Capítulo 3: Fantasías

¿Cómo? ¿Qué? ¿Quién? ¿Por qué? ¿Cuándo? Miles de preguntas asaltaban al joven asesino que se había quedado petrificado frente a su amigo. Leonardo, al ver la confusión en sus ojos, intentó aclararlo.

—Es… una persona a la que aprecio mucho y nunca me imaginé que me enamoraría de él pero… en fin, me costó aceptarlo y cuando lo hice… me di cuenta de que nunca me correspondería… Sé que es una tontería pero por eso he estado tan raro. Me cuesta… asimilarlo. —El tono de voz del artista era triste y miraba al suelo. Ezio colocó sus manos en sus hombros para reconfortarle.

—Sé que es muy duro que alguien no te corresponda pero no por eso debes deprimirte. Eres una persona maravillosa, Leo; qué digo, la mejor persona que conozco. Eres un genio, brillante, talentoso, atractivo y de buen corazón. Que te interesen los hombres… bueno, supongo que… no sé, —dijo intentando apartar ese tema que no conocía— lo que quiero decirte es que, sea quien sea, es un tonto por no darse cuenta de lo maravilloso que eres y no deberías entristecerte. Si él no sabe valorarte, otra persona lo hará, ya lo verás. —Dijo mirándole a los ojos con una sonrisa. Los ojos del artista se humedecieron y abrazó al joven con fuerza. Ezio le estrechó fuertemente, sentía una mezcla de emociones que no terminaba de identificar: pena, empatía, asombro, ánimos y…¿celos? Los apartó todos rápidamente, ahora debía centrarse en animar a su amigo que, por cierto, debía terminar un encargo.

El día siguiente lo pasó Leonardo completamente concentrado en terminar el cuadro para poder entregarlo a tiempo así que Ezio se pasó por su casa el siguiente día, tras la entrega.

Era muy temprano por lo que el asesino no escuchó contestación tras llamar a la puerta, aun así, se coló por la ventana. Vio que su amigo dormía profundamente. Bien. Había decidido averiguar quién era esa persona que le había partido el corazón para darle una pequeña lección y estaba seguro que en su casa obtendría información. Quizás era un joven apuesto que una vez le encargó algo y luego siguieron viéndose. Si eso era así su nombre estaría en el cuaderno donde anotaba todos los encargos. ¿Cómo lo encontraría? Ezio no estaba seguro pero esperaba encontrar corazoncitos o algo alrededor del nombre, como hacía su hermana cuando un chico le gustaba y le enviaba una nota. Cuando encontró el dichoso cuaderno lo abrió y buscó página por página, era más difícil de lo que pensaba puesto que la letra de su amigo era ilegible y no había ni un hueco en blanco. Tras una búsqueda exhaustiva que no dio frutos, se dispuso a buscar entre los papeles del escritorio. Fue entonces cuando se le ocurrió que si era "una persona a la que aprecio mucho" se habrían estado intercambiando cartas. Con esa nueva idea en mente volvió a la habitación de Leonardo. En la cómoda, debajo de la ropa encontró cartas interesantes pero eran de hacía tiempo y Ezio necesitaba alguna reciente, en la que el sujeto en cuestión le rechazase o le diese una mala noticia. Miró en los cajones de la mesilla de noche, donde encontró más cartas recientes, pero no había ninguna con las características que buscaba. Frustrado y convencido de que debía haber algo, pensó en otro lugar donde Leonardo pudiese haberlas escondido. Miró su figura dormida, sus facciones estaban relajadas, su pelo rubio desordenado y respiraba profundamente, Ezio se lamió los labios inconscientemente al ver la boca entreabierta de su compañero. Sacudió la cabeza. "Una posibilidad," se dijo, "es que, presa de la desesperación, las pudo haber quemado…" El joven rezó por que no fuera así mientras que buscaba fondos falsos en los cajones. "¡Ahá!" Pensó al encontrar, efectivamente, un fondo falso en el último cajón. Cogió los papeles triunfante y los miró, seguro que ahí estaba la respuesta.

—…— Al principio Ezio se desilusionó al ver que no eran cartas, sino dibujos y los iba a devolver a su sitio si no fuera porque reconoció a la persona dibujada. ¡Era él! Ezio parpadeó varias veces, incrédulo. A cualquiera le parecería bonito que un amigo tuviese dibujos sobre su persona pero… esos dibujos eran bastante… sugerentes. En uno estaba el joven asesino tumbado de lado y completamente desnudo. Ezio se sonrojó violentamente. "¿Qué demonios?" En el siguiente Ezio y Leonardo se estaban besando, pero no era un beso tímido, sino apasionado; rápidamente el joven pasó la hoja para, oh, no; encontrarse con un dibujo de ellos dos, de nuevo, solo que esta vez Ezio mordisqueaba el cuello del rubio. Los devolvió a su sitio, incapaz de seguir adelante por temor a ver qué se encontraba, estaba rojo como un tomate y salió corriendo de la habitación. Lo peor es que estaban perfectamente dibujados, con un detalle exquisito. Corrió por las calles, empujando sin querer a los pocos paseantes y llamando levemente la atención de unos guardias, pero eso no le importó puesto que, sin pensarlo se tiró de cabeza a un canal. Buceó y nadó hasta que se quedó sin fuerzas y el corazón volvía a su ritmo normal al igual que el color de sus mejillas. Dándose por fin cuenta de que parecía un loco al haberse tirado a un canal así de repente, volvió a la calzada y se sentó en el borde, con las piernas colgando. Su cerebro repetía las imágenes recién vistas una y otra vez, una y otra vez junto con la imagen de su amigo durmiendo apaciblemente. ¿Sería posible que…? No, no podía ser. Sin embargo… La cabeza le daba vueltas y empezaba a coger frío. Maldiciéndose por el acto estúpido e impulsivo de tirarse al agua, compró un atuendo nuevo y escaló un edificio. Ya en los tejados, divisó un escondrijo que, si era sincero, no tenía ni idea de por qué estaba ahí, pero le venía de perlas así que se metió dentro del cubículo y se cambió por la ropa seca. Una vez bien vestido bajó a la calle para comprar algo de comer, se estaba mareando.

Después de comer y comprar medicinas (por si acaso) volvió a dar un paseo, esta vez más serenado. Debía poner en orden sus pensamientos y sentimientos. Para empezar, esos dibujos, ¿qué significaban? Bueno, estaba claro que no eran para referencias y que no debía haberlos visto, si no, ¿por qué habrían de estar escondidos?

"Oh…Por eso Leonardo se exaltó tanto cuando le dije que había mirado entre sus cosas…Supongo que temió que los hubiese encontrado…" "Está bien, dado que no he encontrado cartas, que la persona de la que está enamorado es alguien a quien tiene gran estima y que los dibujos lo dejan bastante claro, supongo que no puedo negar el hecho de que yo soy la persona que le he ha hecho sufrir de esa manera. Genial." Pensó. "En cierto modo, eso explica perfectamente su actitud. Pero, yo no le he rechazado porque nunca me ha dicho nada, ¿cómo es que piensa que no podrá ser correspondido?" La respuesta la encontró fácilmente. "El burdel. Ese día estaba rodeado de muchachas y dispuesto a tener un poco de diversión con ellas. Ahí debió darse cuenta o confirmar que me gustan las mujeres y no los hombres…" Enseguida se sintió mal por ello. Ezio no quería que su amigo sufriese y ser el causante de su mal le dolía demasiado. Quería arreglar las cosas pero no sabía cómo, al fin y al cabo, no podía cambiar los sentimientos de Leonardo para con él. Pero, ¿y los suyos?, ¿qué sentía exactamente Ezio por Leonardo? Desde luego un gran cariño, era su único verdadero amigo, aquel en quien podía confiar y acudir. Sin embargo, mientras caminaba, algunas piezas empezaron a descuadrarse. La noche de carnaval estaba demasiado cansado y, sin embargo, decidió pasarla con él en vez de con las muchachas del burdel. El cuadro, normalmente le encantaría ver un cuerpo desnudo de mujer y, sin embargo, no le había causado ningún tipo de impresión, al contrario que ver a Leonardo dormido y sus dibujos, que le habían causado una reacción demasiado extraña. ¿Podría ser que sus gustos estaban… cambiando? ¿Era eso posible? Siempre le había gustado la compañía de las señoritas, de hecho, había tenido una novia pero cuando se hizo asesino… bueno, las cosas cambiaron y la verdad es que estar con Leonardo… le gustaba mucho. Se empezó a poner muy nervioso, ¿acaso estaba enamorado de Leonardo? Siempre le había visto y tratado como un amigo, un hermano, tal vez, pero enamorarse… ahora esa palabra le parecía demasiado fuerte. Necesitaba aclararse pero no había con quién pudiese hablar del tema.

Había pasado una semana y el asesino no había ido a verle. Leonardo se estaba empezando a preocupar de verdad, ¿le habría pasado algo o simplemente no quería saber nada de él? Dado que la última conversación que habían tenido había sido en la que Leonardo le confesaba que estaba enamorado de un hombre, probablemente Ezio había decidido dejar de verlo, asqueado. Suspiró apesadumbrado, no saber nada de él le ponía de los nervios. Ese día había bajado a comprar un poco de comida y materiales para pintar pero cuando se estaba despidiendo del vendedor un grito le hizo girarse

—¡Ahí está!

—¡Que no escape!

Unos guardias pasaron corriendo a su lado y el artista pudo ver a su amigo en la distancia, saltando para subir a los tejados, seguido de ellos. El corazón se le paró. Después de todo, Ezio estaba en peligro. Les siguió hasta que finamente les perdió de vista. Molesto, no le quedó más opción que volver, lo que más le apenaba era que, aunque saliese ileso, Ezio probablemente seguiría sin querer verle. Entró en su casa y guardó las compras. Estuvo ordenando un poco su estudio y probando las nuevas pinturas cuando un ruido le alertó. Cautelosamente, cogió un cuchillo y se dirigió al lugar donde había escuchado el ruido, no oía nada más pero sabía que alguien había entrado en su casa. Sin embargo el arma se le escurrió de las manos cuando se encontró a Ezio en su habitación. Tenía las manos llenas de sangre y se tocaba el costado, malherido, también había restos de sangre en su traje.

—¡Oh, Dios mío! —Leonardo corrió hacia su amigo. Al ver que éste le miraba tan preocupado y apartaba su mano para ver la herida, intentó reconfortarle.

—No te preocupes, estoy bien. —Hizo una mueca de dolor cuando el rubio presionó la herida. —No es nada grave. —Leonardo le fulminó con la mirada.

—Voy a por agua y vendas…

—¡Pero tranquilo! Esta sangre es de mis enemigos… —Dijo mirándose las manos.

Leonardo volvió con todo lo necesario para curarla pero Ezio suspiró.

—Es solo un corte, un descuido.

—Me da igual. Quítate la armadura y la camisa. —Ordenó. El castaño le obedeció y Leonardo tuvo que hacer un esfuerzo para centrarse en la herida y no en admirar su perfecta musculatura. Limpió la sangre y se alegró de que el corte no fuese tan profundo como parecía.

—¿Lo ves? No es nada. —El artista le volvió a mirar mal cuando el otro intentó quitarle las vendas.

—Déjame a mí. —Ezio suspiró y dejó que el otro le curase. También tenía un corte, mucho más pequeño en su hombro, causado por una flecha que no esquivó del todo.

Una vez todo curado, el asesino volvió a vestirse mientras que el rubio tiraba el agua ensangrentada, guardaba los utensilios y esperaba a que el color de sus mejillas volviese a la normalidad. Cuando volvió a su lado Ezio le agradeció pero el rostro de Leonardo era serio.

—Tras una semana sin saber nada de ti te cuelas en mi habitación herido y lleno de sangre. —Le recriminó, dolido. El asesino bajó la cabeza, avergonzado. —Estaba preocupado, ¿sabes? Y con razón, visto lo visto. ¿Si no te hubiesen herido pensabas no aparecer nunca? ¿Eh? —Le miró directamente a los ojos, los suyos vidriosos. —Esto es por la conversación del otro día, ¿verdad? Ya no quieres saber nada de mí. —Se abrazó con fuerza. —Pues si esa era tu intención no sé por qué intentaste consolarme.

Los ojos castaños de Ezio se abrieron, había estado tan pendiente de sí mismo que se había olvidado por completo del tiempo que había pasado y la situación en la que le dejó. Se sintió horrible. Era cierto que había estado evitándole pero no por Leonardo, sino por él mismo, que ya no estaba seguro de lo que sentía.

—Lo siento… —Quiso abrazarle pero no sabía si ese gesto era apropiado o el otro le rechazaría. —Tienes todo el derecho a enfadarte, ha sido mi culpa… Pero tenía miedo… —Leonardo le miró de forma extraña. Quizás esa no fuese la expresión apropiada. — Estaba confuso y asustado. No sabía exactamente lo que sentía…—La expresión confusa del artista hizo suspirar a Ezio, debía decirle la verdad, entonces. —Verás, tras contarme aquello yo me enfadé con la persona que te rechazó pero entonces descubrí… que era yo…—Ahora los ojos azules le miraban estupefacto.

—¿Cómo…?—Ezio se sonrojó.

—Lo siento… cotilleé entre tus cosas…—Los ojos de Leonardo se abrieron aún más. No. No podía ser. Le miró entre aterrorizado e incrédulo pero la mirada culpable y el sonrojo del asesino le confirmaron sus terribles sospechas y notó cómo el color subía a sus mejillas.

—Idiota… No me lo puedo creer…—Murmuró dando vueltas en la habitación. Ahora nunca podría mirarle a la cara de lo avergonzado que estaba. ¿Cómo había podido pasar?

—Tranquilo, Leonardo. —Dijo Ezio, intentando que se serenase para continuar su relato, pero el otro estaba demasiado alterado.

—¿¡Cómo que tranquilo?! Ahora… si tú… yo…—Balbuceaba rojo como un tomate.

—¡Leonardo, escúchame bien! —Exclamó cogiéndole por los hombros y forzándole a mirarle a los ojos. —Al principio también me costó creerlo pero luego recapacité y empecé a pensar y analizar la situación. Estaba claro que estás enamorado de mí y me sentí muy culpable por hacerte sufrir. —El de Vinci quiso protestar pero Ezio no le dejó. —Fue entonces cuando me puse a pensar sobre cuáles eran mis verdaderos sentimientos hacia ti. Por eso he estado ausente toda la semana, porque… no me lo creía… Yo, que siempre me ha gustado estar con mujeres, enamorado de un hombre. —Le miró fijamente. —Pero es que ese hombre no es uno cualquiera, es un genio, brillante, talentoso, atractivo y de buen corazón. —Dijo con una sonrisa, repitiendo las palabras que le dijo la semana pasada. —Y es mi mejor amigo, y también me ama. —La sonrisa de Ezio se ensanchaba al decir las palabras y su rostro se suavecía; Leonardo, por el contrario, lloraba. —Dime, Leonardo, ¿crees que podrás perdonarme por haberte dejado tirado sin ninguna explicación durante una semana?

El susodicho rio mientras asentía y se inclinó hacia delante para besarle, ya había esperado demasiado. Ezio sonrió y le abrazó mientras correspondía al beso. Cuando se separaron para tomar aire, los ojos de ambos brillaban y Ezio se inclinó para besar los rastros de lágrimas, lo que provocó que el otro riera y le abrazara con fuerza.

Ti amo, Ezio. —Susurró en su oído. El otro sonrió y se sintió muy feliz al poder decir con seguridad:

Anch'io, Leonardo.—Y le volvió a besar, esta vez apasionadamente. Ahora que sabía cuáles eran las fantasías de Leonardo estaba deseando hacerlas realidad.


Notas de la autora: (¬‿¬) No me puedo creer que Leo haya permitido que Ezio viese su porno. En fin, espero que le saquen partido xd

YYY este es el fin :) Espero que os haya gustado :D Me lo he pasado muy bien escribiendo a estos dos tortolitos y pudiendo fusionar la idea de BrightBennu con una mía y dividiéndolo en capítulos.

Espero que os haya gustado :3 No me atrevo a continuar la historia con una trama más elaborada (qué digo, esto no tenía ni trama, era solo un experimento raro para indagar en las mentes de ambos xD) para no cagarla y porque no creo que tenga tiempo. Así yo creo que queda bien, pero si queréis más no dudéis hacérmelo saber en una review! ^^

PD: Anch'io= Yo también