16. A solas en mi templo

Corrió como una exhalación tras aquel sátiro que llevaba en brazos a Shaina, pero la agilidad del monstruo en un terreno conocido de sobra para él más la densa floresta, propició su huida.

Sin embargo, el caballero de Escorpio no cejó en su empeño en seguir el rastro del monstruo, sabiendo el grave peligro que corría su compañera si no se daba prisa. Teniendo esto en mente, Milo agudizó todos sus sentidos para poder dar con él.

Como una sombra, divisó a su objetivo adentrarse en un pequeño claro del bosque.

Aquel camino lo recordaba de sobra, ya que juraría que era el que llevaba hasta el lugar donde se encontró con Hécate. De hecho, al acercarse con sigilo, pudo reconocer cruce de caminos y los restos de la escultura de la diosa desparramados por el suelo.

Buscó al sátiro, que había tumbado a la amazona sobre la hierba boca arriba y con sus manos desgarraba la ropa de la joven, aún inconsciente.

Milo le localizó cuando el monstruo terminó de desnudarla por completo y la colocaba en la posición que requería, mientras se dedicaba a degustar los senos de la muchacha, lamiendo y sobándolos con fuerza, con la excitación bien visible y preparada.

Antes de que pudiera consumar el acto despreciable, el caballero de Escorpio saltó al claro para impedirlo.

Ni siquiera le dio la opción al monstruo de retirarse, simplemente recibió el ataque letal del griego directo al corazón, cayendo desplomado al lado de la joven.

Milo pateó el cadáver del sátiro, reventándole la entrepierna. A continuación, agarró al bicho y lo arrojó lejos de su amiga.
—Sucio monstruo— espetó con rabia—. No mereces ser ni alimento para los cuervos…

Aún con la sangre hirviendo por lo que acababa de ver, el caballero se dirigió hacia su compañera.

Ella seguía tumbada boca arriba, con una expresión serena en el rostro a pesar de que minutos antes hubiera sido mancillada por el sátiro. Los restos de su ropa, aquella que la había acompañado todo el tiempo que fue niña, se hallaba hecha jirones a un lado.

Milo tragó saliva y acarició suavemente su rostro y pensó en lo que hubiera pasado si él no hubiera llegado a tiempo. Rápidamente se quitó la capa que llevaba enganchada a su armadura y cubrió con ella a la muchacha, no sin antes limpiar el reguero de babas que el sátiro había dejado en sus pechos.

Se agachó a su lado y comenzó a llamarla, mientras palmeaba su rostro.

En cuestión de segundos, la amazona volvió en sí. Abrió los ojos lentamente y se encontró de frente con los ojos turquesas del caballero de Escorpio.

La joven sonrió y musitó el nombre del griego, quien sonrió aliviado al verla recobrar el sentido.

Desperezándose, pronto se percató de que bajo la capa, ella estaba desnuda.
— ¿Qué me has hecho Escorpión Mugriento?— gritó la italiana, levantando el brazo, que fue parado por la mano del hombre, antes de que estrellara su mano contra la cara de él.

—Yo también me alegro de volver a verte Shaina— dijo el griego—, aunque esta vez no has podido arrearme como siempre. Y— dijo señalando la zona donde se hallaba el cadáver del sátiro—, no he sido yo quien te ha desnudado…

— ¿Dónde estamos?— espetó la joven, mirando alrededor— ¿Qué ha pasado?

Milo desvió la mirada.
—No te ha hecho nada porque…—y súbitamente se calló, al ver la cara de terror que Shaina estaba componiendo, por lo que él la abrazó contra su cuerpo, acariciándole la cabeza—. Ya ha pasado, no te preocupes…escucha, ¿ves esas piedras de ahí?— dijo señalando las piedrecitas del tótem—, tienes que montarlas rápidamente.

La italiana sentía su corazón palpitar a toda prisa, no solo por la sensación de aturdimiento que tenía sino porque no sabía qué había pasado. Recogió sus botas y tras calzárselas, se incorporó del suelo con ayuda del dorado, cubriéndose el cuerpo desnudo con la capa.

— ¿Dónde está mi ropa?— preguntó ella, al ver unos jirones.

—En tu caja de pandora está la que llevabas cuando…pero está casi a la entrada del bosque y ahora mismo no sé por dónde tirar…— dijo dando una vuelta sobre si mismo.

Dando unos pasos, Shaina llegó hasta donde estaban las piedrecitas y montó el tótem con facilidad.
—Acabo de tener un dejà vú— murmuró la joven, colocando el último pedazo.

Inmediatamente, se formó un haz de luz alrededor y Hécate se personó al instante.

—¡Qué vieja más horrenda!— exclamó asustada la amazona, abrazándose a Milo.

—¿Te has visto en el espejo, reina? Y encima vas desnuda— espetó malhumorada la diosa—. Ah, si eres tú…je…—dijo Hécate, viendo al griego—. ¿Y mis panes?

El caballero de Escorpio resopló.
—Están dentro de mi caja de pandora, necesitamos ir a la entrada del bosque. Además, que ella tiene que vestirse, que hay movida con los sátiros y Jabu está solo peleando contra ellos.

Hécate sacudió la cabeza.
—Esos malditos pervertidos…— masculló—. Está bien, iremos para allá enseguida. ¡Pero más te vale que no me estés mintiendo!

—¿Has dejado a Jabu solo peleando?— exclamó la amazona indignada—. ¡Cómo se te ocurre!

Milo se mordió la lengua y suspiró, agarrando a la joven y obligándola a pegarse a Hécate.

Ésta pronunció unas palabras y desaparecieron del claro.

Segundos después, reaparecieron en el lugar acordado.

A pesar de su aparente vejez, Hécate corrió hacia la caja dorada de Escorpio, levantó la tapa y sacó los tres panes.

Los olió con placer mientras los manoseaba e inmediatamente se comió uno. Ante los dos guerreros, inmediatamente apareció una diosa de mediana edad, de largos cabellos verdes. Y tras ingerir el segundo, una niña pizpireta con el pelo recogido en dos coletas.

—¡Muchas gracias por los panes!— dijo risueña—. Me llevo este para otra ocasión— informó, alzando el tercer pan extra que Shion le había entregado—. ¡Me voy de aquí ya, que Artemisa me espera!

—¡Alto!— gritó el griego—. ¿No piensas ayudarnos con los sátiros?

Hécate sacudió la cabeza.
—No me está permitido enfrentarme a seguidores de otros dioses— contestó la niña—, además, mis poderes no os servirían de mucha ayuda. Vosotros podéis con ellos de sobra, pero ya que habéis venido hasta aquí y me habéis compensando, cuando terminéis os transportaré hasta el Santuario de vuelta.

Milo accedió a la propuesta y se preparó para pelear, mientras pedía a su compañera que se vistiera.

La amazona se acercó hasta su caja y la abrió, sacando del interior la ropa, pero se quedó quieta.
—¡Venga Shaina, que es para hoy!— apuró el caballero de Escorpio.

—¡Pues cierra los ojos!— exclamó la joven.

—¡Estoy observando por si viene otro sátiro!— replicó él—. Si ya te he visto desnuda, ¿qué más te da?

La joven comenzó a irritarse, por lo que Milo bufó una maldición y se dirigió hasta donde estaba su compañera.
—Te das la vuelta y sujetas la capa para que no me vea nadie— explicó ella, haciendo girar a su compañero—. ¿Ves? Ahora abre las manos y sujeta la capa.

—Lo que tengo que aguantar…— masculló el griego—. Date prisa, que Jabu necesita refuerzos…

—¿Y tú cuándo me has visto desnuda?— preguntó la joven, mientras se colocaba la ropa.

—Por algo llevabas la capa encima, pero ya te dije que no pienso decirte la razón— Milo seguía pensando en aquella escena y se sacudió la imagen de la cabeza disgustado.

Con un poco de dificultad que suponía vestirse estando de pie, la muchacha lanzaba alguna mirada al griego, sólo para cerciorarse de que sus ojos no estaban puestos sobre ella. Rápidamente fue colocándose su ropa y finalmente la armadura de Ofiuco.

—Ya estoy— dijo la joven, ajustándose el brazal con forma de serpiente en su brazo.

Milo dejó caer la capa y crujió sus nudillos.
— ¿Lista para pelear?

—Lista para expulsar a todos esos sátiros de este bosque— asintió la joven, lanzándose a la carrera junto al caballero de Escorpio, uniéndose finalmente a la batalla junto a Jabu.

Los tres caballeros no tardaron mucho en hacer retroceder a aquellos seres, especialmente desde que el dorado pudo desatar un potente ataque que despejó el campo de batalla con rapidez, dejando fuera de combate a muchos de los sátiros.

Una vez expulsados del bosque, los tres fueron recibidos con vítores y regalos por las ninfas, entre las que se encontraba aquella que protegió a Jabu siendo un bebé.

Mientras charlaban animadamente con ellas, una ninfa se acercó hasta la amazona.

—Lo vi todo— dijo la deidad—, ¿estás bien?

La italiana se extrañó ante tal pregunta y señaló su brazo izquierdo.
—Tengo un par de rasguños y seguramente tenga moratones por las coces de algunos sátiros, pero nada más.

Ahora fue la ninfa quien se extrañó ante tal contestación.
—Digo…si el sátiro te…— titubeó la deidad, sin atreverse a hablarlo todo—. Vi a tu novio matándole— dijo señalando a Milo, quien estaba completamente absorto con la ninfa rubia que abrazaba a Jabu.

—Ah no, él no es mi novio— contestó la amazona—, pero no ha matado ninguno de los sátiros a los que yo hice morder el polvo. Sabes, las mujeres al servicio de Atenea sabemos pelear, no necesitamos la ayuda de ningún hombre.

Entonces la ninfa frunció el ceño.
— Hace unos días atrás, un sátiro te secuestró, pero te convertiste en una niña y él en una cabrita. Pero él retomó su forma original y mientras hoy me perseguía, te vio y fue corriendo hacia ti— informó la deidad—; después te llevó a un claro y allí te desnudó, vi como hacía trizas tu ropa. Y luego tu amigo le mató. Fue muy rápido. Pero tranquila, ya intuyo que no te hizo nada…

—¿Pero nada de qué?— preguntó Shaina—. ¿Estaba yo inconsciente entonces…?

—¡Si te violó o no el sátiro!— indicó la ninfa—. ¿Es que no sabes que esos monstruos se dedican a secuestrarnos y hacernos eso? Vi a ese sátiro encima de ti y pensé que te estaba violando…por eso te pregunté qué cómo estabas, porque tenemos remedios para…

Pero la amazona se había ido hacia donde estaba el caballero de Escorpio charlando con la otra ninfa.

Tiró de su brazo con insistencia.
—Quiero hablar contigo— dijo ella.

—¡Shaina!— exclamó el griego—. ¿No ves que estoy ocupado ahora?— dijo señalando a la rubia, quien se reía—. Es igual que cuando era pequeña…

—¡Igual!—respondió la ninfa rapándose la boca, mientras seguía riéndose, mientras daba permiso al hombre para que pudiera irse con la amazona.

La italiana arrastró a su compañero unos metros.
—¿Me violó un sátiro?— preguntó ella directamente—. ¿Y tú lo mataste?

Milo se pasó la lengua por los labios y suspiró.
—Sí, lo maté— respondió el hombre—, pero no llegó a violarte porque le lancé Antares antes de que lo hiciera.

Shaina se echó a temblar.
—¿Por eso estaba desnuda? ¿Por eso señalaste esa masa peluda que había a un lado? ¿Fue el sátiro quien me destrozó la ropa?

Apesadumbrado y sin saber de dónde sacaría esa información, Milo volvió a asentir.
—Pero ya está, se acabó la misión— respondió el griego, al ver que su compañera trataba por todos los medios de aguantar el llanto—. Por todos los dioses Shaina…

La joven se derrumbó en brazos del caballero de Escorpio y rompió a llorar, mientras musitaba un casi inaudible "gracias".

Enternecido por aquel gesto, Milo acarició suavemente a su compañera, y depositó un beso sobre su cabeza.
—Ya te dije que mientras estuviera a tu lado, no permitiría que nada malo te pasara…y por eso tuve que dejar a Jabu a solas en combate, por ir a rescatarte…

Shaina cerró los ojos y apretó el abrazo contra el griego.

Cargados con fruta del bosque y flores para Atenea, los tres guerreros se despidieron de los habitantes del bosque y fueron guiados al exterior por Hécate.

—¿No puedo llevármela al Santuario?— preguntó Jabu a Milo, señalando a la ninfa que le había protegido.

—No— contestó el caballero de Escorpio—. Además, eres menor de edad, no sabrías ni qué hacer con ella.

—¿Y tú sí?— preguntó el japonés, disgustado.

—Por supuesto que sí…— contestó el griego, guiñándole un ojo—. Sabría qué hacer y se lo haría…

—¿Queréis dejar de hablar de guarrerías los dos? ¡Hay una niña delante!— exclamó la amazona, visiblemente molesta, cortando la conversación entre los dos hombres—. Si es que no sabéis pensar en otra cosa…y encima me siento muy sucia…

Hécate comenzó a reírse.
—Bueno— dijo la niña diosa—, es hora de partir. Muchas gracias por vuestra ayuda, y como lo prometido es deuda…¡directos al Santuario! ¡Dadle las gracias a Atenea de mi parte!

De un fogonazo, los tres guerreros fueron enviados de vuelta a su lugar de origen.

Una vez allí, fueron directos al templo del Patriarca, depositando las ofrendas ante la diosa Atenea que se alegró más por haber recuperado a sus guerreros y que la misión saliera satisfactoriamente. Por el contrario, Shion rebuscaba en los cestos unas cerezas y las apañaba, antes de dispensar a los guerreros.

Tanto Jabu como Shaina fueron informados de toda la historia que había sucedido mientras fueron pequeños, no sólo por la diosa y el Sumo Sacerdote, sino por otros compañeros que habían interactuado con ellos.

Al atravesar el templo de Acuario, Camus y Shaka que estaban en el interior salieron a recibirlos y a felicitarles por el éxito de la misión. Además, el francés entregó una caja de macarons a su amigo.

— ¿No me diste una caja hace unos días?— preguntó el caballero de Escorpio.

—Esos dos la arrasaron— contestó Shaka, señalando a Jabu y Shaina—. Por eso le dije a Camus que debía comprarte otra caja, al fin y al cabo, fue extorsionado por ellos para allanar tu templo…

— ¿Extorsionado?— preguntaron los dos aludidos—. ¡Oye! ¡Que no fue así!— replicaron ofendidos el japonés y la italiana. Shaka alzó una ceja y sacudió la cabeza.

Una vez se despidieron de sus compañeros, los tres siguieron bajando hasta Escorpio.

Milo abrió la puerta e infló sus pulmones.
—Hogar dulce hogar— pudo decir, antes de que Jabu y Shaina corrieran al interior, atropellándose entre ellos por tomar cuanto antes el sofá—. ¡Que no se corre dentro de los templos! De verdad…no sé si realmente han recuperado su verdadero ser o siguen siendo niños. ¡Y fuera de ahí los dos, quiero estar solo de una vez!

— ¡Déjanos quedarnos un rato, que estamos cansados!— pidieron los dos, asomándose por encima del respaldo del sofá.

El griego se pasó una mano por el rostro y sacudió la cabeza.
—Voy a darme un baño relajante— dijo—, cuando salga, no quiero veros aquí, ¿entendido? Cada uno a su sitio.

Una vez escucharon la puerta del baño cerrarse, el japonés y la italiana bajaron del sofá y se dirigieron a la cocina, donde arramplaron la bolsa de bollos.

Jabu abrió un croissant relleno de chocolate y se tumbó todo lo largo que era en uno de los sofás, recogiendo la revista de contenido no apto para menores a su paso.
—Esto es vida…— musitó, antes de darle un bocado al bollo.

Shaina reclinó la cabeza en el sofá y se quedó mirando al techo unos segundos, antes de revolverse.
—Me sigo sintiendo sucia— dijo la joven—. No sé cuántos días llevo sin ducharme…

—Normal que te sientas sucia— explicó el caballero de Unicornio—, después de lo que te hizo el sátiro, yo también me sentiría así.

La amazona compuso una cara de disgusto.
—No me lo recuerdes— dijo ella—, casi que agradezco haber estado inconsciente en ese momento…

—Pues sí— contestó el japonés—, debe de ser muy asqueroso que un monstruo de esos te manosee y te chupe las tetas…

Shaina abrió los ojos y miró a su compañero.
— ¿Qué has dicho?— preguntó ella, con la voz temblorosa.

—Que debe ser muy asqueroso que un monstruo de esos te manosee y te chupe las tetas, ¿estás sorda o qué?— espetó el japonés, acabando el croissant— ¿Pero qué haces?

La joven comenzó a desnudarse a toda prisa delante del japonés, quien sacudió la cabeza y miró las fotos de la revista.
—Estáis mejor vosotras— musitó esbozando una sonrisa pícara.

A pesar de saber que Milo estaba tomándose un baño, la amazona entró como un huracán y se lanzó directa al agua.

— ¡¿Pero qué haces?!— exclamó el caballero de oro—. ¡Fuera de mi bañera!

Shaina emergió rápidamente y al divisar una esponja, la atrapó y comenzó a inundarla con gel de ducha, para a continuación frotarse los senos.

— ¡Qué asco, qué asco, qué asco!— repetía ella mientras se enjabonaba con fruición—. ¡Me dijiste que no me había violado!— gruñó la joven, señalando al griego que se había quedado a cuadros.

— ¡Y no lo hizo!— respondió Milo, incómodo al tener a Shaina en su bañera—. ¡Sal de aquí te he dicho!

Ella le arrojó la esponja a la cara.
— ¡Pero no me dijiste que esa cosa asquerosa me había tocado y chupado las tetas!— dijo señalándose los pechos, cubiertos de espuma—. ¡Por eso me sentía tan sucia!

Por todo aquel escándalo, Jabu apareció en la puerta del baño.
— ¡Fiesta en la bañera!— exclamó divertido—. ¡Me apunto!

Y antes de que Milo pudiera decir nada, el japonés ya se había desnudado y se unía a sus compañeros en el agua.

Como no cabían, el griego se levantó y salió del agua y del cuarto de baño. La italiana dejó de enjabonarse y miró al griego marcharse, ruborizándose al poder contemplar toda su anatomía.

A su lado, Jabu observó la escena aguantando la risa y se acercó a su compañera.
—Siendo la portadora de la armadura de Ofiuco, ¿serías capaz de poder controlar una anaconda de ese calibre? Pregunto…

La respuesta de la italiana no se hizo esperar y atizó a Jabu en la cara, iniciando una pelea con su compañero.

Fuera, chorreando agua por todo el templo, Milo se dirigió a la cocina y recogió los macarons y mordió uno.
—Yo sólo quería descansar a solas en mi templo— musitó el griego, al borde del llanto—. Sólo eso…

FIN


Bien, ha llegado el fin de esta historia.

Espero que os haya gustado y entretenido durante todo el tiempo que ha durado su publicación.

Muchísimas gracias a todos los que habéis ido siguiendo de una manera u otra el fic, y a todos los que habéis dejado comentario durante todo este tiempo.

Seguiré con otras que tengo abiertas para continuarlas, pero la saga cómica por ahora ha finalizado.

Como algunos sabéis, estoy de vacaciones y hasta septiembre no regreso, por lo que ruego me disculpéis si tardo en actualizar o responder a los comentarios. Internet aquí no es bueno y tengo que usar el móvil, con lo cual, la tarifa de datos tengo que controlarla.

Aún así, trataré de publicar algo durante estos dos meses.

¡Hasta la próxima y feliz verano!