11. Tres jueces y tres dorados
Aiacos y Radamanthys salieron del templo de Antenora y se dirigían raudos hacia Ptolomea, escondiéndose tras las gigantescas formaciones pétreas repartidas por el camino.
Bajo su atenta mirada, los tres caballeros de oro enfilaban hacia el templo de Minos, cuando el siciliano se giró bruscamente.
—Vamos Deathmask— susurró Camus a su compañero—, tenemos que darnos prisa, ya queda poco.
El caballero de Cáncer se quedó unos segundos escudriñando el panorama, no muy seguro de que estuvieran solos en aquel aparentemente desolado paraje. Se rascó la barbilla y, mosqueado, se dio media vuelta para seguir a sus compañeros.
Detrás de uno de los montículos, el espectro nepalí se había pegado lo más que había podido, a pesar de lo aparatoso de su armadura. Aguardó las indicaciones de Radamanthys, un poco más adelantado que él, y cuando los tres caballeros de oro desaparecieron de su vista, el Wyvern le hizo una seña para seguir avanzando.
—Igual deberíamos ir sin armadura— musitó el juez de Garuda—, nos van a ver enseguida, no son muy discretas…
El inglés emitió un gruñido y conminó a su compañero a continuar la persecución.
—Cruzaré los dedos para que Minos no esté durmiendo o vagueando…
De vuelta en el Santuario, los dos niños devoraban el desayuno con ansia, llenándose los carrillos de aquellos suculentos manjares, para disgusto de Shaka que seguía leyendo todas las etiquetas de aquella bollería industrial, repleta de ingredientes poco saludables.
Tan ensimismado se hallaba, que no escuchó los pasos de una persona adentrándose en el templo de Virgo.
Hasta que esa persona no le llamó con su poderosa voz, el indio no levantó la cabeza. Echó un vistazo a Shaina, que aparentemente, no había escuchado al invitado y seguía atiborrándose de bollos.
Shaka suspiró aliviado y se incorporó de la silla de la cocina, dirigiéndose hacia la nao de su templo.
Allí, de pie, se hallaba Cassios.
—Buenos días— saludó el rubio al inesperado visitante—, ¿qué te trae por aquí?
El muchacho miraba por todos los rincones.
— ¿Dónde está?— preguntó angustiado—. ¿Dónde está Shaina? Me han dicho que Milo se ha marchado de misión y que la dejó a tu cargo…
El caballero de Virgo inspiró profundamente. Era conocedor del enorme afecto que Cassios prodigaba hacia su maestra y enterarse de aquella manera de la situación de la italiana, le había hecho despotricar contra sus propios compañeros.
—Escúchame Cassios…— comenzó a decir Shaka, pero fue interrumpido abruptamente por el joven.
— ¡No!— bramó el griego—. ¡Escuchadme vosotros a mí! Shaina fue y es mi maestra, y la única persona que he tenido a mi lado desde que éramos pequeños. Ella siempre me ha cuidado y ha hecho de mí quien soy, ¡y ahora es mi deber cuidarla! Exijo que se quede conmigo.
Comprendiendo que Cassios no entraría en razón, Shaka se pasó la mano por el largo cabello rubio y suspiró.
—Eso no es posible— replicó el caballero de Virgo—. Esto que ha sucedido no es un juego, es algo muy serio y la vida de Shaina como la de Jabu corre peligro si no se soluciona rápido este problema. Por tanto, el Patriarca me ha encomendado cuidarlos, ya que…
— ¡Me da igual lo que haya pedido el Patriarca!— gritó el enorme hombre, perdiendo los estribos—. ¡Quiero a Shaina conmigo, yo la cuidaré y no le pasará nada malo mientras esté a mi cuidado! ¡No como el imbécil de Milo que la dejó sola y mira lo que ha pasado! ¡No puedo confiar en vosotros! ¡Así que no me pienso ir de aquí hasta que Shaina no salga de la mano conmigo!
Dicho esto, el gigante se sentó en el suelo del templo y cruzó los brazos.
Antes de que el caballero de Virgo pudiera responderle, una cabecita se asomó por entre las cortinas que separaban la naos del resto de estancias privadas del templo.
La niña abrió los ojos al ver a Cassios sentado en mitad del templo y frente a él, a Shaka con cara de circunstancias. Algo dentro de ella se agitó con fuerza, sin saber muy bien que era. Aquel hombre gigante era increíblemente familiar para la italiana. Tanto, que casi sin poder evitarlo, echó a correr y se arrojó a los brazos de Cassios.
El hombre la estrechó con fuerza, mientras varias lágrimas recorrían sus mejillas. Acarició a su maestra con sumo cuidado y la llamó por su nombre.
La nena alzó la vista y sonrió con una mezcla de alegría y cariño, apretándose aún más contra él, buscando su protección.
Ante tal muestra de afecto mutuo imposible de dejar pasar inadvertido, Shaka relajó su discurso y permitió a los dos pasar el resto del día juntos.
—Pero si ella se desmaya u ocurre algo extraño, por favor, vienes enseguida a mi templo, ¿de acuerdo?— advirtió el rubio—. Por favor Cassios, es muy importante que me hagas caso con eso…
—Descuida— contestó el joven—, que nada malo le va a pasar mientras esté conmigo.
El caballero de Virgo permitió que el muchacho saliera de su templo acompañado de la pequeña, no sin mostrarse preocupado.
De vuelta en el Inframundo, al alcanzar Ptolomea, los tres caballeros se percataron de que la puerta principal estaba cerrada a cal y canto. Y tampoco había ningún guardia.
— ¿Qué hacemos?—murmuró Milo, dando un pequeño rodeo—. No hay otra manera de cruzar el camino si no es atravesando el templo… ¿Camus?
El aludido tenía el ceño fruncido y trataba de pensar algo adecuado, cuando el caballero de Cáncer se adelantó a los tres, agarró la aldaba de la puerta y comenzó a sacudir con ella la puerta.
— ¡Pero qué haces loco!— exclamó el griego, sujetando el brazo derecho del siciliano— ¡Que vas a llamar la atención!
—De eso se trata— contestó Deathmask—, de llamar la atención del que esté dentro para que nos abra.
Al escuchar unos pasos los tres jóvenes se dispusieron en formación.
La puerta se abrió y apareció ante ellos el tercer juez en discordia, que andaba comiendo unas uvas.
— ¿Qué?— espetó disgustado—. ¿No teníais otro momento para pasar por aquí, justo cuando estoy ocupado?— dijo abriendo la puerta y dejando pasar a los tres caballeros de oro—. No puede descansar uno a gusto en este sitio… ¡Puerta cerrada significa que no quiero ser molestado!
Los tres caballeros avanzaron a toda prisa sin decir ni una sola palabra, tragando saliva y apurando el paso para cruzar cuanto antes aquel templo.
Minos se había quedado en la puerta masticando las uvas y cuando iba a cerrar la puerta, un pie se lo impidió.
A punto estuvo Radamanthys de aullar de dolor, pero aguantó estoicamente y antes de que su compañero pudiera decir nada, le tapó la boca y le señaló los tres intrusos que se alejaban por el pasillo del pronaos.
— ¡No les dejes atravesar tu templo!— indicó el Wyvern, mientras Aiacos seguía adelante—. ¡Son caballeros de oro del Santuario de Atenea!
El noruego tiró las uvas al suelo y fue a frenar a Garuda.
—Espérate, que me encargo yo de ellos— pidió el juez de Grifo, sacudiéndose el agua de las manos, mientras avanzaba a toda prisa y llegaba al naos, donde estaban los tres caballeros de oro a punto de abrir la puerta trasera.
—Disculpadme— exclamó Minos, llamando la atención de los dorados—, por ahí no podéis pasar, está también cerrada. Esperad un momento que voy a por la llave…
Los tres caballeros se lanzaron miradas de extrañeza.
—Mi sentido arácnido me dice que estamos en peligro…— murmuró Milo, quien reafirmó sus sospechas cuando divisó al juez vistiendo su armadura de Grifo—. ¡Cuidado!— gritó, empujando a sus dos compañeros a un lado cuando los hilos que emanaban de los dedos del juez se dirigían hacia ellos.
Los tres dorados se recompusieron y fueron a prepararse para atacarle, cuando entraron en escena Wyvern y Garuda, listos también para pelear.
— ¡Lo sabía!— rugió el inglés—. Ratas doradas…os dirigíais hacia la Judesca, ¿verdad?
Ya descubiertos, los tres caballeros de oro se retiraron las túnicas, por lo que quedaron al descubierto con las armaduras básicas del Inframundo, dejando atónitos a los jueces.
— ¡Nos han plagiado las armaduras!— exclamó asombrado Aiacos.
—Bah— respondió desdeñosamente Minos—, seguramente haya sido el tío sin cejas del Santuario…ese que estuvo aquí para sustituirme…yo podría hacerlas mejor…
— ¿Queréis callaros de una vez?— exclamó Radamanthys, incrédulo al ver que sus compañeros discutían por algo irrelevante—. ¡Y vosotros contestad a lo que os he preguntado antes!
Camus se dirigió al Wyvern y le miró a los ojos.
—Un respeto que no te hemos gritado— dijo el francés—. Sí, nos dirigíamos a la Judesca, ¿algún problema?
Milo y Deathmask abrieron la boca al escuchar la contestación de su compañero, pero la cerraron al ver que el caballero de Acuario les indicaba tranquilidad por la espalda.
— ¿Te parece que no hay problema en venir al Inframundo y deambular por aquí como si nada?— espetó el inglés acercándose a Camus—. Te reconocí por tu ataque de hielo y por tu perfume… ¿creías que podrías engañarme?
Por detrás, los caballeros de Escorpio y Cáncer estuvieron a punto de prorrumpir en una carcajada, que no pasó inadvertida para el Wyvern, quien lanzó una de sus amenazantes miradas ambarinas, para después enfocarse en Camus.
—Tus ataques de hielo no me afectan en absoluto— susurró el inglés, mostrando las manos libres al caballero de Acuario.
—Te lo he dicho siempre, a los de Escorpio no nos afecta el frío, pero te empeñas…— advirtió Milo por detrás a su amigo, quien se giró y le dedicó una mirada amenazadora.
—Aiacos, Minos— cortó el inglés—, coged a esos dos que ahora les llevamos a la Judesca…tal y como querían…— dijo riéndose con malicia.
El juez de Grifo envolvió con hilo los cuerpos de los tres caballeros y antes de que Milo y Deathmask fueran a defenderse, Camus les pidió que se calmaran y se dejasen llevar.
Una vez listos, los tres jueces salieron del templo de Ptolomea, arrastrando a los tres caballeros de oro.
— ¿Por qué nos has impedido atacar?— preguntó Deathmask, tratando de liberarse del hilo que le rodeaba.
El caballero de Acuario cerró los ojos y sonrió divertido.
—Porque ahora nos llevarán ante Hades…que es a quien habíamos venido a ver.
NOTAS:
Una semana más aquí me hallo. Publico por la mañana porque por la tarde voy a estar liada, así que, aquí queda expuesto.
Espero que os haya gustado la aparición de Cassios, ya que era necesario que saliera sí o sí.
Sslove: Sí, el poder de la Uniceja es un poder exclusivo de la gente con entrecejo. No hay que tomárselo a broma, pues la Uniceja puede ofenderse y atacar. De ahí que Radamanthys te asuste y te guste por igual (es el morbo de su presencia). Espero que te haya gustado este capítulo y haya resuelto las dudas ;) ¡Un saludo y gracias por comentar el fic!
Muchísimas gracias también a aquellos que os unís de nuevas a leer esta historia, espero que os guste.
¡Hasta el domingo, feliz finde!
