La mayor de los gemelos trancó la puerta con seguro y se sentó en medio de la habitación —el suelo estaba frío, tenía que aprovechar—. Cruzó sus piernas y dejó su caja de donas delante de ella y la miró, de seguro su merienda ya estaba fría y no le gustaba comer comidas frías —excepto el helado—.
Ya no tenía hambre, lo que pasó con Dipper hace unos minutos le había quitado el apetito y todavía seguía molesta ¿¡Quién era el para decirle con quién hablar!? Tan solo era un chico amistoso… guapo… alto…
Sí, era muy amistoso, sólo eso.
Mabel conocía a su hermano como si fuera la palma de su mano y que se comportarse así no era de él, desde que fueron al baile algo cambió dentro de Dipper y era algo que le incomodaba a Mabel, odiaba ser sobreprotegida cuando pronto iba a cumplir dieciocho años y ya era hora de que dejaran de tratarla así, como una niña de cinco años. Dipper se había vuelto más "apegado" a su hermana cuando él siempre decía que se saliera del cuarto, que se alejara de ella porque hacía la tarea, que dejara de fastidiarlo cuando él está ocupado y que dejara de tocar sus muñecos coleccionables frikis y demás cosas. No es que a Mabel le importase mucho la actual actitud de Dipper pero en serio le sorprendía ese cambio drástico en él.
Aunque pensándolo bien, no sería tan malo después del todo.
Esas miradas inexplicables que escondían pensamientos, esas risas y esos abrazos… no todo era una relación fraternal. Los dos habían crecido y digamos que a Dipper le golpeó la pubertad de una forma agradable, ese delicado y fino perfil, esos ojos cafés tan claros acompañados de esa poca visible barba en su mentón y al lado de sus mejillas, esas risas y esa graciosa pero tierna marca de nacimiento en su frente. Obviamente Mabel sabía que su hermano era guapo y sentía una mínima atracción hacía él.
Malditas hormonas masculló Mabel en su mente y sopló un mechón de su cabello que caía en medio de su rostro.
Aunque pensándolo bien, no sería tan malo después del todo.
La castaña se había hundido en sus pensamientos mientras miraba a un punto fijo del suelo y con sus manos en sus rodillas.
—¿Mabel? —llamó una voz desde el otro lado de la puerta.
La castaña parpadeó un par de veces y miró la puerta. No quería abrirle por dos razones:
Seguía molesta con él.
Tenía flojera de ir a quitarle el seguro a la puerta.
—Anda, no seas floja. Ven y quítale el seguro a la puerta. —bufó Dipper y Mabel soltó una risa.
Dejó a un lado la caja y empezó a gatear en dirección a la puerta y se recargó en ésta, recogiendo sus piernas y abrazándolas con sus brazos.
—Vamos a hacer un trato: te diré tres chistes y si te ríes con uno de ellos, me abrirás la puerta y comeremos tus donas hasta engordar y rodar por toda la casa. —sugirió con gracia y Mabel sonrió al imaginar eso— ¿Por qué Adele cruzó la calle? Para decir hola desde el otro lado.
No hubo silencio después de ello ni tampoco segundo chiste, solamente se escuchó una fuerte y alegre carcajada de parte de Mabel que se retorcía de la risa en el suelo mientras llevaba sus manos a su pecho, quizás para calmarse o para agarrar aire porque para ser sinceros, se estaba ahogando de la risa.
—H-hello from the o-other side! —chilló jadeando Mabel mientras reía y sus ojos de cristalizaban de lágrimas.
Rodó hasta la puerta y le quitó el seguro sin dejar de reír, Dipper abrió la puerta y la vio tirada en el piso mientras era torturada por su propia carcajada, le dio un leve golpe a su torso con su pie y Mabel lo miró.
—¿A-ah? —preguntó la castaña mientras normalizaba su respiración— ¡Dime otro chiste! —animó Mabel mientras se enderezaba para sentarse y Dipper hizo lo mismo.
—¿Qué le hice una silla a otra silla? —preguntó el menor y sacó de la caja una dona con chispas de chocolates. Mabel lo miró impaciente con una sonrisa mientras comía su dona de chispas de arcoíris— Hoy me siento bien.
Mabel colocó su mano libre en sus labios para no escupir su merienda y rió a sus adentros. Tragó e hizo una seña para que dijera otro de sus chistes malísimos pero a ella le hacían reír.
Y prácticamente pasaron las horas, los hermanos Pines se la pasaron comiendo donas acompañadas de risas y chistes, los dos no se aburrían para nada y se la pasaban bien cuando estaban juntos, se divertían entre ellos y eso era algo que no sucedía seguido. Era un milagro por así decirlo ya que Dipper era un aguafiesta el noventa y nueve por ciento de las veces y Mabel una extrovertida y dramática adolescente que trataba de no aburrirse.
…
Eran las seis de la tarde y el motor que movía el garaje sonó, Dipper y Mabel solo estaban acostados en el frío piso mientras hablaban de cosas al azar, el menor acostado en el suelo y la mayor acostada en el vientre de éste.
—No quiero bajar. —bufó con fastidio la castaña y agitó la mano de su hermano mientras hacía un sonido raro con su voz.
—Ven, de seguro trajeron la cena. —animó Dipper y se levantó del suelo y Mabel sintió un golpe en su cabeza al estrellarse contra el suelo.
—Au. —masculló Mabel y se levantó del suelo también, caminando detrás de su hermano para bajar las escaleras.
Habían traído hamburguesas de cena y rápidamente acomodaron la mesa para cenar en familia. La tenue luz de la lámpara del techo era lo único que alumbraba en la mesa, Mabel devoraba su cena como si de dulce se tratase mientras Dipper comía con gracia y elegancia.
—Álvaro, hay que decirles. —murmuró la madre de los gemelos mientras limpiaba la comisura de sus labios con una servilleta. Rápidamente se ganó la atención de sus hijos que comían su cena tranquilamente y alzaron la vista.
—¡Pero hoy es martes de motores, cariño! —chilló como niño de seis años y recibió de respuesta una mirada fulminante de su esposa— Okay. Chicos, su madre y yo iremos de viaje en una semana.
La mayor de los hermanos se ahogó con un pedazo de lechuga al escuchar esa noticia, tal vez escuchó mal porque solamente escuchó "Su madre y yo". El menor veía la escena con gracia, a él le daba igual si viajaba o no.
—¿Estás bien, cariño? —preguntó su madre con una pizca de preocupación, Mabel tomó un poco de refresco y miró a sus padres.
—¿Y nosotros? —preguntó confundida y era obvio, que la dejasen fuera de un viaje era algo imperdonable para ella.
—Sé que ustedes se esforzaron en sus notas y eso lo valoramos mucho. —su padre asintió— Pero el dinero no alcanzó, cielo. Les prometo que en navidad viajaremos a donde ustedes quieran. Si quieren llamo al abuelo Sherm-
—¡NO! —chillaron a una sola voz Dipper y Mabel y sus padres se sobresaltaron.
Mabel abrió la boca para decir algo pero se retractó, agarró un par de servilletas y las aplastó en los puños de sus manos para quitarse la grasa, las lanzó a la mesa y dio un paso atrás para salirse de la silla y subir las escaleras de dos en dos, para finalmente escuchar un puertazo.
Pateó, chilló, golpeó las paredes pero nada funcionaba para desahogarse. Ella había pasado más de cuatro años "encerrada" en California desde que fue a Gravity Falls y realmente quería salir a otro lugar, tal vez para finalmente conseguir su amor veraniego pero al fin y al cabo se quedaba encerrada en su cuarto aburrida sin nada que hacer y esperaba con ansias viajar a algún lugar lejos de su ciudad. ¿Rabia, decepción, ira? Era un mar de emociones que estaban enredadas en su mente, en pocas palabras: estaba en shock.
Una gota salada se escondía adentro de su ojo izquierdo y la quitó con su dedo índice para después limpiar su dedo con su short. Poco a poco la garganta le empezó a doler ya que el nudo de la garganta era insoportable, contener un sollozo para partir el llanto era difícil y no bastaba con contenerlo presionando sus labios mientras su vista se nublaba gracias a las lágrimas en sus ojos.
Un brazo sobre sus hombros fue lo que sintió y realmente necesitaba un abrazo, jadeó para reprimir su llanto pero fue el vano, las lágrimas ya empezaban a caer como cascadas sobre sus rosadas mejillas acompañado de los fuertes y desahogados sollozos de la castaña.
—Tranquila, honey. —susurró aquella voz que rápidamente Mabel reconoció y no dudó ni un segundo más en abrazar su torso. Le hacía gracia cuando la llamaba con ese apodo en inglés— Mamá y papá dijeron que podían cancelar su viaje y quedarse con nosotros aquí en California todo el verano.
Tampoco quería que por sus berrinches cancelasen su viaje, solo negó con la cabeza sin apartar su cabeza de su torso y sorbió su nariz.
—N-no, que ellos viajen. Tal vez inventemos algo en el verano. —sugirió su hermana con gracia y su hermano rió.
Dipper agarró los hombros de Mabel y la separó de él, la miró a sus ojos y limpió sus mejillas con sus pulgares y su hermana sonrió.
—Tal vez no viajemos a Croacia como querías… pero estaremos juntos y nos divertiremos, te lo prometo. —dijo Dipper y besó la frente de Mabel.
…
11:02pm.
Ya era muy tarde y todos se fueron a dormir, Dipper se cepillaba en el baño y Mabel se cambiaba de ropa en el cuarto —o eso es lo que pensaba su hermano—. Salió del baño y notó algo diferente en su cuarto: la cama de Mabel estaba casi unida a la de su hermano y solo los separaba un hueco entre las dos camas. Mabel jadeó cansada y se levantó del suelo.
—¡Ta-dá! —exclamó alegre su hermana y brincó sobre las dos camas y rebotó un poco. Dipper frunció el ceño confundido y un poco estresado porque él sabía que ella movía sus piernas como las agujas del reloj y de seguro despertaría con tremendo dolor de espalda.
—¡Sabes que no me gusta dormir contigo, te mueves mucho!
—Deja de quejarte Dopper. —relajó su hermana y se acomodó del lado de su cama— Ven, vamos a dormir. Te prometo que no me moveré y no me saldré de mi cama. —aseguró y se cubrió con sus sabanas.
El menor bufó con fastidio y se acostó en su cama, un poco alejado de Mabel porque lo ponía nervioso dormir con alguien y más con una mujer.
¿Peor por qué preocuparse tanto? Era su hermana.
Se dio la vuelta y se cubrió con sus sabanas, dándole la espalda a Mabel mientras el sueño le invadía el cuerpo, cayendo en el quinto sueño.
