Partiendo con premura y sin avisarle a Zeus, Apolo y Leto parten en ayuda de Artemisa guiados por Quetzalcóatl y Huitzilopochtli. Hades envía a sus jueces el Inframundo, junto con una fuerza de espectros a hostilizar Xibalbá: así comienza el contraataque y la venganza. La diosa de la caza está a punto de derrumbarse... su rescate está en camino.
¡HOLA A TODOS! A estas alturas, en el Santuario de Athena, los eventos del fic Nec Spe, Nec Metu se están desarrollando. Para referencias a mi estilo y a ciertos aspectos del fic, lean 'Littera Minima' y sus secuelas. Este es un fic oscuro, por eso la clasificación que le doy, aun así los dioses y espectros del Inframundo no dejan de meter las patas. En esta ocasión, sumen 5 años a las edades del canon (sí, hubo cambio de año, recuerden). O si les resulta más fácil y menos complejo, dense una vuelta por el perfil de Ekléctica, donde encontrarán la línea de tiempo oficial: al principio de cada año aparecen las edades.
Un especial agradecimiento a Seika Lerki, Tsuyu Ryu y Ekléctica (El Concilio del Fic), madrinas y lectoras de prueba de este fic, que además de incentivarme y animarme a escribir, aplacaron mis instintos asesinos y varios personajes vivieron para contarlo.
Una recomendación especial, si quieren ver este universo expandido, lean "Madness of Love", de Lady Seika Lerki y el omake "Lo que Sueño de ti" y las adorables miniserie "Familia" y "Futuro" de Ekléctica. Finalmente, "Luz Amatista", de Tsuyu Ryu, es una joya. Las conversaciones que las inspiraron a ellas, de paso me inspiraron a mí para retomar este hábito mío de escribir fanfictions. ¡VAYAN A LEER! =D
Saint Seiya, la trama y sus personajes pertenecen al genialísimo Masami Kurumada y a quienes han pagado por el derecho respectivo. No estoy ganando dinero con esto, nada más entretengo a mi imaginación y le doy más trabajo a mi Musa. D8 ¡NO TENGO FINES DE LUCRO!
ADVERTENCIA.
Clasificación M, porque cada tanto, por culpa casi exclusiva de Minos de Griffin, y ocasionalmente de Hades, hay lenguaje y algunas situaciones sugestivas. Del mismo modo, hay escenas de violencia. No apruebo ni justifico la tortura y/o violencia sexual, siendo los hechos relatados obras de ficción que no tienen relación con la vida real. Se pide especial criterio en la lectura de este capítulo.
Cualquier coincidencia con la realidad, con situaciones reales y semejanzas con personas vivas o muertas, es una mera coincidencia. Se pide criterio y discreción por parte de los lectores. No me hago responsable de castigos, lesiones, o penas capitales derivados de la lectura de este capítulo. ¡No intenten nada de esto en casa!
Capítulo 16: Las piezas se mueven
Monte Olimpo. Estancias de Apolo.
13 de mayo. 12:00 horas.
Hestia ayudó a Apolo a sujetar a Leto, que de la impresión no se pudo sostener sobre sus piernas. La titánide se tapó la cara con las manos, sin que éstas dejaran de temblar. Huitzilopochtli intercambió una mirada con Quetzalcóatl: a ninguno le había gustado alterar así a la mujer, pero tampoco esperaban dicha reacción.
"Leto, Leto, respira profundo, esto es una buena noticia." Hestia, mientras le echaba viento en la cara a la titánide, se volteó hacia Quetzalcóatl. "¿Verdad?"
Apolo por su parte se puso de pie, sintiendo en el alma tener que dejar el lado de su madre. El dios se acercó a la serpiente emplumada con urgencia.
"¿Cómo está mi hermana? ¿La han visto? ¿Cómo obtuvieron esa información?"
"No la hemos visto." Le dijo la serpiente emplumada. "Por lo mismo tengo que advertir que URGE ir por ella."
"¿Y porqué no la trajeron en seguida si ya sabían donde está?"
"Vinimos por refuerzos." Explicó Huitzilopochtli. "De acuerdo a la información, la señito Artemisa está en la Casa de los Murciélagos." El dios miró de reojo a Leto como dudando si debía continuar o no. No era justo asustar así a una madre.
"Son casas de tormento." Afirmó la titánide muy severa. "He leído el Popol Vuh unas cien veces desde que supe que mi Misi…"
"Pues sí señora. Lo son." Huitzilopochtli le hizo una seña. "Haber intentado una infiltración habría sido una imprudencia: Patán y Quicxic estaban demasiado pendientes de la seguridad después de que descubrieron a la señito Phantasos merodeando dentro." Explicó con pesadez. "Nos habrían capturado antes siquiera de poder acercarnos."
"Todas esas casas están protegidas con un hechizo que solo afecta a las deidades, excepto a los ajawab." Añadió Quetzalcóatl. "Es un incienso mágico que anula el uso del cosmos a su mínima expresión. Huele a azúcar por si fuera poco."
"Igual te puedes liar a patadas si sabes como." Comentó Huitzilopochtli. Luego se detuvo pensativo. "Tengo la impresión que no afecta a los humanos, pero hasta ahora no tengo pruebas."
"Phantasos." Murmuró Apolo. Los últimos días había escuchado un montón ese nombre: sabía que estaba desaparecida, pero más allá de eso, y aparte que la mencionaban un montón por haber contactado a su madre, no le había dado mayor importante. Comenzaba a capturar su curiosidad. "La hija menor de Hypnos."
"Es quien se contactó conmigo en sueños el otro día." Dijo Leto con los ojos muy abiertos. "¿Ella sigue allá?"
"Eso me temo, aunque no me preocupo." Dijo Huitzilopochtli. "La señito tiene el carácter de un sicario, estará bien. Pero debemos volver por ella." El dios pestañeó sorprendido. "Es ruda y no se impresiona fácil. Debe ser toda una visión verla luchando." Añadió suspirando. Quetzalcóatl le dio un zape.
"¡Ya concéntrate, wey!"
"¿Pero cómo la dejaron sola allá? Es una apenas niña…" Susurró Hestia aprensiva. Quetzalcóatl le puso una mano en el hombro, antes de deslizarla por el brazo y tomar la mano de la diosa. Hestia no hizo nada por impedirlo, aparte de ocultar un sonrojo y darle un apretoncito coqueto al dios.
"No es una niña, sino una mujer valiente y no hay que menospreciar sus esfuerzos." La serpiente emplumada miró a Apolo. "No podemos perder más tiempo. En ir y volver nos tardaremos un chingo, ¡casi dos días!, tenemos que partir ya."
"¿Quién quiere sus pataditas?" Dijo Huitzilopochtli tronándose los dedos.
Apolo entendió el mensaje. Entrecerró los ojos y convocó su kamei, que lo cubrió en un instante. Una vez armado hinchó el pecho de orgullo: su atención estaba puesta en Quetzalcóatl y Huitzilopochtli, quienes se veían más que dispuestos a ayudar. En serio, ¿qué podría motivar a dos deidades de cosmogonías diferentes ayudar de este modo? En el caso de la serpiente emplumada, podría entenderlo hasta cierto punto (se lucía ante Hestia, con todo y plumaje), pero ¿Huitzilopochtli? Probablemente de aburrido, al menos a su entender. Lo que lo llevaba a otro tema… Esta Phantasos comenzaba a despertar su curiosidad.
"Partamos entonces. Mientras antes, mejor."
"También voy." Leto se puso de pie y dio un paso adelante, muy decidida.
"Leto, ¿estás segura?" Preguntó Hestia, tras intercambiar una mirada con Quetzalcóatl.
"Mamá, es peligroso, no creo que puedas…"
"Apolo." Advirtió Leto muy firme. "No me vengas con que puede ser peligroso o no. ¡Soy una Titánide! Una fuerza de la naturaleza y No Me Voy A Quedar de Brazos Cruzados mientras te vas a rescatar a tu hermana solo."
"Mamá, yo sé, lo entiendo, pero no creo que sea un lugar para…"
"¡Mi Hija Me Necesita! Haría lo mismo por ti, ¡Hasta creo que lo hice en alguna ocasión Apolo! Y ten bien claro que ni Zeus mismo podrá detenerme." La titánide invocó su propio kamei, que la cubrió en un instante, dando a entender que no toleraría más reclamos. Además de su kamei, tomó una suerte de bastón como de hockey o algo por similar. Se volvió hacia Hestia, a quien tomó de las manos. "¿Podrías avisarle a Zeus de esto, querida Hestia?"
"Cuida tu espalda, Leto, hija de Ceo." Le dijo Hestia sintiendo orgullo por las palabras de la titánide. "Le avisaré a Zeus, aunque dudo que se lo tome a bien. También quiere ir."
"¡Tía! No es posible que apruebes…" Comenzó a decir Apolo, pero se llevó una colleja de parte de Leto. "¡Mamá!"
"Deja de protestar, hijo que no me hago más joven. ¡Vamos!" Leto caminó hacia Quetzalcóatl y Huitzilopochtli. "Ustedes dirán por dónde. ¿Vienes Apolo?"
"Mamá, ¿No puedes recapacitar?" Insistió el dios del sol. Entonces Apolo señaló el bastón. "¿Y para qué llevas eso?"
"¿Mi wiño? Me lo regalaron el otro día. Me gusta y me va a servir." Explicó Leto. "Si te crees que voy a ir hasta allá y no apalear a nadie, estás muy equivocado."
"¡Pero te puedes sacar un ojo!" Exclamó preocupado. "¡Y es para jugar palín, no un combate!" Protestó Apolo. Leto entrecerró los ojos.
"¡Los únicos que van a salir perdiendo son esos degenerados!" Dijo la mujer con fiereza. Puso las manos en las caderas. "¡Ya deja de quejarte, Apolo! Perdemos el tiempo con esta discusión. ¡Vuelve a reclamar y te quedas sin cena una semana entera!" Leto giró sobre sus talones, se puso el palín al hombro y salió. "¡Los Espero en el Patio!"
Leto salió solita al jardín, al tiempo que Apolo caminaba amurrado detrás de ella. Al pasar junto a los dioses mexica, les miró feo, como retándolos a que se burlaran de él, aunque no se veían como si fueran a estallar en risas.
"¡Una palabra de esto y van a ver cómo…!"
"Mi mamá me hubiera dado con la chancla. Mal. Por mí no te preocupes: mis labios están sellados." Se apuró en decir Huitzilopochtli.
"La mía me hubiera dado con las dos." Reconoció Quetzalcóatl, encogiéndose de hombros. "Las madres mexica son de temer."
Apolo parpadeó perplejo, pero no dijo nada y siguió caminando. Huitzilopochtli se llevó los brazos detrás de la cabeza y, tras dedicarle una sonrisa sabihonda salió en pos de Leto y su hijo. La serpiente emplumada por su parte se tomó unos momentos. Caminó hasta Hestia, quien había estado muy calladita, pero atenta, sonriéndole algo avergonzado. La diosa correspondió el gesto y, sin saber si por recato o timidez, apartó el rostro. Quetzalcóatl la tomó por el mentón y girando su rostro le robó un beso de lo más tierno y sensual. Intercambiaron una mirada y se abrazaron un buen rato, hasta que Quetzalcóatl la soltó muy a regañadientes. Se alejó de ella tras besarle la frente, sin decir palabra.
Hestia se llevó una mano a los labios.
"Quetzalcóatl me quiere volver loca." Dijo con más ternura de la que pretendía. "Mejor voy a avisarle a Zeus."
Inframundo. Giudecca, Arena de entrenamiento.
14 de mayo. 05:23 horas.
Los jueces se preparaban con sus tropas. Hades se paseaba por todo el lugar dando zancadas lúgubres, pero decididas, mientras Thanatos hacía su parte. Perséfone también estaba presente, y con ella, a una distancia apropiada, Violate. Hypnos no se encontraba en el lugar, pues convalecía de sus infartos y apenas se podía mover de lo mal que había quedado. Ningún sueño podía decir que estaba tranquilo, Pasitea estaba angustiadísima. Había un clima de expectación, muy cauto, alerta y quieto. No era lúgubre, sino todo lo contrario, pero los espectros guardaban silencio, no se adelantaban a la jugada, y se mantenían atentos.
Aquella mañana, en esa hora temprana, el ejército de Hades iniciaba una importante ofensiva.
Hartos ya de estar al final de los constantes ataques de los ajawab, Hades había decidido llevar el problema directo a Xibalbá. Los tres jueces, liderando sus tropas, emprenderían la marcha por el Inframundo por rutas diferentes, arrasando con los campamentos de esqueletos que encontrasen y enfilando hacia la frontera del limbo, la que cruzarían hasta llegar al territorio enemigo, en donde hostilizarían a Xiquiripat y compañía en su propio terreno. Hades estaba perfectamente consciente de que en esos momentos se estaba intentando el rescate de Artemisa, por lo que el ataque de sus fuerzas además buscaba darle una oportunidad a aquella misión, para que pudieran infiltrarse más cómodamente por aquellos territorios, y así tener éxito rescatando a su sobrina y a Phantasos
"¿Está seguro de que esto resultará, señor Hades?"
"Tengo que estarlo. Tenemos una buena oportunidad, no hay duda al respecto."
Existía eso sí la posibilidad de que las expediciones fueran un rotundo fracaso. Los dioses se quedaban a proteger Giudecca y para no llamar la atención de los ajawab. Si alguno de ellos llegaba a atacar a las columnas realmente decididos a detenerlos, bien podían destruirlas sin dejar rastros. Era una misión peligrosa y los jueces lo sabían: sobre sus hombros descansaba la responsabilidad de la misión, de ellos dependía si ganaban o morían. Además probarían si en efecto un ser humano podría atacar y vencer a un señor de Xibalbá.
Sospechaban que sí en todo caso. A diferencia de los dioses olímpicos, los ajawab podían morir y de acuerdo a algunas observaciones que Aiacos y Rada habían hecho durante los combates y discutido muy a fondo en una de las reuniones tácticas, parecían ocultar un punto débil que deberían poder explotar a su favor. Minos, cuando preguntó al respecto, entrecerró los ojos y les encontró la razón: también intuía de una vulnerabilidad.
Solo faltaba determinar en qué consistía ese punto débil, si es que estaban en lo correcto.
"Mira a estos espectros, Thanatos: van a vencer o morir." Afirmó Hades con orgullo, sacando pecho. Entonces se fijó en un detalle… en uno que hizo que le brillaran los ojos y lo pusiera muy feliz. "¡Por Todo el Olimpo! ¡MIRA ESO!" Exclamó ilusionado, señalando en una dirección determinada.
Aiacos estaba de pie frente a Violate. No, todavía no conversaban sobre los problemas que arrastraban, ya tendrían tiempo para eso al regreso, sino que se miraban con un anhelo de fundirse en un abrazo tan intenso que hasta Hades, a la distancia, lo había notado. El juez de Garuda miraba a su ala derecha con una pregunta importantísima y dolorosa para él justo en la punta de la lengua, y la expresión que Violate le devolvía era de anhelo y aceptación. Aiacos cargaba a Benito en brazos, quien dormía a pierna suelta desparramado en el pecho de su papá, con toda la confianza del mundo. El juez y la capitana no se hablaban sino con lenguaje corporal, uno que daba a entender que ambos se habían lastimado, que todavía tenían cosas que resolver, pero aceptando la cercanía del otro, anhelándola incluso. Aiacos se mordió el labio, estaba nervioso, y señaló al peque en sus brazos con la mirada, antes de clavar sus ojos en los de su flor carmesí; Violate aguantó la respiración expectante… tenía ganas de estirar los brazos y tomar al niño, pero no se atrevía. Entre ambos flotaba una petición, pero… pero… ¡por piedad! ¿Es que eran incapaces de vocalizarla?
"… ¿por favor?" Logró decir Aiacos, sincero y humilde. Aferró más a su niño, confiado en que Violate pudiera entender qué quería pedir.
¡Y lo hizo! La espectro se sonrojó bastante y bajó la mirada unos segundos, antes de verle a la cara con una sonrisa muy discreta. Violate bajó los hombros, sin perder de vista el rostro del juez. Tenía sentimientos encontrados: al mismo tiempo que era el momento más maravilloso del año, sentía un dolor desgarrador en las entrañas, porque las cosas entre ella y Aiacos estaban muy tensas, había heridas abiertas entre ambos, pero al mismo tiempo… se le cumplía un deseo tan anhelado que casi lloraba de felicidad. Porque Aiacos le estaba pidiendo que cuidara de Benito, ¿verdad? Cierto, el juez no era enteramente libre, las circunstancias lo habían orillado a tomar esa determinación, pero… ¿De qué importaba todo eso? ¡Había pensado en ella!
"¿Está seguro de esto, señor Aiacos?"
Un no confío en nadie más quedó colgando en el aire. Aiacos simplemente asintió, como esperando un rechazo. Violate, tímida, sonrió y estiró los brazos, recibiendo al nene a quien acunó como su más grande tesoro, dándose la extrañísima licencia de derrochar ternura mientras lo mecía y cobijaba. Aiacos dejó la enorme pañalera de su niño a los pies de Violate y suspiró. El que su ala derecha hubiera recibido a su hijito lo llenó de paz mental: ahora sí se podría ir en esa campaña con la mente tranquila. Ni siquiera sentía que debía darle instrucciones de cómo cuidarlo. Su ala derecha sabía.
"¿Verás que esté a salvo y cuidado si no regreso?"
"Regresará, señor Aiacos, ya verá. Usted exagera."
"Gracias."
Aiacos se calzó el casco y endureció la mirada. Ambos asintieron al mismo tiempo. Sin mayor drama, giró sobre sus talones y se alejó, dejando a Violate con su Benito en los brazos. Se acercó a los demás jueces muchísimo más tranquilo. Pandora se llevó una mano a la cintura cuando lo vio acercarse.
"Feh. Alguien está contento." Le dijo con una sonrisa. "Ahora sí que podrás concentrarte: tu hijo quedó en buenos brazos."
"Ooooh, Violetita se ve preciosa con un bebé." Comentó Minos embelesado. "Aiacos, ¿Por qué no dijiste que se veía tan bien?"
"No sé a qué te refieres, Minos. Violate se ve igual de siempre, no hay ninguna diferencia." Rezongó Aiacos molesto, mirando por encima del hombro como Violate (a quien Queen ayudaba con la pañalera) se alejaba en dirección de Perséfone.
Minos tenía razón, se lo reconocía: su ala derecha se veía preciosa así de maternal… Seguramente sería una mamá increíble, si es que algún día tenía la oportunidad de serlo.
Radamanthys le dio un zape.
"Sí, claro: no me había fijado dice el tipo." Rada se cruzó de brazos e hizo un gesto burlesco. "¡Ni tú te lo crees!"
"Hmpf." Aiacos se sobó la nuca. "¿Ya nos vamos?"
"Esperamos la señal del señor Hades." Dijo Pandora. "No debe faltar mucho más."
Pandora se cruzó de brazos y fijó la mirada en el señor del Inframundo. Los tres jueces la imitaron, viendo como Hades intercambiaba algunas palabras con Perséfone y Thanatos. Hincharon el pecho de orgullo y se insuflaron de contento, sintiendo en el alma la adrenalina y expectación justo antes de la batalla.
Pronto partirían a vengar las ofensas y darle honor y lustre al Inframundo. Eso los entusiasmaba.
Xibalbá. Casa de los Murciélagos.
15 de mayo. 00:03 horas.
Fue como una caricia a su conciencia, carente de toda malicia, sino de todo lo contrario. No venía de ella, era como algo aparte, pero no le generaba rechazo. Era una sensación demasiado ingenua, llena incluso de ternura que la animaba a resistir un poco más.
Sin embargo, también tenía mucho miedo. Muchísimo miedo y angustia. Temía el rechazo y por su vida. Creía que moriría.
– LE GASP –
Artemisa despertó de súbito, habiendo recuperado la conciencia tan de golpe como abrió los ojos. Su respiración se tornó agitada en ese instante, resoplando de pánico por la nariz y boca y sintiendo dolor en cada fibra de su cuerpo. Tenía frío y la piel la tenía por completo erizada. Estaba expuesta, indefensa, vulnerable… el vestido que Phantasos le había puesto estaba hecho jirones, pero seguía cumpliendo su objetivo y dándole algo de privacidad. Sentía un volcán de ácido en el estómago y aquella desesperante sensación de no poder mover las extremidades amenazaba con hacerla chillar de frustración. Cada vez que intentaba acomodarse, de ordenarle a sus brazos o piernas moverse, no solo su musculatura era incapaz de obedecer, sino que un agudo dolor le recorría los nervios, agudo y punzante, que con desesperación clamaba que se quedara quieta.
Seguía tirada en esa superficie, como una muñeca de trapo abandonada por una niña. Parecía ser de piedra y no era lisa, pues las irregularidades de la roca la estaban lastimando. Reposaba en una suerte de altar al medio de una estancia oscura y negra, apenas iluminada; podía oler sangre que no era la suya fluyendo por las paredes. Ella era una cazadora, conocía bien ese olor, pero a diferencia suya, que respetaba aquél valioso líquido (por mucho que despreciara a los mortales a ratos), quienes la habían encerrado allí no le guardaban ningún tipo de respeto, y se regocijaban burlones cuando la derramaban.
Sus captores estaban cerca.
Sentía pasos, conmoción. Habían puesto guardias en los corredores desde que descubrieran a Phantasos merodeando por la casa, y esta vez no eran simples esqueletos, sino calaveras.
Llena de pánico paseó la agitada mirada en todas direcciones, gimiendo al no poder reprimir el terror. Ella, la más celosa guardiana de su propia castidad, quien en épocas anteriores no había dudado en matar por muchísimo menos, estaba indefensa y a merced de quienes la habían arrebatado de su vida, arrebatándole para siempre por la opción de decidir al respecto.
Tenía miedo. Al Tártaro con el orgullo, estaba en pánico. ¡No se podía mover! ¿Dónde estaban sus ángeles? Había visto como los quebraban a los tres. ¡Cómo habían luchado! Aún drogados como los dejaron, forzando esa desventaja en sus leales guardianes, intentaron defenderla con todos sus sentidos. ¡Por el Olimpo! ¡Touma! ¿Lo habrían matado acaso?
Tenía pesadillas con la imagen de aquella espada atravesando su torso de lado a lado.
¡Qué vergüenza! Qué horror… Apretó los ojos y dejó escapar varias lágrimas. ¿Qué diría el pelirrojo si la viera en ese lamentable estado? Reprimió un sollozo. ¿Y si dejaba de quererla? Apenas podía soportar que no la quisiera como mujer, que solo la viera como diosa inalcanzable, ¿Y Ahora? ¿Cómo lo miraba a la cara? Seguramente daba asco…
La imagen de la muñeca de trapo no estaba tan alejada de la verdad. Recordaba su rapto, la forma en que sus ángeles habían luchado (como perros rabiosos) por protegerla, incluso desde la inconsciencia y pese a las desventajas. Recordaba los ruidos que hizo el cuerpo de Touma al quebrarse, o el de Teseo… no quiso dejarlos solos e intentó intervenir en favor de los tres, pero nunca pudo inflamar su cosmo debido a las drogas y a esa maldita tos que se ensañó con sus pulmones. El ataque se había centrado en ella, habían querido neutralizarla primero, asegurarse que no pudiera contraatacar… podía recordar perfectamente cómo se perdió el control del combate. Peleó como una fiera para defenderse, pese a que no pudo usar su cosmo para ello. Tampoco podía pedir ayuda, pero no le importó. Pudo haber tenido alguna remota ventaja, pero fue cuando le taparon la boca y nariz con ese trapo empapado, cuyo aroma tan astringente le robó la conciencia a la primera involuntaria bocanada.
Se fue a negro con aquellas palabras de Quicxic en sus oídos y el lascivo peso de su cuerpo encima suyo.
Despertó horas después, sintiendo un dolor hirviente e inenarrable en los brazos. Sus captores, Quicxic y Patán, le estaban desencajando las articulaciones, cada uno tirando de sus extremidades. Así la dejaron incapaz de moverse o de defenderse, inútil e inhabilitada. Ya lo habían hecho con sus piernas, cuidando de que no perdiera las sensaciones. Aun así luchó con todo lo que tenía, con lo poco de cosmo que podía encender, con sus dientes incluso. No podía usar sus poderes, su divinidad estaba anulada. ¡Tanto que le dolían los brazos y piernas! Las sentía, oh sí, claro que sí las sentía, pero no las podía mover…
Pero peleó, no se rindió. Solo escuchaba las risas provocativas y burlonas. Eso no quebró su espíritu y, aunque indefensa, no se doblegó. Aquella primera vez Quicxic la sujetó por el mentón, clavándole una terrorífica mirada: le dio una paliza memorable tan severa que hasta vomitó sangre. Tenían que aprovechar que los dioses griegos eran inmortales le dijeron, que no podía morir, repitieron. Ese mismo terrible ser volvió a levantarla y sujetarla por la barbilla. Le recomendó que se quedara callada o le desencajarían también la mandíbula para que así gritara con ganas, si es que podía. Entonces la arrojó contra esa piedra y le rasgó las ropas de un solo tirón…
… apenas tenía recuerdo de lo ocurrido. Gritó con ganas, con todas sus fuerzas, como intentando despertar a todos los muertos del mundo, pero fue en vano. Ni patalear pudo para defenderse y su voz fue inútil para conseguirle ayuda.
Quicxic hizo lo que quiso con ella.
¿Cuánto tiempo había pasado de aquello? ¿Horas, días, semanas? Artemisa cerró los ojos con fuerza y siguió gimiendo. Nunca se había sentido tan indefensa, tan mortal: sus piernas y brazos no se curaban y, por lo mismo, ni siquiera podía acomodarse aunque fuese un poco. Ese aroma a azúcar quemada la tenía loca, lo odiaba. Estaba a merced de sus captores, quienes se habían cebado con ella. No temían un escape, ni siquiera habían asegurado la puerta… aunque ahora le habían puesto guardias.
No quería que la vieran así. Lo único que deseaba en ese instante era que sus articulaciones se recompusiesen y así poder encontrar algo con qué cubrirse mejor y escapar. Olvidarse de todo esto, dejarlo atrás y hacer como que nunca pasó.
Aunque algo le decía que nunca podría olvidar esta experiencia.
La sorpresiva e inesperada visita de Phantasos la había llenado de energía, de esperanzas. Justo cuando había estado a momentos de rendir su voluntad, aquella pequeña diosa, el sueño más joven de todos, la incentivó a seguir luchando, instándola a no rendirse, a resistir en mejor pie esta tragedia. La muchachita se escandalizó con sus penurias, pero lejos de sentir lástima por ella, azuzó su personalidad y la instó a no dejarse quebrar.
Era lo que los señores de Xibalbá querían y no podía darles el gusto.
Las palabras de Phantasos no fueron épicas, y puede que incluso haya cometido algunos deslices y tenido faltas de tacto, pero sin duda, ¡sin lugar a dudas!, habían sido como un bálsamo en su corazón. Había estado a punto de enajenarse de su propia mente y dejarse quebrar cuando la más joven entre los sueños apareció como conjurada de la nada, furtiva e insolente, e instándola a superar esta prueba. Incluso le recordó quien era, y cuando había sugerido sacarla a la rastra de ese lugar, fue la misma Artemisa quien le dijo que debía ser más astuta, que Phantasos tenía más posibilidades de escapar y pedir ayuda, que ella estaría bien.
¿Habría podido lograr su cometido? Sentía que habían pasado siglos desde la última vez que la vio.
Curioso…
… volvió a sentir esa caricia, muy tímida y respetuosa, como si algo intentase consolarla, una conciencia aparte de la suya propia…
– LE GASP –
Sintió un cosmo agresivo y maligno aparecer junto a ella. Artemisa intentó endurecer el rostro, fulminarlo con la mirada, pero algo le dijo que su expresión solo era de terror. La oscuridad se le acercó, aquél señor de Xibalbá era quien más la visitaba y la miraba con pervertido interés. Se llamaba Quicxic y lo rodeaba un aura de podredumbre: era el único que la tocaba, quien había violentado su pureza, y forzado su presencia en ella. Sintió náuseas cuando se le acercó y débilmente encendió su rebelde cosmo en defensa propia al sentir como le ponía la mano en el torso y la acariciaba con lujuria, en mofa de una caricia más gentil. Se detuvo en su bajo abdomen. Quiso juntar las piernas, pero no podía.
"¡El plan resultó!" Murmuró contento, lascivo. "Conejita… logré mi cometido."
Por toda respuesta, Artemisa lo escupió, y por ello le dieron con el revés de la mano. Cayó al suelo por el borde de aquél altar sin que pudiera poner los brazos para evitar más heridas. Quicxic se abalanzó sobre ella y la sujetó por el cabello, arrastrándola por el suelo hasta rodear el altar. La dejó caer unos instantes y la tomó por la maraña de cabello, levantándola hasta tenerla frente a frente. La mitad del rostro de la diosa estaba hinchado y morado, sangraba por la nariz y uno de los oídos, pero lo desafiaba, pese al intenso dolor que debía sentir en aquellos momentos.
"Estás más silenciosa que otros días, juguete. ¿Te comió la lengua mi colega Patán acaso, conejita?" Quicxic, la acercó a su rostro y le pasó la lengua por el rostro, antes de meterle los dedos a la boca, como queriéndose asegurar que aún tenía lengua. "Dímelo, juguete, porque no comparto a mis perras con nadie."
Artemisa cerró los ojos, negándose a responderle. Trató de ser orgullosa, y lo consiguió por momentos. Estaban a punto de quebrarle el espíritu, pero todavía no lo lograban, y por todo el Olimpo que daría guerra. Percibió entonces que desenvainaba un cuchillo, y se obligó a sí misma a no darle el gusto de mostrarle su rostro lleno de miedosa curiosidad. Sintió un corte justo por encima de su cabeza y ella cayó al perder todo el apoyo que la mantenía suspendida en el aire. Nuevamente quedó desparramada en el suelo, incapaz de moverse. Quicxic giró sobre sus talones y caminó tranquilo hacia la puerta, sin temer la huida de la diosa. Llevaba algo sujeto en sus manos.
Artemisa abrió los ojos a todo dar y no pudo evitar una exclamación de sorpresa. ¡Le habían cortado el pelo! ¡Toda su melena!
"¡NO!"
"¿Qué No?" Quicxic le miró por encima del hombro, pervertido y burlón. Levantó la mano derecha en donde sujetaba su cabello, el que había cortado con el cuchillo que llevaba en la mano izquierda. "No te sirve, esclava, no mereces esta cabellera. Me la llevo, debo ponerla a buen resguardo. Vuelvo en un momento a hacerte mimos."
Artemisa cerró los ojos, ansiando más que nunca en la vida poder hacerse bola y desaparecer. Tenía que salir de allí o la ansiedad la destruiría, y eso que no podía morir. Podía aguantar, pero ¡YA! ¡Ya era suficiente! ¿Por qué no paraba? ¡Su cabello! Su única belleza. ¿Por qué? ¿Qué maldita cosa les había hecho a estos MALPARIDOS para que le hicieran esto? No quería estar ahí, no quería, no quería, quería ir a casa, quería a su mamá, incluso ver a su hermano. No quería, no quería, no quería… ¡Quería a Touma!
"¡Contigo Quería Hablar, Degenerado!" Alguien exclamó con firmeza y gravedad, aquella voz resonó por todo el corredor.
"¡¿Cómo…?!"
PAAAF. PLAAF. PAH. PAH. PAH. PAAAF. PLAAF. PAH. PAH. PAH. PAAAF. PLAAF. PAH. PAH. PAH. PAAAF. PLAAF. PAH. PAH. PAH. PAH. PAAAF. PLAAF. PAH. PAH. PAH. PAH. PAAAF.
"¡AAAAARGH!"
Artemisa no se pudo aguantar el llanto. Allí donde había quedado tirada lloró con amargura, sin darse cuenta de la conmoción que se estaba desarrollando justo fuera de esa habitación. De hecho creyó que el escándalo eran sus propios llantos y no tuvo cabeza para pensar en otra cosa. No se dio cuenta de la paliza que estaba siendo servida fuera. Se encogió sobre sí misma, cuando sintió pasos agitados corriendo hacia ella.
"¡Señorita!"
"¡NO ME TOQUES!"Ordenó tajante, sin querer mirar, cuando le pusieron las manos encima.
Aquél toque se retiró en el acto y todo se sumió en silencio. No hubo burlas que le replicaran, sino una respetuosa quietud. Algo la cubrió: una tela fina que la hizo erizar la piel, pero lo que la puso rígida fue el golpe que produjo un bastón de madera cayendo sobre la piedra y el peso que se dejó caer con suavidad a su lado. Hizo pucheros y cerró más los ojos, creyendo que la delicada presencia que sentía a su lado era su imaginación. El toque de una mano… una caricia gentil que le apartó los flecos del rostro.
"¿Misi? Soy yo, mi niña…" Era Leto. Artemisa abrió los ojos y miró en dirección de la titánide, con los ojos grandes como platos, que derramaron lágrimas de alivio, que ya no pudo contener. La titánide no dudó en rodearla con sus brazos, levantarla y aferrarla contra su cuerpo. "Ya te tengo."
"¡Mamá!"
"Por todo el Olimpo, Misi… ¿Cómo se atrevieron?" Leto no dijo más. Simplemente se limitó a abrazar a su hija y rodearla con su cosmo, fortaleciendo de paso el de ella.
Por alguna razón, quizás por ser justamente una titánide, el incienso no parecía afectarla. Leto elevó su cosmo como si fuera un desafío, contactando el de su hija y dándole la fuerza que necesitaba para poder curarla. Aunque le provocó mucho dolor a Artemisa, todas sus articulaciones desencajadas regresaron a su sitio, provocando espasmos a medida que se reparaban los huesos, pero habilitándola de nuevo, devolviéndole el control sobre su cuerpo. Artemisa, ni bien pudo mover los brazos, se aferró a su madre como si se tratara de una niña pequeñita.
"¡Mamiiiii!" Al carajo el orgullo, solo quería sentirse a salvo.
"Sugiero que salgamos. Este no es lugar para ninguna de las dos." Dijo otra voz, que no reconoció. "Todavía tenemos que encontrar a la señito Phantasos."
Huitzilopochtli se puso de pie y con más respeto del necesario ayudó a la titánide a levantar a su hija. Por supuesto que el roce del dios mexica no le gustó para nada a Artemisa, quien ni siquiera miraba en su dirección, solo buscaba el refugio maternal. Leto dejó que la ayudaran, pero no soltó en ningún momento a su niña. Si había sido capaz de aguantar dolores de parto tan horribles como los que había sufrido cuando dio a luz a sus mellizos, bien podía llevar a su Artemisa de regreso al Olimpo en andas, aunque tuviera que arrastrarse usando la barbilla.
"Vamos, no quiero que mi hija esté un segundo más aquí." Gruñó la titánide, caminando hacia la puerta, cargando a su hija como podía. "Misi… sé que te duele, pero intentemos caminar… pasito a pasito… Mamá te ayuda…"
Huitzilopochtli mantuvo la cercanía, atento a todo lo que ocurría fuera de la puerta. Se adelantó un poco para ver cómo estaba la situación, en especial para ver si podían salir. Antes de entrar, no solo habían tenido una pelea bastante fea con varias calaveras antes de poder intentar siquiera acercarse a la cautiva diosa, sino que además se encontraron a Quicxic a medio pasillo y allí Leto le había caído a golpes con inusitada ira. Huitzilopochtli se encargó de las calaveras y siendo quien era y considerando sus antecedentes, no tuvo mayores problemas para acabarlas. No quiso asistir a Leto a apalear a Quicxic, principalmente porque la titánide no parecía necesitar ayuda, o quererla. La intensidad de la paliza que le dio fue tal que Quicxic optó por desvanecerse en el aire para escapar de la ira materna, aunque lo hizo en medio de risas grotescas y burlonas.
"Avancemos. Camino despejado." Huitzilopochtli se volvió a Leto. "¿La señorita puede caminar?"
"Puedo…, andando, quiero salir de aquí." Sollozó Artemisa, sin dejarse vencer.
"Quisiera poder llevarla a su ritmo, pero no se puede. Mis disculpas si la presiono. Saldremos pronto de aquí." Huitzilopochtli las instó a andar todo lo rápido que podían. "Señora Leto… vamos: todavía tenemos que reunirnos con los demás."
"¿Quiénes?"
"Tu hermano y Quetzalcóatl fueron a tratar de rescatar a Phantasos." Le explicó Leto. "Ella tomó un riesgo importante para ayudarte: confió en Huitzilopochtli, quien nos dijo dónde estabas, y se dejó atrapar para distraer la atención de tus captores. Ojalá que se encuentre bien."
"Le dejé uno de mis puñales y le ordené que la protegieran. Estará bien." Sonrió Huitzilopochtli complacido. "Andando, señoritas, aún tenemos que salir de aquí. Luego se ponen al día."
Buen uso que le daba Phantasos al puñal que le habían prestado. Aún desde su celda, la diosa se dio cuenta que algo no iba bien. Notó como las calaveras y los esqueletos que Quicxic y Patán habían dejado merodeando por aquella casa de tormentos se agitaba como azuzados por una pelea cercana.
"Me estoy perdiendo toda la maldita diversión." Gruñó entre dientes mientras se acercaba a la puerta todo lo que podía.
No le fue difícil detectar una pelea justo en el corredor de fuera, ni identificar las risas de Quicxic. Se preocupó porque no pudo oír por ningún lado las de Patán, y eso que se esforzó. Por más que pudo, el campo visual que le permitían los barrotes no era mucho, y sólo le dejaban ver lo que tenía frente a ella. Apretaba los dientes y estaba considerando seriamente la idea de sujetar las barras y sacudirlas, cuando de pronto…
"¡AAAAH!"
"¡Señorita Phantasos! O supongo que es usted." Le dijo Quetzalcóatl con una linda sonrisa. La serpiente emplumaba se dejó caer de improviso justo al frente de su celda, dándole un susto notable.
"¡¿Tiene que saltar así de improviso?! La Próxima Vez Avise, Que Casi Me Desdoblo del Susto." Ladró Phantasos sujetando su corazón. Por instinto, quiso cubrir su rostro. "Sí, soy yo."
"Retroceda un poco, tengo que abrir esta puerta."
Phantasos hizo lo que le indicaban, mientras Quetzalcóatl mañoseaba con los cerrojos. Detrás del dios pudo distinguir la figura de Quicxic, quien tras huir de Leto había decidido enfrentar a los demás intrusos. El ajawab luchaba cuerpo a cuerpo con Apolo. Cierto, el dios del sol tampoco podía elevar su cosmo, pero eso no lo había detenido de iniciar una lucha con él, sin permitirle usar su desventaja a su favor. Pero todo quedó en nada… al mismo tiempo que el cerrojo cedió, se produjo un silencio espectral. Quetzalcóatl abrió la puerta y dejó salir a Phantasos: ambos pudieron ver la enfurecida figura de Apolo, lleno de golpes y bufando de ira, con la melena de Artemisa bien sujeta en la mano.
Durante la pelea se la había quitado.
"¡Se escapó! ¡El muy maldito se hizo humo y escapó!" Ladró Apolo señalando con furia el lugar en donde segundos antes Quicxic se había estado burlando de él. "¡Miren esto! ¡Es la melena de mi hermana! ¡¿Cómo Se Atrevió El Muy Maldito?!"
"No es momento para quedarse aquí, Apolo." Le dijo Quetzalcóatl. "Puede que Quicxic haya ido por Patán o algún otro de los ajawab. ¡Debemos salir de aquí!"
"¿Y Fantasía?"
"Aquí estoy, y el nombre es Phantasos, señor Apolo."
Apolo le dedicó una fiera mirada a Phantasos por unos momentos, pero la actitud tan nomeimportista de la joven diosa lo tomó por sorpresa. ¡Vaya que se parecía a Hypnos! Se le acercó con cautela y hasta amabilidad por ratos. Phantasos se cruzó de brazos y apartó el rostro, avergonzada de sus facciones, pero no de su actitud. El dios la tomó por el mentón y la obligó a mirarlo, recibiendo una malhumorada mirada.
Vaya. Cada vez que hacía eso con alguna chica (o algún ocasional varón), solía encontrarse con miradas ilusionadas, enamoradas y recatadas, y no tardaba mucho en llevarse a esa persona a la cama. Siempre descubría algo que hacía que su corazón se acelerase al ver un rostro así de ese modo, como si revelaran un secreto arcano listo para que él lo descubriera. No fue así con Phantasos, no hubo mirada ilusionada o enamorada. Tampoco recato, solo se enfrentó a las dos piscinas profundas que tenía por ojos, maravillosos, cuyo color era imposible de describir. Al fondo de ellos vio a la poseedora de una voluntad libre y no sumisa. Eran ojos bellos, que le mostraban un pedacito de alma que pareció llamar a la suya.
Eso le gustó. Un montón.
Perplejo, Apolo la soltó de súbito, parpadeando como si quisiera deshacerse de una visión, aunque no con brusquedad, sino con delicadeza, como si estuviera dejando su lira a un lado. Se fijó entonces en ella… Como que las facciones de Phantasos le parecieron fuera de lugar, no se condecían con su interior. No eran deformidades, eran lesiones que no tenía porqué tener.
"Ja. Si tan fea no soy." Se burló la diosa, cruzándose de brazos.
"No eres fea, para nada. Tienes lindos ojos." Le dijo Apolo, quien en seguida frunció el ceño. "Discúlpame, fui grosero." Le ofreció la mano con más galantería de la esperada, cosa que sorprendió incluso al mismo Apolo. "Te ayudaré a salir de aquí. Ya estás a salvo."
"Gracias, pero… puedo solita, señor Apolo. Solo necesitaba que abrieran la puerta."
"AHEM. Luego se ponen al día los dos con los coqueteos." Les dijo Quetzalcóatl de pronto. "Ya dejen de hacerme sentir como violinista mal pagado y andando, que no me hago más joven. Lo de Patán iba en serio."
Quetzalcóatl les recordó que no tenían todo el tiempo del mundo. El grupo comenzó a correr hacia la salida de aquella Casa de los Murciélagos, con toda la agilidad de la que podían echar mano. A diferencia de Artemisa, Phantasos no estaba adolorida, por lo que moverse con ella fue bastante más fácil. Cuando llegaron a la puerta tuvieron que esperar unos tensos minutos, hasta que por fin pudieron ver a Huitzilopochtli escoltando a Leto y Artemisa. Y solo una vez que el grupo se hubo reunido, salieron del edificio siguiendo la huella de Quetzalcóatl.
Se internaron en la selva de jícaros a paso veloz. En algún punto de aquella huida Apolo tomó a su hermana en los brazos y no la soltó. Por fin Quetzalcóatl se detuvo ante unas rocas y esperó a que el grupo se reuniera. Cuando eso ocurrió, la piedra se abrió a una orden de la serpiente emplumada, revelando un refugio al que no dudaron entrar. Las puertas se cerraron cuando Quetzalcóatl entró.
Una vez dentro, Apolo dejó a Artemisa en el suelo la abrazó con fuerza, siendo a su vez abrazados por Leto. Phantasos y los dioses mexica les dieron su momento y espacio. Tomaron algo de respetuosa distancia.
"¡¿Fuiste a recorrer el París–Dakar, Huitzi, que te tardaste tanto?!" Gruñó Phantasos a medias.
"¡Señito! Me Alegra Verte Con Bien." La saludó Huitzilopochtli muy animoso. "Me tardé un poco, pero me fue inevitable."
"Lo que hiciste fue bastante valiente. Sorprendiste a muchos en casa." Le dijo Quetzalcóatl. "¿Se encuentra bien?"
"Cansada, adolorida, tengo hambre y frío, y necesito un baño caliente." Phantasos se observó las ropas. Era un desastre. "Debí traer mi kamei. ¿Qué es este lugar?"
Era una caverna horadada en la roca, pero no un simple hueco húmedo y asqueroso. Estaba limpio, seco y se veía incluso decente. Quetzalcóatl dio una palmada y se encendió una fogata, revelando un sitio sencillo, pero cómodo. El dios les indicó unos cojines en el suelo, invitándolos a sentarse, cosa que tanto ella como Huitzilopochtli hicieron con bastante agrado.
"No es la primera vez que me infiltro en el Xibalbá a hacer desmadre." Confesó la serpiente emplumada. "Construí este refugio hace siglos. En mi faceta de Kukulcán, logré que estuviera libre de toda influencia de los ajawab. Este lugar es seguro." Explicó con una sonrisa. "Si me disculpan…"
Quetzalcóatl los dejó solo y se acercó a la pequeña familia que se reunía. Algo pareció explicarles a medida que les señalaba otro sector del pequeño refugio, en donde aparecieron algunos biombos. Quizás no era un lugar lleno de lujos, pero sí lleno de comodidades. Allí podrían tomar un breve descanso, recuperar fuerzas e incluso atender sus heridas. Mientras eso ocurría, Phantasos se volteó hacia Huitzilopochtli, quien la miraba travieso, de costado. La diosa le sonrió, e invocando el puñal que le había prestado, lo hizo aparecer en su mano y se lo ofreció por el mango.
"Toma Huitzi. Te lo devuelvo con mi sincero agradecimiento. ¡Me sirvió como no tienes idea!"
"Considéralo un regalo mío, señito." Le dijo Huitzilopochtli con algo de coquetería. Perpleja, Phantasos le miró extrañada.
"¿Un regalo? ¿Por qué?" No obtuvo respuesta, sino un guiño divertido por parte de Huitzilopochtli, quien travieso le ofreció su celular. "No entiendo tu actitud. Explícate."
"Para que llames a tu mamá, señito. Tiene que estar calva de la preocupación."
Phantasos abrió los ojos grandes y puso la sonrisa más amplia del mundo. Iba a comenzar a marcar cuando llamaron su atención.
"¡Phantasos, hija de Hypnos!" Exclamó de pronto Artemisa. La diosa intentó verse severa, y quizás lo logró por unos instantes, pero sus ojos se le llenaron de lágrimas. "Gracias."
Conmovida por la sinceridad de esa simple palabra, Phantasos solo asintió como respuesta.
Bajó la mirada al celular…
… ya quería volver a casa.
Continuará.
Por
Misao–CG
Próximo Capítulo: Mi Vida Contigo
… Touma comenzó a resistir el agarre de Aioria y de su hermana, por lo que tuvieron que contenerlo con más fuerza de la necesaria. Marido y mujer se miraron preocupados: el ángel estaba alteradísimo y los resistía con toda su voluntad, pese a lo debilitado que estaba, sin importarle que sus heridas se reabrieran. ¡Cómo comprendían al pobrecito! En su lugar ellos no estarían mucho mejor. Sin embargo Marín tenía…
Nota Mental: Los dioses mexica llegaron para quedarse. Al menos rescataron a Artemisa y Leto pudo caerle a palos a Quicxic a gusto, aunque el tipo se le escapó. La idea del wiño la dio Shadir, originalmente Leto le pegaba a Quicxic con unos tacones (a falta de chancla). Ahora falta que los angelitos despierten bien y se reúnan con su señora. Y que Zeus haga berrinche porque no le avisaron. También hay que ver en qué queda el ataque al Xibalbá que Hades envió. Aún quedan algunos capítulos por resolver. *EDICIÓN* Olvidé mencionar que esto de desencajar las articulaciones de una persona estuvo inspirado en el capítulo 10 de la octava temporada de Criminal Minds, en donde el ignoto de turno, un tipo MUY perturbado, desencajaba y dislocaba los huesos de sus víctimas para vestirlos y usarlos como marionetas. Por favor, si detectan algún error tipográfico, de ortografía y redacción, me avisan para que lo pueda reparar. ¡GRACIAS POR LEER!
Huitzilopochtli mira con ojos GRAAANDES a Phantasos, Nice, aunque esto deje bien perpleja a la pobre. Al menos el padre de la criatura descubrió a punta de infarto que sí la quiere y bastante: todo el tiempo que le hizo el quite acaba de caerle encima como montaña de ladrillos. Quedó hecho bolsa el pobre. Le entregué la torta a Thanatos, las medicinas y medialunas al inframundo y me comí los panqueques yo sola. Anneke, Paulina y Eo celebraron bastante bien y están roncos, pero el que se burla de Albiore es Aldebarán. ¡GRACIAS POR LEER Y CUÍDATE MUCHO! =D
BRÚJULA CULTURAL
Traída a ustedes gracias a Wikipedia o alguna otra página, según corresponda. En todos los capítulos aparecerá el apartado de los Señores de Xibalbá.
Leto: (en griego antiguo Λητώ) es una de las hijas de los titanes Ceo y Febe y, en el panteón olímpico, madre con Zeus de los mellizos Apolo y Artemisa. Con su hermana Asteria, fue venerada como diosa de la noche y de la luz del día, e individualmente se la veneró como diosa de la maternidad y el recato femenino. Sin embargo, en su condición de titánide, a Leto se la vincula con la esfera del cielo de polo a polo y con la luz que purifica.
Palín: (en mapudungun: palin, 'pelotear') Es una actividad tradicional mapuche con fines religiosos o deportivos que tiene similitud con el hockey y con el juego español de la chueca. Consiste en dos equipos de cinco a quince jugadores cada uno. Cada equipo se distribuye en forma lineal a lo largo de la cancha, debiendo cada jugador (palife, "pelotero") quedar frente a su competidor (kon), con quien medirá su fuerza, habilidad y astucia. Será con quien compartirá la comida después del juego y a quien atenderá como una visita ilustre. Es la manera de fortalecer la relación entre las comunidades.
Los jugadores se disputan una bola de madera llamada pali o fungul bola hecha de cuero con centro de lana, bien apretado. Se utilizan unos bastones de madera conocidos como wiño de madera nativa, con curvatura natural, que pueden ser de boldo, avellano o meli.
El objetivo es llevar esta pelota usando los bastones hacia una meta (tripalwe) que está simbolizada por la línea de fondo del equipo rival obteniendo un punto o tripal. El centro de la cancha está marcado por un hoyo desde donde la pelota es golpeada por el wiño y enviada al lado donde está el equipo propio, quien deberá sacarla de la raya o límite de fondo respectivo. Las maniobras consistían en golpear la bola a ras de suelo o en altura (witrulon), dominar la bola en el aire (malkotun) y el malkokantun que consistía en ir dominando la bola en el aire sin dejarla caer hasta pasársela a otro jugador.
SEÑORES DE XIBALBÁ: También llamados ajawab, son los que rigen en el inframundo en la mitología maya, y son de carácter maligno. Son como siguen:
1. Hun–Camé y Vucub–Camé: Son los gobernantes, los jueces supremos y encargados de señalar sus funciones al resto.
2. Cuchumaquic y Xiquiripat eran los encargados de causar derrames de sangre a los seres humanos.
3. Ahalganá y Ahalpuh tenían como tarea hinchar a los hombres, hacer que las piernas le supuraran y teñirles de amarillo el rostro, a este último padecimiento se le conocía como chuganal.
4. Chamiaholom y Chamiabac eran los alguaciles de Xibalbá y ostentaban como señal de su cargo una vara de hueso; su ocupación consistía en adelgazar a la gente, hasta que no quedaba de ella más que huesos.
5. Ahaltocob y Ahalmez tenían como oficio ocasionar desgracias a los hombres que se dirigían hacia su hogar.
6. Quicxic y Patán eran los responsables de causar la muerte a los que andaban por los caminos, este tipo de fallecimientos se reconocían con facilidad ya que el lugar estaba lleno de la sangre que había vomitado el desafortunado, tras serles estrujados pecho y garganta por estos señores.
