se estaba volviendo loca.

—No, no es así, Saya. Jamás te juzgaría —comenzó a decir y pensó que, en todo caso, no le quedaba otra opción más que ser sincero, hablarle sin filtros—. Es sólo que… tu actitud conmigo me confunde.

—¿Cuál es el problema? —Levantó el mentón con cierto aire de altanería—. Hace unos momentos querías foll…

—No, espera —la interrumpió, levantando una mano en señal de paz—. No es eso… pero…

—Te he dicho que me beses, Hagi —reiteró, oscureciendo la mirada, perdiendo la paciencia.

—Saya…

—¡Hazlo!

El grito logró sobresaltarlo un poco, sacarle por un fugaz instante una mueca de asombro y confusión. Debía estar realmente estupefacto, pensó Saya con asombrosa indiferencia, esperando el momento en que finalmente se acercase a ella para cumplir con su órden.

Al final de cuentas, ambos siempre habían sido no más que un experimento, incluida su amistad y relación.

Los perros seguían ladrando en las calles. En un bar cercano se comenzó a escuchar You Never Can Tell.

It was a teenage wedding, and the old folks wished them well.

You could see that Pierre did truly love the mademoisell.

Un solo empujón más y la gravedad la tirarían a la completa locura, lo sabía.

Y no es que no quisiese besarla. Probablemente una de las cosas que más añoraba era volver, precisamente, a sentir sus labios contra los suyos, pero había internalizado tanto sus deseos, los había reprimido tanto, que la sola idea de besarla, la idea de que en ese instante ella le estuviese pidiendo que lo hiciera, ruegos disfrazados de órdenes crueles y ambivalentes, se tratasen no más que de los delirios de un hombre ya prácticamente enamorado sólo de su propia desesperanza y su deber para con un amor tan pausado que ya consideraba perdido.

De que fuera él quien había perdido la cordura, y si sería capaz de recuperarla cuando ella le exigiese no volver a tocarla ni besarla nunca más.

Pero tenía que arriesgarse. ¿No había tomado en el pasado, incluso siendo un humano, riesgos enormes y absurdos sólo para complacerla? ¿Riesgos que lo mataron?

Lo curioso era que, besar a alguien, en ocasiones parecía tan arriesgado y emocionante como escalar un acantilado camino abajo y sin protección alguna.

Finalmente Hagi dio dos pasos a la muchacha, los suficientes para quedar lo bastante cerca de ella. Saya levantó la mirada hacia él, quien la superaba mucho en altura, mientras que el Caballero colocó sus manos sobre sus mejillas. La calidez de rostro chocó contra el frío eterno de sus manos, pero la chica no hizo una sola mueca.

Notó que la respiración de Saya era ligeramente agitada, mientras que él luchaba por no respirar. La distancia entre sus rostros fue desapareciendo conforme él se acercaba y, estando apenas a centímetros de sus labios, Hagi se detuvo.

—Saya… —dijo, provocando que la chica se estremeciera—. Cierra los ojos.


"Me juzgarás cruel y egoísta, muy egoísta, pero recuerda que el amor es siempre así. Cuanto más inmensa es la pasión, más egoísta resulta"

Sheridan Le Fanu


Lo siento, sé que les jodí la escena en la mejor parte.

Aclarando cosillas: desde un inicio mencioné que deseaba hacer una mezcla entre la Saya de TLV con la Plus, es por eso que en este capítulo, luego de verla tan tosca y brusca, finalmente parece resquebrajarse un poco bajo el peso del deber y la culpa, ya que la Saya original en ningún momento muestra duda o dilema con respecto a lo que tiene que hacer. Sin embargo, creo que sólo se mostraría en un estado vulnerable ante unas cuantas personas, como a David o Hagi.

Lo del lápiz labial no son ganas de poner bonita a Saya (?) sólo una estrategia que imaginé el personaje podría usar ante las preguntas de por qué está tan pálida, que si está enferma y demás, dado que ha estado investigando en escuelas y conviviendo con personas que no tienen idea de su condición (o de que básicamente está muerta de hambre).

Ahora, también desde un principio advertí que el fanfic contenía violencia sexual porque el hecho de ordenarle a alguien que te dé un beso, es violencia, no algo romántico. Sí, sabemos que Hagi quisiera besarla y todo, sin embargo la escena está envuelta en un ambiente de hostilidad y violencia, claramente de Saya hacia él, lo cual deja al Caballero confuso y sin saber qué diablos está pasando hasta que finalmente accede. Al final queda como una relación ambivalente, y ciertamente tóxica.

También menciono que Saya tiene una tendencia a la conducta pasivo-agresiva porque, mirando la serie y también la película, me di cuenta de que efectivamente tiene ese rasgo muy marcado. Cuando está enojada se descarga con el primero que se le pone enfrente (usualmente Hagi) o se pone en un plan intratable, tipo "te dejo estar conmigo pero ni me hables y a la primera me lanzo a la yugular, pero no me pasa nada". También noté que Saya en la película tiene ese rasgo cuando se trata de cumplir órdenes o incluso salvar a alguien.

Bueno, eso es todo. Muchas gracias a quienes han comentado la historia, espero les siga gustando (ya caso llegamos al final, por cierto), y muchas gracias por tener la paciencia de seguir leyendo.

[A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]

Me despido,

Agatha Romaniev.