Mi difunta madre siempre me había inculcado con los más respetables valores que un hombre podía poseer. Caballerosidad, valentía, humildad, nobleza, entre otros. Mi padre me enseño todo lo posible para ser un hombre astuto e inteligente, de esa manera poder sobrevivir en este mundo.
Cabe decir que mi infancia siempre fue muy buena, mi situación económica era bastante adinerada, no por nada mi padre era el gran Duque Agreste. Sin embargo, desde que era pequeño un dolor constante en mi corazón era el que me acompañaba en mi diario vivir. Mi madre se preocupaba, pero los mejores médicos no encontraron nada, decían que quizás, vivir en la ciudad me producía estrés. Por ende, mi padre deicidio que viviéramos más retirado de la ciudad.
Fue en ese momento en donde conocí mi buen amigo y sirviente, Plagg. Era un chico de piel tostada, cabello azabache y ojos verdes. Era bastante revoltoso a comparación de mí, era muy travieso, pero siempre le hacía caso a mi madre. Hacia mi persona, no me trataba más que su muñeco de pruebas o compañero de travesuras, todavía recuerdo cuando le lanzamos sin querer, miel a la señorita Bourgeois. Fue un día muy gracioso. Con él, mi dolor fue desapareciendo. Aunque fue a los quince años cuando empecé a tener sueños extraños. Todos lo adjudicaban por el trauma de haber perdido a mi madre, pero era otra cosa.
Mi padre me mando a un internado en Montreal, para poder alejarme de aquellos recuerdos que me atormentaban. No fue dentro de cinco años para poder tomar el puesto de Duque Agreste. Las cosas no iban nada bien, mi padre yacía en cama, enfermo. Su última voluntad fue que me casara con la señorita Chloé Bourgeois, cosa que cumpliría. Quizás de esa forma, ese vacío que tenía en mi alma se iría.
Un error, después de haber convivido con la muchacha, todo empeoro, los sueños eran constantes. Y eso ha sido hasta el día de hoy. Como era rutina, yo me levantaba para practicar un poco de equitación, en donde Plagg me tenía listo el caballo que iba cabalgar.
-Buenos días, Adrien- me saludó con una leve reverencia.
-No han sido buenos días, Plagg-
-La visita al doctor no ha servido-
-Para nada y cada vez son más constates. En donde me encuentro con aquella bella dama, en donde la tengo entre mis brazos y ella está lastimada. Siempre escucho que le digo "Siempre estaremos juntos". En otros veo cuando ella salía a pasear por un lugar muy árido, o cuando nos encontrábamos de manera casual. Es extraño, cada vez que la veo me siento-
-Pleno- mencionó mi amigo, acariciando al corcel. Yo asiento.
-Así es, pero ¿por qué los sueños? Ella no existe-
-Bueno mi señor... podría ir donde el hechicero Fu, de seguro él tendrá la respuesta-
-Haberlo dicho antes, Plagg. Llévame ante él- me monté en mi caballo, esperando el azabache tomara un corcel también.
-Ah, espero que me des algo de queso-
-Tú y tu obsesión al queso-
Partimos rápidamente al pueblo, a un lugar oculto entre edificios, cerca de las casas de las prostitutas. Cuando me bajo, vi como Plagg entraba a un lugar muy oscuro. Sin más que hacer, también me adentre en aquella construcción con aires orientales.
-Ven, Adrien, apúrate-
-Sí, sí, ya voy-.
Fue realmente extraño, porque al verlo por primera vez, sentí como si ya lo hubiera visto con anterioridad. Y al parecer estaba en lo correcto, recuerdo verlo visto en mis sueños, o eso quiero pensar, porque mi corazón me dice que él me ayudará.
-Siéntate Adrien, que las cosas muy pronto cambiara-
-¿A qué se refiere?-
-Cuando ambos se percaten que nada es casualidad, una oportunidad del destino les llegara en el nacimiento de la luna invernal- y esas palabras extrañas, me hacían repercusión en mi cabeza.
¿Nada es casualidad? ¿Acaso aquella mujer era parte de mi destino conocerla? Si es así ¿donde estará mi querida Mosegi?
