Como dios de la profecía y adivinación, Apolo tiene un sueño premonitorio que arruina sus planes de parranda y además lo estremece hasta los huesos. Touma, siempre vigilante, tiene una conversación muy cercana con Artemisa. Phantasos pasa rabias con Oneiros y… digamos que los jueces tienen una pequeña discusión en la enfermería. Minos es un idiota.


¡HOLA A TODOS! A estas alturas, en el Santuario de Athena se desarrollan los eventos del fic Gens. Para referencias a mi estilo y a ciertos aspectos del fic, lean 'Littera Minima' y sus secuelas. Este es un fic oscuro, por eso la clasificación que le doy, aun así los dioses y espectros del Inframundo no dejan de meter las patas. En esta ocasión, sumen 5 años a las edades del canon (sí, hubo cambio de año, recuerden). O si les resulta más fácil y menos complejo, dense una vuelta por el perfil de Ekléctica, donde encontrarán la línea de tiempo oficial: al principio de cada año aparecen las edades.

Un especial agradecimiento a Seika Lerki, Tsuyu Ryu y Ekléctica (El Concilio del Fic), madrinas y lectoras de prueba de este fic, que además de incentivarme y animarme a escribir, aplacaron mis instintos asesinos y varios personajes vivieron para contarlo.

Una recomendación especial, si quieren ver este universo expandido, lean "Madness of Love", de Lady Seika Lerki y el omake "Lo que Sueño de ti" y las adorables miniserie "Familia" y "Futuro" de Ekléctica. Finalmente, "Luz Amatista", de Tsuyu Ryu, es una joya. Las conversaciones que las inspiraron a ellas, de paso me inspiraron a mí para retomar este hábito mío de escribir fanfictions. ¡VAYAN A LEER! =D

Saint Seiya, la trama y sus personajes pertenecen al genialísimo Masami Kurumada y a quienes han pagado por el derecho respectivo. No estoy ganando dinero con esto, nada más entretengo a mi imaginación y le doy más trabajo a mi Musa. D8 ¡NO TENGO FINES DE LUCRO!


ADVERTENCIA.

Clasificación M, porque cada tanto, por culpa casi exclusiva de Minos de Griffin, y ocasionalmente de Hades, hay lenguaje y algunas situaciones sugestivas. Del mismo modo, hay escenas de violencia.

Cualquier coincidencia con la realidad, con situaciones reales y semejanzas con personas vivas o muertas, es una mera coincidencia. Se pide criterio y discreción por parte de los lectores. No me hago responsable de castigos, lesiones, o penas capitales derivados de la lectura de este capítulo. ¡No intenten nada de esto en casa!


Capítulo 8: Sueños de Mal Agüero

Oráculo de Delfos. Estancias de Apolo.

Esa misma noche. 14 de abril. 23:45 horas.

Apolo había bajado a su Santuario en Delfos con el solo afán de poder salir a parrandear y de engatusar a algunas de las turistas que visitaban las ruinas. Quería divertirse a lo grande durante un par de semanas, sin preocupaciones de ningún tipo. Había dejado todo preparado para ello, tanto en el Olimpo como en Delfos, de manera tal de poder salir tranquilo sin que tuvieran que llamarlo por alguna emergencia o desastre de último minuto. La llegada a Delfos fue más que perfecta, sus apolones y sibilas (sus guerreros) lo estaban esperando con sus habitaciones preparadas y sus golosinas favoritas en el frigobar. Incluso había contemplado la posibilidad de poder llevarse a un par de invitadas a sus estancias si lograba hacer bien las cosas. Todo auguraba un ciclo de parrandas épico.

Claro… por lo visto a nuestro dios de mentalidad adolescente le falló la edad. No pudo salir de parranda. Ni bien había llegado a sus habitaciones en Delfos, a eso de las 19:45 horas, cometió el error de echarse con toda su divinidad sobre su cama unos instantes. Le bajó un cansancio tan feroz que apenas pudo mantener los ojos abiertos y la ducha que se había pegado momentos antes, para estar más fresco y atractivo, lo relajó demasiado y no pudo hacer otra cosa que acomodarse y acurrucarse sobre su cama, con toda la comodidad del mundo, y rendirse a los bajos placeres de un buen y merecido sueño.

Tuvo un estupendo descanso, conste, hasta que poco antes de medianoche su conciencia se desperezó, sin despertarlo. Comenzó a tener un sueño lúcido que no tenía nada que ver con las imágenes que Hypnos y familia inspiraban cuando uno dormía. No… Apolo se sintió caer a velocidad constante por un vórtice nebuloso y, cuando por fin sus pies se apoyaron contra el suelo y la neblina se disipó, el dios supo que esto era un sueño premonitorio.

"Y yo que tenía ganas de dormir."

Apolo puso mala cara. Sueños de ese estilo no eran anormales en su persona (los tenía bastante seguido), pero no le gustaba cuando interrumpían sus planes de parranda. Se vio a sí mismo avanzando por un corredor putrefacto, en el que el olor a guano de murciélago atentaba contra su divina nariz. Parecía como excavado en la roca y de las paredes chorreaba un líquido viscoso, pero al mismo tiempo no parecía ser una construcción natural. No quería fijarse en el suelo, pues notaba que pisaba algo no apto para estómagos sensibles (y eso que él casi que lo había visto todo).

"Más vale que esta premonición valga la pena." Rezongó Apolo mientras se tapaba la boca y nariz con su manga.

Una puerta se abrió a su izquierda, varios metros más adelante. La desesperación salió a raudales, y pudo escuchar un llanto quedito que, aunque era bajito y solo lo percibía porque era un dios, supo que estaba lleno de miedo. Apolo arrugó la cara, el corazón le dio un latido angustioso: esto no le gustaba ni un ápice.

Tenía ganas de irse pero, seguro de sí mismo, se obligó a avanzar por ese corredor asqueroso hasta que llegó a la puerta que se había abierto. Por algo estaba teniendo esta premonición, necesitaba ver qué ocurriría y no se enteraría de nada si no iba a ver qué había tras esa puerta. La habitación se encontraba en completa negrura, pero entró de todos modos y ni bien puso un pie adentro, una débil luz plateada iluminó el centro del lugar. Apolo tomó aire y se obligó a sosegar su corazón. Dio algunos pasos al centro. Tenía unas ganas locas de marcharse y no volver más.

Allí había una mujer.

Una cadena gruesa colgaba del techo y ataba las manos de la chica por encima de su cabeza, levantándola unos centímetros en el aire de manera tal que sus pies no tocaran el suelo. Aun así (y al mismo tiempo) los tobillos de la muchacha estaban sujetos con grilletes. La débil luz plateada comenzó a danzar por el contorno de la prisionera casi como si no quisiese hacerle daño, pero no daba indicios sobre su identidad. El estado de la pobrecita era espantoso: estaba semi desnuda, con sus prendas hechas jirones, llena de cortes, moretones y heridas. El cabello era largo y lo tenía pegoteado, ocultando su rostro. Estiró el brazo para verle la cara.

GOOOOOOOOOOOOONG. GOOOOOOOOOOOOOOONG.

Aquél estruendo dispersó una bandada de murciélagos que se le abalanzaron encima y Apolo se vio obligado a retroceder y a manotear para quitárselos de encima. Pero tan rápido llegaron como se fueron y Apolo, por completo hiperventilado, comenzó a girar sobre sí mismo como buscando a los animales para quemarlos como correspondía. Así fue que presenció cómo se encendieron pequeños fogones en el suelo (cinco en total, ubicados en lugares estratégicos), con unas ollitas encima de las llamas que contenían algún líquido del que emanaba un extraño vapor color violáceo.

"… Mientras un olímpico esté expuesto al humo de este incienso, su cosmo y su fuerza no servirán de nada…" Dijo una voz incorpórea.

El primer instinto de Apolo fue ir a apagar los fogones, pero se contuvo. Esto era una premonición, no estaba expuesto a los vapores. Pestañeó molesto, pero giró rápidamente sobre sus talones al escuchar como la cadena de la que pendía la mujer caía al suelo. Vio una criatura oscura, corpulenta, cuyos ojos brillaban de maldad y cuyos dientes parecían tener luz propia. Se reía burlón de él y se relamió los labios. Sujetaba a la muchacha de los cabellos, pero aún no podía verle el rostro.

"¿Quién eres?" Le preguntó Apolo muy serio.

"Un ajawab…"

Fue la única respuesta de la criatura, pues luego alzó una espada en el aire y de un solo movimiento cortó los cabellos de la mujer, quien cayó de bruces al suelo, como si fuera una muñeca de trapo.

"¡NO, INFELIZ!"

La criatura se deshizo en un sinfín de alimañas que aprovecharon para escurrirse por todos lados y escapar por cuanta rendija encontraron. Apolo intentó atraparlo, pero la cabellera cortada le cayó en toda la cara y, al enredársele con sus brazos, entorpeció mucho la agilidad del dios, quien al tratar de quitársela de encima para poder ver bien a la criatura, perdió la oportunidad de capturarlo.

Se quedó hiperventilando un buen rato, tratando de sosegar su corazón y bajar la intensidad de sus emociones. Se quedó pensando… ¿qué significaba todo esto? ¿Por qué seguía soñando? ¿Qué se supone que tenía que ver? Se fijó en los restos de la cabellera… parecía el producto de un sacrilegio.

"… a… a… ayuda…" Gimió entonces la mujer.

Apolo la miró por encima del hombro. La chica seguía allí tirada, en la misma posición, como si no se pudiera mover. El dios se acercó a ella, sintiéndose de pronto compasivo: esta mujer había sido víctima de torturas. Se agachó junto a ella y le puso una mano sobre el hombro con toda la delicadeza del mundo.

Fue cuando sorpresivamente la mujer se incorporó y le miró directo a la cara, emitiendo un grito desgarrador, que le hizo dar un salto hacia atrás, lleno de horror, despertando entre sobresaltos. Le costó sosegarse, recordar donde estaba. Le costó caer en cuenta que había despertado en medio de la noche en su cuarto en Delfos y que su sueño, simplemente había sido eso, un sueño premonitorio.

Pero no podía ignorarlo. Apolo reconoció casi en seguida a la pobre prisionera ni bien cruzaron miradas en aquella pesadilla. ¡Tenía que evitarlo!

Rápidamente se levantó de su cama, presto a emprender viaje en ese momento.

Tenía que regresar al Olimpo EN EL ACTO.


Monte Olimpo. Estancias de Artemisa.

Esa madrugada. 15 de abril. 2:13 horas.

Artemisa despertó de golpe, y quizás algo asustada. Su cosmo incluso había dado un chispazo que seguramente habría alertado a quien estuviera tomando el turno nocturno. Sin embargo, pese a los acelerados latidos de su corazón y a su respiración tan sobresaltaba… no recordaba qué había estado soñando que la asustara tanto. Se incorporó de a poco en su cama, con la mano aun en el corazón, pero dejando que el bálsamo de la ignorancia se llevara el horror que había percibido por apenas un instante cuando despertó. Miró por la ventana…

El Olimpo se hallaba en paz, todo en la noche era quietud. El cielo estaba límpido y la luna brillaba con primor. No se verían muchas estrellas, pero no por eso la noche no era interesante. Artemisa se levantó de su cama y tomando una bata de satín (muchísimo más elegante que su pijama de algodón con dibujos de perritos) que tenía en una silla cercana, se la puso sin mayor demora. Salió a la terraza y sin dejar de observar la luna, caminó hasta la baranda. Allí se apoyó y se mantuvo con la vista fija en el astro que regía. Sus expresiones eran dulces, quizás nostálgicas: libres de su severidad usual.

"Artemisa."

La voz de Touma literalmente la estrelló contra el suelo. El ángel estaba a unos metros de distancia, arrodillado y en espera de sus órdenes. Obvio, no se le movió ni uno solo de sus cabellos, pero no pudo evitar que toda la sangre se le fuera al rostro. ¿Qué? ¿Qué tenía la voz de Touma que la exorcizaba de toda su gravedad y aridez? Por todos los dioses, de pronto sentía los dedos de los pies bien fríos. ¡No hacía frío! ¿Por qué tenía frío en los pies?

"Touma… ¿Estás de turno?"

¡La pregunta! Claro que estaba de turno. Siempre estaba de turno. Ella misma había visto los horarios a principios de semana. ¿No se le pudo ocurrir mejor pregunta? Era una torpe. ¿Por qué un mortal la hacía sentir así? ¿Qué derecho tenía el insolente? Además se le acercaba furtivamente y por la espalda, ¡Quizás qué tenía en mente! Artemisa miró en dirección de su ángel, dispuesta a lucir fiera.

"Sí, lo estoy. ¿Estás bien?"

Aaaw. Le puso esa sonrisa irreverente y simpática que parecía que solo se la dedicaba a ella. Artemisa se tragó su orgullo. No… no podía… El condenado le bajaba todas las defensas. No podía ser dura con él, sin mencionar que su estómago se llenaba de mariposas y lindos sentimientos cada vez que lo miraba y charlaban un poco. ¡Cómo ansiaba un abrazo suyo! Sentirse protegida entre sus brazos, no por ser su diosa, sino como mujer… Apartó la mirada triste, tratando de disimular: no se podía permitir esos sentimientos. Ni por su ángel ni por nadie, había tomado un voto y no lo rompería… aunque eso le rompiera el corazón.

Tantos milenios sin que su voto de castidad la molestase y ahora venía este mortal a pavonearse delante de ella sin quererlo y lograba que por primera vez se cuestionara sus decisiones y quisiera retractarse. Lo peor es que tenía claro que Touma nunca la orillaría a tener que tomar una decisión que rompiera con tantos siglos de continua castidad, pues ella era su diosa y nada más, daría su vida por ella, pero no correspondería sus sentimientos.

Le costaba arrancárselos del pecho.

"Sí, estoy bien. ¿Lo dices por lo de hace un rato?" Artemisa carraspeó y le sonrió con una dulzura que solo le reservaba a él. "Creo que tuve una pesadilla, eso es todo. No… no me di cuenta del chispazo de cosmo. Lamento haberte asustado."

"¡Tú no me asustas, Arte! ¿Me puedo acercar?"

"C – claro."

Touma se levantó y caminó hasta ella con galante postura. Cada vez que Artemisa lo veía así se quedaba sin aliento, más en esta ocasión que la luz de luna parecía darle un brillo especial a su armadura. ¡Qué vergüenza! ¡Parecía colegiala de trece años! ¡O cervatillo frente a luces de estadio! Artemisa apartó la mirada y carraspeó, alterada, nerviosa y quizás juguetona. ¿Cómo permitía que este hombre la afectara tanto? Es un mortal, se repetía, un mero mortal. Lo miró de reojo de nuevo. Seguro se veía patética y tonta.

La mirada de Touma era triste. No perdía brillo ni decisión, era un hombre fuerte dispuesto a enfrentar dioses con tal de verla contenta y a salvo, pero él sabía que le confundía sus sentimientos y eso lo hería. No quería darle ilusiones, quería que la amistad que tenían se mantuviera en la esfera de lo profesional. Si tenía sentimientos hacia ella más allá del mero deber y lealtad, Touma nunca los expresaría, ni bajo tortura. No mancharía a su diosa con sus mortales emociones.

Esa realidad aterrizó a Artemisa de nuevo, quien suspiró apenada.

"Te traje las pantuflas." Le dijo Touma con una media sonrisa, entregándoselas. "Se te van a enfriar los pies."

"Oh, por supuesto." Artemisa sonrió divertida, dejando caer las pantuflas al suelo y calzándoselas. "Con razón. Siempre tan asertivo, Touma."

"Alguien tiene que cuidarte."

"Me consientes, Tomás." Artemisa se abrazó a sí misma. "Gracias por preocuparte, pero no fue nada."

"Eso no es malo, Artemisa. Y mi nombre es Touma." El pelirrojo se encogió de hombros e hizo como que no le importaba. "¿Así que problemas para dormir?"

"Algunos, tuve una pesadilla. Mañana me quejo con Hypnos, si es que me acuerdo."

"Tengo una idea: ¿Qué tal si te tomas una leche tibia? Eso ayuda a dormir."

"No parece mala idea. ¿Es la que preparaste el otro día, con canela?"

"Sí, la misma. Es lo único que sé preparar."

"¡No mientas, mortal!" Exclamó muy divertida. "¡Te he visto preparando huevos revueltos!"

"Para ser honesto, intentaba preparar huevos fritos." Reconoció Touma algo avergonzado. Artemisa sofocó unas risitas.

"Te acepto la lechecita. Al menos la preparas bien." Touma le ofreció el brazo y la escoltó al interior de la habitación. "¿Llevas mucho rato despierto?"

"Lo normal en este caso. Ya dormiré a la mañana." Touma apartó la cortina de la ventana y permitió que la diosa entrase sin problemas. "Arte, ¿qué te despertó? ¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte?"

, pensó de pronto Artemisa, abrazarme por siempre, mortal. ¡De buena gana se lo hubiera dicho en la cara! Pero se contuvo.

"No fue nada, Touma, solo una pesadilla que ni siquiera recuerdo."

La diosa, como si atendiese un llamado que vino de lejos, volvió el rostro hacia afuera, hacia la noche, sintiendo de pronto un frío en el corazón. Ni siquiera había terminado de mencionar que no recordaba la pesadilla cuando creyó oír una burlona carcajada cuyo origen no pudo determinar. Artemisa, sin proponérselo, se sujetó de los brazos de Touma.

Algo la acechaba… algo… algo quería su ruina…

Sintió una caricia en la mejilla.

"¿Artemisa?"

"Discúlpame Touma… no lo sé… puede que no sea nada, pero… de pronto me sentí insegura. Algo me acecha."

Touma abrió los ojos a todo dar, pero la sorpresa dio rápido paso a la fiera decisión. El ángel la sujetó por las mejillas, enviando un impulso eléctrico por la espalda de la diosa, quien no pudo hacer otra cosa que mirar directo a los ojos de Touma. ¡Se sentía tan a gusto bajo esa mirada!

"Da la orden y traeré la cabeza de quien sea que te haga sentir mal." Le dijo decidido. Sin soltarla, le acercó un poco el rostro. "¿Sabes… que tendrán que pasar por encima mío para llegar a ti, verdad?" Roja como un pimiento, y sintiéndose algo torpe, Artemisa asintió. "Y por encima de Teseo y de Odiseo… Y nuestras vidas las vendemos caras."

Artemisa, nerviosa y muy risueña, se apartó de Touma. Mucha cercanía, muchas emociones: un segundo más que la siguiera sujetando, no respondía. ¡Tenía un voto que mantener, por todo el Olimpo! Y encima su pelirrojo nunca correspondería sus sentimientos, pese a que le mandaba señales tan ambiguas como esas.

¡Maldita sea!

"Nunca lo he dudado, Touma… pero… poniéndonos serios: conozco mis instintos." La diosa lo enfrentó, endureciendo el rostro, pero no con tanta gravedad. "Algo me acecha, es cierto, pero no sé qué sea." En un impulso, Artemisa le tomó una de sus manos y se la besó. "Si eso ocurre, sé que ustedes tres me protegerán de lo que sea que me amenace, pero… en el fragor del combate, ¿Recordarás lo mucho que vales para mi vivo? No es que menosprecie a Teseo y Odiseo, pero… tú sigues siendo mortal." Le preguntó con sincera preocupación. "Y me dolería mucho si te pierdo."

"Me honras con tu preocupación, pero es tu integridad lo más importante para mí." Le dijo mientras soltaba su mano del agarre de la diosa con delicadeza. Le sonrió con calidez mientras sentía que las manos le hervían, junto con esa sensación de alegría en el corazón que le estaba costando controlar. "Iré por la lechecita que te prometí: te hará bien."

Touma salió de la habitación con el mismo sigilo que solía caracterizarlo. Artemisa se quedó en donde mismo, echándose un poco de viento en la cara, tratando de conciliar la súbita preocupación por sus ángeles, por su propia integridad, su imagen de gruñona por excelencia y sus sentimientos por Touma.

¡¿En serio le había besado las manos?!

Caminando con elegancia, Artemisa volvió a su cama, tratando de no pensar mucho más, pero sintiendo todavía el calor de las manos de Touma en su piel. En eso, llamaron a la puerta con insistencia. La diosa levantó la cabeza, pero no alcanzó a preguntar quién era cuando Apolo entró corriendo con los brazos extendidos, seguido de Touma quien, por lo visto, intentaba detenerlo en vano. Se veía descompuesto, como si hubiera pasado un susto de muerte: hasta lágrimas había derramado en algún punto. El dios se abalanzó sobre su hermana y la abrazó con fuerza.

"¡Qué Bueno Que Estás A Salvo, Misi!" Exclamó con la voz en un hilo.

Perpleja, a Artemisa no le quedó de otra sino aceptar el afecto de su hermano menor.


Inframundo. Palacio de Hades. Habitaciones de Phantasos.

Esa mañana. 6:50 horas.

Morfeo se asomó dentro de la habitación con una expresión llena de cautela y curiosidad. Había llamado a la puerta y desde lo profundo le habían rezongado que podía pasar, pero aún así prefería optar por la cautela. Phantasos era conocida por lanzar cepillos de pelo por la cabeza cuando la pillaban desprevenida. Decidió entrar de lleno y cerrar la puerta tras de sí al mismo tiempo que su hermana salió del baño. Aguantó la respiración: Phantasos no había activado la ilusión que la hacía ver linda.

"¡Phantasos! Vine a ver como estabas." Le dijo con carisma, mientras jugueteaba con sus dedos. "¿Cómo te sientes? Mamá dijo que estabas mejor, pero…"

"Pues así como me ves: mal. Y sí, mamá estuvo aquí." Phantasos se llevó la mano detrás de la cabeza y se sobó el chichón que le había dejado Hypnos la noche anterior. "Aaargh, duele… ¡Flor de Resaca!"

"¿Aceso no ha venido?"

"No todavía. Vendrá como en una hora más o algo así. Mamá quiere que tome desayuno primero…"

"De hecho, me dijo que viniera a asegurarme que fueras. Algo me comentó que no tenías hambre… y que no te creía."

"…"

"¿Phantasos?"

"No tengo ganas de comer. Tengo náuseas… vomité y no puedo levantar la ilusión."

"¿Sigues confundida?"

"…"

"Tomaré ese silencio como un sí." Morfeo se acercó su hermana y le puso una mano sobre el hombro. "¿Quieres que te ponga yo tu ilusión en la carita?"

"No. No quiero salir. No tengo ganas."

Phantasos no parecía haber tenido un buen despertar. Se la veía enferma, pero no le sorprendía: el ataque de las drogas le había llegado de lleno en la cara y en una buena cantidad y eso sin duda le iba a dejar secuelas. Además que Phantasos no tenía buena salud.

"¿Estás segura?"

"No." Phantasos hizo un puchero. "Igual tengo hambre… y esta es mi cara, así que no importa."

Morfeo levantó ambas cejas. Phantasos se cuidaba mucho que la gente no viera sus verdaderas facciones, siempre había estado avergonzada de su rostro, y se esmeraba mucho en que la ilusión que la ocultaba estuviera más que perfecta… a menos que estuviera deprimida, que algo le molestase o muy enojada. Vio como su hermana se ajustó el abrigo (siempre tenía frío) y caminaba hacia la puerta arrastrando los pies. Le detuvo de nuevo.

"¿Pasó algo contigo?"

"No…" Mintió la diosa. Morfeo la miró con cariño y le puso las manos sobre los hombros.

"Phantasos… te conozco. Hasta creo que te cambié un par de pañales. ¿Qué te pasa?"

"…"

"…"

"… Mamá y el señor Hypnos discutieron a la salida de mi cuarto anoche. Me despertaron… se… se supone que a estas alturas no debería afectarme, pero… me sentí un poco mal." Phantasos endureció las facciones, como tratando de juntar rencor.

Morfeo hizo una mueca y se apretó el puente nasal. Ni siquiera quería saber qué se habían dicho sus padres: ese par estaba llevando muy mal esto del divorcio. Ninguno de los dos estaba reaccionando con la madurez debida y en serio estaban afectados. Se le notaba más a Hypnos, pero eso no quería decir que Pasitea estuviera saliendo libre de polvo y paja. Su mamá estaba bastante más sensible, y bien llorona, pero ocultaba su dolor mucho mejor que su padre.

La noche anterior, cuando supo que Hypnos había tenido que noquear a Phantasos con el mango de la espada, Pasitea había montado en cólera. Podía comprender a su mamá, Hypnos bien pudo dormir a su hermana con su cosmo sin necesidad de golpearla, pero sospechaba que su ira se debía más a rencores acumulados a lo largo de los siglos y no necesariamente a ese golpe en específico. Una vez más, Phantasos quedaba al medio de la pelea, sin querer queriendo.

"Hice el ridículo, ¿verdad?"

"No fue tu culpa."

"El señor Hypnos está enojado."

"… No sabría decirte."

"¿Crees que si… me desaparezco unos meses se le pase el enojo?"

"En condiciones normales te diría que sí, pero ahora no es el momento. Necesitamos que nos ayudes en los combates. Lo que pasó anoche no fue tu culpa: le pudo pasar a cualquiera… ¡A Ícelos le pasó la semana pasada!"

"Pero fui yo en la que se fijaron. Y solo a mi me pegaron." Phantasos se acarició el chichón que tenía detrás de la cabeza. "A Ícelos lo hicieron dormir…"

"Después que tuviéramos que sujetarlo entre los tres, ¿o no te acuerdas?"

"¿Y porqué no me sujetaron a mi? El señor Hypnos no tenía porqué pegarme, ¡No soy un problema para él! Es más difícil dormir a Ícelos, pero a mi me pega sin siquiera cuestionárselo." Phantasos fulminó a Morfeo con la mirada cuando éste quiso hablar. "¡No me digas que fue por mi bien! Tenía opciones y no las tomó. ¡Siempre corta por lo más delgado! AAARGH. ¡Qué Rabia! ¡Apuesto que si hubiera sido Gala ni siquiera lo habría pensado!"

"Phantasos… no digas eso. El papá te quiere… en el fondo lo hace."

"¡Claro que me quiere! Pero bien lejos. ¡Bah! ¿Qué me interesa a mí el fondo de su pensamiento? Hace mucho que me vale madres lo que piensa o no el señor Hypnos. Sé que me odia."

"Si piensas eso, ¿entonces porqué no te vas como lo hicieron nuestros demás hermanos?"

"A esos el señor Hypnos los quiere."

"¿Y porqué sigues aquí? Sé qué no buscas el afecto del papá…"

Phantasos le miró de reojo y se sopló el flequillo. ¡Tan parecida que era a Hypnos cuando ponía esa mueca! Hacía poco más de un milenio y medio que la diosa había dejado de buscar activamente el cariño y la aprobación de su padre. Estaba resignada a que no la quisiera, o de eso estaba convencida. Inspiró una buena cantidad de aire y se obligó a relajar sus brazos.

"Me quedo por ustedes, por mamá, por el tío… porque no conozco otro hogar… no por el señor Hypnos." Phantasos se refregó los ojos. "No conozco otra vida… aunque ya debería buscármela."

Morfeo hizo un puchero: nunca le había gustado escuchar a su hermana hablando así. Se había arrepentido de hacer la pregunta. La idea de que Phantasos anduviera sola por el mundo le angustiaba. Cuando había nacido, tanto él como los demás sueños, incluso los que estaban repartidos por el mundo, habían recibido a Phantasos como la pequeña esperanza que se les regalaba, después de la tremenda mortandad de la que habían sido víctimas. Era la más pequeñita, la mimada y sobreprotegida de todos los hermanos, aunque patalease de rabia. Phantasos detestaba ser protegida, y siempre se había rebelado a tal cosa.

Aunque hay que decirlo, igual la consentían un montón.

"Argh. Dices eso porque no has desayunado y tuviste una mala noche, igual que todos." Morfeo la sujetó del brazo y la arrastró fuera de su habitación. "Vamos, cuando termines de desayunar puede que estés pensando mejor."

"¡Suelta, Morfeo, Puedo Sola!"

"¡Caminando, dije!"

Sí… tenía razón. ¿Su hermanita pequeña? ¿Sola por el mundo? ¿Con lo cruel que era? ¡Ni hablar! Una vez que desayunaran, a Phantasos se le olvidarían esas ideas tan locas. Solo necesitaba comer. Punto.

Mejor la llevaba pronto al comedor.


"Enfermería" del Inframundo.

Rato después. 9:30

CRACK.

"¡LA REP*****MA QUE LOS PA***!"

Minos y Radamanthys hicieron una mueca de dolor al sentir como había crujido el brazo de Aiacos. No hubo alternativa. Durante el combate de la noche anterior, Aiacos había sufrido de nuevo la dislocación del brazo y, si bien le habían reparado la articulación, durante esa mañana se había vuelto a lesionar, luego que su ayuda fuera solicitada para restringir a Giganto, quien le tenía pavor a las inyecciones y no quería que le pusieran la antitetánica.

"JAJAJAJA, ¡No Metas A Mi Madre En Esto!" Se rió Minos ni bien lo soltó. "¡Ella Era Decente!" Cierto, se condolió con su colega juez, pero tenía que decírselo.

"Deja de llorar, Aiacos. ¡Ni que te hubiéramos arrancado el brazo!" Le dijo Radamanthys, sacudiéndose las manos. "¿Puedes mover el hombro?"

"Hmpf."

Aiacos comenzó a probar el hombro con movimientos lentos y circulares. Le dolía un montón, pero se lo aguantaba. Sus colegas podrían haber sido unos brutos redomados, pero al menos sabían lo que hacían. Miró a su alrededor: la mal llamada enfermería ya no daba abasto y en serio necesitaban comenzar a trasladar al menos a los heridos más graves. Sabía que Hades en esos momentos estaba hablando con Athena para exponerle el problema, por lo que sospechaba que más tarde estarían llevando espectros al Santuario.

"Gracias, supongo." Gruñó entre dientes. "¿Benito?"

"Con Violate." Respondió Minos muy risueño.

"¡¿QUÉ?!" Graznó Aiacos. Radamanthys miró a Minos con la ceja levantada.

"Le estiró los brazos cuando la vio y ella lo tomó, justo cuando tuvimos que sujetarte con Rada para regresarte el brazo a su posición." Explicó Minos travieso. "¿No crees que se ve bellísima con niño en brazos?"

"¡¿Pero porqué le pasaste a Benito?!" Preguntó en un suspiro que intentó que sonara indignado, pero no pudo ocultar la feliz y enternecida emoción de su rostro. "¡¿Dónde están?!"

"En el patio, no quiso que viera todo."

Aiacos se levantó de golpe, decidido a ir en pos de su hijo y de Violate. Curiosamente no se sentía enojado, sino ansioso por verlos. ¡Quizás era su oportunidad para disculparse y hablar con ella! Sobre todo hablar, pues últimamente se estaba haciendo demasiadas ideas que necesitaba confirmar o desmentir para la tranquilidad de su alma. ¡Necesitaba hablar con ella!

"¡A Por Ella, Urraca! Así le quitas el niño y yo me la puedo llevar a la cama." Se burló Minos, con un pésimo sentido de la oportunidad. Radamanthys de milagro alcanzó a atajar a Aiacos.

"¡¿A QUIEN LE DICES URRACA?! Suéltame, Radamanthys. ¡Tengo Que Machacar Grifones!" Aiacos forcejeó de lo lindo, mientras Minos se reía. "¡¿Cómo te atreves a insinuar tales barbaridades?!"

"JAJAJAJA, Pero si no son barbaridades. ¡Es la verdad! Esa mujercita tuya resultó ser todo un descubrimiento. ¡Vieras como se retuerce!"

"¡Calla, Minos!" Ladró Radamanthys, quien hacía soberanos esfuerzos por sujetar a Aiacos. A diferencia del juez de Garuda, el Wyvern sabía que Minos no hablaba en serio. "¡QUIETO, AIACOS! ¿Qué No Te Das Cuenta Que Está de Payaso?"

Descubrimiento Te Voy A Mostrar Cuando Te Agarre! ¿Cómo Te Atreves A Hablar Así de mi Ala Derecha?"

"¡Pero si no he dicho nada malo! Solo digo que ha sido un descubrimiento." Minos le guiñó un ojo e hizo un gesto algo lascivo. "Y con peque en los brazos se ve de rechupete. ¿No le has visto la delantera? Imagina no más como se le van a poner cuando…"

Aiacos se soltó de Rada de un codazo y se abalanzó sobre Minos, a quien, tras darle un buen par de derechazos, sujetó de la solapa. Obviamente el juez de Griffin lo encontraba muy divertido, pues no paraba de reír.

"No Sé Qué Pretendes Con Mi Ala Derecha, Pero La Detienes AHORA. Tú, Cerdo Asqueroso, Tienes A Ingrid Y Si Dices Amarla, Entonces DEJA. A. MI. VIOLATE Sola."

"¡¿Así que es tuya?! Mich. Creí que estaba soltera… ¿O estás picado porque dejaste ir tu oportunidad? Pobrecito…"

"¡Que te alejes de Ella!"

"¡BASTA LOS DOS!"

"Uuuuy, caímos en las amenazas."

"Yo no amenazo. Déjala o le digo a Ingrid."

"Uuuuy, Déjala o le digo a Ingrid. ¡Dile! Dudo que te crea, con todo lo que me ama. Y no me vas a alejar de mi Violetita."

"¡DETÉNGANSE!" Nadie parecía tomar en cuenta a Radamanthys. ¡Y se suponía que el inglés era el pendenciero del lote!

"¡NO ES TU VIOLETITA!"

"Ventajas de tener una mujer en el mundo humano y otra más cerca de casa."

Aiacos vio en rojo. Antes de darse cuenta le estaba cayendo a golpes a Minos con todo lo que podía, ignorando el desastre que se estaba produciendo al interior de esa pequeña enfermería, si es que merecía llamarse así. Volaron los insultos, los puños y las patadas. Los golpes se sucedieron y dieron allá donde cayeron. Se quebraron vasos, se voltearon camillas, más de un espectro herido tuvo que quitarse del camino como pudo. El griterío y las apuestas corriendo a velocidad luz, Radamanthys intentó detener el combate, pero él mismo recibió varios derechazos y decidió unirse al ruedo. Aiacos le arrancó un cadejo de pelo a Minos, éste volvió a dislocarle el brazo. Alguien pisó a Cerberos que obviamente arrancó llorando, y el gato que se supone no debería estar en la enfermería, saltó chillando de la nada y se sujetó de la cara de Radamanthys, quien de la sorpresa cayó de espaldas, mientras Minos, muerto de la risa y sin tomarse nada en serio, trataba de evitar que Aiacos le arrancara la cabeza.

"¡DETÉNGANSE!" Gritó Hades de pronto, extendiendo los brazos e inflamando cosmo.

Fue como si le pusieran pausa a la vida. Minos estaba de espalda contra el suelo, con Aiacos encima suyo y a mitad de un golpe, que de todos modos no iba a poder asestar pues Radamanthys, con una sanguinolenta nariz y rasguños de gato por la cara (y con el minino engrifado y sujeto de las alas de su sapuri), lo sujetaba con toda su fuerza en una llave. En algún punto otros espectros residentes en la enfermería también habían comenzado a pegarse y todos, al ver al dios de los muertos, en la entrada y lívido de ira, parpadearon unos segundos antes de arrodillarse frente a él, sin excepción.

Cerberos, en modo cocker spaniel, figuraba asustado en brazos de Perséfone, y le mostraba su pata como explicándole que estaba de lo más tranquilo sin molestar cuando habían pisado su patita. Violate tenía a Benito en brazos y se ocupaba de taparle los ojos: miraba reprobadoramente a Aiacos y a Minos (éste le guiñó un ojo solo para hacer enojar al juez de Garuda). No se movía ni una mosca.

"Acabo de hablar con Athena: va a recibir en su Santuario a los que estén más graves. Los trasladaremos en cuanto estén listos. Así que los quiero ver moviéndose YA. ¡Violate!"

"¡Ordene, Señor!"

"Aiacos de Garuda estará ocupado hasta mañana. Ocúpate de Benito."

"Como ordene, mi señor."

"Jueces: a mi despacho. Ahora. ¡LOS TRES!"

Hades dio un giro dramático sobre sus talones y se alejó a zancadas, siendo seguido por Perséfone, quien apapachaba a Cerberos como si de un niño se tratara. Radamanthys se puso de pie y sin molestarse siquiera en quitar al gato de su sapuri (seguramente no se daba cuenta de la presencia del felino), salió tras los pasos de Hades. Aiacos le siguió y al pasar junto a Violate, le dedicó una cálida y nostálgica sonrisa… Cuando Minos pasó junto a la espectro, le guiñó un ojo.

"¡Guapa! Esta noche, tú y yo, crema batida… ¡piénsalo!"

"¡VAS A VER!" Exclamó Aiacos otra vez enfurecido, dispuesto a retomar la pelea.

"¡SIN PELEARSE ENTRE USTEDES! ¡¿ME OYERON?!" Bramó Hades desde la distancia.

Minos se largó a reír y Aiacos solo gruñó y continuó camino. El juez de Griffin se volvió hacia Violate con actitud ganadora.

"Tu hombre es un sensible y un celoso. ¿Te diste cuenta que tienes una buena oportunidad con él?"

Violate bufó de mal humor, soplándose el flequillo. No le respondió nada: simplemente le dio la espalda y se alejó con Benito en brazos. Minos parpadeó perplejo.

"¿Habré hecho algo malo?"

Continuará.

Por
Misao–CG


Próximo Capítulo: Trampas que Engañan

… Iba a dar la voz de alarma, pues era imposible que eso ocurriera a menos que alguien soltase el mecanismo desde fuera, cuando un agudo dolor en la nuca lo detuvo. Algo parecía que se le había clavado de improviso. Sus ojos se pusieron en blanco y un eléctrico dolor le recorrió toda la espalda. Abrió la boca para gritar, sin que ningún sonido…


Nota Mental: Oooooooh, Minos es muy divertido de describir, más cuando se pone troll. No sé que haya tenido de divertido provocar así a Aiacos cuando el pobre iba con toda la decisión de conversar con Violate y pedirle perdón para poder hacer las paces, pero bueno. Sobre el minino que se sujetó de Radamanthys… saltó a los brazos de Pandora a la primera oportunidad, sin que Rada hubiera notado su existencia. A Pandora no le gustan los animales, pero el gato la adoptó. En fin, ya medirán como está quedando esto. Por favor, si detectan algún error tipográfico, de ortografía y redacción, me avisan para que lo pueda reparar. ¡GRACIAS POR LEER!


Consejo de Minos de Griffin para no aburrirse en el supermercado:

Metete en un probador y grita muy alto: "¡CARAJO! ¡NO HAY PAPEL HIGIÉNICO!"


BRÚJULA CULTURAL

Traída a ustedes gracias a Wikipedia o alguna otra página, según corresponda. En todos los capítulos aparecerá el apartado de los Señores de Xibalbá.

SEÑORES DE XIBALBÁ: También llamados ajawab, son los que rigen en el inframundo en la mitología maya, y son de carácter maligno. El camino hacia Xibalbá estaba plagado de peligros; escarpado, espinoso y por completo prohibido para los extraños. Son como siguen:

1. Hun–Camé y Vucub–Camé: Son los gobernantes, los jueces supremos y encargados de señalar sus funciones al resto.

2. Cuchumaquic y Xiquiripat eran los encargados de causar derrames de sangre a los seres humanos.

3. Ahalganá y Ahalpuh tenían como tarea hinchar a los hombres, hacer que las piernas le supuraran y teñirles de amarillo el rostro, a este último padecimiento se le conocía como chuganal.

4. Chamiaholom y Chamiabac eran los alguaciles de Xibalbá y ostentaban como señal de su cargo una vara de hueso; su ocupación consistía en adelgazar a la gente, hasta que no quedaba de ella más que huesos.

5. Ahaltocob y Ahalmez tenían como oficio ocasionar desgracias a los hombres que se dirigían hacia su hogar.

6. Quicxic y Patán eran los responsables de causar la muerte a los que andaban por los caminos, este tipo de fallecimientos se reconocían con facilidad ya que el lugar estaba lleno de la sangre que había vomitado el desafortunado, tras serles estrujados pecho y garganta por estos señores.