Disclaimer: Blood+ no me pertenece, son propiedad de Production I.G., Aniplex y Junichi Fujisaku. Blood: The Last Vampire no me pertenece, es propiedad de Production I.G., SPE Visual Works y Hiroyuki Kitakubo.
Advertencias: violencia física y sexual, lenguaje soez, lime y temas adultos.
"Llega con la vejez un momento en el que el corazón ya no es maleable, y sólo conserva la forma en que se enfrió"
Sheridan Le Fanu
El egoísmo del cristal
Un fugaz tinte de vergüenza y nerviosismo aparecieron en los ojos carmín justo un momento antes de cerrarlos.
Un instante antes de unir sus labios con los de ella se detuvo para sentir la respiración cálida escapando de su boca entreabierta, como si comprobase que todo eso no se trata de un delirio: entonces la besó.
Un escalofrío inmediato recorrió la columna del Caballero, un escalofrío que pareció contagiar a Saya, porque la sintió estremecerse contra él y ahogar contra su boca un gemido de incómoda ansia. No era la forma nerviosa, siquiera traviesa, con la que reaccionaría si ese fuese su primer beso, sino la forma en cómo reaccionaba después de pasar tanto tiempo sin ser besada. Como si aquello fuese algo tan ajeno y tan desconocido que le resultaba peligroso y extraño.
El beso fue en un principio, con todas sus palabras, casi casto e inocente, como si ninguno de los dos hubiese besado nunca ni su propio reflejo en el espejo. La joven parecía paralizada, toda su altanería desmoronada con un simple y soso beso: los labios tensos, negados a abrirse. Tuvo que apretar los suyos contra los de ella para siquiera lograr sentir, apenas, la humedad de su boca. Ni siquiera podía notar el sabor del lápiz labial.
Le había exigido que la besara, pero no lo estaba recibiendo. Casi parecía que la estuviese forzando.
Bajó una de sus manos al cuello mientras ella, temblorosa, posaba las suyas en sus brazos. Todavía luchando contra la frigidez áspera de la chica, procuraba no ser tan brusco ni agresivo como una parte de él comenzaba a exigirle. Como un hombre dándole su primer beso a una chica; el primero, más no el mejor, difícil de disfrutar y más extraño que placentero, y sin embargo extrañamente dulce, emocionante e imposible de olvidar.
De pronto la sintió removerse contra él hasta que, finalmente, lo empujó con rudeza. Apenas se separó de él Saya le propinó una bofetada tan inesperada que lo dejó pensando si acaso la petición de besarla sólo la había imaginado, haciéndolo actuar por voluntad propia y sin permiso alguno.
—¡No, así no! ¡No me beses como si me fuese a romper! ¡No te atrevas a hacerlo! —Se abalanzó contra él y lo tomó bruscamente del cuello de la camisa, olvidándose por completo de la enorme diferencia de estaturas. Si hubiese querido, lo habría podido levantar del suelo—. ¡Bésame como besarías a una mujer que te quieres follar! —Lo zarandeó tan fuerte que lo golpeó contra la pared—. ¡Como besarías a una mujer a la que amas!
Esta vez la respuesta fue rápida e inesperada para Saya. Le quitó las manos de encima con increíble facilidad, como si finalmente hubiese invocado su furia, y ella apenas pudo notar cuando Hagi pasó su mano tras su nuca y la jaló a él, dándole la vuelta para acorralarla con la espalda contra la pared.
—¡Ha-Hagi…!
Todo el aire de sus pulmones salió en una exhalación inmediata un segundo antes de que él volviera a besarla, tomándola por sorpresa con la boca abierta. Hundió su boca contra la de ella y el movimiento de sus labios tomó de un segundo a otro un ritmo frenético, desesperado. La alejó de la pared y la sujetó con firmeza rodeando su cintura, apretando pecho contra pecho. Saya correspondió al instante, pasando una mano tras su espalda y sujetándose con la otra en su hombro.
Quería que la besara como besaría a una mujer a la cual deseara, a la cual amara. Como si no lo hiciera de por sí, mucho antes de besarla, mucho antes de todo eso, mucho antes de siquiera imaginar y saber que el único propósito por el cual conocía a Saya era para ser su prometido y amante.
Saya se sintió, por primera vez en mucho tiempo, totalmente fuera de todo control, como si no tuviera idea alguna de qué hacer. El beso era profundo, húmedo, y se volvió aún más excitante cuando él introdujo su lengua dentro de su boca.
Hagi no solamente encontraba en el acto de besar a Saya una intimidad y cercanía herméticas que solamente ellos podían compartir, o que en todo caso, alguna vez compartieron, y tampoco encontraba en ello sólo un acto de amor, de lejos puro e inocente. No, siempre había encontrado en el acto de besar a Saya un erotismo irresistible contra el cual ahora debía luchar constantemente.
Después, sublimó ese deseo al acto de alimentarla directamente de su cuerpo y de su sangre; la mordida en el cuello hasta que terminó por relacionar el amor con la represión y el deber, el dolor con el placer, hasta que las máscaras que ambos portaban y el peso que llevaban sobre sus hombros atenuó su relación y la transformó en eso, en la descarnada escena que se había desarrollado durante los últimos minutos entre ellos, como si estuviesen bailando un vals sadomasoquista donde en algún momento, tarde o temprano, uno de los dos tendría que ceder. Y ceder, en su mundo, significaba morir.
Pensaba tanto en Saya que a veces creía que estaba obsesionado con ella. Que su amor por ella había destruido en él todo espacio para sentir empatía por cualquier otra persona, incluso por sí mismo. Su vida había terminado y renacido con ella, y lo único que ahora quería era devorarla.
Y la devoró tanto que ambos se quedaron sin aliento.
Hagi atrapó el labio inferior de Saya entre sus dientes un instante antes de romper el beso.
—Hagi… —susurró ella, agitada y con las mejillas encendidas. Y contra todo eso, todavía su voz se escuchaba dura, extrañamente fría.
El aludido unió su frente con la de ella, igual o más agitado. Las largas pestañas le hacían cosquillas en los pómulos y vio los labios de Saya, brillantes y húmedos, ya no resecos, manchados de lápiz labial rojo. Ella, a su vez, vio los de él en igual estado.
Esta vez fue ella quien lo besó, apretando los puños contra su ropa. Hagi la apretó contra él de nuevo, y sintió sus senos y los pezones endurecidos tras la ropa rozar su pecho. Para su sorpresa, ella abrió las piernas: una invitación.
Metió entre ellas su propia pierna, rozando su interior con el muslo, con las muchas barreras de ropa que los separaban. Saya detuvo un instante el beso, incapaz de reprimir un gemido, y en ese momento Hagi la empujó hacia la cama.
Sus pantorrillas chocaron contra el borde del colchón y cayó sobre ella pesadamente, con su Caballero encima, sus labios todavía unidos, el calor insoportable comenzando a escapar de sus cuerpos, las piernas entrelazadas y luego la sensación helada, placentera y ansiosa, de su mano recorriendo uno de sus muslos debajo de la falda.
El frío de sus manos la obligó a reaccionar.
—No, no… espera —murmuró Saya débilmente, intentando alcanzar la mano que serpenteaba debajo de su ropa—. ¡No, Hagi, detente!
El Caballero paró al instante, confuso y agitado.
—¿Qué sucede? —preguntó con la respiración entrecortada. En el fondo, aterrorizado. Tal vez se había sobrepasado, pensó. Tal vez había sido demasiado brusco, o demasiado rápido y había terminado por asustarla. Tal vez ella simplemente no estaba lista, o simplemente no quería. ¿Qué diablos era lo que quería Saya, de todos modos? Por primera vez era incapaz de adivinarlo.
Saya se quedó tiesa en su sitio, pero se negó a mirarlo. En su lugar, medio recostada en el colchón, simplemente se dio la vuelta hasta darle la espalda, sin siquiera tomarse la molestia de arreglarse la falda. Se cubrió el rostro y las mejillas enrojecidas con las manos, avergonzada de su propia conducta.
Hagi jamás se sintió tan inútil, tan fracasado, tan torpe y tan poco hombre como en ese momento. Prácticamente desecho, se escurrió por la cama hasta que quedó sentado en el suelo, con la espalda contra el colchón. Se llevó un pulgar a los labios. Sintió la humedad de su propia saliva y la de Saya sobre ellos. Comenzó a limpiarse torpemente el lápiz labial que dejó sobre él, sin mucho éxito, y rogó al cielo porque se le bajara esa maldita erección que tenía debajo de los pantalones.
But when the sun went down, the rapid tempo of the music fell.
"C'est la vie", say the old folks, it goes to show you can never tell.
Los perros siguieron ladrando, la luz roja neón del anuncio del motel siguió golpeando las paredes de la habitación al ritmo de los corazones de sus ocupantes, y la canción del bar que se colaba hasta sus oídos estaba por terminarse.
—Lo siento —dijo Saya, su voz amortiguada por las manos cubriendo su cara.
—No tienes que disculparte, Saya. No es algo que… —respondió quedamente, pero se detuvo. La chica se sentó en el borde de la cama pesadamente, a un lado de Hagi, quien seguía en el suelo mirando a la pared. La muchacha se llevó una mano a la mejilla, sin saber si seguía sonrojada o no.
—¿No es obligación? —Terminó de decir. Luego soltó una risa silbante, otra vez ácida—. Primero casi te mato y después te obligo a besarme. ¿Y luego qué? ¿Sabes lo que significa eso?
—No me obligaste a nada —Se atrevió a decir el Caballero. Saya tragó saliva. Eso era algo que ya sabía, pero escucharlo directamente de la boca de Hagi la hizo sentir todavía peor.
El muy idiota seguía enamorado de ella, pero no podía hacer nada contra ello. Podía ordenarle, exigirle, pero no podía meterse en su cabeza y en su corazón y decirle que dejara de sentir esto o sintiera aquello.
Dios… Hagi no tenía remedio. Era maravilloso, y sin remedio. Y ni siquiera parecía darse cuenta de eso.
En algún momento creyó que luego de tantas batallas, tantas agresiones, tanta hostilidad contra él, harían que tarde o temprano dejase de amarla, pero en ese momento se dio cuenta de que no podía hacer nada contra ello, al menos no por su propia mano; no podía simplemente castrar el amor y la veneración que sentía por ella. El único que podía tomar esa decisión era Hagi, y a él esa opción ni siquiera le pasaba por la cabeza.
Y había ocasiones en las que deseaba que Hagi se fuera. Que la abandonara e hiciera su vida: de los dos él era el único que podía tener un futuro, pero lo había arrastrado con ella a una lucha encarnizada que parecía no tener fin; había arruinado su vida, la había vuelto miserable, y a su lado ya no podía sentirse como la chica que alguna vez fue. Ya no era Saya, sino una arpía sin corazón, sedienta de sangre.
Sólo deseaba que se fuera, que hiciera su vida lejos de ella. Que la olvidara e hiciera una carrera con la música, que viajara. Que se enamorara de otra chica y se casara; con una chica más de su tipo, una chica bonita y dulce que no tuviera que exigirle besarla. Una chica a la cual Hagi le pudiera dar flores en lugar de pasarle una katana.
Y, en todo caso, si simplemente no quería irse, que se fuera con otra célula del Escudo Rojo, quienes siempre necesitaban apoyo extra, o que viajara con David en las misiones. Sabía que ellos dos eran cercanos, de las pocas personas que Hagi podía considerar un amigo. Tal vez con el tiempo y la distancia la olvidara, no como su Reina, sino como mujer.
¿Pero sería posible olvidarla, si era capaz de pasar treinta años esperando y velando por ella, extrañándola?
Al mismo tiempo sentía un miedo espantoso a perderlo. Una sensación profunda e insoportable de vacío ante la idea de no volver a verlo, de que la dejara y se fuera de su lado. A veces hasta creía que lo odiaba por amarla. Por eso, aunque no soportara su presencia, aunque detestara que Hagi fuera el único que le dijera la verdad y lo que necesitaba oír, a riesgo de tener que lidiar con sus arranques, no se atrevía a ordenarle que la abandonara y desterrarlo como su Caballero.
Se sintió terriblemente cruel, porque podía hacerlo prometer que la matara cuando todo terminara… pero no que la abandonara.
—Te obligué. Lo hice —insistió Saya. Hagi en ese momento volvió el rostro hacia ella y la enfrentó.
—Soy tu Caballero, pero también tengo voluntad propia, Saya —aclaró con un tono de voz tan severo que la dejó inmersa en la confusión, como si quien tenía frente a ella no fuera al Hagi que conocía—. Nunca te he desobedecido, pero aún así puedo decidir qué hacer y qué no hacer, incluyendo tus mandatos. Es por eso que a pesar de las consecuencias siempre me atrevo a decirte lo que… necesitas. Aunque no pueda convencerte.
Casi asustada Saya desvió la vista y apretó los labios. Hagi notó una vez más su boca manchada de rojo.
—No eres tú el del problema —murmuró Saya—. Soy yo.
—Esto no se trata de eso —respondió el Caballero, mirando al frente.
—No sentí nada.
Hagi la miró de reojo, el golpe bajo directamente a su estomago. El dolor del rechazo y la inutilidad. El sabor amargo y desagradable del fracaso impregnándose en su boca como ácido estomacal y vómito rancio.
—Esos chicos besándose lucían llenos de vida —Su voz sonaba vacía y monótona—. Quise que me besaras porque quería sentir lo mismo que ellos sintieron. Comprobar si seguía viva —Suspiró, agotada—. Pero no fue así. Con cada batalla me siento cada vez más… muerta. Como si absorbiera solamente la muerte de aquellos a quienes les he arrebatado la vida, incluso si se tratan de quirópteros. Ya no me siento como una humana, Hagi. Más como un robot, como un zombie. Como si me estuviese volviendo una maquina. No, una arpía sin corazón y sedienta de sangre… yo ya no soy Saya.
Guardó silencio un minuto, como si guardase un minuto de solemne silencio a su propia humanidad, su confesión como las últimas palabras al fallecido en su funeral.
—Estoy vacía, Hagi.
"Es deleite del infierno hacer mal al hombre y apresurar su ruina eterna"
Sheridan Le Fanu
Uy, el angst a todo, pues. Una disculpa por haber tardado casi un mes en actualizar, me puse a trabajar con nuevos fics de Blood y perdí la noción del tiempo.
No tengo mucho que aclarar, supongo que sólo queda disculparme por haber bajado del guayabo a estos dos, pero en estos momentos no le encontraba mucho sentido a escribir que se liaron, no creo que Saya estuviera en su mejor momento para lidiar con ello, pero ciertamente quería dejar en claro también que necesita a Hagi a su lado para continuar.
En fin, ahora sí, el siguiente capítulo es el final. Muchas gracias a todos por sus reviews y que estén siguiendo todavía esta historia. Pronto vendré con más fics con la Saya de TLV como protagonista. Me enamoré tanto de ella que estoy a punto de tatuármela en el brazo, se los juro.
[A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]
Me despido,
Agatha Romaniev.
