5. El amanecer de los peques
El camino de vuelta al Santuario fue un auténtico suplicio para el caballero de Escorpio. Entre la cantidad de veces que tuvieron que parar porque los niños se entretenían con cualquier cosa, no sólo por cansancio sino también por hambre, sumado a que iba cargado de trastos y los nenes liberaban energía sin cesar, Milo estaba realmente agotado.
Si no recordaba mal, llegar hasta el bosque les supuso casi tres horas caminando. Y dentro del bosque no pudo asegurar cuánto tiempo estuvieron, pero por lo menos cuatro mínimo, sino un par más.
Cuando salieron del bosque de Chaménos, serían las siete de la tarde. Pero eso era algo que Milo no podía comprobar ya que su móvil se había quedado sin batería.
Lo único que supo es que a mitad de camino se les echó la noche encima, a pesar de estar a finales de primavera y los días eran más largos. Calculó que sería casi medianoche cuando por fin apareció frente a la entrada del Santuario.
Shaina arrastraba los pies, tratando de permanecer despierta, mientras Jabu dormía en los brazos del caballero de Escorpio.
Al verlo aparecer de esa guisa, los guardias apostados a la entrada del sacro lugar se asombraron.
—Buenas noches— murmuró un agotado Milo—. Venga, que ya queda poco— dijo girándose para ver dónde estaba la pequeña amazona de Ofiuco.
La niña levantó la cabecita y bostezó con fuerza, como llevaba haciendo la última hora de camino.
—Espere señor Mitsotakis— declaró un guardia, colocando una lanza para impedirle el paso—, esos dos niños deben ser identificados.
Milo bufó una maldición y mostró la carita dormida del pequeño Jabu.
—Jabu de Unicornio cuando tenía seis años y por ahí viene, arrastrando los pies y muerta de sueño, Shaina de Ofiuco cuando tenía nueve, ¿os parece?— replicó el griego—. No puedo dar más explicaciones ahora, pero estoy reventado, así que os toca fiaros de mi palabra.
Pensando que el caballero de Escorpio se había vuelto loco, el guardia que había impedido el paso quiso proseguir, pero su compañero le indicó que le dejara pasar, ya que esos niños no parecían un peligro para el Santuario.
—Por cierto— dijo el caballero—, ¿qué hora es?
—La una y cuarto de la madrugada, señor— respondió uno de los guardias.
Milo apuró a Shaina a caminar más rápido y los tres desaparecieron por las escaleras que daban a los templos de oro.
Si tenía suerte, prácticamente todos sus compañeros estarían durmiendo, y no se equivocó…excepto al atravesar el sexto templo.
El guardián del templo de Virgo abrió los ojos mientras estaba sentado sobre la flor de loto y se asustó al detectar los cosmos de los dos niños.
— ¿Qué ha sucedido?— preguntó a su compañero, mientras apuraba el paso para echar una mano, cogiendo en brazos a Shaina—. ¿Por qué tienen este aspecto?
Milo miró al indio y sacudió la cabeza.
— ¿Cómo es posible que te hayas dado cuenta de quiénes son?— musitó, para luego comprender la tontería de su pregunta—. Disculpa, es que estoy muy cansado y ya no puedo pensar con claridad…
—No te preocupes— entendió Shaka, acompañándole hasta el templo de Escorpio—, pero esto es un asunto muy grave, deberías ir a ver al Patriarca y a Atenea cuanto antes.
Con cara de agotamiento, el caballero de Escorpio le dijo que lo haría mañana mismo, porque tenía muchísimas cosas que contar.
Una vez alcanzaron el octavo templo, se adentraron en él.
Al fin en su templo, Milo pudo depositar a Jabu sobre el sofá y retirarse las tres cajas de Pandora que portaba desde que regresaron a la niñez sus compañeros.
Por su parte, Shaka colocó a Shaina junto al caballero de Unicornio, ya que se había quedado dormida en sus brazos, y a continuación ayudó a Milo a preparar el cuarto de invitados.
—Una cama para dos— dijo el indio, colocando una sábana bajera y encima un cobertor nórdico, junto a la almohada—, pero siendo niños estarán a gusto.
Su compañero se pasó una mano por la frente y resopló por agotamiento.
—Estoy hecho una mierda— declaró el caballero de Escorpio—. Cansadísimo y encima con este problema…
— ¿Pero qué sucedió exactamente?— preguntó Shaka, intrigado—. Esto es realmente extraño, ¿fueron presa de algún dios del tiempo o algo?
—No— respondió Milo—, comieron pan que contenía cabello de Atenea. Con lo cual, ni he podido entregarle los panes a Hécate y encima estos están en formato niño…Shion me descuartiza mañana...además, tengo la amenaza de una maldición por parte de esa vieja bruja si no le entrego los panes en unos días…
El caballero de Virgo pensó unos instantes.
—Desde luego que es un problema serio, pero intentaré ayudarte en lo que pueda— dijo dándole una palmada en el hombro a su compañero—; sobre todo a averiguar la manera de que recuperen su edad real. Ambos han retrocedido diez años…
Agradeciendo el gesto, Milo despidió a Shaka y se quedó a solas con los niños en el templo.
Se acercó a ellos y despertó suavemente a Shaina.
—Ven conmigo, que vas a dormir en una cama— susurró el hombre.
La italiana bostezó y parpadeó suavemente, bajándose del sofá y siguiendo al caballero de Escorpio.
Milo había encendido una pequeña lamparita de papel sobre la mesita de noche y esperó a que la niña fuera a meterse en la cama cuando se percató que aún llevaba la camiseta roja y que estaba muy sucia.
—Espera un segundo— pidió el griego, quien se dirigió al piso de arriba donde estaba su habitación y sacó un par de camisetas limpias del armario.
Cuando bajó, se encontró a la pequeña tumbada boca abajo en la cama, por lo que Milo pidió que se diera la vuelta. Al ir a levantarle la camiseta que llevaba puesta, ella se lo impidió.
—Ya lo hago yo— indicó al caballero, quien le dejó una camiseta azul a su lado.
—Avísame cuando termines de cambiarte— pidió el hombre, saliendo de la habitación y dejando la puerta entornada, que fue cerrada por la pequeña—. Desde luego…ya demostrando carácter desde pequeña…
Entonces Milo fue a por Jabu, que seguía roque en el sofá, en la misma posición que le había dejado.
Lo cogió en brazos y se dirigió al cuarto de invitados, llamando previamente con los nudillos.
— ¿Se puede?— preguntó en voz baja.
Desde dentro escuchó un "sí" bajito.
El griego entró en el cuarto y vio a Shaina arropada hasta el cuello, mirándole con sus inmensos ojos verdes.
— ¿Estás a gusto?— preguntó Milo, mientras despertaba suavemente a Jabu para poder quitarle la camiseta negra y cambiársela por una blanca limpia.
La chiquilla se retiró el flequillo verde de delante de los ojos y asintió, mientras se incorporaba un poco y echaba hacia atrás el nórdico para que Milo pudiera acostar a Jabu, que había vuelto a dormirse.
—Te la has puesto al revés—indicó el hombre, señalando la camiseta azul de Shaina—, la etiqueta asoma por el cuello y debe quedar en la nuca.
Con sus dedos, la niña estiró el cuello para comprobar que, efectivamente, la etiqueta estaba en el lugar erróneo.
Entonces comenzó a contorsionarse para poder quitarse la camiseta, pero Milo pidió que cesara de moverse porque despertaría a Jabu.
—Levanta los brazos hacia arriba— pidió el griego, y al hacer lo que le ordenó, pudo quitarle la camiseta. Le dio la vuelta y le indicó el dibujo que debía ir delante, antes de ponérsela—. Ya está, venga túmbate.
La niña sonrió mientras se acomodaba en la cama y hundía la cabecita en la almohada.
Por último, Milo pasó la mano por la cabeza de ambos niños y se despidió de ellos hasta el día siguiente, apagando la luz antes de salir del cuarto.
Agotado por todo el jaleo, el caballero de Escorpio lanzó una mirada a un pequeño reloj digital. Casi las tres de la mañana.
Subió las escaleras como pudo y nada más entrar en su habitación, se dejó caer sobre la cama, quedándose dormido profundamente.
Realmente no supo a qué hora despertó, lo único que recordaba era que lo hizo con un chillido.
Milo se agitó en la cama del susto y bajó corriendo las escaleras, casi a punto de caer rodando por ellas.
Abrió la puerta del cuarto de invitados y vio a Jabu llorando, mientras Shaina trataba de consolarle.
— ¿Qué ha pasado?— dijo llevándose la mano al pecho, tratando de tomar aire.
— ¡Me querían pegar!— acertó a decir el más pequeño entre sollozos e hipando.
Milo miró a la amazona que enseguida se defendió.
— ¡No le he hecho nada!— dijo cruzándose de brazos—. Se puso a chillar sin más…
Pasándose una mano por el rostro, el griego se acercó hasta el borde de la cama y se sentó, cogiendo a Jabu entre sus brazos.
—Has debido tener una pesadilla— susurró Milo, acariciándole la cabeza—, ya está, no pasa nada…venga…
Pero el pequeño caballero de Unicornio no se tranquilizaba.
— ¡Unos demonios con cuernos y…y…pezuñas…y…y….pelos…me llevaron, dijeron que me comerían vivo!
— ¿Eso dijeron?— preguntó curioso el caballero de Escorpio, limpiándole las lágrimas—. Pues no les vamos a dejar, ¿a que no? Nosotros somos fuertes, somos guerreros…
Jabu aún hipaba y sorbía los mocos con dificultad. Milo se incorporó de la cama con él en brazos y lo llevó al baño, donde le puso papel higiénico en la nariz para que se sonara con fuerza.
Después le lavó un poco la carita con agua y le dio un beso en la mejilla.
—No vamos a asustarnos por esos demonios, ¿verdad?— dijo sonriendo, haciéndole saltar en sus brazos.
El pequeño japonés se acurrucó contra el cuello del hombre y éste suspiró mientras acariciaba su cabecita, regresando a la habitación.
—Venga, ahora los dos a seguir durmiendo, que anoche nos acostamos tarde y aún parece que es demasiado temprano— dijo a los dos niños, pero estando desvelados, poco podría hacer.
Finalmente, indicó a los peques que salieran de la cama y se dirigieran a la cocina a desayunar.
Milo comprobó que sólo eran las siete de la mañana. Tan solo veinticuatro horas antes había comenzado esa aventura, y ahora estaban los tres de nuevo reunidos en el templo de Escorpio, aunque sus compañeros con diez años menos.
Preparó tres tazas con chocolate caliente y sacó una bolsa de croissants, arrojándola frente a ellos.
Los dos se abalanzaron sobre la bolsa y comenzó una disputa.
— ¡La cogí yo primero!— rezongó Shaina—. ¡Milo, dile algo!— al tiempo que trataba de recuperar la bolsa.
— ¡Pero la perdiste!— chinchó a su vez el pequeño caballero de Unicornio, sacándole la lengua a su compañera, y dándole un bocado al croissant que acababa de coger.
Con un terrible dolor de cabeza que comenzaba a acrecentarse con el escándalo de los pequeños, el caballero de Escorpio pidió calma a ambos. Al comprobar que no solo no le hacían ni puñetero caso sino que encima seguían en sus trece, Milo recogió la bolsa de la discordia.
Cogió tres croissants, dándole uno a Jabu y dos a Shaina.
—Hala— espetó cogiendo los cuatro bollos restantes para comerlos él—, se acabaron los croissants.
—A ella le has dado dos— murmuró el japonés.
—Porque tú has cogido uno previamente— respondió el griego, señalando su mejilla, donde aún masticaba el anterior.
—Ella tiene tres croissants— reiteró el pequeño, señalando un bollo que la amazona había escondido en su regazo.
Milo se asomó y miró a la pequeña peliverde, tendiendo la mano para que le entregara ese tercer croissant.
—Luego te quejarás que si estás engordando— replicó el caballero de Escorpio, dándole un bocado.
Shaina se quedó extrañada ante esa frase que juraría no haber dicho nunca. Sumergió uno de los dos croissants en el chocolate caliente y dio un bocado.
No pasó ni un segundo cuando la niña soltó el bollo y se llevó ambas manos a la cabeza con gesto de dolor.
— ¿Shaina qué te pasa?— exclamó preocupado el hombre, que fue corriendo a sujetar a la pequeña por miedo a que se cayera de la silla.
En un instante, los dos se quedaron mirándose a los ojos. La pequeña temblaba e hiperventilaba y el brillo en sus ojos se desvaneció unos segundos.
—Yo he estado aquí contigo— murmuró en voz baja, antes de volver a gritar llevándose las manos a la cabeza.
Milo volvió a mirar a la niña a los ojos, que recuperaron su brillo. Aquello era muy extraño.
La italiana dejó de temblar y miró confusa alrededor. Vio la taza de chocolate y el croissant, mientras el griego la recolocaba de nuevo en la silla.
— ¿Estás bien?— preguntó inquieto el hombre, y ella asintió con la cabeza, volviendo a devorar los bollos con ansiedad.
Al terminar los tres de desayunar, Milo decidió acudir a ver al Patriarca. Pero los nenes no llevaban ropa adecuada para tal visita. Definitivamente, llevarles descalzos, sin ropa interior y sólo vistiendo una camiseta que les quedaba enorme, no era apropiado.
Colocó a los dos niños frente a él y se mesó la barbilla, pensando de dónde podría sacar ropa para ellos.
—Venid conmigo— indicó el hombre, abriendo la puerta del templo de Escorpio y saliendo fuera, con sus compañeros agarrados de sus manos, aunque no tardaron en soltarse y salir brincando por los alrededores.
Shaina y Jabu jugaban entre ellos, picándose continuamente, aunque tenía que llamar más veces la atención a la niña porque era mayor que él, y casi siempre el pequeño acababa en el suelo por un empujón de la otra.
—Cuidado por donde pisáis, que estáis descalzos e igual os hacéis daño— advirtió Milo, al verles corretear alegremente.
De vez en cuando, uno de los dos paraba y se miraba la planta de los pies, retirando algún guijarro, pero sin parar de jugar.
—Quien fuera niño ahora— dijo Aldebarán, cuando vio a los dos pequeños trotando por el templo de Tauro y uniéndose a los tres terneros del caballero de oro—. ¿De dónde los has sacado? ¿El Patriarca te ha adjudicado esos dos chavales como alumnos?
— ¿No te suenan de algo?— preguntó Milo a su compañero, comprobando que los dos compañeros estaban bien.
De repente se escuchó un sonido seco y a continuación el llanto de Simón, el mediano de los terneros que entrenaba el brasileño.
— ¿Qué ha pasado ahora? ¿Talión?— preguntó el caballero de Tauro, pero el mayor de ellos señaló a Shaina como culpable.
Milo lanzó una mirada reprobatoria a la pequeña Ofiuco y la hizo acercarse.
—A los compañeros no se les pega, ¿te ha quedado claro?
— ¡Pero me levantó la camiseta para comprobar que yo era una niña!— explicó Shaina muy enfadada.
Milo se llevó una mano al rostro para aguantar la risa y Aldebarán dio un coscorrón a su alumno.
—Eso no es de caballeros— reprendió el caballero de Tauro—, a las mujeres se las debe respetar. Pídele perdón ahora mismo.
Simón agachó la cabeza y se acercó a Shaina, quien le recibió con los brazos cruzados y actitud altiva.
—Lo siento— murmuró el niño—. No sabía que no tenías pito…
— ¡Simón!— bramó su maestro—. ¡Que te quedas sin postre todo el día!
—Vale, vale, vale— interrumpió el caballero de Escorpio, percibiendo rasgos típicos de la amazona pero en su miniversión—. Déjalo, si es que voy a buscarles ropa adecuada a estos dos mientras estén por aquí. Por cierto, ¿a ti quién te da la ropa para tus alumnos?
Aldebarán le dijo que debía acudir al taller de Aracne, dentro del recinto de las amazonas y que allí tomarían medidas de ambos y les entregarían ropa de entrenamiento básica.
—Bueno niños— dijo el brasileño despidiéndose—, nosotros nos vamos a entrenar. Luego nos vemos. Qué guapa es esta niña…— dijo sonriente, tocando la naricita de Shaina, que rió divertida—. ¿Cómo te llamas? Que tu maestro no nos ha presentado. Yo soy Aldebarán, el caballero de oro de Tauro, para serviros.
— ¡Yo soy Jabu!— exclamó el pequeño rubio.
— ¡Y yo me llamo Shaina!— respondió la niña.
El brasileño se quedó mudo por un instante y miró detenidamente a los dos pequeños, empalideciendo súbitamente. Señaló a cada uno alternativamente, sin poder articular palabra.
Milo conminó a los nenes a seguir y le dijo a su compañero que luego lo explicaría todo a todos.
Terminaron de bajar las escaleras de los templos del zodiaco y caminaron hacia el recinto de las amazonas.
Seguido de los pequeños, el hombre se adentró y preguntó por el taller de Aracne a una compañera, que le señaló una casita un poco más grande que el resto.
Cuando se dirigían hacia allí, Marin llamó la atención del griego.
—La que faltaba…— murmuró el caballero de Escorpio—. Buenos días Marin…
— ¡Buenos días!— exclamó la joven—. ¿Cuándo llegásteis? Anda que bien que Shaina me avisa de que habíais regresado tan pronto…anda, ¿y estos niños?
— ¡Que soy una niña!— se quejó la italiana.
— ¡Oh perdona mi vida!— dijo la japonesa, aupando entre sus brazos a Shaina y dándole un beso en la mejilla—. ¡Qué mona es! ¿Son huérfanos?
—Marin— soltó de improviso la pequeña Ofiuco.
La aludida miró a la niña a la cara y sonrió.
—Sí, ese es mi nombre chiquitina, ¿y tú cómo te llamas? Te pareces muchísimo a Shaina cuando era pequeña…
—Es que soy Shaina— replicó con tranquilidad la italiana.
A punto estuvo la amazona de Águila de soltarla, pero Milo la cogió a tiempo.
La mujer miró al caballero de Escorpio y después a Jabu, quien sonrió y saludó a la amazona.
—No…es…posible…— balbuceó incrédula—. ¿Me estáis gastando una broma o qué?— preguntó la japonesa, mirando en todas direcciones en busca de una cámara oculta.
Pero el rostro compungido de su compañero le indicó que no era así.
—Aún hay muchas cosas que explicar, pero más tarde— pidió el hombre—. Ahora tengo que buscar ropa decente para ellos y poder presentarme ante Shion.
La amazona se abanicó con la mano y tragó saliva, mientras veía al caballero de Escorpio entrar en el taller.
NOTAS:
Como siempre, aprovecho para agradecer a todos los que estáis marcando como favorita o seguís esta historieta. Espero que os esté gustando.
Sslove: xD tío Milo, no papá Milo. Pobrecillo, no le acojones más de lo que está XD Pero sí, ya ves que anda teniendo que hacer malabares para poder hacerse con todo, y lo que le queda…¡muchas gracias por tu comentario y por seguir leyendo!
Al fin ya he subido la imagen de Shaina. La dibujé con aspecto pequeño (obviamente), aunque en el anime tiene esa rareza que cuando es pequeña (aparenta unos 12-13 años), tiene el pelo castaño/rojizo y los ojos marrones. Luego cuando crece sale con el pelo verde y los ojos verdes…misterios del anime, porque son del mismo capítulo (y repito, no es efecto antiguo, porque los árboles y resto de vegetación de la escena donde se encuentra con Seiya, salen verdes, no rojizos). Si queréis verla mejor, podéis ir a mi deviantart (link en mi perfil, si no os redirecciona, copiad la dirección en el navegador).
¡Nos vemos el domingo con otro capítulo! ¡Feliz finde!
