Phantasos ha pasado las mil y un peripecias, pero ha conseguido lo que buscaba. Claro, se encontró con cosas horribles, pero eso no la detiene y decidida sale en busca de refuerzos. Lo bueno es que encontrará inesperada ayuda. Sobre Aiacos… se anda sintiendo miserable, pero al menos Rada intenta animarlo.


¡HOLA A TODOS! A estas alturas, en el Santuario de Athena, los eventos del fic Nec Spe, Nec Metu se están desarrollando. Para referencias a mi estilo y a ciertos aspectos del fic, lean 'Littera Minima' y sus secuelas. Este es un fic oscuro, por eso la clasificación que le doy, aun así los dioses y espectros del Inframundo no dejan de meter las patas. En esta ocasión, sumen 5 años a las edades del canon (sí, hubo cambio de año, recuerden). O si les resulta más fácil y menos complejo, dense una vuelta por el perfil de Ekléctica, donde encontrarán la línea de tiempo oficial: al principio de cada año aparecen las edades.

Un especial agradecimiento a Seika Lerki, Tsuyu Ryu y Ekléctica (El Concilio del Fic), madrinas y lectoras de prueba de este fic, que además de incentivarme y animarme a escribir, aplacaron mis instintos asesinos y varios personajes vivieron para contarlo.

Una recomendación especial, si quieren ver este universo expandido, lean "Madness of Love", de Lady Seika Lerki y el omake "Lo que Sueño de ti" y las adorables miniserie "Familia" y "Futuro" de Ekléctica. Finalmente, "Luz Amatista", de Tsuyu Ryu, es una joya. Las conversaciones que las inspiraron a ellas, de paso me inspiraron a mí para retomar este hábito mío de escribir fanfictions. ¡VAYAN A LEER! =D

Saint Seiya, la trama y sus personajes pertenecen al genialísimo Masami Kurumada y a quienes han pagado por el derecho respectivo. No estoy ganando dinero con esto, nada más entretengo a mi imaginación y le doy más trabajo a mi Musa. D8 ¡NO TENGO FINES DE LUCRO!


ADVERTENCIA.

Clasificación M, porque cada tanto, por culpa casi exclusiva de Minos de Griffin, y ocasionalmente de Hades, hay lenguaje y algunas situaciones sugestivas. Del mismo modo, hay escenas de violencia.

Cualquier coincidencia con la realidad, con situaciones reales y semejanzas con personas vivas o muertas, es una mera coincidencia. Se pide criterio y discreción por parte de los lectores. No me hago responsable de castigos, lesiones, o penas capitales derivados de la lectura de este capítulo. ¡No intenten nada de esto en casa!


Capítulo 14: Los Dominios de Xibalbá

Xibalbá. Casa de los Murciélagos.

11 de mayo. Hora sin determinar.

Estaba bien, pero con el celular descargado. Suele ocurrir que cuando más se necesita el condenado aparato (y por divino que sea), siempre se queda sin batería en el peor momento posible. Phantasos, quien había visto la huida de Quicxic y Patán por el Inframundo, les siguió todo lo que pudo e incluso atravesó la frontera del limbo (en el que fácilmente se podía quedar atrapado para siempre si no se sabía bien a donde ir), para aparecer ante una empinada escalera que bajaba hacia las profundidades. Como viese a su presa al fondo, no dudó en seguirles, pero ni bien llegó a los pies de la escalinata y hubo enfrentado el primer río, Phantasos perdió rastro de los señores Quicxic y Patán.

No retrocedió. Optó por seguir adelante y cruzar el Xibalbá, por entre los ríos y la selva de jícaros espinosos. Quizás fue el orgullo o la sensación de desafiar la adversidad, o aquél sentido de lealtad a Hades, lo que la impulsó a explorar en busca de aquellos señores que había extraviado. Si de todo esto podían sacar alguna ventaja que le diera la victoria a las armas del Inframundo sobre Xibalbá, o al menos conseguir más aliados en la lucha (seguro el secuestro de Artemisa iba a motivar a un dios o dos a querer unirse a la causa) entonces iba a poner todo de su parte para lograrlo.

Claro… no contaba con que su celular muriera antes de poder avisarle a Pasitea donde estaba y en qué condiciones. Eso la tenía preocupada, no le gustaba darle estos sustos a su mamá: sus hermanos bien podían aguantarse, pero detestaba preocupar a Pasi.

¿Hypnos? Pfff, seguro ni cuenta se había dado que no estaba en casa.

Los despiertos ojos de Phantasos estaban afilados. Se acercó a aquél corredor y se asomó con cautela. ¡Argh! El lugar apestaba a guano de murciélago y sangre. Por momentos lamentaba no tener con ella su kamei. Entrecerró los ojos y se ajustó su bolso de cuero marrón… al fondo de aquél pasillo había otra escalera.

¿Leto habría recibido el mensaje? Se mordió el labio. Había tenido una sola oportunidad de contactar a los olímpicos y ella la había gastado contactando a la madre de Artemisa. No era malo en sí, si la titánide era tan aprensiva como Pasitea, no dudaba en que armaría un quilombo épico en el Olimpo con tal de traer ayuda, pero para empezar no tenía garantías que el contacto hubiera resultado… y segundo… debió contactar a su mamá mientras podía. Avisarle de alguna manera que estaba bien, o pedirle a Leto que lo hiciera en su lugar (¿O sí lo había hecho? No recordaba bien). Se sentía culpable.

"Algo neutraliza mi cosmo aquí…" Pensó Phantasos. Olió el ambiente, notando un aroma como a incienso o a humo: olía a azúcar quemada. Con cada inspiración, sentía como su cosmo se aletargaba, anulando sus poderes hasta su mínima expresión. No los perdía, claro que no, pero no los podía usar.

Tenía activo un porcentaje muy mínimo de cosmo, y solo porque era una diosa juiciosa que logró mantener la calma y no usar todo lo que podía de una sola vez. Si estaba despierta ni siquiera podía usarlo para mantener la ilusión sobre su rostro (su regordeta nariz quedaba a la vista), pero si dormía podía usarlo quizás un poco más y mejor. Era una diosa onírica, eso le dio una inesperada ventaja y libertad, siempre y cuando no intentase atravesar la barrera de los ajawab que envolvía el Xibalbá. Contactar a Leto fue un riesgo calculado, una hazaña que la dejó muy agotada y que prefería no insistir. Después de todo, el poco cosmo que podía usar lo necesitaría para defenderse llegado el caso.

Con algo de arrogancia, caminó por aquél corredor como si fuera la dueña de casa, con tanta seguridad que hasta pasaba desapercibida. Aquél edificio era tétrico incluso para su gusto, pero le daba buenas ideas para cuando tuviera que diseñar pesadillas.

"No tienen imaginación para los nombres aquí." Se burló.

Algo que Phantasos había descubierto del Xibalbá era que había que atravesar ciertos edificios a medida que uno exploraba aquella selva. Eran casas de tormentos, de eso no había duda, y sabía que Artemisa había sido llevada a una de ellas. ¿Cuál era la idea de secuestrarla? ¿Pedir un rescate? Por otro lado… ¿Es que el legendario mal genio de Zeus o de Apolo nunca había llegado a oídos de estos infelices? Phantasos casi se apoya en una de las esquinas, pero se abstuvo en el último momento. Se había cuidado mucho de no tocar las paredes de aquella casa, no solo por el guano de los murciélagos, sino por la sangre que chorreaba por las mismas. Le daba asquito. El lugar era oscuro, iluminado débilmente e infestado de quirópteros malévolos. Era la Casa de los Murciélagos… nombre demasiado obvio.

"Al menos no es la Casa del Frío." Rezongó para sí.

Aquella casa había sido la segunda que había tenido que recorrer, pero por lejos la que más había detestado. Phantasos odiaba pasar frío, era muy sensible al mismo y aquél lugar casi le había quebrado el espíritu. Se tardó casi tres días en salir de allí. No quería volver a ese sitio en la vida…

… resopló con melancolía. Por momentos había recordado cierto episodio que apenas había sucedido el año anterior en Cocytos, cuando junto con su familia habían acudido a un entrenamiento especial, que lamentablemente se interrumpió a causa de una feroz tormenta y porque sufrió una pequeña emergencia médica, que en un principio creyó que era un simple resfriado. Sacudió la cabeza… curiosamente, y no se explicaba por qué, guardaba ese recuerdo con especial cariño.

¡Tenía que ser el único ser vivo que recordaba un episodio de MENINGITIS con cariño!


Flashback

Inframundo. Cocytos, un año antes.

No podía dejar de temblar, ya ni sentía los dedos y hacía rato que tenía la impresión que respiraba cubos de hielo y no aire. ¡Cómo detestaba cuando se desataban tormentas en Cocytos! Normalmente las sufriría con toda la dignidad del mundo, erguida, elegante y letal, pero no. No era el caso. Esa mañana había amanecido con un leve dolor de cabeza, antesala del primer resfrío del año, según ella, el cuál tras tres horas en medio de la tormenta se había transformado en fiebre violenta. Phantasos ardía en temperatura.

No había dignidad que aguantase eso, por muy diosa que fuera. ¿Cuál era la idea de este entrenamiento? Argh… sabía que tenía sentido, se lo explicaron, pero se le había olvidado. Se sentía tan mal que ni siquiera quería pensar o protestar. La cabeza le pulsaba, tenía náuseas, ya estaba viendo triple y sentía como si la hubieran apaleado. Solo quería caer al suelo, hacerse bola y resistir como pudiese.

"¿Phantasos?"

No supo quién la llamó por el nombre: alguien le tocó la frente y siseó de sorpresa. Sintió que la abrazaron con nerviosismo, frotando sus brazos. La arroparon con una manta salida quizás de donde y la tomaron en brazos. Ni protestó de lo mal que se sentía, seguro era alguno de sus hermanos que se dio cuenta… fijó la mirada y parpadeó como indiferente… e incrédula, pues la fiebre le estaba haciendo ver cosas y sentir un cariñoso cosmo que la envolvía, lo que sin duda era solo una alucinación.

"Nos vamos a casa." No, quien la sostenía no era ninguno de sus hermanos, aunque Morfeo y Oneiros la miraban con mucha atención.

"¿Señor Hypnos?" Alcanzó a preguntar antes de desmayarse.

Fin del Flashback.


Phantasos casi hizo un puchero, pero rápidamente sacudió de su cabeza aquél recuerdo. Bah. Ya estaba sensible de nuevo. Seguro se le acercaban los días del mes: siempre recordaba aquello cuando su organismo decidía que ya era tiempo de alterarle las hormonas. Arrugó el rostro y siguió atravesando aquél pasillo en aparente descuido. Bien estaba privada de cosmo, pero eso no quería decir que estuviera indefensa. Se ajustó el bolso una vez más y avanzó tranquila y peligrosa. Bajó por las escaleras al siguiente nivel y comenzó a explorarlo con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

¡Espera!

Se detuvo de pronto y entrecerró los ojos, aguzando los oídos. Le había parecido escuchar gritos ahogados diferentes a los que venía escuchando, pero que fueron acallados mediante magia. Un mal presentimiento comenzó a anidarse en su pecho… creía reconocer los gritos, eran provocados por tortura, ¡Y ese timbre de voz! Empuñó las manos. Reanudó los pasos, aunque esta vez se acercó a la pared, cuidando de no tocarla para no mancharse, avanzando con sigilo.

Estaba por doblar aquella esquina cuando por fin percibió el nauseabundo cosmo de uno de los señores de Xibalbá que estaba siguiendo. Rápidamente se ocultó tras una saliente y se asomó casi temiendo encontrarse con algo horrible.

Una turba de murciélagos le pasó por encima, pero prefirieron ignorarla. Se arremolinaron alrededor de Quicxic, quien salía de una celda, ajustándose los pantalones y con una mirada sádica y placentera en el rostro. Lejos de tranquilizar a Phantasos, eso la puso aún más de los nervios, sobre todo al ver los gestos de victoria que hacía con los brazos. El señor de Xibalbá se volvió hacia la puerta (que no cerró, como si no temiese la huida de quien estuviera dentro), y escupió.

"¡Aprende tu lugar, Furcia!" Quicxic rió con malicia. "¿Qué te pasa? ¿Sin palabras? ¡Qué eso te enseñe a no morder a tu amo!"

Burlón, Quicxic se alejó por el pasillo, seguido del revoloteo de los murciélagos. Phantasos no se dio cuenta en qué momento se había agazapado tras aquella saliente, en un esfuerzo por hacerse más pequeña. En sus condiciones no era rival para ese dios y sabía que tenía que jugar muy bien sus piezas. Contó los minutos, con los ojos cerrados y tratando de captar todo sonido en el ambiente que le indicara que Quicxic se había ido. Cuando estuvo segura se levantó, y con más cautela atravesó corriendo hacia la celda en cuestión, curiosa por la ausencia de guardias.

Oyó sollozos desconsolados…

Phantasos tragó saliva. No era ingenua ni mucho menos inocente. Ella conocía de torturas y sadismos, pero ese presentimiento malo que tenía anidado en el pecho se había vuelto negro. Esto era un rapto, no un secuestro, pero se negaba a aceptarlo. No quería asomarse al interior de la celda, intuía lo que vería, pero no lo quería aceptar. Por instinto se aferró a su bolso…

Se detuvo unos instantes antes de asomarse, tomó aire y finalmente se atrevió.

– LE GASP –

Retrocedió de golpe, tapándose la boca con las manos y los ojos casi desorbitados. Los sollozos que venían del interior se hicieron más claros, y ella misma quiso echarse a llorar. Insisto, es una diosa acostumbrada a estas cosas, pero hasta ella tenía un límite. Apretó los ojos y sacudió la cabeza. No podía dejarse abrumar en estos momentos. Decidida, abrió su bolso… Siempre que iba al mundo humano, llevaba ese bolso pues aparte de ser bonito, era más grande por dentro que por fuera y eso le permitía llevar algunas mudas de ropa y artículos de aseo personal. Había estado fuera tres días, por lo que estaba más o menos preparada. Cierto, se había puesto encima todas las pocas prendas de repuesto en la Casa del Frío (de algo habían servido, considerando que era ropa de verano), pero volverían a cumplir su objetivo… quizás no para abrigarla, pero sí para otro propósito igual de noble.

Se armó de valor y con elegancia entró a la celda, advirtiendo al ocupante de su presencia y que guardara silencio. No podía verse débil, tenía que lucir entera. Carraspeó con sutileza y alzó la voz apenas a un susurro.

"¿Señora Artemisa?"


Inframundo. Antenora. Habitación de Benito.

11 de mayo. 15:34 horas.

La dama negra salió de la habitación ni bien se abrió la puerta. Aiacos entró arrastrando los pies, recién salido de un combate contra esqueletos. Casi le habían dislocado de nuevo el hombro, el sapuri estaba raspado, él mismo estaba lleno de tierra y sangrando. Se quitó el casco y la mascarilla que estaba usando para evitar respirar los narcóticos, dejándolos sobre una silla.

Físicamente estaba cansado, pero no tanto. Había tenido sesiones de entrenamiento más fuertes que ese combate. ¿Emocionalmente? Digamos que la conversación de aquella mañana con Violate lo había hecho pedazos y era la principal razón del porqué estaba exhausto. Se acercó a Benito, quien se distrajo unos segundos de sus juguetes, masticó su chupete y le sonrió, antes de volver a su juego. No parecía asustado de ver a su papá en tan penoso estado, por lo visto. Aiacos sonrió, sintiéndose en paz por unos momentos. Sin duda el que Benito estuviera a salvo era el gran alivio del día. Este niño era su ancla.

Se agachó y lo levantó en brazos, procediendo a apapacharlo contra su pecho. Benito no se hizo de rogar. Comenzó a vocalizar en seguida mientras se acurrucaba en los brazos de su papá, mirándole contento y embelesado, como conversándole sobre sus cosas. Aiacos lo meció, mientras le tarareaba la melodía de Bohemian Rhapsody.

"¿Estarás bien?" Gruñó Radamanthys de pronto, cruzado de brazos. Antes del combate, y al ver que su colega no se encontraba bien, el juez de Wyvern lo había invitado a un whiskey a que le contara que le pasaba. Aiacos le había dado todo un resumen de sus dramas sin necesidad de beber nada, dejando al mismo tiempo en evidencia lo herido que estaba.

En verdad, Aiacos estaba bastante avergonzado de sí mismo.

Desde que Violate había partido a la escolta de Perséfone, Aiacos se había retraído bastante sobre sí mismo y casi no conversaba con los demás jueces, lo que había logrado preocuparlos. Ni siquiera hablaba con Minos. Kagaho de Bennu había tenido algún éxito, pero no era la idea. Eran colegas, compañeros de armas, casi hermanos. No podían distanciarse.

Hasta el juez de Griffin se había resentido con la lejanía de Aiacos. Quizás por eso Minos se había acercado tanto a Violate. Entre los tres se echaban en falta. Radamanthys, pese a su fama de no querer tener nada que ver con ellos, estaba preocupado. Quería recuperar a sus hermanos de armas, o ayudarlos de alguna manera.

"Sí, estaré bien."

"Argh. La pelea ni te ayudó a despejarte. ¡Vete a la ducha!"

"…"

"Que vayas. Yo le echo un ojo a Benito." Gruñó Radamanthys, cruzándose de brazos. "Eso sí, no cambio pañales."

Aiacos entrecerró los ojos y lo tasó. Como que confiaba en que Rada no dejaría que nada malo le ocurriese a Benito, pero no confiaba en sus habilidades de niñero. Tenía problemas con el manejo de la ira después de todo, y su hijo nunca había estado tanto rato con él.

"No sé…"

"Claro que sabes. Vete a la ducha. Yo cuido al parásito."

"Ni siquiera lo haz cargado. Deja, estoy cansado, pero me las arreglo. Soy el papá de Benito, puedo…"

"Estás cansado." Radamanthys le palmeó la espalda. "¿Quieres que llame a otra persona?"

"…"

"… Violate no dirá que no."

"¿Con qué cara quieres que la mire? No… puedo solo."

Radamanthys le palmeó de nuevo la espalda. ¿Cómo se supone que se consolaba a una persona que había metido las patas? Era ridículo, nadie le había enseñado nunca a hacer algo así. Entrecerró los ojos. ¿Qué habría hecho su madre?

Ah sí. Seguramente darle pescado con papas fritas. Esa mujer consolaba a los demás dándoles de comer lo más calórico de la despensa. El cómo no había matado a su padre de un infarto todavía, no lo sabía.

A propósito, llevaba días sin llamar a su mamá. Ya debería llamarla y quizás dejarse caer en su taberna un día de estos. También quería saber de su viejo

"Aiacos… aprovecha que tienes apoyo. Puedo entender que no quieras estar cerca de Violate en seguida, pero no podrás evitarla por siempre. Tampoco a Minos… aunque el payaso ese seguro ni se ha dado cuenta con lo contento que está." Radamanthys gruñó molesto. "Aunque sí anda sentido porque apenas le hablas."

"Hoy quiero evitarla…"

"Mañana te sientas a conversar con ella."

"Mañana."

"Yo mismo me voy a asegurar de eso." Radamanthys estiró los brazos y pidió a Benito. "Ya. Dame al enano antes que me arrepienta y vete a duchar. Te hará bien."

"Agú."

"No." Reclamó serio, apapachando a Benito.

La seriedad de Rada no tuvo límites. Aiacos no parecía querer ceder y no lo presionó. Suspiró y se masajeó el puente nasal. Le dio la espalda y se dispuso a abandonar la habitación, sin presionarlo. Igual le intimidaba cargar a Benito en brazos, era demasiada responsabilidad y podía lastimarlo y no estaba dispuesto a…

"Nunca lo has cargado." Dijo de pronto Aiacos. Radamanthys se detuvo y miró por encima del hombro.

"No. No dejas que nadie lo haga… excepto Violate." Dijo el juez de Wyvern, regresando sobre sus pasos.

"Yo sé, pero nunca lo has cargado… Minos lo ha hecho un par de veces…"

"Y esa amazona dorada, ya sabes, la milf" Rada, con esa seriedad suya, miró a Benito. "Tienes suerte enano, no cualquiera puede decir que estuvo en los brazos de la guapa Juliana de Cáncer."

"¡Campeón no más!" Gruñó Aiacos, bastante orgulloso. Rada le hizo una seña con la cabeza y se dispuso a salir. "Radamanthys."

"Dime." Dijo sin dejar de darle la espalda.

"¿En serio crees que vas a estar bien?"

Radamanthys giró sobre sus talones y dio un par de zancadas. Tomó a Benito de los brazos de Aiacos, no sin antes darle un golpe para calmarlo y, aunque con brazos inexpertos, acunó al peque en su pecho.

"Tienes diez minutos y te largas antes que me arrepienta." Gruñó de mal humor. Aiacos acarició la cabeza de Benito unos segundos y salió corriendo directo al baño. Una vez que se fue, Rada miró al niño con una expresión más suave. "Deberían estar dando los resúmenes de los goles de la Premier League en la tele. ¿A qué equipo le vas, enano?"

"¡Agú!"

"¿Manchester United? Sabia decisión."

"Agúuuuu."

Radamanthys le sonrió y comenzó a buscar el control remoto.

Sí, podía hacer esto.


Xibalbá. Selva de Jícaros.

11 de mayo. Hora sin determinar.

Aaah, desde que había entrado al Xibalbá que Phantasos apenas tenía noción de las horas, pero si de algo estaba segura, es que la última hora y media había sido bastante agitada.

Una vez que encontró a Artemisa y hubo llamado su atención, se quedó un rato acompañándola, tratando de idear alguna manera de sacarla de ahí, pero la diosa de la caza estaba inhabilitada, atada con cadenas mágicas, no se podía mover y, para colmo había no menos de cinco fogones con el maldito incienso vaporoso que debilitaba el cosmo divino. Imposible sacarla de allí sin ayuda. Fue Artemisa quien la instó a irse sola y volver con refuerzos, pues no tenía caso que la sacara si solo sería un lastre y podría ser peor: así no podrían huir.

Phantasos tenía que ser honesta. Bajo condiciones normales no habría tenido asco alguno en dejarla sola, pero esta vez se había resistido. No podía dejar a la diosa en esas condiciones, pero pensando con la cabeza fría, no tenía otra opción. Tuvo que irse. Salió de la celda y se adentró en la mazmorra en dirección a la salida, pero justo antes de escapar del edificio, justo cuando estaba a punto de salir al exterior…

… Patán casi le asestó un golpe, que esquivó de puro milagro.

"¡SAL DONDE TE VEA, GUSANO!"

"¡VEN POR MI, CEGATÓN!"

Se había pasado la última hora y medio huyendo de él.

Phantasos se lanzó a tierra con las manos sobre la cabeza y apretó los dientes cuando sintió la maza de Patán barrer con varios árboles, justo por encima suyo. Se levantó a toda velocidad, dando algunas patadas para evitar que el ajawab la apresase. Salió corriendo y no se quedó a mirar por donde volaban las ramas. No sabía por dónde ir, solo avanzaba por donde creía que estaría a salvo, consciente que su perseguidor invocaba esqueletos a medida que se enojaba y que ella se alejaba. ¡Por todo el Olimpo! Phantasos podía escuchar los cánticos y sentía el flujo de la energía justo por debajo de la superficie por donde corría. Toda la selva obedecía a Patán y se tornaba en su contra, intentando atraparla. Unas lianas con espinas se dispararon en su dirección dispuestas a apresarla y Phantasos por reflejo pudo esquivarlas. Esto ocurrió unas cuatro o cinco veces más hasta que por hacerle el quite a una de las ramas, perdió el equilibrio y cayó al suelo. Dio tumbos por una pendiente, pasándose a llevar con las piedras y recibiendo todo tipo de cardenales en el cuerpo. Cuando por fin se detuvo, adolorida como estaba, no tardó en ponerse de pie, pero dado que Patán le salió al camino, frenó en seco.

"¿Qué hace una ratoncita olímpica como tú…?" Patán se mordió la lengua de la sorpresa al verla mejor y más de cerca. "¡Por Los Señores Hun–Camé y Vucub–Camé! ¿Tan Olímpica y TAN FEA?"

"¡Vieras Que Soy Peor De Cerca!" Phantasos levantó una piedra y se la lanzó directo a la cara antes de huir lo más lejos posible que podía de Patán.

"¡ME LAS PAGAS ESPERPENTO!"

Phantasos se giró brevemente solo para enseñarle el dedo y seguir corriendo. Mucho le hubiera gustado quedarse a hacerle tragar sus palabras. ¡Sí! ¡Era fea! No se lo tenían que decir seguido, ¿o acaso daban puntos por cada vez que señalaban lo obvio? Bah. ¿Nunca habían visto una nariz regordeta acaso? Mejor seguía corriendo a ver si de ese modo se sacaba la frustración de encima. Tenía que llegar al Inframundo, de allí directo al Olimpo a buscar ayuda y regresar lo antes posible a buscar a Artemisa. ¡Llevaba el tiempo muy medido!

¿Qué era ese estruendo?

Phantasos se detuvo en seco y buscó en sus alrededores. Iba corriendo colina abajo, una pendiente muy suave, lo que no impedía que por aquella ladera rodasen peñascos de piedra, circulares, todos de distintos tamaños y en su dirección. ¿De dónde habían salido estas rocas? A lo lejos, vio a Patán gesticulando con los brazos.

"¡ESTÁS EN NUESTROS DOMINIOS, PESADILLA! CUANDO TE ATRAPE SOLO ESTARÁS MÁS CANSADA."

"¡SI ES QUE ME ATRAPAS!"

Uno de los peñascos le golpeó en las piernas cuando volvió a correr, causando que la diosa cayera de bruces. Un segundo volvió a pegarle en la espalda cuando intentó levantarse, pero no dejó que un tercero la golpeara. Medio a rastras, medio corriendo y con la adrenalina a full, se las ingenió para levantarse y echarse a correr, logrando avanzar un buen trecho. Patán siguió enviando peñascos cada vez más grandes y difíciles de esquivar. Por mirar hacia atrás y esquivar uno a tiempo, perdió por momentos el equilibrio y al tratar de recuperarlo, chocó contra alguien.

"¡AAARGH!"

"¡OOMPH!"

Y así sin darse cuenta cayó colina abajo, sin saber en qué momento la ladera se había tornado más pronunciada y sin saber qué brazo o pierna le pertenecía, pues entre los tumbos y las vueltas notó que caía enredada con alguien más. No era Patán, sino algún incauto que iba pasando. ¿Es en serio? De todo el tiempo que llevaba buscando en ese infernal reino de muertos no se había cruzado con ni una sola triste alma y ¿ahora justo chocaba con el primer pasmarote que iba pasando? ¡¿Justo cuando Patán buscaba su cabeza?!

PLAAAF.

"AaaaaaAAAArgh…" Exclamó adolorida como no tienen idea. Había caído de espaldas sobre piedras y realmente se sentía espantoso. "¡OOOMPH!"

Casi todo el aire se le arrancó de los pulmones cuando el tarado contra el que había chocado le cayó encima. ¡Por todo el Olimpo! Puaj. Escupió algunas plumas. ¡¿Quién usa tocados de plumas?! Hubo un montón que se le metieron o a los ojos o a la boca.

"Pfff, pff, ¡Quita, quita!" Gruñó mientras manoteaba. Con firmeza le taparon la boca.

"¡Calla!" Le ordenaron con dureza. A regañadientes, Phantasos obedeció.

Ambos se quedaron callados, escuchando con toda su concentración. Se escuchaba como caían los peñascos no lejos, como si estuvieran cambiando de dirección o haciendo espacio. Quien estaba con ella se puso de pie de golpe y la levantó con él, pero no esperó a presentarse. Sacó un hacha con forma de serpiente del cinto y, tras ponerse en una posición que le permitiera dar un golpe, enfrentó una bola de piedra de enormes proporciones que se les venía encima. De un solo movimiento la cortó a la mitad, de manera que ambas partes les pasaron rodando por los lados.

Phantasos dejó escapar un suspiro de sorpresa. Fijó la mirada en su inesperado compañero de desventuras.

Era un hombre, quizás de su misma altura, tenía el rostro pintado (o eso le parecía) y buen estado físico. Usaba sobre la cabeza un tocado con plumas que parecían ser de diferentes colores, aunque no podía saberlo a ciencia cierta. Lo que sí era evidente es que era un dios, pero no de la cosmogonía maya. Él la miró muy serio por varios segundos, pero tras levantar la cabeza como si escuchara venir el peligro, la sujetó del brazo sin preguntarle y comenzó a correr en dirección de un acantilado cercano en el que no había reparado con ella a cuestas, cuyo fondo estaba tapado con neblina.

"Vamos. Antes que Patán se dé cuenta que estoy aquí."

"¡Espera un segundo! ¿Dónde vamos? ¡¿Quién eres?!"

"¡Corre y calla!"

"¡Pero…!"

Sorpresivamente esta misteriosa deidad la levantó en brazos y dio un salto en el aire. Phantasos se tapó la cara al sentir como discurría la energía, percibiendo por instantes un intenso batir de alas. Por momentos sintió la caída, rápida pero controlada, incluso cambiaba de dirección. Phantasos abrió los ojos en el momento en que aterrizaban en una suerte de caverna cavada en la pared del acantilado, donde ningún viento hubiera sido capaz de llevarlos. El hombre la dejó en el piso con bastante gentileza y se acercó al borde, observando hacia arriba. El hermoso tocado de plumas parecía tener vida propia.

El silencio fue intenso, hasta que por fin el desconocido dios pareció calmarse. Giró sobre sí mismo y se le acercó, mudando la fiera expresión por una más amable y simpática. Phantasos recordó que no tenía la ilusión activa y se cubrió el rostro con las manos.

"¿Se lastimó? Déjeme verle…"

"No, no es nada."

"Vamos, quite las manos, ¿se lastimó?"

"No, no, estoy bien, en serio." Por entre los dedos, Phantasos lo miró fiera… pero acabó suspirando. Ni modo, ya la había visto fea. "No me gusta que me miren el rostro."

"¡Ah, solo un capricho! Que susto, creí que se había lastimado. ¿No reporta heridas?" El dios parpadeó perplejo al verlo. "Eres una diosa olímpica…"

"¿Quién eres?" Gruñó Phantasos, tomando distancia. "¿Y qué si lo soy?"

"Err… ¡Cierto! Disculpe mis modales." El sujeto puso una expresión épica en el rostro, de profunda gravedad. "Soy Huitzilopochtli, el colibrí del sur, también conocido como Ilhuicatl Xoxouhqui, dios mexica de la guerra, la venganza, el poder y la dominación." Entonces su rostro mutó en una simpática sonrisa. "Para servirla señorita."

"…"

"¿Dije algo malo?"

"No pretenderás que pronuncie todo eso rápido. ¿Verdad?"

"Con Huitzi me conformo."

"Soy Phantasos. Diseño sueños." Se presentó sin mucha ceremonia.

"¿De verdad?" Preguntó genuinamente sorprendido. "Nunca había conocido un sueño." Huitzilopochtli estiró los músculos de los brazos y se los llevó detrás de la nuca, observó hacia el acantilado como si nada pasara. "¿Qué hace un sueño como tú en un lugar como este? Es peligroso."

"Casi no me doy cuenta."

Phantasos tuvo la molesta sensación de que Huitzilopochtli intentaba lucirse de algún modo, pero francamente no tenía tiempo para eso. Le pasó por el lado y se asomó al borde con calma, mirando primero hacia abajo y luego hacia arriba. Afiló la mirada, sin dejar de prestar atención. Podía sentir como Patán seguía buscándola. Suspiró, mientras pensaba a mil por hora: tenía un mensaje que entregar lo antes posible, pero ¿cómo se sacudía primero a ese señor de Xibalbá? ¿Y cómo se deshacía del dios este de nombre extraño?

Hablando del rey del Roma.

"Aquí está a salvo, Patán no la encontrará. ¿Cómo fue que lo hizo enojar?"

"Ya sabe, cosas de la vida: una no siempre cae bien." La diosa miró a Huitzilopochtli de reojo. "Por cierto gracias por la ayuda, admito que fue muy oportuna."

Gracias son las que te adornan!" Exclamó divertido, sin embargo no obtuvo el efecto deseado. Phantasos lo miró perpleja, sin siquiera sonrojarse ni un poco.

"Claro." Dijo incrédula. Se pasó la mano por la cara, algo frustrada por no poder ocultar sus facciones. Se mordió el labio. "¿Conoce de casualidad una salida cercana? Tengo que volver al Olimpo con un mensaje y tengo el tiempo muy medido."

"Ninguna cercana. Y con Patán buscándola allá arriba, no será fácil: Tenemos que esperar algunas horas."

"No tengo tiempo que perder." Phantasos suspiró, mientras trataba de encontrar una solución.

"Te entiendo, pero este no es el momento de emprender una acción, sino de esperar." Huitzilopochtli señaló hacia arriba con los ojos. "Patán te está buscando, está enfurecido. Estoy casi seguro que no me vio. Dale unos momentos que se le pase el enojo y que se aburra. Luego te subiré y te llevaré a la salida más cercana del Xibalbá."

"¿Qué se supone que hagamos hasta entonces?" Protestó Phantasos, aunque a regañadientes tuvo que reconocer que el dios tenía razón.

Huitzilopochtli se sentó en el suelo e hizo aparecer una pequeña fogata. De algún lado sacó palomitas de maíz y le ofreció algunas. Phantasos se palmeó la cara, pero se acercó al dios y se sentó frente a él, aceptando algunas de las palomitas. Se acercó un poco a las llamas en busca de calor.

"De momento me dice qué hace en este lugar. Nunca se sabe, quizás pueda ayudarla, o viceversa. Todos ganamos."

"Supongo que tiene razón."

"¡Claro que la tengo!" Huitzilopochtli lanzó una palomita al aire y la atrapó con la boca, pero Phantasos no se vio sorprendida. Apartó el rostro, tratando inconscientemente de ocultarlo. En serio se sentía muy incómoda con su rostro real al descubierto. "Usted es difícil de impresionar."

"Supongo. Aunque soy buena actriz cuando quiero."

"Tendría que verlo." Le dijo guiñándole un ojo. "Y… ¿me dirás que estabas haciendo en este yermo paraje?"

"Es una larga historia."

Huitzilopochtli sonrió travieso.

"Tenemos tiempo." Le dijo guiñándole un ojo.

Phantasos lo miró desconfiada. ¿De dónde había salido este sujeto? ¿Podía confiar en él?

¡Tantas preguntas!

Continuará.

Por
Misao–CG


Próximo Capítulo: Mortal Inmortalidad

… levantó el bolso con el que ocasionalmente le había estado pegando. A Hypnos se le heló el corazón y de pronto las manos. Era de cuero café y tenía algunas manchas de sangre. El señor de Xibalbá lo abrió y dejó caer el contenido al suelo: labiales, un espejito de gatito, una billetera peludita, un cepillo, aspirinas, audífonos, pañuelitos… caramelos… el celular…

¡Reconoció por instinto todos aquellos objetos!


Nota Mental: Por algo dije yo hace tiempo que Phantasos me había sorprendido como personaje. Espero que les haya gustado la intervención de Huitzilopochtli. Éste también llegó de sorpresa, no tenía planeado traer a ningún otro dios mexica a este universo, pero ya fue, aquí está. Me da ternura, pues los colibríes aparte de ser territoriales son bien pendencieros y el que Huitzilopochtli sea "el colibrí del sur" y dios de la guerra es tan apropiado que llega a ser tierno. Sigamos lo que sigue, que al menos algo se supo de Artemisa. Por favor, si detectan algún error tipográfico, de ortografía y redacción, me avisan para que lo pueda reparar. ¡GRACIAS POR LEER!


Nice, no me extraña que se hayan quedado tanto tiempo en tu casa y depredando la despensa. Menos mal que Alde y Thanatos atinaron y repusieron lo comido. Al menos tuvieron esa decencia. Ahora… Aiacos ya no puede meter más las patas: deja que se deprima que es parte del karma que se le viene encima, pero se recuperará. Sobre algún eventual round romántico con Violate, digamos que se viene uno, pero no tan agresivo: los dos van a pasar un buen susto y eso les va a quitar las ganas de ser sarcásticos. Con calma se tienen que tomar las cosas. ¡MUCHAS GRACIAS POR LEER Y CUÍDATE MUCHO! =D


BRÚJULA CULTURAL

Traída a ustedes gracias a Wikipedia o alguna otra página, según corresponda. En todos los capítulos aparecerá el apartado de los Señores de Xibalbá.

Huitzilopochtli: (en náhuatl Huītzilōpōchtli, colibrí zurdo o colibrí del sur) Fue la principal deidad de los mexicas. También fue conocido como Ilhuicatl Xoxouhqui y ha sido asociado con el sol. Es dios de la guerra, la venganza, el poder, la dominación. A la llegada de los españoles a Mesoamérica, era la deidad más adorada en el Altiplano Central por imposición de los mexicas.

La Fiesta en honor a Huitzilopochtli se celebraba una vez al año. Esta concepción no es común a los demás pueblos nahuas, y al parecer fue debida al poderoso Tlacaélel, quien además instituyó la costumbre de las guerras floridas a fin de que Huitzilopochtli pudiera disponer de cautivos de habla náhuatl. Estos prisioneros eran para sacrificio humano, conste.

Según la leyenda, Huitzilopochtli nació de Coatlicue, la Madre Tierra, quien quedó embarazada con una bola de plumas o algodón azulino que cayó del cielo mientras barría los templos de la sierra de Tollan. Sus cuatrocientos hermanos (Centzonhuitznahua) al notar el embarazo de su madre y a instancias de su hermana Coyolxauhqui, decidieron ejecutar al hijo al nacer para ocultar la supuesta deshonra. Se cuenta que Coatlicue comenzó a asustarse, pero su hijo, desde el vientre, le decía que no se preocupara. Cuando llegaron sus hijos a ajustar cuentas, y en vista del peligro que corría la madre, Huitzilopochtli nació en ese momento, adulto, armado y muy enojado, dispuesto a proteger a su madre: mató a la mayoría de sus hermanos. Tomó a la serpiente de fuego Xiuhcoatl entre sus manos, le dio forma de hacha y venció y mató con enorme facilidad a su hermana Coyolxauhqui, quien quedó desmembrada al caer por las laderas de los cerros. Huitzilopochtli tomó la cabeza de su hermana y la arrojó al cielo, con lo que se convirtió en la Luna, siendo Huitzilopochtli el sol.

¡Con esos hermanos…!

SEÑORES DE XIBALBÁ: También llamados ajawab, son los que rigen en el inframundo en la mitología maya, y son de carácter maligno. Son como siguen:

1. Hun–Camé y Vucub–Camé: Son los gobernantes, los jueces supremos y encargados de señalar sus funciones al resto.

2. Cuchumaquic y Xiquiripat eran los encargados de causar derrames de sangre a los seres humanos.

3. Ahalganá y Ahalpuh tenían como tarea hinchar a los hombres, hacer que las piernas le supuraran y teñirles de amarillo el rostro, a este último padecimiento se le conocía como chuganal.

4. Chamiaholom y Chamiabac eran los alguaciles de Xibalbá y ostentaban como señal de su cargo una vara de hueso; su ocupación consistía en adelgazar a la gente, hasta que no quedaba de ella más que huesos.

5. Ahaltocob y Ahalmez tenían como oficio ocasionar desgracias a los hombres que se dirigían hacia su hogar.

6. Quicxic y Patán eran los responsables de causar la muerte a los que andaban por los caminos, este tipo de fallecimientos se reconocían con facilidad ya que el lugar estaba lleno de la sangre que había vomitado el desafortunado, tras serles estrujados pecho y garganta por estos señores.

Xibalbá: En la mitología maya Xibalbá o Xib'alb'a (en quiché: Xibalbá, 'Lugar oculto''xibil, ocultar'), es el nombre del inframundo. Es el mundo subterráneo regido por las divinidades de la enfermedad y la muerte: Hun-Camé y Vucub-Camé. Forma parte importante dentro del ciclo mítico de los gemelos Hunahpú e Ixbalanqué narrado en Popol Vuh de los mayas quichés. En el siglo XVI, tradicionalmente se le ubicaba a la entrada de una caverna cercana a la localidad de Alta Verapaz, en las cercanías de Cobán, Guatemala.

El Xibalbá es conocido principalmente por la descripción que de él hace el Popol Vuh (Pop wuj, en k'iche') cuya traducción sería "Libro del Consejo" o "Libro de la Comunidad", descubierto en época posterior a la conquista española en el siglo XVIII, traducido al latín por Fray Francisco Ximénez desde una perspectiva católica. De ahí que se refiera al Xibalbá con mucha semejanza al infierno cristiano, consistente en un mundo telúrico gobernado por los Ajawab del Xibalbá o los "señores del inframundo".

Sin embargo el concepto de "mal" está explícitamente representado en las características de otros seres de la mitología maya, como Wuqub Qak'ix y su familia, o mediante defectos en las personalidades de los primeros seres humanos creados. Xib'alb'a no es entonces el infierno, ya que representa a la muerte y la enfermedad, vistas como parte de la existencia y no como castigo. Es más preciso referirse a Xib'alb'a como el inframundo.

Es durante el relato de las andanzas de los héroes del Popol Vuh que se hace una descripción de Xibalbá y del camino que hay que recorrer antes de llegar a él. De esta manera, el camino hacia Xibalbá se describe como un descenso por unas escaleras muy inclinadas que desembocan en la orilla de un río, el cual recorre barrancos y jícaros espinosos. A continuación hay otros ríos e incluso uno de sangre, para después abrirse un cruce de cuatro caminos: uno rojo, otro blanco, otro amarillo y otro negro. Este último es el que se dirige a Xibalbá, exactamente a la sala del consejo de los Señores de Xibalbá.

En cuanto a las pruebas que los Señores de Xibalbá hacían pasar, el Popol Vuh cuenta que eran muchos los lugares de tormento y los castigos de Xibalbá:

1. El primero era la Casa Oscura, en cuyo interior sólo había tinieblas;

2. El segundo era la Casa del Frío, donde un viento frío e insoportable soplaba en su interior;

3. El tercero era la Casa de los Jaguares, donde los jaguares se revolvían, se amontonaban, gruñían y se mofaban;

4. El cuarto era la Casa de los Murciélagos, donde no había más que murciélagos que chillaban, gritaban y revoloteaban en la casa;

5. El quinto se llamaba la Casa de los Cuchillos, dentro de la cual sólo había navajas cortantes y afiladas.

6. La sexta se llamaba la Casa del Calor, donde sólo había brasas y llamas.