8. Bienvenidos al Inframundo…de nuevo

Los dos amigos llegaron a la entrada del Santuario, donde el Patriarca se dedicaba a dar instrucciones al caballero de Cáncer, quien asentía con cara de aburrido.

Al verles llegar, dio una palmada y se frotó las manos.
— ¿Qué?— exclamó Deathmask—. ¿Nos podemos ir ya?

—Diversión asegurada con el Centollo de Oro— murmuró el caballero de Escorpio—. Con esta van dos veces que bajo al Inframundo contigo, ¿ya sabes dónde tenemos que ir y a quién debemos ir a ver?

Shion carraspeó y sacudió la cabeza.
—Es una misión especial— declaró—. Se supone que deberíamos pedir permiso para ir, pero una audiencia con Hades puede tardar días y esto es urgente. Así que os toca infiltraros.

El caballero de Acuario frunció el ceño.
— ¿Y puede saber cómo narices nos vamos a infiltrar?— declaró señalando su armadura dorada—. Aparte de nuestro cosmos, nos tienen calados en el Inframundo y Radamanthys nos olerá según pisemos el lugar.

—Para eso he tenido a mi alumno trabajando en algo— respondió el Patriarca, señalando al caballero de Aries quien se acercaba al lugar portando tres cajas de Pandora de color oscuro—. Armaduras negras.

Mu depositó las tres cajas delante de sus compañeros con cara de cansancio.
— ¿Puedo irme ya a dormir?— pidió exhausto el lemuriano, quien fue dispensado rápidamente por su maestro.

—Abridlas— pidió el Patriarca.

Y al hacerlo, descubrieron unas armaduras de colores oscuros, igual que las armaduras de los espectros.
— ¿Qué representan?— preguntó Camus, cogiendo un casco que cubría toda la cabeza. Al colocárselo, su rostro fue ocultado debidamente.

—No se distingue tu cara— musitó su amigo, agachando la cabeza, tratando de ver si desde algún ángulo podría detectar algún rasgo típico de Camus, mientras él mismo se ajustaba otro casco y quedaba igualmente oculto—. ¿Me reconocerías si me vieras así?

El francés negó con la cabeza.
—Aún así deberíamos atarnos el pelo y ocultarlo— declaró, retirándose el casco.

Shion pidió atención a sus caballeros.
—Son armaduras de esqueletos de la guardia personal de Hades— declaró—. Básicamente, cuando estuvimos en el Inframundo, había unos sirvientes que iban armados con guadañas, al igual que el resto de esqueletos, pero sin embargo portaban túnicas oscuras, igual que las que trajimos nosotros cuando regresamos al Santuario…

— ¡Vosotros que fuisteis traidores!— reprochó el caballero de Escorpio, recibiendo miradas de odio por parte de sus compañeros.

— Pues estas armaduras son iguales. Son básicas, porque llevan un casco que cubre la cabeza y oculta el rostro, y protecciones simples para brazos, piernas y pecho. Parecidas a las de los guardias de aquí. Os echáis las túnicas, os cubrís con la capucha y os tenéis que dirigir al templo de Hades— indicó el Sumo Sacerdote—. Suele estar durmiendo, así que entráis, le cortáis el pelo y regresáis inmediatamente, ¿ha quedado claro?

— ¿Y qué hacemos si nos dicen algo?— preguntó Camus—.Veo que hay muchas lagunas en esta misión…

El Sumo Sacerdote se pasó la mano por la cara y resopló.
—Si tuviera más tiempo elaboraría algo mejor, pero os toca resolver ese tipo de situaciones. Vosotros dos estuvisteis conmigo en el Inframundo, sabéis cómo funciona— espetó señalando a los caballeros de Cáncer y Acuario—, así que tirad de esa información que recordéis. Tened cuidado y volved cuanto antes. Buenas noches y buena suerte.

Los tres caballeros vieron como el Patriarca se marchaba en dirección a las escaleras de los templos dorados, sin saber muy bien qué hacer.
— ¿Y ahora qué?— preguntó Milo, cubriéndose con la túnica negra.

Sus compañeros se encogieron de hombros.
—Pues vámonos— declaró el caballero de Cáncer—. ¡Viaje hacia el Inframundo!

Rápidamente, Deathmask convocó su ataque y partieron hacia el reino de los muertos.

Una vez allí, los tres encapuchados observaron el lúgubre lugar.

—Bienvenidos a Villa Alegría— murmuró Milo por lo bajo—. Este lugar sigue apestando a azufre como siempre…

—Qué agradables recuerdos me vienen a la mente cada vez que vengo por aquí— dijo alegremente Deathmask, inhalando con fuerza—. ¿Azufre? A mi me huele a barbacoa…

—Claro Deathmask— replicó el griego—, ahora mismo está Minos lanzando chuletas sobre una parrilla, mientras que Aiacos se enrolla con Violate y Radamanthys se pone ciego a beber…desde luego…

Entonces el caballero de Cáncer agarró la cabeza de su compañero y se la giró hacia su derecha, señalando el río Flegetonte, en cuyo curso ardía un fuego infernal, consumiendo almas.
—Por eso huele a barbacoa— dijo Deathmask, riéndose, al ver la cara descompuesta de su compañero.

—Vamos a centrarnos en la misión— declaró el caballero de Acuario, pidiendo atención a sus compañeros—, así que nos toca llegar hasta el templo de Hades. Si no recuerdo mal, hay que pasar el tribunal de los Muertos, la Caína, después Antenora y por último el templo de Minos, que se llama Ptolomea. Y de ahí a la Judesca, ¿cierto?

—Yo estuve en Antenora— declaró el siciliano, rascándose la nariz—. Violate suele estar dentro. Y tengo entendido que Sylphid y Valentine son los chuchos guardianes del Unicejo. Sin embargo la Ptolomea…pues no sé…con lo trabajador que es Minos, igual está por ahí tirado, holgazaneando como él solo sabe hacer…

— ¿Alguna idea para despistarlos?— preguntó el caballero de Escorpio.

—Chuletas de goma para los perros del Unicej…¡Ay! ¿Por qué me pegas?— protestó el caballero de Cáncer, al recibir una colleja de parte del francés—. Qué poco sentido del humor tienes…

—Lo mejor será que vayamos en fila india, igual que caminan los guardias personales de Hades— dijo fríamente Camus, sacudiéndose la mano—, no hablar ni responder. En el tiempo que estuve en el Inframundo, nunca les escuché decir ni una sola palabra, únicamente iban por ahí y si acaso cortaban a alguien con la guadaña, ¿lo habéis entendido? Nada de risas, ni gritos ni… ¿qué?— preguntó mirando al siciliano.

— ¿Si me hago daño con algo no puedo quejarme?— preguntó Deathmask.

Camus resopló y señaló a sus dos compañeros.
—Más os vale que no me deis la brasa— amenazó—, porque aún estoy a tiempo de congelaros y dejaros aquí mismo, hasta que vuelva con el cabello de Hades, ¿de acuerdo?

Una vez que ambos asintieron tras la amenaza, se dispusieron en fila y deambularon en busca del Tribunal de los Muertos, tratando de evitar a toda costa el contacto directo con espectros de alto rango que pudieran interceptarles.

Deathmask sugirió seguir la hilera de muertos y recordó a sus compañeros lo pasado anteriormente.
—Intentad que no sepan que estamos vivos, porque si se enteran, nos devoran— murmuró en voz baja—. Milo, ¿recuerdas el camino? Porque ahora mismo estoy un poco perdido…

El caballero de Escorpio se puso de puntillas para otear y rápidamente se agachó.
—Mierda…que viene…— musitó en voz baja.

Antes de que sus compañeros pudieran preguntar cualquier cosa, una voz llamó la atención a los tres.

—Estáis aquí— dijo Myu de Papillon, acercándose—. ¿Habéis traído los rollos? Lune lleva un buen rato esperando por ellos.

El trío se quedó quieto y Camus, que iba en cabeza, simplemente sacudió la cabeza, provocando que el espectro frunciera el ceño.

—Ya veo…— respondió inquieto—. Bueno, igual los jueces no han terminado aún…pues daos prisa, que hay mucho trabajo y no podemos parar. Id a verles y decidles que nos traigan de una vez los papiros con las resoluciones de los casos difíciles, por favor.

El francés sacudió la cabeza de nuevo y espero a que el espectro desapareciera en forma de mariposa.

—Bueno mira, por una parte nos viene bien…así podremos cruzar sin tener que dar explicaciones— musitó Camus, pidiendo a sus compañeros que apurasen el paso—. Sigamos a Myu…

Los tres alzaron la vista y con la vista fueron guiado por el revolotear del espectro, que se adentró en el Tribunal de los Muertos, donde Lune presidía la mesa con cara de agotamiento. Tras él, Pharaoh tocaba su arpa mientras a su lado Cerbero roncaba.

Al verles, el noruego alzó la vista y dejó de escribir, a su vez ellos vieron a Myu salir por la puerta trasera, pasando junto a Pharaoh.
—Espero que Hades tome cuenta de esto— reclamó el espectro de Balrog—, que los jueces no hacen su trabajo a tiempo…

Sin pararse, el trío siguió adelante, pero al pasar al lado de Pharaoh, escucharon a Cerbero despertarse repentinamente.

Una de las cabezas del perro olfateó el aire varias veces, buscando el origen de aquel aroma extraño para él.
— ¿Qué te pasa?— preguntó el egipcio, dejando de tocar música—. ¿Qué hueles?

Deathmask se había quedado atrás, mientras que Milo y Camus avanzaban.
— ¡Camus frena!— avisó el griego a su amigo—. Deathmask no me sigue…

El francés miró hacia atrás y vio al caballero de Cáncer, paralizado mientras una de las cabezas de Cerbero acercaba su trufa para olisquearle mejor.
—Merde!— murmuró el francés—. Masque de Mort! Venez avec nous!

Pharaoh giró la cabeza extrañado hacia donde esperaban Milo y Camus y trató de tranquilizar al perro.
—Disculpa— dijo a Deathmask, quien estaba completamente paralizado mientras la cabeza seguía olfateándole—, es que últimamente esta cabeza anda un poco rara, cada vez que presiente a nuestro señor Hades… ¡venga Cerbero, échate!

Aprovechando que el egipcio tiraba de la cadena para que el perro obedeciera, Milo y Camus agarraron a su compañero de la túnica y tiraron de él, cerrando la puerta tras de sí.

— ¡La madre que te parió!— gruñó el griego— ¿Por qué te quedaste ahí parado, Centollo estúpido?

Deathmask tragó saliva y se abanicó con las manos.
—No me gustan nada los perros…nada.

Por delante, aún tenían tres templos que cruzar, antes de llegar a la Judesca.

Mientras tanto, en el Santuario, los dos niños se habían quedado al cuidado del caballero de Virgo.

Los tres habían pasado una tarde agradablemente aburrida, a juicio de los pequeños, quienes ya no sabían qué hacer para entretenerse.

Viendo que ambos no cultivaban la noble virtud de la paciencia, Shaka decidió llamar a Mu para que acudiera junto a Kiki, y así que los niños pudieran jugar juntos.

Cuando el caballero de Aries llegó al templo de Virgo, se rascó la cabeza al ver las versiones en miniatura de sus dos compañeros.
—Había escuchado lo de que Shaina y Jabu son ahora pequeños, pero verles así directamente es, cuanto menos, extraño— musitó, mientras empujaba a Kiki a saludarles.

El pequeño lemuriano se acercó curioso a los dos niños, dando una vuelta alrededor de ellos con las manos en la espalda.
— ¿Qué me miras tanto?— gruñó la niña, molesta al sentirse observada por el pequeño pelirrojo, quien torció el gesto y se alejó de ella, yéndose hacia su maestro.

—No estoy muy seguro de querer jugar con ella— dijo el aprendiz de Aries, con preocupación—, es que es Shaina…

Los dos adultos intercambiaron una mirada y Mu acarició la cabecita de su alumno, revolviéndole el pelo.
—Estaremos aquí, por si se le va la mano— susurró el lemuriano entre risas—, que esta mujer tiene un carácter tan…especial.

Shaka miró a Jabu, quien miraba a Kiki con curiosidad, pero tras la reacción de Shaina se había quedado oculto detrás de su compañera, quien tenía una mueca de desagrado en sus labios.

—Jabu, ven— pidió el indio llamándole—. Te presento a Kiki, es el aprendiz de Mu, el caballero de Aries.

El pequeño japonés parpadeó un par de veces y miró a su compañera titubeando, pero sus ansias de jugar con aquel niño podían más que permanecer junto a Shaina, por lo que con pasitos cortos y después con una pequeña carrera se acercó hasta el pelirrojo.

Kiki sonrió e inmediatamente los dos niños congeniaron, dispuestos ambos a jugar juntos. Sin embargo, Shaina seguía sin mostrar un ápice de interés.

Mu llamó a la niña, pero ésta giró la cabeza. El lemuriano iba a contestar a aquel gesto, pero Shaka se lo impidió.
—Mejor déjala, si no quiere jugar, allá ella— musitó, cogiendo del brazo a su amigo—. Vamos a la cocina…

El caballero de Aries no parecía muy convencido y se dirigió a los dos niños.
—Os quedaréis jugando aquí, ¿de acuerdo? Y no rompáis nada…Kiki, nada de balones— advirtió, el lemuriano, antes de atravesar la cortina que separaba la sala principal del templo de Virgo de los aposentos personales.

— ¿A qué jugamos?— preguntó el aprendiz de Aries, haciendo partícipe a Shaina, a pesar de que ella estaba de espaldas, con los brazos cruzados.

—No sé— murmuró Jabu—. ¿Peleamos?

Kiki negó con la cabeza.
—Tengo prohibido pelearme con mis compañeros— dijo—. Si quieres jugamos al escondite, sabes cómo se juega, ¿no?

El pequeño Unicornio sacudió la cabeza, algo que desconcertó al aprendiz de Aries, quien se lo explicó rápido.
—Te la quedas, ¿vale?— dijo el pequeño ariano—. Cuentas hasta veinte y luego tienes que buscarme. ¡Pero no mires!

El pequeño Jabu asintió con una sonrisa y se puso de cara a una de las columnas, cerrando los ojos y contando en voz alta.

Una vez terminó, se dio la vuelta y empezó a buscar al pequeño pelirrojo. Cada vez que Jabu se acercaba a la zona donde estaba escondido Kiki, éste se teletransportaba al sitio contrario.

El pequeño Unicornio comenzó a angustiarse al no poder localizar a su compañero de juegos.

Al verle tan desorientado, Shaina resopló hastiada por tener que andar escuchando la palabrería de Jabu.
—Tonto, ¿no ves que se está teletransportando de un lado a otro?— dijo ella, desvelando el truco de Kiki—. Cada vez que te acercas al lugar donde está escondido, él se cambia de lugar.

Jabu frunció el ceño y compuso un puchero.
— ¡Eso no vale!— exclamó—. ¡Es trampa!

Entonces Kiki apareció por detrás de Jabu dispuesto a darle un susto. Al hacerlo, Jabu se giró repentinamente, asestando un puñetazo al aprendiz de Aries.

— ¡Eh!— se quejó el lemuriano llevándose la mano al rostro—. ¡No vale pegar!

A continuación, encendió su cosmos e hizo flotar alrededor de él unas piedras, dispuesto a arrojárselas al caballero de Unicornio.

Al ver esto, Shaina se lanzó hacia el pequeño Jabu para protegerle, recibiendo así todas las pedradas.

— ¿Qué pasa aquí?— preguntó Mu, descorriendo la cortina—. ¡Kiki! ¿Qué te dije de pelear?

— ¡Me pegó él primero!—dijo su alumno, señalando a Jabu, quien se hallaba abrazado a su compañera.

Shaka se acercó a los dos nenes y se agachó.
— ¿Shaina estás bien?— preguntó preocupado, al ver que ella tenía los ojos fuertemente cerrados—. ¿Shaina?

La muchacha aflojó el abrazo con Jabu y cayó desplomada al suelo. No pasaron ni dos segundos, cuando Jabu siguió a su compañera, perdiendo el conocimiento.

Rápidamente, Mu ayudó a Shaka a tratar de espabilar a los dos jóvenes, sin éxito.
—Esto es grave— murmuró el caballero de Aries, recogiendo al japonés entre sus brazos—. Ojalá se den prisa nuestros compañeros…

Shaka levantó a Shaina y los dos se dirigieron al un cuarto donde el caballero de Virgo tenía un par de pequeñas camas, dejando a los dos niños tumbados.

Pasó una mano por la cabeza de cada uno y abrieron los ojos suavemente, pronunciando el nombre de los dos caballeros de oro, para a continuación desvanecerse de nuevo.

Los dos hombres salieron de la habitación, dejando a los nenes descansar.
—Me ha comentado mi maestro que ya han sufrido más ataques de este tipo— murmuró el caballero de Aries—. Si quieres me quedo contigo toda la noche, para echarte una mano…

—No hace falta— respondió Shaka, calmado—.Si hay alguna novedad, te aviso, ¿de acuerdo?

Mu asintió y llamó a Kiki, quien estaba cabizbajo y pidió perdón a los dos hombres ya que pensaba que los dos niños habían sido golpeados en la cabeza con las piedras.

Dentro del cuarto, Shaina abrió los ojos. Parpadeó un par de veces. Miró primero al techo y después alrededor.

Sintió una punzada en las sienes y gruñó un quejido de dolor.
— ¿Dónde estoy?— se preguntó, y al escucharse se sobresaltó—. ¿Qué le pasa a mi voz?

Desconcertada vio a un niño tumbado boca arriba en la cama de colindante y le llamó.
—Eh, niño—chistó—. Oye, ¿me escuchas?

Jabu abrió los ojos y miró a la niña.
—Venga a dormir, que no son horas de estar despierta— murmuró somnoliento, pero al escucharse la voz infantil, Jabu se incorporó de la cama—. ¿¡Qué coño!?

— ¿Jabu?— preguntó Shaina, completamente asustada—. ¿Eres tú?

El japonés miró a su compañera y se llevó la mano a la boca.
— ¡Shaina!— exclamó—. ¿¡Por qué estás así!?

La italiana agachó la cabeza y con sus manos palpó sus senos. Todo plano.

Ella ahogó un grito y señaló a su compañero.
— ¡Jabu, que tú también eres un niño!— exclamó aterrada—. Vale, vale, vale…— murmuró tratando de tranquilizarse, al tiempo que veía a Jabu mirarse los brazos y las piernas—. Esto tiene que ser una pesadilla o algo…

Inmediatamente se pellizcó la piel. Sintió dolor y sacudió la cabeza. A continuación, saltó a la cama de Jabu.
—Pellízcame tú— pidió la amazona a su compañero, que seguía mirando sus pequeñas manos y pies.

El japonés pellizcó a la italiana y luego pidió que ella le pellizcara a él.
—Pues esto va a ser real…— musitó el muchacho—. Pero no me acuerdo de nada, ni siquiera sé dónde estamos…sólo recuerdo comer pan…y luego unos sátiros…

Shaina giró la cabeza hacia Jabu.
— ¡El pan de Hécate!— exclamó ella, para a continuación fruncir el ceño—. ¡Fue tu culpa, pedazo de idiota!— dijo lanzándose contra el nene, agarrándole del cuello.

En ese momento, Shaka abrió la puerta y vio a los dos enzarzados.

— ¡Shaina! ¡Jabu!— exclamó el caballero de Virgo, separándolos—. ¿Qué os pasa?

— ¡Este imbécil, que se confundió con el pan!— gritó la amazona, quien fue cogida en volandas y devuelta a su cama—. ¡Suéltame Shaka!

— ¡Joder yo que iba a saber!— espetó el caballero de Unicornio, cogiendo aire—. No tengo fuerza para nada…

El indio abrió los ojos y miró a ambos.
— ¿Habéis recobrado vuestra personalidad real?— tartamudeó incrédulo, percibiendo las fluctuaciones de los dos guerreros—. Esto no está bien…

Ordenando a ambos bajar de la cama, se los llevó en dirección al templo del Patriarca.


NOTAS:

Muchas gracias a todos los que seguís y marcáis esta historia entre vuestros favoritos.

¡Nos vemos en el próximo capítulo! ¡Hasta entonces, feliz semana!