10. Dos pequeños problemas para Shaka

Al alba, cuando aún la luz solar no bañaba el Santuario, Shaka escuchó unos pasitos por el pasillo que conducía a la cocina.

Apenas había podido dormir, debido a su inquietud respecto al estado de los dos pequeños a su cuidado, pero para él no supuso ningún problema, ya que solía permanecer en estado de vigilia muchas noches.

Pero siendo humano, necesitaba descansar aunque fueran solo tres horas, por lo que despertó sobresaltado al escuchar ese sonido de piececitos pateando el templo de Virgo de arriba abajo, buscando algo, cuando sólo llevaba apenas dos horas durmiendo.

El hombre se frotó los ojos y apartó el largo flequillo rubio de su rostro y aguardó unos instantes, aún tumbado sobre la cama.

Escuchó con detenimiento lo que aquella personita hacía en su cocina. Pudo oír cómo arrastraba una silla, a pesar de que intentaba levantarla de vez en cuando. Después silencio y seguidamente el abrir y cerrar de armarios sin cesar.

También distinguió cómo aguantaba la respiración al coger un vaso al vuelo, antes de que se estrellara contra el suelo.

Shaka sonrió y respiró aliviado.
—Shaina tiene buenos reflejos…— murmuró, cerrando los ojos. Nada pasaba desapercibido para el caballero de Virgo.

Y cuando esos pasitos se acercaron hasta su puerta y llamaron a la misma, el hombre invitó a la niña a entrar en su cuarto.

—Buenos días— musitó el indio, viendo a la pequeña con sus enormes ojos verdes mirándole con curiosidad, con ese brillo característico infantil que la noche anterior se había borrado por unos momentos—. ¿Has dormido bien?

La nena respondió que le dolía un poco la cabeza, pero que tenía mucha hambre.
— ¿No tienes croissants o galletas?— preguntó, tocándose la tripa, que gruñía con fuerza—. Quiero desayunar.

Shaka pidió a la pequeña que se acercara hasta su cama. Le pasó la mano por la frente y tras comprobar que no tenía fiebre, se incorporó y acompañó a la niña hasta la cocina.

Le alivió ver que no había nada desordenado, excepto que la silla estaba colocada al borde de la encimera de la cocina y que no había cerrado el armario donde se hallaba la cubertería.

El vaso vacío reposaba sobre la misma y Shaka abrió el grifo, rellenándolo con agua fresca, para posteriormente tendérselo a la italiana.
—Ten, voy a mirar en la despensa si tengo algo— informó el indio, mientras abría una pequeña puerta y se adentraba en una diminuta habitación donde había varias baldas con comida alrededor, especialmente diferentes tipos de harinas y tés.

Escuchó más pasitos adentrándose en la cocina y un largo bostezo, proveniente de Jabu.

Shaka echó un vistazo al pequeño japonés, que se encaramó a una silla y quedó sentado junto a su compañera, que enseguida comenzó a picarle.

—Qué pelos tienes— soltó Shaina riéndose, al tiempo que alargaba su brazo y revolvía los cabellos rubios del japonés, quien se quejó por aquel gesto y trató de zafarse. Los dos chiquillos se incordiaban mutuamente, pero nada inquietó al hombre, que seguía afanándose en la búsqueda de algo de desayuno para los niños.

Cuando escuchó un golpe seco, Shaka soltó el paquete de galletas que había encontrado y la bolsa de té inmediatamente y salió a la cocina.
— ¿Qué ha pasado?— preguntó alarmado, al no ver a Jabu sentado en la mesa y a Shaina mirando al suelo—. ¡Jabu!

El indio se acercó y vio al pequeño japonés de pie sin un rasguño. Lo único que la silla estaba tirada en el suelo.
—Ella me empujó y casi me caigo— se quejó el nene, señalando a su compañera—. Pero he saltado y no me he caído— respondió orgulloso.

Mesándose la larga melena rubia, el caballero de Virgo resopló aliviado y colocó la silla en su sitio, aupando de nuevo al japonés, quien sacó la lengua a su compañera.

Shaka recogió el paquete de galletas y lo depositó frente a los dos niños, quienes se lanzaron voraces sobre él.

Mientras el indio hervía agua e introducía hojas de té en la tetera, escuchó unas exclamaciones de repugnancia.

— ¡Estas galletas saben mal!— se quejó Shaina, escupiendo lo masticado rápidamente—. ¿De qué están hechas?

Con una galleta a medio comer, Jabu seguía masticando despacio, aunque su cara tampoco denostaba demasiada felicidad comiéndola.

Dándose media vuelta, el indio cogió el paquete.
—Son integrales, las como a diario y están ricas— respondió el hombre, que pidió al caballero de Unicornio que no la comiera si no quería, por lo que el nene dejó suavemente la galleta sobre la mesa y tragó como pudo lo que tenía en la boca—. Pues como no comáis un poco de fruta y el té que os estoy preparando…

Entonces el japonés alzó la manita y preguntó si el té era eso que olía tan mal.

— ¡No huele mal!— exclamó el caballero de Virgo—. Es té… ¿tampoco vais a beberlo?

Los dos niños sacudieron la cabeza, por lo que Shaka apagó el fuego y retiró la tetera.
—Está bien— dijo rindiéndose ante los niños—, ¿qué queréis desayunar entonces?

— ¡Chocolate y croissants!— exclamaron al unísono los dos, relamiéndose.

—Pero yo no tengo de eso en mi despensa…sólo chocolate negro, pero es muy amargo para vosotros— murmuró el rubio, señalando la nevera que tenía.

La pequeña italiana se bajó de la silla y cogió al caballero por la mano, tirando de él.
—Yo sé dónde hay chocolate y croissants— dijo feliz, al tiempo que miraba a Jabu—. ¿A que sí?

El japonés asintió feliz y se bajó también de la silla, uniéndose a los dos.

Varios cientos de metros por debajo del suelo, concretamente, en aquel lúgubre lugar llamado Inframundo, los tres caballeros dorados tenían que llegar al templo de Antenora, donde residía Aiacos de Garuda.

Deathmask y Camus habían quedado retrasados respecto a Milo, quien habiéndose enfadado con sus dos compañeros por no tomarse la misión en serio, a pesar del lugar donde estaban, se había distanciado a grandes zancadas y ya se hallaba a las puertas del susodicho templo.

No había encontrado a ningún guardia, simplemente la puerta estaba entreabierta y la había empujado suavemente para investigar por su cuenta.

No viendo a nadie apostado en la pronaos, el caballero de Escorpio siguió adelante con cuidado.

Todo estaba en silencio y una pesada oscuridad inundaba todo. Cerró los ojos unos segundos para acostumbrar la vista a la oscuridad avanzó un poco más.

Fuera, sus dos compañeros apuraban el paso para dar alcance a su compañero.
—Estúpido escorpión mugroso— farfulló el caballero de Cáncer—, ahora es él quien se comporta como un crío… ¡pues ahora me enfado y os dejo atrás!— recitó imitando la voz del griego, a modo de mofa.

El francés sacudió la cabeza y simplemente resopló, mandando callar a su compañero.

No lejos de allí, los espectros de Basilisco y Arpía había observado esta última escena, sin entender muy bien lo que había pasado.

— ¿Dónde está el tercer sirviente de Hades?— preguntó Valentine, extrañado ante esto— Y esos dos parece que están discutiendo…

Sylphid agudizó la vista para intentar ver qué diantres andaban haciendo aquellos dos sirvientes alejados del otro. Nunca había visto un comportamiento semejante, ya que era conocido por todos que cuando aquella comitiva deambulaba por el Inframundo, iban todos juntos en fila india y despacio. Rara vez mostraban algún comportamiento fuera de lugar, salvo cuando algún mortal o espectro se atrevía a inmiscuirse en su camino, y era cuando sacaban sus armas y degollaban sin más miramientos al infractor.

—Ve a informar al jefe…— musitó el belga a su compañero, quien asintió rápidamente y regresó a la Caína.

Al cabo de unos minutos, el juez apareció portando ahora la armadura de Wyvern, acompañado de Valentine.

—Mi señor, los tres sirvientes se dirigen al templo de Aiacos— dijo Sylphid, señalando el camino que llevaba a Antenora—. ¿Quiere que les sigamos?

Radamanthys se quedó unos instantes observando el lugar señalado y compuso un rictus serio.

—De eso me encargo yo— musitó el inglés, torciendo una sonrisa—. Vosotros dos, cerrad el paso a mi templo. A partir de ahora, nadie puede cruzarlo, ni para entrar, ni para salir, ¿entendido? Sea quien sea.

Los dos espectros asintieron con una reverencia y se apresuraron a realizar el cometido.

—Estoy hasta las narices de que se cuelen ratas doradas en mi territorio— gruñó el juez, acertando en su intuición.

Cuando Camus y Deathmask alcanzaron a su compañero, éste había dado un respingo por el susto, ya que el francés, por no hablar, le había agarrado del hombro.
—Somos nosotros— susurró Camus—. Vamos…

Milo relajó la expresión de su cara y lideró esta vez la comitiva, atravesando la naos con decisión.

En mitad de la sala, reposaba la armadura de Garuda, tenebrosamente resplandeciente. Los tres caballeros lanzaron una mirada de reojo al tótem, que permaneció inmutable en su lugar.

Desfilaron por su lado, sabiendo que Aiacos estaría en el templo, pero al tener la armadura montada, indicaba que en ese momento, estaría ocupado con otros menesteres.

Sólo un guardia se hallaba sentado al fondo de la puerta, sentado en el suelo, completamente dormido.

Los tres caballeros fueron a abrir la puerta, pero el chirriar de los goznes despertó al guardia, quien parpadeó un par de veces y al ver a aquellos tres, se recompuso rápidamente y se ofreció a abrirles la puerta entre una retahíla de disculpas.

Una vez fuera del templo de Antenora, los tres respiraron aliviados, enfocándose ahora en conseguir llegar hasta el templo de Minos, Ptolomea.

Radamanthys alcanzó el templo de Aiacos y empujó la puerta hasta atrás.
— ¿Cómo es que no hay nadie aquí vigilando?— gruñó el juez, al cruzar la pronaos desértica y llegar a la naos, donde localizó al guardia que se había puesto a dormir de nuevo.

El inglés pateó al guardia, quien se despertó rápidamente. Al ver al Wyvern, se incorporó del suelo y empezó a balbucear explicaciones, pero el juez le izó del cuello.
— ¿Han cruzado por aquí tres personas con largas túnicas?— preguntó el espectro—. ¡Contesta!

— ¡Sí, sí, sí!— respondió tembloroso el guardia, sintiendo que la mano de Radamanthys apretaba con fuerza su cuello, impidiéndole respirar—. ¡Les abrí la puerta!

— ¿Y tu señor Aiacos?— preguntó de nuevo—. ¿Dónde está?

El guardia señaló hacia arriba, donde se supone que estaba la zona privada del espectro de Garuda.

Radamanthys apretó aún más el cuello del guardia, que se tornó rojo, después violeta y finalmente sus ojos se quedaron en blanco, al expirar por asfixia. En ese momento, el juez liberó su agarre y miró con desprecio al guardia, dejando su cadáver a la puerta y dirigiéndose raudo hacia las escaleras que conducían a los aposentos de su compañero.

De una patada tiró la puerta abajo y entre las sombras pudo distinguir dos cuerpos. Encendió la luz y vio a Aiacos desnudo en la cama y a Violate que rápidamente se cubría con la sábana.

— ¿Pero qué coño haces?— exclamó Aiacos furioso, pero antes de que pudiera seguir increpando a su compañero, éste le encajó un puñetazo en toda la cara.

El nepalí retrocedió dolorido, cuando sintió al Wyvern agarrándole por los hombros.
— ¡Mientras estabas aquí fornicando con Violate nos han invadido tres caballeros de oro que se dirigen a la Judesca!— rugió el Wyvern—. ¡Ponte la armadura de una puta vez, imbécil, que han atravesado tu templo y ni siquiera te has percatado de su presencia! ¡Vergüenza debería de darte!

Tambaleándose, Aiacos obedeció a su compañero, mientras buscaba la ropa que estaba desperdigada por la habitación.

Violate se había quedado completamente muda ante aquel huracán, cuando sintió la punzante mirada ambarina del Wyvern sobre ella.
—Y tú también, vístete y ponte a montar guardia en este templo, que nadie lo cruce, ¿entendido?

La mujer asintió y esperó a que los dos hombres abandonaran la habitación para poder cumplir la orden.

De vuelta en la superficie terrestre, Shaka era literalmente arrastrado por los dos niños, que le conminaban a subir las escaleras hasta el templo de Escorpio.

Pararon frente a la puerta y los dos niños la señalaron.
—Ahí dentro hay cosas ricas para comer— dijo Shaina, tratando de abrir la puerta sin éxito. Empezó a patearla y a arañarla, hasta que Shaka la cogió en volandas y la apartó de ahí.

—No Shaina— dijo el caballero de Virgo—, niña mala. Eso no se hace, es la propiedad privada de Milo y si él no está, no vamos a entrar. Venid, que vamos a preguntarle a Aioros a ver si tiene algo para vosotros…si está despierto…

Pero los dos pequeños se plantaron y empezaron a protestar enérgicamente, por lo que el indio se vio obligado a arrastrarles de allí.

Primero fue Jabu el que rompió a llorar y seguidamente Shaina se unió a sus lamentos, aunque ella mantenía el ceño fruncido y los ojos humedecidos, sin querer dejar escapar una sola lágrima.

—Pero si es que no puedo entrar ahí— informó el hombre—. Milo se enfadará si sabe que hemos entrado sin su permiso, ¿entendéis?— dijo tratando de apaciguar el llanto del pequeño japonés en vano.

— ¡Yo quiero que vuelva Milo!— gimotéo Jabu, sin dejar de hipar y llorar al mismo tiempo—. ¿Dónde está? ¿Por qué no viene?

Abrumado por todo aquel espectáculo, Shaka miró a los dos niños compungidos que echaban de menos al caballero de Escorpio. Sacudió la cabeza y cerró los ojos.
—Ahora que no está le echan de menos, cuando no paran de atosigarle y hacerle sufrir cuando está por aquí— y mirando a Shaina, que le aguantaba la mirada con un puchero, sonrió—. Ojalá podáis recordar todos estos sentimientos cuando recuperéis vuestra identidad real y así le valoréis como se merece…está bien, dadme la mano los dos.

Titubeando, y pensando que sólo lo hacía para alejarlos de allí, los pequeños eran reticentes a agarrar la mano del rubio. Éste insistió un poco más y al final los dos nenes cumplieron su orden, desapareciendo inmediatamente de allí.

Unas milésimas de segundo después aparecieron en el interior del templo de Escorpio. La italiana y el japonés se habían aferrado con fuerza al caballero de Virgo, pero en cuanto abrieron los ojos y vieron dónde estaban, se asombraron.

— ¿Tú también sabes teletransportarte?— preguntó Shaina, con la boca abierta. Y en cuanto Shaka asintió, la niña salió escopetada hacia la cocina junto a Jabu, para arramplar la despensa del caballero de Escorpio.

Los dos niños se las ingeniaron para ir recogiendo bolsas de croissants, magdalenas y chocolate que encontraban por los armarios, así como apañar unos macarons traídos por Camus un par de días antes y que llamaron poderosamente la atención de los chiquillos por sus vivos colores.

— ¡Vale ya!— exclamó el indio, al ver la montaña de comida—. Cuanta grasa saturada hay aquí…— dijo leyendo la etiqueta de ingredientes de una bolsa de bollos—. Y los macarons los dejáis en la nevera, que eso es un regalo de Camus para Milo, y se enfadará si sabe que los habéis…

Shaina y Jabu levantaron la vista, ambos con los carrillos llenos y las manitas saqueando la cajita de macarons.

Shaka suspiró y admitió los restos de macarons que quedaban.
—…comido— terminó de completar la frase.

Una vez que la despensa del caballero de Escorpio fue arrasada, el caballero de Virgo se teletransportó junto a ellos hasta su propio templo.


NOTAS

Este capítulo ha sido más tranquilo para los pequeños, quienes necesitaban afianzarse un poco con el caballero de Virgo después del trajín anterior.

Muchísimas gracias a todos los que os pasáis por esta historia y la marcáis como favorita o empezáis a seguirla, así como a todos los que dejáis un comentario en él.

Sslove: para mi, normalmente los viernes y domingos por la tarde es cuando suelo estar más libre, por eso actualizo esos días. Radamanthys huele a los caballeros de oro a distancia XD tiene un olfato de sabueso y hay comportamientos extraños que él no se toma a la ligera. Es el poder de la Uniceja…¡un saludo, gracias por el comentario y por leer!

¡Espero que os haya gustado este capítulo y hasta la semana que viene!