Aiacos se enfrenta a uno de los Señores de Xibalbá en campo abierto y singular combate. El juez no está dispuesto a dejar pasar la oportunidad de descubrir el punto débil del Ajawab, pero… debe cuidarse de las jugarretas. En el Olimpo, Zeus expone su malestar y repudio ante la situación de Artemisa.
¡HOLA A TODOS! A estas alturas, en el Santuario de Athena, los eventos del quinto capítulo del fic Nec Spe, Nec Metu (cuando Afro explora la mente de Gabriela) se están desarrollando. Para referencias a mi estilo y a ciertos aspectos del fic, lean 'Littera Minima' y sus secuelas. Este es un fic oscuro, por eso la clasificación que le doy, aun así los dioses y espectros del Inframundo no dejan de meter las patas. En esta ocasión, sumen 5 años a las edades del canon (sí, hubo cambio de año, recuerden). O si les resulta más fácil y menos complejo, dense una vuelta por el perfil de Ekléctica, donde encontrarán la línea de tiempo oficial: al principio de cada año aparecen las edades.
Un especial agradecimiento a Seika Lerki, Tsuyu Ryu y Ekléctica (El Concilio del Fic), madrinas y lectoras de prueba de este fic, que además de incentivarme y animarme a escribir, aplacaron mis instintos asesinos y varios personajes vivieron para contarlo.
Una recomendación especial, si quieren ver este universo expandido, lean "Madness of Love", de Lady Seika Lerki y el omake "Lo que Sueño de ti" y las adorables miniserie "Familia" y "Futuro" de Ekléctica. Finalmente, "Luz Amatista", de Tsuyu Ryu, es una joya. Las conversaciones que las inspiraron a ellas, de paso me inspiraron a mí para retomar este hábito mío de escribir fanfictions. ¡VAYAN A LEER! =D
Saint Seiya, la trama y sus personajes pertenecen al genialísimo Masami Kurumada y a quienes han pagado por el derecho respectivo. No estoy ganando dinero con esto, nada más entretengo a mi imaginación y le doy más trabajo a mi Musa. D8 ¡NO TENGO FINES DE LUCRO!
ADVERTENCIA.
Clasificación M, porque cada tanto, por culpa casi exclusiva de Minos de Griffin, y ocasionalmente de Hades, hay lenguaje y algunas situaciones sugestivas. Del mismo modo, hay escenas de violencia.
Cualquier coincidencia con la realidad, con situaciones reales y semejanzas con personas vivas o muertas, es una mera coincidencia. Se pide criterio y discreción por parte de los lectores. No me hago responsable de castigos, lesiones, o penas capitales derivados de la lectura de este capítulo. ¡No intenten nada de esto en casa!
Capítulo 18: Campos de Batalla.
Xibalbá. Selva de Jícaros.
15 de mayo. 09:00 horas.
Decir que estaba en líos era algo… redundante. Aiacos estaba metido hasta más arriba de las alas en problemas, pero se lo tomaba con una paciencia que pasmaba, concentradísimo en la tarea que ocupaba su tiempo en aquellos momentos, muy al pendiente de cada movimiento, aunque fuera un pestañeo, que pudiera darle indicios de cómo proceder. Estaba seguro de que podría tener un golpe de suerte. Ahaltocob, uno de los causaban desgracias, trataba de hacer malabares con el juez, quien obviamente no se dejaba.
"¡¿Quieres Quedarte Quieto Para Que Te Pueda Matar, Humano?!" Vociferó el dios, haciendo temblar el suelo con sus golpes y patadas, sin poder atrapar a su presa.
"¡No Es Mi Culpa Que No Puedas Atraparme!" Ladró Aiacos, tras aterrizar sobre una roca. "¡GARUDA FLAP!"
"¡PESTE!"
La columna de espectros que lideraba Aiacos se había separado de las otras dos ni bien llegaron al Xibalbá. Cada una de ellas tenía tres misiones diferentes y para todas Quetzalcóatl había brindado valiosos datos de inteligencia. Minos tenía la misión de atacar las dos primeras casas, la Oscura y la del Frío. Siguiendo una huella distinta, trazada por la serpiente emplumada, Radamanthys y los suyos atacarían las dos siguientes, la de los Jaguares y la de los Murciélagos, sobre todo esta última en caso que la misión de rescate de Artemisa hubiera fallado. Aiacos, siguiendo otro de los caminos que había trazado Quetzalcóatl, tenía la misión de atacar las últimas dos casas, la de los Cuchillos y la del Calor.
Eso sin mencionar que las tres columnas, además, debían atacar objetivos aleatorios a través de la selva, conforme fuera necesario.
Ninguna de las misiones consistía en eliminar a los ajawab, pero si se les presentaba la oportunidad y tenían los medios para atacarlos, pues bienvenido. Lo que se pretendía era descalabrar las bases de operación y producirles la mayor cantidad de daños posible, antes de un ataque a mayor escala, que consideraba la intervención de Hades y varias deidades del Inframundo, junto con Quetzalcóatl y los aliados que consiguiesen.
De alguna manera era como atontarles al enemigo antes que los dioses se ensuciaran las manos.
Esta campaña que había desatado el Inframundo había causado algunas reacciones en los demás reinos de muertos. Del Mictlán miraban con interés, aprovechándose del pánico para extirpar de su reino a los esqueletos de Xibalbá, que varios estragos les estaban causando. No digamos que brincaban de emoción a la hora de unirse al ataque: su único interés era liberar su reino y no emprender campañas a mayor escala. Desde el Helheim y sus regiones adyacentes hubo mayor interés, pero solo se dedicaron a reforzar fronteras. En otros reinos del más allá, como el Uku Pacha inca, el Naraka budista o el Yoni sintoísta hacían apuestas sobre el probable ganador y lo insoportable que estarían luego del triunfo.
Era como un mundial de fútbol, pero sin fútbol, en versión guerra de reinos de muertos.
A Hades le dio igual no contar con ayuda de aquellos reinos, pues confiaba en las capacidades de sus espectros. Ya se aseguraría de cobrarles sentimientos durante la siguiente cumbre diplomática de reino de muertos y de estar particularmente insufrible. Eso sí, para la segunda fase de la ofensiva, cuando intervinieran las deidades, esperaba contar con la ayuda de Zeus y Apolo, quienes ya habían aceptado la invitación de dejar caer su ira sobre el Xibalbá.
"¡MUÉRETE BAZOFIA CON PLUMAS!"
Ahaltocob blandió su espada por encima de la cabeza y atacó a Aiacos, quien aprovechó para golpear el estómago expuesto del dios. Golpear a la deidad era en extremo difícil y peligroso, cada golpe se devolvía multiplicado por tres y solo enojaba más y más a la deidad en cuestión. Aiacos cayó al suelo y se pegó una buena arrastrada. Fue como si le hubiera caído una descarga de unos diez mil voltios, pero no se dejó derrotar. Pese a las protestas de sus músculos, se puso de pie en una agresiva posición de ataque y embistió a su enemigo con la agresividad de una serpiente, trenzándose con él en una sinfonía de golpes que Ahaltocob no apreció para nada. ¿Cómo osaba esta peste humana a atacar a una deidad? Comenzaba a cansarse. ¡Tenía que acabar cuanto antes con este combate! Eliminar, pero YA, al humano este.
"¡BASURA INSOLENTE!"
Tenía una pregunta más importante… ¿Cómo es que el humanito era capaz siquiera de ponerlo en problemas?
"Me tomo a pecho las ofensas a mi señor Hades. ¡PAGARÁS!" Siseó Aiacos.
"¡NO! TÚ PAGARÁS."
Ahaltocob comenzaba a echar en falta a su colega Ahalmez, quien en esos momentos intentaba mantener una posición dentro del Mictlán sin mucho éxito. En honor a la verdad los ajawab no se habían esperado que Hades, quien hasta ese momento había mantenido posiciones defensivas, iniciara un ataque a gran escala contra sus territorios, por lo que no todos se encontraban en el Xibalbá. Y la fuerza de este juez y su columna comenzaba a preocuparlo.
Tanto él como la columna del juez de Garuda se habían encontrado a medio camino hacia el interior de la selva, mientras Aiacos marchaba rumbo a la Casa de los Cuchillos y él al Inframundo, con destino a las profundidades del Cocytos. Apenas intercambiaron palabras y sus fuerzas no tardaron en trenzarse a golpes.
"¡LARGO DE MI CAMINO!"
"¡LARGO TÚ DEL MIO!"
Chocaron nuevamente y aterrizaron nuevos golpes. Las descargas de cosmo resonaban por doquier. Los demás espectros daban cuenta de las calaveras y los esqueletos. La lucha era encarnizada y Ahaltocob comenzaba a asustarse. No quería inflamar mucho más su cosmo, eso revelaría su principal debilidad. ¡Debía evitarlo!, pero huir tampoco era una posibilidad. ¿A dónde iría? Le darían caza y no le darían la oportunidad para recuperar su energía cósmica. Se suponía que con un par de veces habría derrotado al humano, pero Aiacos no parecía vencido. Entrecerró los ojos: si iba a destruirlo, tendría que hacerlo ahora. O corría el riesgo de exponer su punto débil…
Ahaltocob inflamó su cosmo y sujetó a Aiacos del brazo, dislocándoselo en el proceso. Lo lanzó contra unos árboles, que cedieron ante el porrazo, y lanzó un fuerte golpe de energía, que casi lo mató. Dos espectros intervinieron en la pelea para darle tiempo a ponerse de pie… cosa que le costó, pero de porfiado lo consiguió.
El juez de Garuda se puso de pie, todo su cuerpo protestaba. Sangraba por la boca y podía sentir los cortes bajo su sapuri, pero sonrió macabro al tiempo que él mismo regresaba su hombro a su posición normal. Ahaltocob jadeaba agotado; lo miraba fierísimo, cierto, pero estaba exhausto, o eso parecía. Aiacos entrecerró los ojos… algo llamaba su atención en la manera en que los ajawab inflamaban su cosmo. Eran dioses, sin duda, pero algo había oculto, un instante tan ínfimo, pero lleno de oportunidad… era un instante que solo ocurría justo después de combustionar todo el cosmo, pero…
"¡PRÉSTAME ATENCIÓN, 'JOEP***!"
Aquél descuido fue todo lo que necesitó aquél señor de Xibalbá para caerle por sorpresa con todo. Aiacos quedó a merced de Ahaltocob durante varios minutos sin poder defenderse. Esa mera distracción le costó cara, pero no estuvo indefenso mucho tiempo. Como pudo comenzó a devolver los golpes y a protegerse de la ira del dios. El resto de sus tropas se enfrentaban a los esqueletos y calaveras, pero pudo ver por el rabillo del ojo que los espectros que le habían dado tiempo hacia unos instantes para levantarse, luego que lo hubieran arrojado por los aires, yacían muertos a un costado del camino.
¡Vengaría Sus Muertes!
"¡LA REMIL QUE TE PARIÓ!"
Aiacos hizo arder su cosmo, lanzando golpes de energía y puños con renovados bríos. Tomado por sorpresa (pues no se esperaba esta reacción después de la golpiza que le había estado dando) Ahaltocob tuvo que dedicarse a bloquear los golpes. En teoría, el dios debería haber inflamado su cosmo en respuesta al ataque del juez, pero si lo hizo, solo fue a cortos intervalos poderosos (no se engañen), pero tenía esa ventana…
… ese descanso… ¡No! Ese instante…
… Ese ínfimo segundo…
Aiacos abrió los ojos como platos al notarlo. ¡Los señores de Xibalbá podían morir! Eso era de público conocimiento. Eran dioses, cierto, pero… ¡Tenían Cosmo Limitado! ¡No podían usarlo por periodos extendidos y eran vulnerables por un segundo luego que lo inflamasen! Parecía que no podían regenerarlo a la misma velocidad que los olímpicos, necesitaban más tiempo para recuperar su fuerza. Era como si se les apagara la inmortalidad en ese instante. Si podía aterrizarles un golpe letal, podría vencerlos quizás para siempre.
¡Por Eso Los Ataques al Inframundo Eran Breves! No podían durar mucho o hubieran dejado en evidencia su única debilidad. ¡Ya sabía como matarlos!: debía atacar justo en el preciso momento en que se les apagase el cosmo.
"¡VAS A MORIR!" Gruñó Aiacos al bloquear un golpe, con esa sonrisa en su rostro que rayaba en el sadismo, y que delataba que había descubierto su debilidad. "¡Ya Sé Como Matarte!"
Cierto, la máscara contra contaminantes que usaba la ocultaba, pero sus ojos reflejaban su emoción demasiado bien. Tuvo la precaución de avisar a la cosmonet sus descubrimientos, llamando la atención sobre todo de los otros dos jueces.
Ahaltocob se dio cuenta en el acto. Palideció por instantes, sintiendo como lo dominaba el miedo… pero tras apretar las mandíbulas, contratacó como nunca. Hizo crecer sus uñas, que se tornaron de un enfermizo color verde brillante y, dando un poderoso e imprevisto manotazo en el costado derecho del juez (tan fuerte que atravesó el sapuri), se las clavó bajo la piel. Aiacos casi entró en pánico al sentir como alguna sustancia se le inyectaba en el organismo… una droga fuerte, en dosis insanas, a la que su sistema era demasiado sensible y que absorbió de inmediato.
"NO. Yo sé cómo matarte a ti… ¡Drogadicto!"
Ahaltocob soltó a Aiacos cuando éste, en una contorsión feroz, lanzó un puñetazo con el gancho izquierdo y se arrancó la garra que el ajawab le había clavado en el costado. Lamentablemente fue muy tarde: de inmediato sintió los efectos de la droga y su cuerpo se rindió ante ellos sin que pudiera evitarlo o resistirlo. Aiacos intentó por todos los medios mantenerse lúcido. Estos eran síntomas que llevaba casi doce años sin sentir: nuevamente le abrumaron los sentidos y no fue dueño de su cuerpo, el que comenzó a convulsionar violentamente. Ahaltocob, sin perder más tiempo (estaba cansado y muy vulnerable) y aprovechando que su enemigo estaba a su merced y sin poder defenderse, levantó en alto su espada por sobre su cabeza y la dejó caer sobre el ahora expuesto juez.
¡CLAAAANG!
"¡NO!"
La espada fue detenida y de un golpe le fue arrebatada de sus manos; acto seguido fue víctima de una paliza que no se esperaba. Ahaltocob fue embestido de súbito y con particular fuerza por un enemigo imprevisto, que plantó los pies entre él y el juez de Garuda, quien jadeaba por aire en el suelo, sudado y con frío, pero aún belicoso: intentaba levantarse, seguir atacando aunque los efectos de la droga inyectada directo en su torrente sanguíneo comenzara a causar estragos terribles. El señor de Xibalbá se incorporó, asustado, pero feroz, buscando a su nuevo adversario…
Err… bueno. AdversariA mejor dicho: Violate de Behemoth, Estrella Celeste de la Soledad, no parecía feliz.
En lo más mínimo.
Monte Olimpo. Estancias de Leto.
15 de mayo. 9:34 horas.
Leto terminó de arropar a su hija en una habitación contigua a la suya, y que Artemisa solía usar cuando decidía quedarse en las estancias olímpicas de su mamá. Era la misma que había utilizado de muchacha. La diosa de la caza por fin dormía profundo, gracias a los calmantes que le había dado Apolo. Leto dejó su wiño junto a la mesita de noche (bien que le había servido ese bastón de madera) se sentó a su lado, mientras le acariciaba la cabeza. Ahora que tenía el cabello más corto, se le habían rizado varios mechones. ¡Cómo había protestado su hija el haber venido al Olimpo casi de inmediato! También discutió el uso de los calmantes: lo que Artemisa quería era ir a darle una lección en el acto a Quicxic, más cuando notó que recuperaba el uso de su cosmo, aprovechando que Hades había desatado la ira del Inframundo sobre el Xibalbá. Usaron aquella instancia para escapar.
¡Su pobre hijita! Esos degenerados no habían logrado quebrar su espíritu, pero estuvieron a punto, dejándola muy frágil y susceptible. Artemisa seguía siendo una guerrera, una mujer ruda, pero… casi la habían destruido.
Leto todavía tenía puesto su kamei y no quería dejar el lado de su hija. Suspiró con ternura y, al tiempo que seguía con sus caricias, la abrazó con el cosmo. Iba a necesitar mucho apoyo a partir de ahora, pero sabía que lo lograría. Si había mortales capaces de superar una violación, incluso algunas tan o más horribles como la que había sufrido su hija, Artemisa también lo haría. Si hasta tenía la voluntad de hacerlo.
Incluso de lidiar con las consecuencias.
Apolo estaba lívido de ira, lo mismo Zeus. Ella no estaba mucho mejor, ¡¿Cómo se habían atrevido a ponerle las manazas encima a su hija?! ¿A imponerle tal cosa y disponer de ella como si fuera un juguete? Durante el breve descanso que tuvo el grupo en aquél refugio, su hijo había aprovechado de examinar a su hermana. Artemisa protestó que no había nada que ver, que la habían violado y que no quería saber más de eso. Que la dejara en paz con su vergüenza y que se metiera el examen por donde el sol no brillaba. Costó tranquilizarla, hacerle entender que era necesario ver qué daños tenía. Pese a la justa histeria, negativa y recelo, Artemisa accedió… las aprensiones de Apolo tenían fundamento: necesitaba saber qué tanto la había herido para poder sanarla y quizás atajar otros efectos secundarios… ¡NI SE TE OCURRA!, le había gruñido Artemisa, decidida y furiosa, pateándolo y cerrando las piernas cuando quiso ahondar el examen.
Apolo no se lo tomó a bien. Menos cuando notó que algo extra crecía en su hermana.
Todo rastro de los ajawab debía ser eliminado, arrancado de las entrañas. Esa cosa era un mal recuerdo de un horrible sacrilegio, no merecía la existencia: tenían que fulminarlo. Cuando le dijo eso a su melliza, ésta no pareció entenderlo. Evadió los hechos y los negó, ¡No puede ser!, dijo. ¡Imposible!, repitió. Por supuesto que había sido una posibilidad, pero Artemisa simplemente no quería pensar en aquello y se negó a cualquier procedimiento que provocase la eliminación de algo en lo que no quería pensar, por sencillo que fuese. Apolo por un lado la comprendió, era demasiado pronto y su horrible cautiverio estaba demasiado fresco en la memoria, ya habría tiempo después, pero honestamente creía que su hermana no le había tomado el peso al asunto. Cuando realmente cayera en cuenta, quizás cambiaría de opinión y lo dejaría actuar.
Leto suspiró: aunque accediera a un procedimiento así… era virtualmente inútil cualquier intento destinado a aniquilar a la criatura. A diferencia de las mortales, una vez que un dios olímpico empezaba a existir, ya no había vuelta a menos que Zeus lo fulminara con el keraunos.
Dionisos era el mejor ejemplo de ello, y eso que había comenzado su vida siendo un semidiós. Sobrevivió a la pira en la que se convirtió su madre Sémele cuando Zeus se le manifestó en toda su eléctrica gloria. El padre de los dioses lo rescató de entre las cenizas en estado embrionario y cosió el saco amniótico en su muslo para permitirle llegar a término. Nació a su debido tiempo y sin problemas, sano y muy gordito.
Leto sacudió la cabeza y se levantó. Se aseguró que Artemisa durmiera cómoda y tras arroparla mejor, le besó la frente. Se quitó el kamei y se dispuso a salir de la habitación, deteniéndose unos instantes al notar una aterrada conciencia cerca, que se mantenía cerca de su hija y que intentaba ocultarse de ella. Miró hacia atrás por encima del hombro y no pudo evitar que los labios le temblasen, percibir tal cosa le rompió el corazón. El pequeño estaba aterrado: era como si tuviera muy claro que su existencia había brotado de un acto de particular vileza, y que a partir de ahora, todos querrían eliminarla, de la forma más dolorosa posible.
La titánide tenía un enorme conflicto en el corazón… apoyaría la decisión de su hija, pero mientras no lo supiese a ciencia cierta, se mantendría al margen. Salió de la habitación y se dirigió a paso calmado hasta la sala, en donde había una pequeña asamblea de dioses. Zeus descruzó los brazos al verla llegar, atento, al igual que Hera, cuya presencia la ponía nerviosa (se estaba portando demasiado considerada con ella y eso alteraba sus nervios). Apolo se veía severo y sus facciones se encontraban fijas en un rictus de ira. Athena, quien había subido al Olimpo ni bien supo que habían encontrado a su hermana, se mordió los labios, muy inquieta. Quetzalcóatl, quien sujetaba la mano de Hestia, observaba con atención todo, escuchando cada tanto las explicaciones de la diosa del hogar y el fuego.
"Misi duerme por fin, espero que tranquila." Explicó Leto. "No quisiera que la abrumásemos mucho. Está sensible… y todavía no le decimos lo de sus ángeles."
"Por mí que esos malditos se mueran, no fueron capaces de proteger a Artemisa." Gruñó Zeus, cruzándose de brazos de nuevo. "¡Solo tenían un trabajo! ¿Y qué hacen? Fallan."
"No seas tan duro, papá." Reclamó Athena preocupada, aunque entendía que Zeus estuviera molesto. "Hicieron lo que pudieron."
"¡Sí, cómo no!" Zeus miró a Leto a los ojos. "¿Cuándo crees que despierte? Quisiera hablar con ella…" añadió con un tono de voz más suave, más paternal.
"Quizás más tarde si es que ella quiere. ¿Qué les dijo Apolo?"
"Lo que se me permite, mamá, nada más. Que esos monstruos violaron a mi hermana y que podría haber consecuencias. ¡Y que no me dejó deshacerme de esa cosa!"
"Hay que ser bien cobarde para descargar la ira de esa manera." Opinó Quetzalcóatl, entrecerrando los ojos.
"¡No te metas, plumerito!"
"Artemisa no está pensando bien, todavía está en shock. No querrá tener nada que ver con esa cosa dentro cuando se dé cuenta de lo que pasa. ¡Rompe su Voto!" Reclamó Apolo lleno de celos.
"¡No Rompe Su Voto de Castidad!" Dijo Athena, alzando la voz. "Si conozco a Artemisa, puedo apostar que se defendió con todo lo que tenía. Además… ese voto lo pronunció a los tres años: era menor de edad, nunca fue válido, por más que lo haya defendido toda su vida… legalmente no hay consecuencias." La diosa apretó las manos nerviosa. "No es culpa de mi hermana lo que le pasó… o… o de…"
"De Todos Modos No Quiero Que Existan Las Consecuencias. ¡No quiero nada de Xibalbá en el Olimpo! Artemisa tendrá que entender eso." Insistió Zeus, con voz grave. "Y aunque no lo entienda, qué pena: de todos modos debe desaparecer." Añadió decidido.
"Esa es una decisión de tu hija, Zeus. Ella es quien determina lo que pasa o no con su cuerpo." Gruñó de pronto Hera, con el ceño bien fruncido. La diosa se irguió en toda su altura. "En esto estoy del lado de Artemisa, la apoyaré en la decisión que tome y no permitiré que ninguno de ustedes se tome atribuciones que no les corresponden, mientras la misma Artemisa no puede opinar. ¡Hasta puede que ni siquiera haya consecuencias!"
"Sí las hay." Confirmó Apolo con voz lúgubre.
"¡Entonces Es Decisión De Artemisa Y No De Ustedes!" Exclamó la diosa. "¡Ella sabrá lo que hace! ¡JA! Encima hablan como si pudieran eliminar a un olímpico así tan fácil, cuando saben que eso no es posible."
"¡¿Hera?!" Exclamaron sorprendidas Athena y Leto al mismo tiempo. Hestia, quien siempre se mantenía al margen de las discusiones, parpadeaba curiosa y perpleja.
"Me importa un comino, Hera." Gesticuló Zeus con los brazos. "No quiero esa cosa en el Olimpo y la fulminaré con el Keraunos allí donde la vea."
"En esto apoyo a mi padre." Afirmó Apolo. "Esa cosa es mestiza, puede morir igual que el asqueroso de su padre y ciertamente si Zeus no lo elimina, lo haré yo. Eso es una mancha en el honor de la familia y del Olimpo entero: No La Voy A Tolerar."
"¡No Puedo Creer Que Estén Más Preocupados del Honor Familiar que de la Señorita Artemisa!" Exclamó Quetzalcóatl escandalizado. "No es el momento para esa discusión, ella necesita apoyo, no planes de muerte." El dios pateó el suelo.
"Sigue sin ser decisión de ustedes. Que sea lo que Artemisa quiera, pero no se le pueden negar las opciones. También me pongo de su lado." Añadió Athena muy segura de lo que hacía. Incluso comenzaba a considerar la posibilidad de darle asilo en su Santuario si las cosas se ponían muy difíciles para ella en el Olimpo.
"¡BASTA! Todo esto puede esperar. Creí que estaban aquí para saber el estado de mi hija." Protestó Leto muy autoritaria. "Duerme, pasó por mucho y está agotada. ¡No derrotada! Es una luchadora, pero casi quebraron su espíritu. Por favor… estas discusiones dejémoslas para otra ocasión."
"No hay nada que discutir, Leto." Siseó Zeus. "Dije que no quiero nada del Xibalbá en el Olimpo." El padre de los dioses suspiró triste. "Tendré que conversar con la niña para avisarle y que no se estrese de sobra. Mientras antes ocurra, mejor."
"No le nieguen las opciones." Dijo Athena con tristeza. "Que ella tome la decisión."
"Esto ha sido demasiado para ella, no va a pensar bien." Explicó Zeus, volviéndose a su hija favorita. "Quien toma esta decisión soy yo, lechucita: haría lo mismo por ti."
"Zeus ha hablado." Apoyó Apolo. Las diosas presentes se agitaron incómodas. Quetzalcóatl agitó las plumas de su tocado: estaba muy molesto.
"Sugiero primero apoyar a la señorita Artemisa y que no la subestimen. Una mujer suele sacar fuerzas de flaqueza, más si se siente apoyada por su familia. No he tenido el gusto de hablar con ella, pero ciertamente tiene mi apoyo…"
"No te metas, Plumero…"
"… e independiente de que seas su padre, Zeus, no tienes derecho a tomar esas decisiones o de imponer lo que se te antoja en las vidas de otros. Lo que Artemisa decida libre y voluntariamente, para bien o para mal, cuenta con mi apoyo…" Quetzalcóatl entrecerró los ojos. "Y con mi protección. Ambos y por igual."
"¿Qué te metes, Alimaña con plumas?" Zeus avanzó hasta Quetzalcóatl. "¡¿Cómo Permites que algo así exista?! Es una aberración. ¿Qué pasa por esa cabeza tuya? Han vulnerado el honor del Olimpo y el mío. Mi hija…"
"…no tiene la culpa, ni ella ni el niño." Interrumpió Quetzalcóatl con presteza. "Zeus, descarga esa ira contra los señores de Xibalbá, no contra tu familia."
Zeus apretó los dientes y el aire se puso picante casi en el acto. Los cabellos de todos los presentes se llenaron de estática y el enojado cosmo del padre de los dioses dio algunos chispazos bastante peligrosos. Quetzalcóatl engrifó las plumas y no retrocedió, ni en presencia ni en poder. Athena se aferró a su báculo y asumió una posición defensiva; Hera se tapó la boca y retrocedió un paso. Apolo estiró el brazo hacia su madre y comenzó a empujarla hacia atrás. Hestia hinchó el pecho e intervino con decisión, plantándose al medio de ambos, retándolos con la mirada a que la desafiaran.
Nunca, en toda la historia de los dioses, Hestia había interferido en una pelea. La sorpresa detuvo a las dos deidades en seco.
"¡Zeus, Quetzalcóatl! ¡No Es El Momento Ni El Lugar!" Hestia los hizo retroceder a los dos. "¡Calma dije!"
"Zeus, nos dejas en vergüenza." Gruñó Hera, dando un paso adelante y sujetando a su esposo por el brazo, apoyando a su hermana y muy severa. Athena asintió con la cabeza: su gris y amable mirada se detuvo en los ojos de su padre.
"Por favor papá…" le pidió con un puchero irresistible.
"¡Yo Digo Que Lo Desplumes, Papá!"
"¡Apolo!" Advirtió Leto muy severa. "Sin postre por el resto del año por azuzar a tu padre."
"¡Pero Mamá!"
"Me retiro." Dijo Quetzalcóatl, no de buen humor. "Señora Leto, le pido excusas por mi comportamiento. Si las señoras me disculpan…"
Quetzalcóatl se volvió hacia Hestia, tomó su mano y al tiempo que se la besaba, le murmuró algo solo para sus oídos. Le hizo una seña a las demás diosas y tras mirar feo a Zeus una última vez (aunque manteniendo al mismo tiempo una diplomática cortesía), se retiró. El padre de los dioses se cruzó de brazos y bufó, llamando la atención de Hestia.
"¡No Puedo Creer Que Te Guste Ese Plumero Escamoso!" Le reclamó una vez que la serpiente emplumada se hubo retirado. "¡Habiendo tanto dios soltero en el Olimpo, vas y te fijas en extranjeros! ¿Acaso son las plumas?"
"No recuerdo haber pedido tu opinión, hermanito." Chistó Hestia, quien caminó hasta Leto. "Vendré en otra ocasión. Disculpa el mal rato. Con permiso de todos." La diosa, elegante, hizo abandono del lugar.
"No te preocupes, Hestia querida. Gracias por venir."
Leto suspiró apenada: por lo visto se avecinaban días de tensa convivencia familiar, y eso que Artemisa ni siquiera despertaba. ¿Sabría su hija de las consecuencias de su estancia en Xibalbá? Suponía que sí, no era ninguna tonta como para no imaginárselo al menos. ¿Y ahora qué hacía con ella?: ¡Tampoco sabía de la suerte de sus ángeles! Le preocupaba especialmente cuando supiera de Touma. ¡Eso bien podría terminar de derrumbarla!… ¿O acaso la estaba subestimando? Cruzó miradas con Hera, quien seguía con su porte altivo y elegante, pero sorprendentemente de su lado, y luego con Athena, llena de amable empatía. Zeus y Apolo estaban demasiado ofuscados y se notaba que hervían de furia: esto iba a culminar en un desastre.
"¿Alguien quiere té?" Preguntó la titánide, mientras percibía al fondo del corredor aquella aterrada conciencia, que temía por su vida.
Nadie aceptó.
Xibalbá. Selva de Jícaros.
En esos momentos, de regreso en la pelea.
Ahaltocob retrocedió un paso al ver a Violate. No es que la conociera de antemano, pero sí la había visto en el campo de batalla. Además, a diferencia de él, estaba fresca y reposada como para entrar en el combate, y no se la veía feliz. Una mujer furiosa no tenía nada que envidiarle a las profundidades del Tártaro. Algunos espectros se distrajeron de sus propios combates y se acercaron a Aiacos, a quien comenzaron a retirar de allí. No obstante, el juez de Garuda sujetó por breves momentos el tobillo de su ala derecha, con quien cruzó una fugaz mirada y antes de perder la sobriedad por completo, le dijo algo por la cosmonet. Supo que Violate le había entendido al verla asentir y entrecerrar los ojos, fijando la mirada en su presa. En ese momento el juez de Garuda se permitió colapsar.
Ahaltocob tragó saliva. Supo exactamente qué le dijo Aiacos a Violate: reveló su punto débil.
"Gracias, señor Aiacos." Murmuró Violate con una sonrisa. "Yo me encargo a partir de ahora."
"¿Encargarte de qué, por favor? ¡Eres solo una mu…!"
"¡BRUTAL REAL!"
Todo el piso tembló y la energía se canalizó directo a Ahaltocob, quien fue arrastrado varios metros al ser pillado con la guardia baja. No pocos esqueletos corrieron la misma suerte y saltaron por los aires a medida que los espectros acababan con ellos. Violate no perdió tiempo y embistió al ajawab con furia: ambos se sujetaron por las manos y comenzaron a medir voluntades, lo que provocó el pánico del dios al notar que su propia fuerza (debido a que no había tenido tiempo de recuperarse) no le duraría mucho más, y Violate… apenas estaba prendiendo motores. ¡Y Sabía Su Debilidad!
"¡BASTA, PLAGAS!"
"¡Basta Tu Abuela, Basura!"
Violate comenzó a golpear con todo su ímpetu a Ahaltocob, intentando provocar por todos los medios que el tipo encendiera su cosmo al tope de su fuerza, y así poder comprobar la teoría de Aiacos, quien por medio de la cosmonet y en los finales momentos de lucidez le transmitiese la idea de que, por un escaso segundo tras la inflamación del cosmo divino y malévolo, tendría una oportunidad de darle un golpe de muerte.
Estos no eran dioses olímpicos, sino mayas. Podían morir y revivir, pero si destruían sus cuerpos, nunca revivirían. De hecho, toda esta guerra se había iniciado por el afán de los Señores de Xibalbá por traer de vuelta a la vida a sus líderes, Hun–Camé y Vucub–Camé.
Violate estaba segura que podría aguantar la airada explosión del cosmo divino. ¡Lo sabía! De lo que no tenía tanta certeza era si sería capaz de desatar sus propias técnicas contra Ahaltocob a tiempo para aprovechar ese instante. Sus puños cortaron el aire, sus piernas dieron patadas, las rodillas, sus talones, incluso sus uñas. Toda ella era un arma y estaba empeñada en atacar al cansado ajawab. Ahaltocob había perdido la paciencia: se quería ir de allí, volver hacia la Casa del Calor a recuperar fuerza, si se quedaba allí, quedaría a merced de esta insignificante humana. Bloqueaba sus golpes, sus embistes, así como asestaba sus propios ataques. Lejos de dejarse dominar por el miedo, Violate no lloraba sino que se hacía cargo de la pelea. Logró darle una patada en la entrepierna a la deidad, y esta cayó de hinojos. Se puso en posición de batalla, presta a darle un golpe que lo enojara…
… miró de reojo, hacia un costado.
Aiacos parecía tener convulsiones. Dos espectros trataban de contenerlo, sin éxito. Habían tenido que quitarle parte de la armadura.
Se le apretó el corazón, la garganta se le atenazó en un nudo. ¡Su Señor Aiacos! Llevaba tantos años sobrio, ¿cómo lo atacaban de esa manera tan cobarde? Era una bajeza que no tenía similar y… podría morir. No pocos espectros habían muerto por las malditas sobredosis durante esa guerra, mientras trataban de desintoxicar sus sistemas tras las batallas. ¡El señor Aiacos era más vulnerable que todos ellos, aunque fuera más fuerte!
Aiacos no se podía morir. ¿Qué le iba a decir a Benito? ¿Qué se supone que haría ella? Llevaba tanto tiempo sin hablar con él, sin compartir. ¡Cómo le dolía su ausencia! Entrenar con él, estar cerca suyo… la última vez que habían hablado, estaban enojados. Ella había decidido no hablarle más, no verlo ni acercarse ni ser su amiga. ¿Y si de verdad Aiacos desaparecía de su vida? No… eso no. ¡No!
Ahaltocob la atacó burlón.
"¿Distraída, mujer?"
Violate lo bloqueó, cuatro puñetazos, un rodillazo, dos bofetones, una llave y una dolorosa contorsión del brazo. Ambos no se dejaron vencer ni de atacarse. Ahaltocob atacaba cada vez más desesperado por terminar el combate, Violate cada vez más sorprendida de lo mucho que había descendido el poder del dios. Perdía fuerza. ¡Por Esto Nunca Atacaban Por Tanto Tiempo!
"¡¿Qué clase de deidad patética eres?!" Le preguntó Violate casi con asco.
"¡MUERE, MUJER!"
Ahaltocob reunió toda su fuerza y lanzó un ataque contra Violate, haciendo inflamar su cosmo. La espectro casi sonrió de gusto encendiendo su propio cosmo. Aguantó el embate de aquél ataque con bastante dignidad, pero al mismo tiempo tratando de reunir la fuerza para contratacar en el momento adecuado y…
"¡BRUTAL REAL!"
"¡GRAN PRECAUCIÓN!"
… Al mismo tiempo que la técnica de Violate golpeó a Ahaltocob en aquél vital segundo, Radamanthys apareció de la nada y atacó al mismo tiempo. El ajawab se sintió como arrojado de su propio centro por fuerzas opuestas que le licuaron las tripas. Las técnicas con las que lo atacaron le dieron en el peor momento posible, en su punto más vulnerable. La energía le llegó hasta a los átomos y aniquiló su mera existencia. Un profundo grito de dolor sacudió la selva entera y, tras una potente explosión, Ahaltocob fue aniquilado. Nadie en el Xibalbá quedó indiferente.
Así desaparecía uno de los que provocaban desgracias a los hombres.
Y con la brillante onda expansiva de aquella explosión, los espectros también fueron arrastrados y parecieron perderse.
Inframundo. Giudecca, Palacio de Hades.
15 de mayo. 09:42 horas.
"¡PHANTASOS!"
Se produjo una pequeña estampida justo en la entrada del palacio. Pasitea echó a correr con los brazos hacia delante, hacia su hija, quien había aparecido por el camino no hacía media hora. Hades, quien seguía en su guardia, la vio en la lejanía y fue el primero en recibirla. La diosa venía acompañada por Huitzilopochtli quien, fiel a su promesa, escoltaba a Phantasos de regreso a casa. Tras saludarla con bastante cariño y expresarle alivio por verla de regreso y con bien, los dejó seguir su camino en lo que él retomaba la guardia.
La joven diosa nuevamente tenía su ilusión sobre la cara, alcanzó a estirarse las ropas en un intento por verse más decente (tanto trajín no había sido amable con su ropa), antes de que Pasitea la abrazara como si la vida se le fuera en eso. Junto con su madre, Oneiros e Icelos se unieron al abrazo.
"¡Mamá! Estoy bien, no te preocupes, ¡no es para tanto!"
"¡Deja Que Te Mire La Cara!"
"¡Mamá!"
"¿Estás Bien? ¿Pudiste Defenderte?" Preguntó Oneiros consternadísimo. "¡Hueles Horrible!
"¡Argh! ¡Tú Hueles Peor en Un Buen Día!" Reclamó Phantasos. La diosa intentó quitarse de encima a Pasitea. "¡Mamá! En Serio Estoy Bien. ¡Deja de Peinarme!"
"¡¿Te hicieron algo?! ¡Mírate como te dejaron!" Icelos sacó una manta de algún lado y la cubrió con ella. "¿Tienes frío?"
"No te ha dado fiebre, ¿verdad?" Insistió Pasitea, mientras luchaba contra los manoteos de su hija. "¡Nos tenías con el corazón en un hilo!"
Phantasos pareció resignarse al abrumador amor de su familia. Se sopló el flequillo al tiempo que su madre hacía pucheros y optó por dejarse querer. Huitzilopochtli guardó una respetuosa y divertida distancia en lo que la familia se reunía. Suspiró melancólico… no tenía hermanos. Err… bueno, todavía tenía unos pocos y a su hermana, pero no iba a hablar de ellos. Era un tema delicado. Quizás esta distancia que mantuvo fue la que le permitió notar la llegada de Hypnos, siendo ayudado por su hijo Morfeo: ambos intentaban ser todo lo dignos que podían, dadas las circunstancias. No sabía bien quienes eran, pero evidentemente eran parientes… y podría apostar su lanza favorita que el que tenía aspecto enfermo era el padre de Phantasos. ¡Eran Muy Parecidos!"
"Mamáaaa, en serio, estoy bien, no me pasó nada. ¿Es que no me crees?" Phantasos sujetó las manos de Pasitea. "¿O no crees que pueda defenderme?"
"Hijita mía… ¿Estás segura que no te hicieron daño?"
"Estoy intacta…" Phantasos ladeó a cabeza e intercambió una mirada fugaz con Huitzilopochtli, quien se encogió de hombros. "¿Por qué la pregunta?"
"Vinieron los de Xibalbá: nos dijeron que te habían atrapado y hecho mucho daño. Que te habían partido a la mitad…" Explicó Oneiros con voz quedita. Phantasos levantó una ceja.
"¿Le creyeron a un embustero de esa calaña?" Intervino de pronto Huitzilopochtli a desgano. "O todos ustedes son muy ingenuos o muy aprensivos. ¡Además les dije que le había pasado uno de mis puñales!"
"¿Y el azulito quién es?" Gruñó Icelos, de pronto muy celoso.
"Señor Huitzilopochtli…" Pasitea soltó a su hija y avanzó hasta el dios mexica. Huitzilopochtli le tomó las manos, muy atento. "Cumplió su palabra, me trajo a mi niña…"
"Permítame decirle, señora, que usted parece la hermana menor de su hija." El dios le sonrió travieso. Pasitea ladeó la cabeza enternecida: el tipo le cayó bien. "Para mí fue un gusto."
"¡Mamá!" Reclamó Phantasos. La diosa resopló. "¡No puedo creer que todavía piensen que no me sé defender!"
"Nos preocupamos." Le dijo Morfeo de pronto, abrazándola. "Nos comía la angustia por no saber nada." En seguida le dio un zape. "¡¿Y El Powerbank Para El Celular Que Te Regalé?!"
En ese momento, antes que Phantasos pudiera responder, Hypnos, pálido como un ratón de molino, se abrió paso. Se veía cansadísimo, como si hubiera sufrido una horrible paliza. Phantasos se sorprendió un montón y tendió a retroceder cuando lo vio. No recordaba la última vez que había visto a su padre en esas condiciones. Lucía enfermo, como cuando ella se resfriaba, lo que la angustió sobremanera. Hypnos le puso las manos sobre los hombros, las dos, y la miró con honesto alivio, sin atinar a decirle nada. Phantasos se anduvo asustando. ¿Acaso se iría a morir? ¿En serio Hypnos se le había acercado así? No lo notaba agresivo, sino aliviado de verdad de verla. ¿Estaba alucinando acaso?
"¿Señor Hypnos?"
Sin responderle, Hypnos le pasó el pulgar por la frente, revelando la estrella que toda la familia parecía tener allí tatuada. No era la primera vez que lo hacía, solía tener este gesto con todos sus hijos que regresaban de un combate, y ciertamente no era la primera vez que lo hacía con ella… aunque ese cariño… ¿Qué le pasaba a su padre?
Fue cuando le besó la frente y la abrazó como si la quisiera de verdad. Casi hizo un puchero: se sentía tan lindo… pero mejor aterrizaba en la realidad, que esto no era sino una ilusión.
"¡¿Pero Qué Dem…?!"
"Me alegro verte bien, Phantasos." Le dijo casi en susurros. Perpleja, y tras pasar el susto inicial, Phantasos intentó poner distancia entre ambos. "Sabía que…"
"Ya me puede soltar, señor Hypnos." Phantasos se separó de su padre y le sonrió más que nada por cortesía. En su fuero interno estaba incluso asustada. No podía decir que el abrazo le había desagradado, pero mejor mantenía las distancias para evitar decepciones. "Ahora si me disculpan quisiera tomar una ducha y comer algo."
El intercambio, por cierto, fue observado en silencio y con sorpresa por parte de toda la familia reunida allí. Hypnos nunca había sido así de expresivo con la menor de sus hijos y ciertamente no se le podía achacar que hubiera estado fingiendo. Pasitea se hubiera dado cuenta en todo caso, y al no detectar ningún embuste por parte de su ex esposo, se enterneció como no tienen idea. Phantasos le sonrió a Huitzilopochtli.
"Gracias por acompañarme, pero podía sola."
"Se hace lo que se puede. Al menos fue divertido."
"Sí como no."
"¡¿No nos vas a presentar al azulito?!" Gruñó Icelos. Phantasos parpadeó.
"¿Azulito?" Preguntó Phantasos extrañada. Su hermano señaló a Huitzilopochtli.
"Está pintado de azul y de muchos otros colores." Se apresuró en explicar Morfeo.
"¡Te ves como a kilómetros de distancia!" Exclamó Oneiros, mirando a Huitzilopochtli a la cara.
"Gracias. ¡Me Esfuerzo!" Respondió el aludido con carisma.
"¡Niños! ¡No sean groseros!" Advirtió Pasitea. "¿Qué hemos dicho sobre respetar culturas ajenas?"
"Ah. Pues… este Huitzi–algo. No voy a pronunciar su nombre: me trajo y ahora se va." Phantasos explicó con calma. Entonces miró al colibrí del sur muy extrañada. "No distingo colores, solo grises. Soy monocromática: no sabía que eras colorinche. Mis disculpas." Le dijo sin saber exactamente porqué debía disculparse.
"Nadie es perfecto: yo tengo pie plano y cojeo un poco." Respondió la deidad, sin que pareciera importarle el detalle del daltonismo. "¿Puedo invitarte a tomar algo otro día, señito?" Preguntó Huitzilopochtli con una sonrisa
"¿Invitarme? ¿Para que?" Preguntó Phantasos sin sentirse impresionada. Huitzilopochtli sonrió travieso.
"Pues para conocernos mejor."
"No."
"Ooooh, ¿Te puedo preguntar mañana por si cambias de opinión?"
"No." Phantasos suspiró. "Quizás en una semana o dos. Ahora largo."
Huitzilopochtli, sin dejar de sonreír, les hizo una venia a todos y se retiró al trote, dejando lucir una ligera cojera. Todas las perplejas miradas de los sueños se centraron en Phantasos, quien no pareció captar la indirecta. Pasitea sonreía ilusionada, pero no quiso forzar nada.
"¿De donde sacaste a esa pinturita?" Gruñó Morfeo.
"Pues…"
"ARGH…"
En ese momento, Hypnos se llevó una mano al pecho, contorsionando de dolor su rostro. Oneiros e Icelos alcanzaron a atajarlo antes que sus piernas fallasen, ayudándolo a sentarse en el suelo. Pasitea enseguida estuvo con él, revisando su rostro: estaba sufriendo otro infarto y resoplaba angustiado. La gracia le tomó el rostro y juntó su frente con la de él, encendiendo su cosmo para ayudarlo con el dolor, cosa que Hypnos agradeció con sinceridad. Phantasos se sujetó de su hermano mayor, más asustada que nunca.
"Morfeo, ¿Qué le pasa al señor Hypnos?"
Su hermano la miró apenado.
No quiso responderle.
Continuará.
Por
Misao–CG
Próximo Capítulo: Consecuencias de Distintas Batallas
… ojos y bajó la cabeza, consciente de lo que podría estar pasando por la cabeza de Violate. Iba a hacer un comentario al respecto cuando oyeron un débil gemido. Aiacos tenía los ojos bien apretados y parecía hacer un esfuerzo notable en controlar los temblores. Cuando abrió los ojos los fijó en Violate, pero no la reconoció. Parpadeó algunas veces sin poder enfocar. Sus pupilas estaban bien dilatadas…
Nota Mental: Uuuuuuy, Veo que el #TeamHuitzi es transversal… no me molesta, para nada. Lo que sí me da un poco de penita el otro lado, pues si bien está a punto de perder muchas simpatías, hará esfuerzos en recuperarlas. Lo que me pone contenta es que en esta ocasión sí pude actualizar en la fecha que había indicado. Respecto de la intervención de Violate… pues… como que esto de las doncellas en desgracia no es lo mío, aunque no le voy a negar a nadie su derecho o ganas de serlo, pero al mismo tiempo quise explorar la contraparte del doncello en desgracia. Que Aiacos se dé con una piedra en el pecho que no lo convertí en princeso. Por favor, si detectan algún error tipográfico, de ortografía y redacción, me avisan para que lo pueda reparar. ¡GRACIAS POR LEER!
BRÚJULA CULTURAL
Traída a ustedes gracias a Wikipedia o alguna otra página, según corresponda. En todos los capítulos aparecerá el apartado de los Señores de Xibalbá.
Uku Pacha: En la mitología inca, se le definía como el mundo de abajo, que era el de los muertos, de los no natos y de todo aquello que se encontraba bajo la superficie terrestre o acuática. Se consideraba a las fuentes (en quechua, pukyu), cuevas y toda abertura de la corteza terrestre como vía de comunicación entre el Uku Pacha y el Kay Pacha.
Naraka: En el marco del budismo, Naraka es el vocablo sánscrito correspondiente al inframundo. Literalmente significa 'humano' o 'del ser humano' (siendo nara: 'ser humano' y 'varón'. Según el budismo, hinduismo, sijismo y jainismo, Naraka es un sitio de tormento, es uno de los seis reinos de existencia de mayor sufrimiento en toda la cosmología budista.
Yoni: (黄泉), la palabra japonesa para el inframundo en los que criaturas horribles protegen las salidas. Según la mitología del sintoísmo relatada en el Kojiki, este es el lugar donde los muertos van a morar después de que fallecen. Una vez que uno ha comido en el hogar de Yomi es imposible volver a la tierra de los vivos. Ahí es donde algunos de los legendarios asesinos Semidioses fueron atrapados. Yomi es comparable al Hades o al infierno y es más comúnmente conocido por la retirada de Izanami a ese lugar después de su muerte. Izanagi la siguió hasta allá y a su regreso se lavó el cuerpo, creando en el proceso a Amaterasu, Susanoo, y Tsukuyomi.
Hellheim: o Hel, es conocido como el reino de la muerte y se encuentra en la parte más profunda, oscura y lúgubre de Niflheim, uno de los nueve mundos del Yggdrasil, en la mitología nórdica. Estaba gobernado por Hela, monstruosa hija de Loki, y la entrada era custodiada por un perro conocido como Garm. Helheim y Niflheim suelen relacionarse como el mismo mundo, pero esto no es así: Niflheim es el reino del frío, el hielo y la oscuridad, principalmente, y, aunque también son propias en él, la muerte y la perdición, donde se dan estas dos últimas específicamente es en Helheim, la capital de la muerte (por decirlo de alguna manera).
Dionisos: (en griego antiguo Διώνυσος Diônysos o Διόνυσος) es hijo de dios (Δίος en griego antiguo, significa dios y νυσος en lengua tracia-frigia, significa hijo). Es el dios de la vendimia y el vino, inspirador de la locura ritual y el éxtasis, y un personaje importante de la mitología griega, como hijo del dios principal Zeus. Aunque los orígenes geográficos de su culto son desconocidos, casi todas las tragedias lo presentan como extranjero. Es el dios patrón de la agricultura y el teatro. También es conocido como el libertador, que libera a uno de su ser normal, mediante la locura, el éxtasis o el vino. La misión divina de Dionisos era mezclar la música del aulós y dar final al cuidado y la preocupación. Los investigadores han discutido la relación de Dionisos con el culto de las almas y su capacidad para presidir la comunicación entre los vivos y los muertos.
Es un hecho que Dionisos tiene un nacimiento inusual y prematuro que evoca la dificultad de encajarlo en el panteón olímpico. Dentro del fic narré grosso modo una de las versiones de su origen, pero otra versión narra que Dionisos era el hijo de Zeus y Perséfone. Durante la Titanomaquia, Zeus habría nombrado a Dionisos como su heredero, lo que lo puso en peligro. Por esto fue ocultado lejos del Olimpo, pero los titanes lo encontraron y decidieron matarlo (a veces por incitación de Hera, a veces no). Como el pequeño tenía tres años, los Titanes lo engañaron con juguetes para atraerlo lejos del cuidado de sus niñeros y una vez que estuvo a su merced, lo descuartizaron y se lo comieron todo salvo el corazón, gracias a que fue salvado por la intervención de, según las fuentes, por Athena, Rea o Deméter. Zeus usó el corazón para recrearlo en el vientre de Sémele, llamándosele el nacido dos veces o el de dos madres. Otras versiones afirman que Zeus dio a comer el corazón a Sémele para preñarla. (¡Este Zeus y sus parafilias!)
A lo que voy… un dios griego, a menos que Zeus lo fulmine con el keraunos (su rayo), simplemente no se muere con nada, ni aunque se lo coman. Para efectos de este fic, se prefiere la primera versión de su nacimiento.
SEÑORES DE XIBALBÁ: También llamados ajawab, son los que rigen en el inframundo en la mitología maya, y son de carácter maligno. Son como siguen:
1. Hun–Camé y Vucub–Camé: Son los gobernantes, los jueces supremos y encargados de señalar sus funciones al resto.
2. Cuchumaquic y Xiquiripat eran los encargados de causar derrames de sangre a los seres humanos.
3. Ahalganá y Ahalpuh tenían como tarea hinchar a los hombres, hacer que las piernas le supuraran y teñirles de amarillo el rostro, a este último padecimiento se le conocía como chuganal.
4. Chamiaholom y Chamiabac eran los alguaciles de Xibalbá y ostentaban como señal de su cargo una vara de hueso; su ocupación consistía en adelgazar a la gente, hasta que no quedaba de ella más que huesos.
5. Ahaltocob y Ahalmez tenían como oficio ocasionar desgracias a los hombres que se dirigían hacia su hogar.
6. Quicxic y Patán eran los responsables de causar la muerte a los que andaban por los caminos, este tipo de fallecimientos se reconocían con facilidad ya que el lugar estaba lleno de la sangre que había vomitado el desafortunado, tras serles estrujados pecho y garganta por estos señores.
