¡Holaaa!
En esta ocasión, estoy especialmente insatisfecha con el capítulo. Llevo días sin sentirme capaz de hacer algo medianamente decente, pero si tardaba más en actualizar, me temo que no lo haría nunca, así que lo he tenido que 'liberar'.
Lamento la narración tan tosca. Estoy muy poco inspirada últimamente. :(
¡Espero no decepcionaros tanto!
Mil gracias por continuar conmigo.
Un abrazote.
Nota: multitud de canciones y sonidos acompañaron la creación de este capítulo, pero destaco la de Paradise Circus de Massive Attack y la de Dua Lipa "New Rules".
P.D: La gran mayoría de personajes, así como el mundo en el que está ambientada esta historia, son creaciones originales de BioWare. Sin embargo, varios sucesos y personas que aquí aparecen, son obra propia. Esta historia contiene spoilers de los libros, cómics, vídeos y juegos.
- Remordimientos -
—No te preocupes. Shepard lo entenderá —me repetía con convencimiento mientras acariciaba mi mano suavemente. Intentaba así disipar mis más que justificadas dudas, pero su encomiable esfuerzo no me resultaba suficiente.
Pese a que la comandante se la conocía por ser implacable, sabía que, en todo lo relativo a Padre, ella había creado un refugio de moralidad en el que basar su vida desde que ambos iniciaran su relación. Yo deseaba desesperadamente creer en las palabras de Liara, así que sonreí, buscando auto convencerme de ellas, al tiempo que le agradecía su preocupación con un sutil gesto de mi cabeza.
Al finalizar, la dulce asari se despidió con una cálida sonrisa y yo me recosté sobre la cama, esperando encontrar una calma que buscara sustituir el tormento de haber fallado a mi prematura promesa.
El hecho de que Padre no se hallase más entre nosotros, fortalecía la sensación de traición sobre mi conciencia; me atormentaba y no hallaba consuelo siquiera en la acostumbrada meditación.
No obstante, ¿qué más podía haber hecho? Jamás me hubieran dejado en paz y temía por él. Me sentí obligado a demostrar cuán peligroso podía llegar a ser si jugaban conmigo de esa manera, aunque para ello, tuve que destrozar todo lo que Padre intentó edificar en mí. Lamentablemente, no sólo los culpables pagaron por aquello.
Ahora, echando la vista atrás, me arrepentía profundamente de lo sucedido.
«Son varios los caminos a seguir para un mismo fin cuando se es dueño de la propia voluntad»
Padre siempre tenía esa forma especial de ofrecer más de lo que uno creía necesitar. Me enseñó a perdonar, pero no estaba seguro de poder hacerlo conmigo mismo. Su código le hacía creer que él era sólo una herramienta de los deseos de otros, mientras que yo había actuado por voluntad propia, sin ayuda ni consenso, y muchos habían muerto a mis manos, algunos incluso que no merecían tal fin.
Jamás había acabado deliberadamente con la vida de un ser con anterioridad, pero el recuerdo de aquella primera vez, aún asaltaba mi mente. Entonces no era consciente pero, el momento exacto en el que sentí el crujir de la nuca de aquel mercenario, ello marcaría un precedente en mi existencia.
Después de ese instante, todo lo demás sucedió de una forma aterradoramente fluida. Antes de darme cuenta, todos los responsables, y alguno que otro más, se hallaban junto a sus ancestros y mis manos jamás volverían a estar limpias, quebrantando así tan importante juramento. Con aquel error, había permitido que mi alma asimilase las tinieblas, desvaneciendo la idea de ser el resplandor que tanto Padre quiso que fuera en esta vida.
Me negaba a admitirlo pero, después de todo, me parecía más a él de lo que jamás hubiera creído posible.
Suspiré, inquieto, mientras cruzaba mis brazos sobre mi pecho y fijaba con abandono mi mirada al techo. La música de la celebración evitaba que pudiera sumirme en el tan necesitado, aunque esquivo, sueño, así que me revolví incómodo sobre las sábanas. No quería afrontar la verdad: había fallado a Padre y, con ello, a Shepard.
Antes de aquella terrible decisión, ya era plenamente consciente de que, haberme dejado llevar por el rumbo que, iluso, decidí tomar en su día, traería consecuencias; unas que, gracias a la oportuna intervención de la comandante, pagué a medias con la justicia dedicando mi tiempo en diferentes y necesarios trabajos comunitarios. Aquello me mantuvo despejado del camino que, en un intento por ser como él, me había empeñado en transitar sin contemplar los numerosos daños colaterales.
Sin embargo, yo era el único que conocía la verdad que subyacía en todo ello: esa vida jamás me abandonaría si no cerraba definitivamente el círculo que lo inició todo. Había muchos cabos sueltos y no podía permitir que la única familia que me quedaba, pagara por mis errores. Menos aun cuando, por fin, había encontrado cierta paz junto a una parte de mi solitario pasado.
Me aseguré de elaborar un plan infalible, a diferencia del que desarrollé para Elías Kelham en mis inicios. Debía muchos favores por ello y las amenazas eran constantes así que no encontré otra opción. Cubrí bien mis huellas y me percaté de que nadie pudiera descubrir que, el causante de aquellas muertes, tenía un único nombre y apellido. Hice que pareciera un ajuste de cuentas y logré desviar la atención lejos de nosotros.
Finalmente, algunos fueron arrestados y otros huyeron, ayudando así a reforzar la teatralizada idea de su culpabilidad. Nadie supo de mi implicación, ni siquiera Padre. Por desgracia, mi entrenamiento no incluía la práctica de erradicar remordimiento alguno después de cometer tales actos, así que tendría que aprender a vivir con los rostros de quienes había exterminado. Ese era mi castigo: repetir una y otra vez, gracias a mi perfecta memoria eidética, cada grotesco detalle de aquel terrible acontecimiento.
—Perdóname, Padre… —susurré a la nada, mientras frotaba mis ojos y dejaba que mis párpados desvanecieran la amarga evidencia de mi dolor.
Shepard tendría que entenderlo. O no. Eso, en realidad, ya no importaba. Al fin y al cabo, ella hubiera hecho cualquier cosa con tal de salvarle, incluso dar su propia vida, todavía más romper una promesa por muy importante que fuera. Él se había convertido en su todo, así que, a pesar de mis temores, consideraba que las opciones para conciliar mi pasado con mi presente, no eran tan malas, aunque no tan buenas como Liara quería hacerme creer.
La asari fue la única en atar cabos y, aunque inicialmente dudaba de la información de la que disponía como Corredor Sombrío, le confesé la verdad en un momento de mermada cobardía. Ella guardó el secreto y me ayudó a conciliar parte de esos remordimientos, pero el proceso estaba siendo más lento de lo habitual y necesitaba encontrar una solución definitiva si no quería que ello terminase por romper mi mente y mi delicada estabilidad. Aquello era algo que me diferenciaba notablemente de Padre: la escasa entereza y control sobre mis emociones.
Me estaba ahogando con tanto dolor, tanta culpa. La pesadumbre por la trágica pérdida de Padre, añadida a la sensación de traición, me impedía respirar con normalidad. Incluso mis latidos se hallaban erráticos, inconstantes, y aunque estar en compañía de Shepard crispase visiblemente mis nervios, comprendía que debía tratar el tema cuanto antes si quería pasar página y evitar caer en el temido bucle que solía afectar a los drell que no eran capaces de encontrar la resiliencia necesaria para superar cualquier doloroso acontecimiento.
Adicionalmente a todo ello, la única forma que tenía actualmente de saber de los últimos días que vivió, de llegar a comprenderle del todo, sus motivaciones, sus últimas ilusiones y miedos, era encontrando en los recuerdos de la dinámica comandante, las experiencias que no logré compartir con él. Shepard era lo único que me unía todavía a su difuminado recuerdo, y no deseaba fallarle a ella también.
Conocer cómo había sido su vida en la Normandía, saber cómo se conocieron, cómo se enamoraron, cómo lograron sobrevivir, me ofrecería una visión de Padre que nunca tuve la oportunidad de presenciar, puesto que su cercanía siempre gravitó en torno a una profunda preparación que él me impartía con afán para enseñarme a actuar con rectitud, más que en mostrarme su verdadera persona; algo que, sabía, sólo podía conocer Shepard.
Tu-Fira. Eso es lo que solía contestar cuando le preguntaba por el motivo de su semblante apesadumbrado y distraído. Me decía que la comandante había sido un gran apoyo en sus horas más bajas y, aunque nunca desarrollaba más su explicación, siempre me contestaba con esa misma palabra mientras apartaba su rostro de mi escrutinio. Concluía afirmando que ya comprendería su verdadero significado cuando alguien, finalmente, se adentrase en las profundidades de mi corazón.
Esperaba que aquello nunca sucediese pues, sufrir tal innecesaria melancolía, sólo alimentaba la ya constante tortura de existir en soledad.
Así pues, era consciente de la importancia de Shepard en la vida de Padre. Es por ello que aún temblaba ante la idea de decepcionarla. En cierta forma, es como si le fallase a él también y aquello era lo último que deseaba hacer. Antes preferiría desaparecer de su vida que ver su hermoso rostro romperse de dolor ante la evidencia de haberme convertido en el culpable de acabar de golpe con la última ilusión que él albergaba; dejar bondad en el mundo y no a otro asesino que es en lo que, desgraciadamente, me había convertido.
Gruñí mientras me frotaba el rostro y busqué asirme a las sábanas para anclarme a la realidad que me mantenía en ese estado de vacilación constante. El hecho de que nada de lo que hiciera pudiera cambiar lo sucedido, me generaba una ardiente impotencia.
No era capaz de perdonarme a mí mismo ¿Por qué habría de hacerlo ella?
—Esto es ridículo…
Me levanté de la cama de un impulso y me dirigí hacia el aseo cercano.
Miré mi reflejo en el espejo y, por un breve instante, imaginé el rostro de Shepard y el de Padre ante la noticia; rostros rotos por la decepción, juzgando cada palabra, cada gesto, rostros adornados por la profunda tristeza de ver incumplido un importante juramento.
«No te conviertas en mí. Sé la luz que rompe la oscuridad.»
Golpeé fuertemente el lavamanos y sentí mis nudillos crujir con el impacto. Hice acopio de toda mi voluntad evitando así atraer la memoria de aquel terrible acontecimiento y suspiré, resignándome a padecer la habitual lucha de dominar mis recuerdos.
Extraños ruidos en la habitación contigua me extrajeron de aquella reflexión y supuse que Shepard se hallaba conversando con alguno de los invitados.
—Ahora o nunca —me dije. Si esperaba un día más a confesar mi culpa, sabía que jamás lo haría y aquello sería incluso peor pues, cuanto más se oculta una verdad, más pesada se hace su carga en el recuerdo.
Abandoné la estancia ligeramente mareado y nervioso. Me hallaba en ese estado, no sólo por lo que estaba a punto de revelar, sino por volver a estar a solas con ella. La experiencia de aquella mañana no había sido precisamente racional y me encontraba dudando del control de mis impulsos, así que no podía vislumbrar un futuro inmediato demasiado optimista salvo, quizá, por el hecho de acabar con esta asfixiante incertidumbre.
Avancé por el pasillo y llegué hasta sus dependencias. Para mi sorpresa, la puerta de su habitación se encontraba cerrada pero, con todo el bullicio del exterior, supuse que no oiría mi reclamo así que decidí entrar sin dar aviso.
Alcancé a dar un paso adentro hasta que la escena caló en mi comprensión. Ahogué un inocente saludo al darme cuenta de lo que allí se presentaba ante mí.
El curvilíneo y marcado cuerpo de la comandante se hallaba cubierto por finas perlas de sudor, mientras su impresionante anatomía se estremecía sobre la del fornido teniente humano.
No llegué a elaborar palabra alguna hasta que presencié su mirada cruzarse con la mía.
—¿Shepard…?
Sus ojos se expandieron en su rostro y detuvo súbitamente su serpenteante e intenso balanceo. Su mirada indicaba temor, incluso perdón, mas no era a mí a quién solicitaba absolución, sino a quien yo le recordaba.
Abandoné aquella estancia y aquel apartamento, sin darme cuenta de la furia e impotencia que recorría mi cuerpo hasta que golpeé a un impertinente humano que me impedía el acceso a mi condominio.
No logré conciliar el sueño esa noche. Vacié varias botellas de alcohol de dudoso contenido y me sumí, lentamente, en una convulsa ensoñación en la que me costaba diferenciar si era la realidad o mi subconsciente lo que más me atormentaba en ese desventurado instante.
… … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … …
Era intenso, desesperado, violento.
Su cuerpo combatía mi naturaleza con la imponente intensidad de un reactor nuclear. El Hallex invadía nuestro organismo adormeciendo el pensamiento y la razón. Una tan necesitada escapatoria de mi deprimente e insufrible realidad.
El calor abrasador que nos imbuía a ambos en un estado de vorágine sexual sin precedentes, colmaba nuestros sentidos de un éxtasis semiartificial haciéndonos caer en el incesante ritmo de la búsqueda del placer compartido.
Confundimos las horas con segundos y dijimos nuestros nombres en numerosas ocasiones, más como demanda que como permiso. Su 'Lola' reverberaba por la estancia, mientras su apellido gemido desde las profundidades de mi garganta me hacía caer en la cuenta de la locura transitoria de aquel inesperado e indigno encuentro.
Ya todo me daba igual. No deseaba pensar en límites, sólo en las posibilidades que esta insulsa e inútil existencia me ofrecía ahora.
Necesitaba sentir algo más que dolor, que tormento y angustia. Las manos y cuerpo de James hicieron de refugio temporal de esa Shepard rota en la que me había convertido. Aquel complaciente y hábil amante me obsequiaba más de lo que yo solicitaba, llegando, incluso, un poco más allá.
—¡Joder, Lola! —gruñó entre dientes, mientras acompañaba su estremecimiento con un intenso golpe sobre mis oscilantes muslos.
No detuve mi codiciosa y rítmica danza hasta sentirle palpitar dentro de mí con fuerza, impregnándome de toda su esencia sin mayor repercusión sobre mi fisionomía que la familiar sensación de extrema humedad y ardor del delicioso después.
Observé su congestionado rostro, mientras sentía sus dedos pellizcar delicadamente mis fríos pezones, experimentando el contraste casi como una tortura más que como una recompensa.
—Vega… —susurré agitadamente, reanudando el frenético baile que nos tenía a ambos sumidos en el más imperante ahora.
Un nuevo nombre evocado de mis labios para sanar un alma rota por la pérdida, como si con aquello fuera a encontrar lo extraviado, mas fue anarquía lo que hallé. Un exquisito e intenso caos envuelto en músculo, fuego y desbocada pasión.
Él me sonrió, con esa deliciosa curva traviesa que solían dibujar sus labios cuando me observaba hambriento. Con una sola mano, sujetó con fuerza mis caderas y deslizó la otra hacia mi entrepierna después de humedecer, con su lengua, sus fuertes y expertos dedos, para así rozar con refinada intención mi sensible y reactivo centro.
Recuerdo haber gritado cuando la oleada de implacable fuego agitó mi vientre con brusquedad; una sensación tan liberadora como cruel.
La música en el exterior opacaba lo que ocurría sobre las sábanas de aquella fría habitación. Nuestros cuerpos cesaron su desquiciante avance y recuperamos el resuello después de encontrarnos anclados por nuestras miradas.
—Dios, Lola… —murmuró suavemente, dejando deslizar sus húmedos dedos por mi vientre y muslos, hasta lograr estremecerme de nuevo con aquel delicado tacto.
Sonreí. Pero no con aquella sonrisa que Thane extraía de mi alma cuando uníamos nuestros cuerpos en ese compás de sentimientos, sino con aquella sonrisa que camufla el arrepentimiento con satisfacción.
Descendí mis labios sobre los suyos para evitar continuar pensando en el amante ausente, y deposité un leve beso que James transformó en el preludio de un nuevo y apasionado encuentro.
Cedí nuevamente a sus profundas atenciones. Esta vez, decidí ofrecerle un panorama más amplio de mi retaguardia.
Sus caderas asestaban, incansablemente, fuertes sacudidas sobre las mías, mientras sus dedos se incrustaban en mi cintura y hombros, haciendo la tarea de mantenerme de rodillas aún más complicada.
El ritmo era desesperado, salvaje, despiadado. No sabía cuánto necesitaba aquello hasta que di un bocado de lo que él me ofrecía tan generosamente.
Su cuerpo se estremeció con brusquedad y, antes de culminar repetidas veces en las profundidades de mi cuerpo, aprovechó el impasse de su propia recuperación para llevarme de nuevo a las delicias del orgasmo.
Con aquella proeza, no cabía duda alguna de que James se había convertido en uno de mis amantes más diestros. La máquina sexual que simulaba ser, era aún más imponente si se testaba bajo condiciones tan apremiantes como las que se desencadenaban entre los dos. Mi necesidad igualaba su deseo y, así como sucedía en la batalla, nuestros cuerpos respondían al unísono en perfecta y metódica sincronía.
Volteé mi cuerpo y le obligué a recostar su espalda sobre el colchón. Jamás probaría mi resistencia bajo su cuerpo, pues mi sumisión vale un sentimiento, no una sensación.
Alcé mis caderas y él se hundió en mí nuevamente con un brusco golpe ascendente que me arrebató el aliento de golpe. Era notable su vigor y respuesta, pese al evidente aturdimiento que provocaba aquella intensa y adictiva sustancia escarlata en nuestra sangre.
Volví a balancear mi cuerpo sobre el de él, rozándome con intención, y rasgué la carne de sus muslos con mis uñas mientras mi torso se curvaba hacia atrás en deleite.
—Demonios… ¡Joder! —volvió a gruñir entre dientes, y entonces apreté los músculos de mi vientre para intensificar nuestro ya considerable placer.
Sus cálidos y fuertes dedos, se cerraron sobre mis caderas en un afán por controlar la intensidad de sus sensaciones y mis atenciones.
El sudor sobre mi cuerpo junto a mi ritmo desenfrenado dificultaba su sujeción, hasta que, rendido, el soldado cedió finalmente ante la violenta oleada que le sobrevino súbitamente, contagiándome de aquel ímpetu y haciendo que descuidase, momentáneamente, el dominio sobre mi reactiva biótica.
Perdimos ambos el aliento y guardamos cómplice silencio en aquella tundra prácticamente desconocida de mi recién adquirida habitación.
De forma sutil, la música del exterior se hizo, de pronto, más evidente de lo que recordaba y volteé mi rostro hacia la entrada del dormitorio para observar la posible razón.
De pie, con el rostro contorsionado por algo que parecía vergüenza y sorpresa, Kolyat me observaba atónito.
Mi pecho se contrajo dolorosamente. Experimenté de súbito un torbellino de angustia y dolor almacenarse en mis ojos, mientras los recuerdos de Thane se reflejaban claramente en aquel rostro de cruel similitud. La inesperada visión interrumpió el caos de aquel encuentro, detonando la atroz intensidad de aquellas inoportunas sensaciones que finalmente me obligaron a detenerme en seco.
En el momento, no supe qué decir. Tan sólo sentía el frenético palpitar de mi corazón rasgando el interior de mi pecho, como las garras de una Banshee rompen la piel de sus víctimas.
Cuando recuperé parte de la compostura, Kolyat ya no se hallaba allí y James, ajeno a lo ocurrido, solicitaba más de mí, mientras sus dedos rozaban con arrebato zonas que antes pertenecían a otro cuerpo, otra alma.
Me dejé llevar mientras las lágrimas discurrían disfrazadas de placer y delirio cuando, muy dentro de mí, en los rincones más ocultos de mi alma, los recuerdos asaltaban mi mente con crueles fotografías de un dulce pasado ya extinto.
