¡Hola a todos!
Gracias por continuar aquí. Es complicado definir el porqué de mi insistencia con esta historia. Supongo que va más allá de la lógica… en fin, espero que os entretenga aunque sea un poquito.
Mil gracias.
Un abrazo grande.
P.D: La gran mayoría de personajes, así como el mundo en el que está ambientada esta historia, son creaciones originales de BioWare. Sin embargo, varios sucesos y personas que aquí aparecen, son obra propia. Esta historia tiene spoilers de los libros, cómics, vídeos y juegos.
- Primeros Pasos -
El insistente pitido de mi omniherramienta me extrajo de la misma pesadilla de siempre.
Levanté mi rostro de la almohada y gemí al sentir un intenso pinchazo en mis sienes con aquel absurdo esfuerzo. El Ryncol seguía golpeando la base de mi cráneo con la fuerza de una manada de varrens y me costó cierto tiempo incorporarme sobre la cama antes de correr al aseo a devolver los excesos de la jornada anterior.
Al terminar la faena y aún con ciertos estertores del después, alcé mi rostro con comedida reticencia delante del espejo, sorprendiéndome de inmediato con lo que allí se reflejaba. Apenas me reconocí en aquella miserable imagen.
Las profundas y luminosas cicatrices rojas de mi cara brillaban con más intensidad sobre mi pecosa y pálida piel. Una notable oscuridad rodeaba mis inflamados párpados y el verdor del iris de mis ojos apenas era ya perceptible bajo aquella violenta luminiscencia escarlata que los cubría ahora.
Parecía una IA en rebeldía que hubiese cubierto, con notable desesperación, su plateado armazón con poco más que piel y huesos. Una especie de grotesca combinación de humano y sintético; casi un cascarón segador o un defectuoso deshecho más de esa caterva de racistas y xenófobos de Cerberus.
¿Cuánto quedaba de la vieja Shepard?, me preguntaba mientras detallaba mis afilados y casi desconocidos rasgos.
Encendí el grifo, dejando caer el agua fresca sobre mis dedos, y respiré profundamente como primer paso para buscar comenzar el día de la mejor forma posible a pesar de las circunstancias.
—Esto es absurdo… —susurré. Me obligué a fijarme de nuevo en aquel desnudo reflejo que me devolvía la imagen de una descolorida envoltura hecha de suturas mal curadas, dolor y soledad.
Se podía decir que mi cuerpo hacía tiempo que había dejado de ser realmente humano. Tenía más cicatrices e implantes sintéticos que piezas originales, por así decirlo. Si no tuviera la certeza de mi libre albedrío, casi aseguraría ser un producto más de Cerberus y la guerra, una marioneta al servicio de terroristas, un agente durmiente que pronto despertaría para cumplir con su oscura misión. De no ser por las innumerables y minuciosas pruebas a las que me sometí al abandonar al Hombre Ilusorio, seguiría teniendo la fundada sospecha. Al fin y al cabo, él me había devuelto a la vida y nunca confié del todo en esa genéticamente perfecta animadora; era totalmente factible que yo resultase ser simplemente una bomba de relojería lista para estallar en el momento oportuno.
El agua seguía corriendo por mis dedos y me mantuve así un rato más, viendo el despojo en el que me había convertido, en la sombra trémula e insegura que Thane había hecho de mí con su repentina partida.
Apreté fuertemente los puños hasta sentir tensa la piel de mis manos. Si apretaba un poco más, estaba segura de que reabriría las heridas de la noche anterior. Estuve tentada a mutilarme así nuevamente, pero me detuve antes de que la patética Jane de anoche resurgiera. Sabía que nada de aquello era un sueño; la realidad hacía horas que había golpeado mi puerta y reventado mi alma. Debía asimilarlo de una maldita vez.
Fruncí el ceño ante la ira que me consumía por aquella situación. No podía permitirme que esa asfixiante sensación terminase por controlarme, por romperme del todo. Debía continuar con lo que me quedase de vida y para ello necesitaba hacer algo. Era inútil autocompadecerme por algo que ya no estaba en mis posibilidades cambiar. Pese a la crueldad de la evidencia, lo cierto es que todo acontecimiento, por duro o injusto que sea, ofrece una oportunidad. La vida era una jodida traicionera, y cada día me demostraba más lo necesario de exprimirla al límite, de sacarle el jugo, amargo o dulce, que pudiera tener. No obstante, sentía que, muy profundo en mis entrañas, debía hacer algo más que dejarme llevar por el alcohol, la tristeza y el deber.
Thane había muerto y puede que por mi culpa, pero por mucho que aquello me arrancase la felicidad de cuajo y me anegase en desesperación, no podía permitirme el lujo de bailar al ritmo de ese sufrimiento por mucho más tiempo. Debía acabar con él, a costa de lo que fuera, aunque tuviera que sacar a ese maldito drell de mi corazón.
Con aquel pensamiento en mente, me erguí tan bruscamente que hice crujir mis vértebras, reales y sintéticas, mientras alargaba los brazos hacia atrás y los juntaba logrando así estirar mis entumecidas extremidades.
Mis pechos se expandieron y alzaron con aquella postura, y mi abdomen se curvó hacia dentro, resaltando las afiladas costillas aún más de lo normal. ¿Cuándo fue la última vez que había comido? No recordaba el momento exacto, pero supuse que llevaba varios días sin probar bocado por la manera en la que la debilidad reclamaba el tan necesitado descanso y mi estómago rugía y dolía.
Dejé a mis espaldas el lavabo y encendí la ducha con el indicador de agua fría al máximo. Necesitaba despejarme y poner en marcha los planes que, hace días, rondaban inquietos en mi cabeza.
El aseo duró poco. Me gustaba dejar que la espuma me cubriese el cuerpo entero pero, en esta ocasión, tan sólo cumplió con el cometido inmediato de limpieza, obviando el disfrute habitual.
Thane prefería el agua caliente, recordé, mientras me secaba bruscamente con la toalla.
Otra vez él en mis pensamientos y el frío aire detenido en mis pulmones.
—¡Maldita sea…! —rezongué con rabia, mientras arrancaba la toalla de mi cuerpo y la arrojaba contra el lavabo. Varios botes de cremas retumbaron al recibir el impacto y puede que alguno se abriese con el golpe, pero no me importó.
—Uno, dos, tres… —respiré profundamente, mientras intentaba calmar la ira que volvía a mí como un fuego abrasador.
Aquello rara vez funcionaba pero, en ese instante, fue un bálsamo para mi intranquilidad. Ya más calmada, obligué a mi mente a distraerse con el susurro de la vida en el exterior, y aproveché para peinarme el cabello con rapidez y dejarlo suelto sobre mis hombros.
A él le gustaba así, pensé desconsolada. Thane solía acariciarlo con extrema delicadeza. Decía que parecían pequeñas hebras de fuego que se derramaban por entre sus dedos… esos dulces y parcialmente palmeados dedos. Siempre sonreía al presenciar aquel contraste e inmediatamente me afanaba por reclamar sus labios con ganas cuando sus profundos ojos oscuros me observaban con esa peculiar e intensa adoración.
Nadie nunca me había mirado así… ni nadie nunca más lo haría, de eso estaba segura.
Otra punzada, esta vez más intensa. ¿Hasta cuándo sentiría esto?
Apreté los dientes forzándome a controlar así las ganas de llorar, y exhalé profundamente para liberarme de la insistente aflicción que buscaba someterme con cada resquicio de flaqueza que mostrase.
Continué con mi rutina; era necesario. Me vestí ligera, nada muy formal pero tampoco demasiado civil. Después de todo, mi rango y mi fama me abrían muchas puertas, y hoy necesitaba que la galaxia entera cediera ante mí.
Di la orden a Glifo para que hiciera lo propio con mi habitación y bajé los escalones de dos en dos. Hoy no me daría tiempo a ejercitar y necesitaba llevar algo a mi estómago que no fuera prácticamente combustible aeronáutico.
Abrí la nevera y extraje un par de frutas, leche y algo de jamón de Thessia, una exquisitez que Liara me había enviado de su reserva particular. Me hice un bocadillo con ello después de tomar, con ansias, las jugosas piezas de frutas y el tan necesitado primer café del día.
Mi cuerpo agradeció la energía extra y la jaqueca parecía remitir con cada minuto que pasaba. No obstante, la sombra de Thane seguía conmigo, persistente, lacerante, perpetua.
Desde que le recluté, no había pasado ni un solo día que no hubiera compartido con él el café matutino. Al principio había sido una curiosa interacción. Después, aquel café solía terminar en largas charlas en las que, para mi asombro, él mostraba más inquietudes con respecto a mi pasado y futuro que cualquier otro compañero. Ni siquiera Garrus había querido ver tan dentro de mí como él; parecía más interesado en hacer correctamente las calibraciones que en descubrir por qué seguía acudiendo una y otra vez a verle.
Con Thane todo parecía fluir más, vibraba al mismo ritmo que mi naturaleza y fue repentino encontrarme ansiosa por cada nuevo amanecer; sabía que después de abrir los ojos, el drell me esperaría con un café caliente perfectamente preparado.
Así pasábamos los días en la Normandía SR-2. De esas charlas en el comedor, de innumerables comentarios cómplices durante misiones, a las largas horas en la cubierta de soporte vital, ambos a solas… hasta que aquella incipiente amistad, se convirtió en algo más.
"He pasado la mayor parte de mi vida solo. Imagino que nadie en la galaxia llorará mi muerte cuando llegue. Eres la única amiga que he tenido en años."
Amiga.
En aquel momento supe que no me conformaba con ello. Por dentro me agitaba nerviosa, vacilante, pero por fuera le demostraba lo mucho que ambicionaba perderme entre sus desconocidos brazos.
Fue una noche, justo antes del Relé Omega 4, cuando, afligido, acudió a mi camarote con la inseguridad a flor de piel, con el dolor reflejado en el rostro. No era compasión lo sentí, sino la fuerza más profunda e irrefrenable que había experimentado en toda mi vida.
Lo que aconteció después, rozaba la magia. Descubrí una parte de la vida que se me había escapado todo este tiempo, incluso me replanteé la posibilidad de no abandonar aquellas sábanas hasta fundirme con él finalmente, en alguna especie de ritual trascendental que tuviera como propósito unir almas en vez de cuerpos. Aprendí que bastaba un simple roce para despertar las sensaciones más salvajes e intensas que un humano es capaz de experimentar. Sentí lo que era expandirse, él una porción de mí, así como yo de él. Fueron demasiadas sensaciones y todas acariciaban el abismo de una deliciosa perdición.
Y es que Thane se volvió mi todo desde ese instante. Si había algún futuro que tener después de esa misión suicida, tendría que vivirlo junto a él.
No obstante, mis ansias por el mañana fallaron al contemplar el deber. Obvié mis malditas responsabilidades para con la Alianza y la galaxia entera, hasta que fue demasiado tarde para dar marcha atrás.
Le vi desparecer entre las sombras antes de entrar en la lanzadera que me alejaría definitiva e indefinidamente de él; sus manos juntas en señal de oración y el susurro de una plegaria a lo lejos. Fue la primera vez que rompí mis nudillos contra la gruesa doble ventana de un transporte de la Alianza, sobresaltando a los soldados que me custodiaban.
Dolor de nuevo. ¿Cuándo acabará?
Gruñí impotente y dejé bruscamente la taza de café sobre la encimera de la cocina. Estaba harta de esto, harta de todo.
El sonido de la cerámica sobre el metal me extrajo de ese estado y me recordó de inmediato lo que estaba pasando por alto.
—Demonios, ¡Kolyat! —abandoné en pocas zancadas la cocina, sin preocuparme por la comida a medio ingerir ni por el poco café derramado, y me dirigí hacia la habitación de invitados cercana.
Había olvidado al joven drell mientras mi mente divagaba en asuntos que ningún bien me hacían. Esperaba encontrarle aún en el apartamento, aunque siendo como era, la posibilidad de que se hubiera ido era grande.
Atravesé el pasillo y entré en el dormitorio. El olor a alcohol rancio golpeó mis fosas nasales y resoplé en disgusto.
—Glifo, luces. —ordené, mientras daba unos pasos más hacia el interior.
Al iluminarse la habitación, un súbito frío recorrió mi vientre y garganta, cortándome de lleno la respiración.
—Dios, ¿pero qué demonios…?
Restos de sangre manchaban la cama, el saco de boxeo y la alfombra. Trozos de cristal roto se hallaban dispersos por la moqueta y las huellas indicaban que alguien había reptado por el suelo, rastro que terminaba en la puerta del aseo.
Alarmada, con mi corazón a punto de desbocarse pensando en la multitud de situaciones en las que me podría encontrar al entrar, corrí al baño y encendí la luz esperando hallar lo que más temía.
—¡Kolyat! —grité, arrojándome al suelo mientras inspeccionaba y golpeaba las mejillas del desnudo drell. El frío de su piel era innato, así que recurrí a su pulso para evaluar su estado, examinando antes el resto de su desarrollado y adulto cuerpo en busca de señales de lesiones mortales. Utilicé mi omniherramienta para determinar signos vitales y logré calmar parcialmente mis latidos con los resultados de aquella medición.
—¿Sh… Shepard? —el leve susurro del joven apaciguo mi angustia, aunque no mi rabia.
—¡Imbécil! ¡¿Se puede saber qué has hecho?! ¡¿Es que acaso quieres seguir a tu padre?! —increpé, zarandeándole bruscamente hasta lograr que abriese del todo sus oscuros -y familiares- ojos. Me fue imposible pasar por alto el fuerte y maduro torso de su colorido cuerpo. Las delicadas escamas parecían brillar con luz propia, figuras oscuras enmarcando cada ángulo de su musculado cuerpo; un recuerdo que buscaba erradicar de mi patética memoria pero que el destino parecía empeñado en evocar al padre en cada rasgo de su hijo haciendo imposible el cometido.
El drell se incorporó y se irguió sobre el suelo con cierta dificultad, todavía algo desorientado y mareado por el exceso de alcohol en sangre y por la pérdida de ella.
—No, es que… creo que… me corté… —dijo confuso, entretanto miraba hacia sus dedos.
Bajé la mirada hasta una de sus manos y observé una profunda herida en la palma. Trozos pequeños de cristal se hallaban aún incrustados en su nervuda carne, otorgándole más brillo a la sangre que seguía manando de su cuerpo.
Dirigí mis ojos hasta su rostro de nuevo y, en un inexplicable impulso protector, le abracé fuertemente contra mí, obviando lo inapropiado de la situación.
—¡Drell necio! —gruñí, sintiendo su sorpresa más que la mía propia.
Me aparté de él enseguida y carraspeé para disimular mi incomodidad. No lamentaba el impulso, sólo el que aquello me agitase más de lo normal.
—Más te vale que te cures la herida de inmediato si no quieres que te eche a patadas de mi apartamento. Ya he visto suficiente sangre drell en mis manos para dos vidas… —me levanté del suelo y me arreglé la ropa antes de observarle por última vez.
Su rostro aún reflejaba la confusión y la sorpresa, así que decidí dejarle con aquella amenaza antes de detenerme a pensar en lo mal que había empezado el día y lo nerviosa que me hallaba. Verle tal como vino al mundo tampoco apaciguó mi inquietud ni alejó de mí recuerdos que odiaba y atesoraba a partes iguales.
Exhalé fuertemente y me trasladé al estudio para esperarle allí, mientras aprovechaba para revisar algunos mensajes de la tripulación.
La mayoría de aquellos correos, llevaban consigo un tinte oscuro y lúgubre que no me atreví a terminar de repasar. Si quería que el día fuese mejor, debía evitar caer en la agonía del recuerdo que luchaba por perpetuarse.
—Shepard.
La suave voz del drell, seguida de un delicado carraspeo, me extrajo de mi lectura. Me levanté de la silla y me acerqué hasta él. Observé su mano herida envuelta en una tensa venda térmica que ayudaba a curar más rápidamente las heridas de los de su especie.
—Bien. Seguro que te curarás pronto, pero me temo que necesito que me acompañes. Hoy daremos una fiesta y necesito tu ayuda. —caminé hacia la salida del apartamento, sin esperar respuesta por su parte, y allí me detuve.
—Glifo, envía un mensaje a toda la tripulación actual y antigua. Todos, absolutamente todos, están invitados esta noche, incluido Zaeed. Por favor, prepara la decoración lumínica del apartamento. Busca información sobre Kahje y Rakhana. Quiero que esto sea lo más parecido a un mundo drell ¿entendido?
—Comprendido, comandante. —el asistente holográfico desapareció con mi orden y me giré para ver a Kolyat que apenas había alcanzado a oír aquella petición.
—No sé si te parece bien, pero para serte sincera, me importa una mierda lo que pienses. Tu padre no se merece más lágrimas; se merece que festejemos la vida que a él le fue arrebatada. Vernos así, es lo último que hubiera querido, así que cambia esa cara y ayúdame con esto ¿quieres? No pienso fallarle de nuevo… —le di la espalda y me detuve un instante antes de abandonar el apartamento, aún confusa por el cúmulo de sensaciones que se agolpaban en mi interior.
Me creía más fuerte que aquello. No obstante, la realidad era que sentía que estaba siendo vencida por un enemigo invisible, una amenaza que atenazaba mi voluntad, rompiendo mi fortaleza y mis ganas de superación.
Maldito seas, Thane, pensé con rabia, al tiempo que convertía mi palma en un puño.
Justo cuando me propuse a avanzar, la voz de Kolyat me detuvo.
—Está bien, Shepard. Si es lo que necesitas, te complaceré. Mi padre así lo hubiera querido…
Otro pinchazo, aún más fuerte. ¿Tendría esto algún próximo final?
Asentí en silencio con un gesto de mi cabeza, y abandonamos el lugar sin intercambiar ni una sola palabra más.
Pese a que sólo éramos dos andando estos primeros pasos, sentía que llevaba conmigo la carga más pesada de todas. Ni siquiera salvar la galaxia parecía tan imposible como hallar la paz y felicidad después de esto.
Si Thane hubiera sabido el vacío que dejaría en mí con su partida, posiblemente nunca hubiera permitido que entrase en su vida. Ahora ya era demasiado tarde para arrepentimientos y el día vaticinaba grandes oportunidades. Estaba en mí saber aprovecharlas o no.
No. Hoy viviría la vida tal y como él me enseñó: con intensidad y delirio. Hoy, aunque fuese el último día de mi existencia, experimentaría lo que es vivir de verdad, y no sobrevivir como siempre había hecho.
