¡Continuamos! :3
Tras puertas eróticas
Palabra: Omiai (Miai)
Cuando su abuela le dijo que estaba citada para un Omiai no podía creérselo. Así como tampoco podía creerse que estuviera haciendo lo que estaba justamente haciendo en una de las habitaciones del hotel cuyo establecimiento continuaba tallado en épocas feudales.
Se cubrió la boca para reprimir un grito cuando él mordisqueó uno de sus labios exteriores y maldijo por ceder al empuje de su codo para abrir más las piernas.
Estaba apoyada contra la pared, con el kimono ceremonial abierto a cada lado de su cuerpo y pese al fresco que entraba por una de las puertas quedaba al hermoso patio trasero, no sentía ni un ápice de frescor. Ardía como nunca.
Bajó la mirada hacia el que debía de ser su futuro marido. Ahogó un gritito cuando vio su lengua asomarse por encima de su monte de venus antes de atacarla nuevamente, directamente donde más ardía y adentrarse lo más que su extensión se lo permitió para saborearla interiormente.
Tiró de su chaqueta nuevamente, que se deslizó por sus hombros y fracasó su intento de detenerlo. Levantó las manos hasta sus cabellos, cortos, negros y de un tono oscuro verdoso precioso que resaltaba con la intensa mirada dorada de sus ojos.
—Echizen… san…
Él se detuvo tan solo para mirarla un instante, subir dejando un reguero de besos por su vientre y senos y detenerse sobre sus labios.
—Ryoma. Mi nombre es Ryoma.
Sakuno asintió, tragando, cuando sus dedos presionaron contra sus pezones.
Él se incorporó con su grande estatura y hombros anchos. No parecía japonés y por su extraño acento, dudaba de que realmente lo fuera. Sin embargo, sus ojos rasgados y su cara lo delataban como tal.
¿Y por qué demonios estaba escondida en una habitación con ese hombre haciendo cosas que no debería de hacer hasta su casamiento?
Sencillo.
Porque él había soltado esa pregunta.
¿Quieres probarlo antes?
Ella había pensado que se trataba de otra cosa cuando preguntó e inocente de ella, asintió. Cuando él enterró su mano en su moño para deshacerlo y posó su boca sobre la de ella, cubriéndola de un beso que parecía sacado de una película romántica, todo se le fue de la cabeza.
Quizás era el hecho de que iba a ser entregada en matrimonio de todas maneras. De ser rebelde contra algo que habían decidido por ella y aunque tener sexo con ese hombre no le aseguraba para nada que él se quedara con ella de por vida, igualmente, no podía luchar contra la lujuria que ese hombre levantaba en lo más profundo de su cuerpo.
No había existido ficha entre ellos gracias a que su abuela y sus padres se conocían. Había ido con el conocimiento de un niño a una fiesta.
Metió las manos bajo su camisa y acarició la suave piel de su espalda mientras la alzaba por la pared de madera hasta que sus piernas se cerraron sobre su cadera. Con una vertiginosa rapidez, él se deslizó los pantalones y la ropa interior antes de hundirse profundamente en su interior.
Sus movimientos fueron marcados por el crepitar de la madera a su espalda, de sus ropas refregándose una contra otra. Sus besos húmedos y los jadeos que escapaban de su garganta. Cubrió de nuevo con su mano sus labios para reprimir su nombre cuando todo estaba por estallar y casi ni lo logró, soltando gemiditos y sus dientes chirriando.
Él se sacudió contra ella dos veces más antes de acompañarla, estremecerse entre sus brazos y pegar su boca a su cuello, inspirando por completo su aroma.
La dejó con suavidad en el suelo, saliendo de ella y gruñendo un suspiro para echarse los cabellos hacia atrás.
Iba a abrir la boca para decirle algo, pero Sakuno nunca lo supo. La voz de su abuela le interrumpió. Ambos se miraron con terror en los ojos y rápidamente, se vistieron. Él apenas logró salir por las puertas de patio cuando su abuela entró y ella luchaba con el moño. Al verla, Sumire frunció el ceño.
—¿Qué ha pasado con tu pelo?
—El moño pesaba demasiado… y tuve que deshacerlo. Como iba a llevarme un rato, me encerré aquí. ¿Ocurre algo?
Sumire se acercó a ella, tocándole la cara.
—Estas completamente colorada.
—Suele suceder cuando te gritan y crees que has hecho algo malo — mintió. Y como odiaba mentirle a su abuela.
Sumire Ryuzaki sonrió.
—Claro que no, cariño. Debí de dejar que fueras con pelo suelto. De todas maneras, ya nos vamos. ¿Cuándo dejasteis los jardines y os habéis separado?
Sakuno tardó en comprender que se refería a Ryoma. Enrojeciendo, no pudo confesar lo que acababa de suceder, así que, desgraciadamente, tuvo que mentirle una vez más.
—Él fue al baño y…
—Sumire.
Ambas miraron hacia el pasillo. El padre de Ryoma caminaba hacia ellos mientras su hijo y su mujer se quedaban atrás. Sakuno apenas atisbó a verle. Actuando como si nada hubiera pasado, como si un momento antes no hubiera estado dentro de ella.
—¿Nanjirou? ¿Qué ocurre? — cuestionó su abuela.
Nanjirou Echizen se detuvo frente a ellas, rascándose la nuca.
—Ya sé que antes dijimos que por la forma en que ambos estaban saliendo de la sala de presentación no iba a funcionar y pensamos en cancelarlo…
Sakuno sintió que el corazón se le detenía. ¿Tan horrible había sido?
Se miró la punta de los dedos y se mordió el labio inferior. Todavía sentía en ella los restos de su unión. Tan fresca y vívida.
—¿Qué te parece si seguimos adelante?
Levantó la cabeza de golpe, clavando la mirada en el hombre. Nanjirou sonrió y acarició su cabeza con un suave y paternal gesto.
—Sé que mi hijo puede ser un berzotas, pero te aseguro que es fácil de manejar por una mujer. Si mi mujer lo consigue, qué no harás tú.
Sakuno enrojeció terriblemente. Miró hacia el pasillo donde Rinko hablaba sin cesar a su hijo aunque este la ignorara y tuviera la mirada clavada en ella. Tragó y volvió a mirar al padre.
—Lo haré con mucho gusto.
Hizo una reverencia y cubriéndose el rostro con ambas manos, ahogó un gritito de felicidad.
Su primer Omiai.
Su primer hombre.
Su primer paso a la vida como mujer.
Fin
Nota:
Seguro que muchos ya lo saben, pero para quién no, Omiai (Miai), son los matrimonios concertados, o más bien, las reuiones que se hacen para buscar una pareja a un hijo, aunque muchas mujeres lo conciertan incluso hombres, sin familiares.
