Disclaimer: Blood+ no me pertenece, son propiedad de Production I.G., Aniplex y Junichi Fujisaku. Blood: The Last Vampire no me pertenece, es propiedad de Production I.G., SPE Visual Works y Hiroyuki Kitakubo.

Advertencias: violencia física y sexual, lenguaje soez, lime y temas adultos.


"From the binds of your lowliness

I could always find

The right slot for your sacred key"

Nymphetamine —Cradle of Filth


Los presagios de la perversión

—Sabes que eso no es cierto. Hay mucho más de ti de lo que crees, y de lo que niegas.

Mentía. No alcanzaba a comprender de qué manera tan perversa Saya estaba lidiando con su propio dolor, con sus ganas de autodestruirse y ese odio a sí misma que la carcomía a fuerza de voluntad propia. ¿De qué perversa manera tergiversaba sus propios pensamientos y a todos aquellos que la rodeaban? ¿Acaso ese perturbador rasgo se encontraba en ella desde su nacimiento? ¿Acaso era un rasgo propio de una reina, de las mujeres, o simplemente aquella oscura parte de su alma siempre estuvo presente delante de él, manifestándose de manera casi inocente en las travesuras que hacía cuando era feliz en el Zoológico? Tal vez aquel rasgo de su personalidad, imprudente y ligeramente malicioso, terminó oscureciéndose a base de los horrores de la guerra y la venganza hasta transformarse en un torrente de sufrimiento y odio que alimentaba la máquina de matar en la cual Saya creía haberse convertido.

Pero por encima de todas sus dudas, sabía que no era cierto, que estaba mintiendo, ya sea para mentirse a sí misma, bloquearse, o para alejarlo de ella. Porque Hagi no creía que las mujeres fuesen perversas por naturaleza, pero sí conocía los alcances de la propia perversidad de Saya.

¿Y cómo iba a creerle, luego de lo que pasó? La sintió responder a él con todo su cuerpo y su boca y gemidos. Cuando la besó, cuando la acarició, no sintió emanar de Saya otra cosa que la más pura esencia de la vida.

Alguien vacío, sin alma, no podía siquiera desear sentir otra cosa que no fuera su propio espectro traslucido entre el abismo de su propia eternidad.

—No puedes adivinar, ni suponer, lo que pasa conmigo —masculló molesta, poniéndose de pie. Se dirigió a la ventana a grandes zancadas, pero de alguna forma ya no lucía tan molesta.

Hagi se quedó sentado en el suelo unos segundos antes de levantarse y seguirla.

—No necesito adivinarlo. Lo sentí.

Lo miró de reojo. Había cierto reproche de vergüenza y orgullo herido en su mirada.

—Aún así. Tú no sabes lo que sientes porque no tienes remedio —Volvió a mirar a la calle—. Y aunque creas sentirlo, no tienes idea de lo equivocado que estás.

—Olvidas, Saya, que hace mucho ya no soy un niño —Se aproximó a ella hasta que la alcanzó en la ventana—. Soy un hombre, y eso también me da derecho a decidir si quiero equivocarme o no. Y que no me equivoco.

Acarició los pocos cabellos sueltos que le caían desordenadamente a los lados de su cabeza. Para su sorpresa, Saya no lo rechazó ni se lo quitó de encima como solía hacer; en su lugar, cubrió su mano con la suya y después, lentamente, Hagi la atrajo hasta que la chica recargó la cabeza en su hombro. La cubrió con una mano, acariciando suavemente su cabello. De lejos parecía sólo una estudiante que había tenido un mal día en la escuela mientras su novio la consolaba.

Se quedaron así un rato, como aletargados, de pronto cansados y mareados igual que si acabasen de bajar de una violenta montaña rusa que todo el paseo amenazó con desbaratarse mientras ellos intentaban no vomitarse encima. Agotados, miraron hacia abajo, donde estaba la calle: a las prostitutas dando vueltas en sus esquinas, esperando clientes. A los borrachos saliendo y entrando de los bares, uno que otro carro doblando una esquina, a las personas caminando apresurados a sus casas.

Un solitario hombre recargado en el edificio del frente fumaba. Pareció sentirse observado, porque levantó la vista con el cigarrillo apretado entre los labios y les devolvió la mirada antes de irse.

La noche tenía su propia fauna y flora, su propio movimiento, más discreto, pero también más denso: todos lucían iguales, como todos los gatos son pardos de noche. La oscuridad lo ocultaba y maquillaba todo a su conveniencia con sus sombras casi estáticas. De alguna forma ellos también se volvieron parte de esa sombra, con sólo la mano del otro como guía, como indicio de que no estaban solos en esa oscuridad abismal y uniforme que intentaba aplastarlos.

—Al menos intenta tomar lo que queda de sangre —insistió él. Saya cerró pesadamente los ojos y gimió quedamente, asintiendo. Un hueco de aire vacío y frío la envolvió como un espectro cuando Hagi se separó de ella para ir por la botella guardada en el refrigerador. La tomó con desgano cuando se la entregó, y con la misma flojera se sentó en la cama, tomando apresuradamente el contenido helado y ligeramente espeso.

Ahora se colaba en la habitación una canción de los Beatles, Yesterday.

—De verdad extrañé tu sangre—dijo antes de dar el último trago—. Y a ti…

Era Saya otra vez.

—Yo también te extrañé, Saya.

"Suddenly I'm not half the man I used to be.

There's a shadow hanging over me.

Oh, yesterday came suddenly"

Esbozó una mueca de asco cuando terminó con la botella. No tenía el mejor sabor, pero al menos el efecto era rápido. No se sentía ya tan cansada, ni tan frustrada. Lo que podía hacer con ella un poco de sangre, ¿o sería la sangre de Hagi, su presencia corriendo por sus venas y su encarnación frente a ella lo que había serenado su ira?

Dejó la botella vacía en el tocador y se relamió los restos de sangre de los labios. Estuvo a punto de preguntarle si creía que el contacto tardaría más en llegar, pero se quedó tan muda como él cuando se puso de pie y se le acercó.

Hagi la recibió confuso en un principio, tan confuso como la primera vez que ella lo abrazó, siendo un niño y llorando, pero cuando la muchacha cerró sus brazos alrededor de su torso, él respondió posando una mano sobre su cabeza y rodeando su cintura con el brazo.

Desde hace tiempo eran escasas las ocasiones en que compartían un abrazo, pero a pesar del tiempo y los horrores de sus vidas, a Saya siempre la sorprendía lo fácil que podían abrazarse, sin importar cuánto tiempo hubiese pasado o qué tan distanciados estuvieran. Sus cuerpos se amoldaban al del otro como si en cualquier momento fuesen a fundirse, sin signo alguno de incomodidad.

Escondió el rostro contra su pecho y Hagi la abrazó con más fuerza. La música de los Beatles penetró en los oídos de Saya como una letanía e identificó la melodía aguda del violín.

Nunca le gustó el violín, siempre prefirió el violonchelo y su sonido tan dulce como grave, igual a la voz de un hombre adherida a un hechizo gitano. Le parecía una lástima que el chelo no fuese tan popular en la música actual. Le recordaba a Hagi.

"Yesterday love was such an easy game to play.

Now I need a place to hide away.

Oh, I believe in yesterday"

—¿Hagi…? –murmuró contra su pecho. Él respondió con un gemido quedo—. ¿Podrías tocar para mí?

Estuve a punto de responder, pero en ese instante tocaron a la puerta. Ambos se sobresaltaron violentamente e intercambiaron una mirada, alertas, mientras se separaban. Hagi se dirigió a la puerta y posó la mano en el picaporte mientras Saya sacaba la espada de su estuche cilíndrico.

—Hey, ¿Saya? —llamaron del otro lado. Era una voz grave y gruesa—. Soy Louis.

La aludida soltó el aire contenido en sus pulmones, dejó la espada sobre la cama y caminó a la puerta mientras Hagi la abría.

—Ah, qué bien. Están los dos —dijo el agente cuando los vio, pero frunció el ceño apenas posó la mirada en ellos. Echó la cabeza hacia atrás de una forma casi teatral. Saya parpadeó un par de veces, confusa por su expresión—. Oh, lo siento. ¿Interrumpí algo?

Ninguno de los dos supo en un inicio de qué hablaba, pero cuando la joven y el Caballero se miraron, lo entendieron todo. Tenían los labios todavía manchados de lápiz labial.

Saya rodó los ojos, entre molesta y avergonzada, mientras se pasaba bruscamente el pulgar por la boca.

—¿Ya confirmaron el siguiente destino? —inquirió, sacándole la vuelta al tema anterior.

Louis asintió.

—Regresarán a Londres —Les entregó un paquete color manila. Saya le echó un vistazo. Dentro se encontraban los boletos de avión y un fajo de billetes—. El vuelo sale en unas horas. Tenemos que irnos ya.

—Enseguida vamos. Espera aquí —pidió Saya cerrando la puerta.

Cuando Louis se quedó solo metió los dedos entre su cabello afro y se rascó la cabeza nerviosamente, un poco avergonzado. Iba a ser un poco incómodo acompañarlos todo el viaje, y se preguntó si David sabría sobre ellos dos.

En la habitación Saya se apresuró a guardar sus cosas mientras Hagi se colocaba encima la gabardina y el estuche al hombro. Ambos se limpiaron, sin ver al otro, los restos de lápiz labial. Cuando estuvieron listos la chica se dirigió a la puerta, pero cuando pasó junto al Caballero este detuvo su paso tomándola del antebrazo. Lo miró intrigada, frunciendo el ceño.

—¿Qué pasa?

—Saya… —No sabía muy bien qué decir, pero ya no había vuelta atrás—. Sólo quiero que sepas que… no te abandonaré.

La muchacha bajó la vista.

—Lo sé —Lo miró directo a los ojos—. Podrás tocar para mí cuando lleguemos a Londres.

Entonces, Hagi la vio sonreír. Una sonrisa que estuvo seguro fue la misma de la cual David le habló en el aeropuerto.

Era una sonrisa pacífica, pero no lo alivió. Era la sonrisa que sólo se puede brindar a un espectro de amor que presagia muerte.

FIN


"Quiero morir como pueden vivir los amantes… morir juntos para vivir juntos"

Carmilla —Sheridan Le Fanu


Honestamente no tengo justificación al hecho de que tardé miles de años en actualizar el último capítulo de este fic. Pasé el último mes con una sequía cabrona con respecto a los fics, a pesar de que este capítulo estaba prácticamente listo. Pero no sé, no tenía ganas de acercarme a FF. Ha hecho un calor infernal y me la pasé viendo series. Sólo espero que hayan disfrutado el final de este pequeño fic.

Entre otras cosas, sé que en este capítulo y en algunos otros de este fic agregué algunas estrofas de canciones en medio del capítulo. No es mi intención que esto sea un songfic, intenté agregar pocas estrofas. Simplemente intenté darle algo de ambientación al fic (?) ya que se desarrolla cerca de un bar, y la letra de esas canciones me parecieron adecuadas con respecto a lo que se desarrollaba en la historia.

Disfruté muchísimo al escribir y editar este fic, creo que es de los fanfics que más me ha gustado cómo quedó. También espero que ustedes lo hayan disfrutado y muchas gracias por seguirme hasta aquí y tener paciencia, y por supuesto, muchísimas gracias a todos por sus reviews.

[A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]

Me despido,

Agatha Romaniev.